Western bajo tierra: Odio en las entrañas (The Molly Maguires, Martin Ritt, 1970)

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Pennsylvania, 1876. Un grupo de mineros de origen irlandés, reunidos en una orden secreta denominada The Molly Maguires, decide emprender el camino de la violencia a fin de defender sus posiciones en el conflicto que mantiene con la dirección de las minas, y después de que las negociaciones y una campaña de duras huelgas hayan fracasado. Con los medios a su alcance, organizan un serie de sabotajes que la policía de las minas intenta impedir descabezando la organización y deteniendo -o algo peor- a los responsables. En este contexto, James McParlan (el excelente Richard Harris), un detective circunstancial, es infiltrado entre los mineros con el objeto de averiguar la identidad de los miembros del grupo, ganarse su confianza y, posteriormente, cuando preparen una acción, delatarlos ante las autoridades para ser capturados con las manos en la masa y sufran la máxima condena. Al poco de llegar a la mina, McParlan entra en contacto con Jack Kehoe (Sean Connery), Davies (Frank Finlay) y Dougherty (Anthony Zerbe), tres mineros descontentos. También conoce a Mary (Samantha Eggar), la dueña de la casa en que se hospeda.

La cinta, aunque se desarrolla en el Este, contiene buena parte de las notas distintivas del western: un forastero llega a un lugar desconocido en que hay dos bandos enfrentados, toma partido y lucha, mientras que, por otro lado, vive en paralelo un incipiente romance cuyo éxito depende en gran medida de sus decisiones en el campo de batalla. Este esquema básico viene aderezado con importantes notas diferenciales. En primer lugar, el ingrediente policíaco (McParlan sirve a las órdenes de un antiguo minero, hoy reconvertido en jefe de la policía de las minas, un tipo despreciable y ambicioso sin ética ni principios que odia a los que son espejo de lo que él mismo fue, de lo que, en el fondo, no ha dejado de ser), con un infiltrado que los policías desprecian y del que sus propios compañeros en la mina recelan y sospechan (solo logra que confíen en él tras un “bautismo de sangre”, para lo que el detective infiltrado debe a su vez vulnerar la ley y perjudicar a inocentes), constituyendo esta tirante relación (el éxito de su infiltración y su posible descubrimiento o delación, con funestas consecuencias, y la naciente relación amorosa que pende de todo ello) el suspense principal del argumento. En segundo término, el punto de vista humano o de drama social, con dos ramificaciones: la primera, el retrato de las lamentables condiciones de vida de los mineros, que llevan a McParlan, aunque él no lo pretende (en varios momentos afirma su egoísmo, no poseer otra intención que llevar a cabo su misión y cobrar las recompensas correspondientes para acceder a la vida que busca y cree merecer después de tantas penurias en Irlanda y América), a reconsiderar si forma parte del lado correcto de la lucha, o incluso, en más de una ocasión, a integrar de buen grado el pequeño ejército de los levantiscos; la segunda, el relato de lo que significa el fenómeno de la inmigración, en este caso desde el punto de vista irlandés, con una legión de hambrientos emigrantes que deben hacerse cargo de los trabajos más penosos y peor retribuidos que alimentan la incipiente industria estadounidense, o bien se ven abocados a hacer de delatores, de traidores, para obtener la vida de comodidades y lujos que soñaban cuando cruzaron el océano o, al menos, poder comer.

Pero la película todavía da para dos planos más: uno, muy evidente, es la reflexión que propone, en plena resaca de las distintas crisis de mediados y finales de los años sesenta del siglo XX, en torno a la naturaleza del terrorismo revolucionario, el recurso a las armas, a la violencia, a la muerte y los daños “justos”, para la defensa de una causa legítima, es decir, el viejo axioma sobre si el fin justifica los medios y todo el contradictorio y contraproducente debate que rodea a la contemplación de cierta violencia como legítima. El otro, un subtexto crítico propiciado por el director, Martin Ritt, y el guionista, Walter Bernstein, y que tiene que ver con el fenómeno de la persecución, la infiltración y la delación, extremos que ambos sufrieron en décadas anteriores, durante la fiebre del maccarthysmo que afectó a ambos.Desde este punto de vista, es evidente que los chivatos no se encuentran entre sus preferencias, si bien es cierto que apelan al estado de necesidad, no solo a una supuesta maldad o perfidia intrínsecas de las autoridades, para explicar el fenómeno. En este sentido, McParlan es un personaje al que se comprende, sus dudas se trasladan al espectador, mientras que las causas loables defendidas por Kehoe y su grupo terminan por superar los límites de lo razonable, adquiriendo en un momento dado los tintes del fanatismo que contribuyen a autodestruir los a priori encomiables fines pretendidos por los Molly Maguires.

Odio en las entrañas (sugerente y ambivalente título, por una vez, en español; mejor que el original en inglés) fue concebida como un nuevo paso en el Nuevo Hollywood de comienzos de los setenta, pero con ambiciones artísticas y recaudatorias y un alto presupuesto y una estética que no terminan, en cambio, de separarse de los modos y maneras del sistema de estudios. Sean Connery ansiaba desvincularse de James Bond con una gran interpretación de un buen personaje en otro tipo de producciones (lo cual consigue), Harris arrastraba una vacilante carrera en Hollywood, y Eggar empezaba a decaer del punto álgido de su corta carrera; los tres están estupendos en la película. Paramount, además de contar con un veterano solvente como Martin Ritt, lo rodeó de profesionales contrastados como Henry Mancini en la música (en una partitura alejada de su marco habitual de ligera sofisticación) o el maestro de la fotografía James Wong Howe, uno de los grandes del cine en blanco y negro que se luce con el technicolor. El guion, con personajes sólidos y repleto de conflictos y situaciones complejas bien resueltas, a veces de un modo muy impactante (la secuencia de la visita final de McParland a Kehoe o la crudeza del desenlace que afecta a este personaje), aborda con dramatismo, madurez, inteligencia y compromiso político y social (en especial de cara a los nuevos tiempos) los distintos niveles del poliédrico ecosistema que explora. A pesar de todo, la película fue un sonoro fracaso, uno de los más importantes de esa atmósfera de cambio que casi estuvo a punto de llevar al cine americano por otros derroteros, probablemente más estimables que los actuales.

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3 Respuestas a “Western bajo tierra: Odio en las entrañas (The Molly Maguires, Martin Ritt, 1970)

  1. Recuerdo lo mucho que me gustaba el cine de Ritt. En el cine de mi provincia echaban dos películas: la buena y la mala. En esta última reponían, a veces, las películas de Ritt. Cuando iba al cine decía: “Me voy a ver la mala”, y todo el mundo me miraba como si fuera el tonto del pueblo. Idiotas, pensaba yo. Recuerdo la película que reseñas tan bien, amigo, como recuerdo Donde la ciudad termina, Un día volveré (la novela de Juan Marsé con este mismo título es maravillosa), Mafia, Risas y lágrimas, El testaferro. Los mejores años de mi vida y su última película Cartas a Iris. Mi favorita de siempre es Un hombre, con un Paul Newman magnífico (menuda redundancia la mía) y porque empezaba a descubrir al gran novelista Elmore Leonard, responsable de la historia, y en mi gris provincia sin enterarse de nada. Creo que ahora, allí se pirran por leer Victus de Albert Sánchez Piñol, para mí la película mala.

    Abrazos,amigo.

    • Querido Francisco, me encanta esa película de Ritt. El tiempo demuestra que lo bueno y lo malo no siempre están (casi nunca están) donde uno pensaba. La lástima es que a Ritt le daban palos ya en su tiempo, y que su carrera se vio fuertemente condicionada y limitada.
      Abrazos

  2. Pingback: Vidas de película – Samantha Eggar (1939) | 39escalones

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