Música para una banda sonora vital – El otro lado de la cama (Emilio Martínez-Lázaro, 2002)

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Emilio Martínez-Lázaro es un director con suerte. Consigue que películas ligeras, presuntas comedias extraídas directamente del imaginario de las teleseries de enredos amorosos entre teintañeros que hacen de veinteañeros, asciendan a lo más alto de la taquilla. Esto, que puede parecer una virtud, en realidad no lo es (exceptuando los bolsillos directamente beneficiados en el empeño), puesto que el mecanismo para la obtención de este éxito, que ha generado el correspondiente fenónemo de emulación, no es otro que el despojo de toda exigencia argumental mínimamente compleja, reduciéndolo todo al humor de trazo grueso, los chistes sexistas, las situaciones burdas y una más que preocupante falta de ingenio humorístico. Televisión pura, vaya.

En este caso, las cuitas amoroso-sexuales de los protagonistas, por si fuera poco, toman la forma de musical, acompañadas de la partitura y las canciones compuestas por Roque Baños, y además, por lamentables versiones de temas muy populares del rock y el pop nacionales perpetradas por los propios intérpretes como sus facultades músico-vocales les han permitido hacerlo. Así, clásicos de Tequila y Los Rodríguez o Coz se ven traducidos a las voces de Ernesto Alterio o Alberto San Juan, entre otros. En fin. La más penosa, por antitética respecto a la original (de rumbita no se sabe a muy bien qué), es quizá Echo de menos, de Kiko Veneno, temazo redondo que en la película descuartizan sin miramiento. Mejor nos quedamos con la buena, que es muy buena. Esperamos que al gran Veneno al menos le compensara económicamente.

Diálogos de celuloide – Quiero a este hombre (Honky Tonk, Jack Conway, 1941)

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‘Candy’ Johnson: ¿Quiere, sheriff, que juguemos a un nuevo juego?

Sheriff:  ¿Cómo se llama?

‘Candy’ Johnson: Ruleta rusa.

Sheriff: ¿Cómo se juega?

‘Candy’ Johnson: Uno de los dos se mata.

Sheriff: ¿Y el otro?

‘Candy’ Johnson: El otro se ríe.

Sheriff: Juego. Me gusta reír.

Honky Tonk. Jack Conway (1941).

Ese otro cine español – Felices Pascuas (Juan Antonio Bardem, 1954)

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La primera película de Juan Antonio Bardem como director en solitario, Felices pascuas (1954), a priori parece una Canción de Navidad para pobres: Juan (Bernard La Jarrige), barbero de profesión, es agraciado con el Gordo de la Lotería de Navidad y, aunque es un premio modesto (unas 15.000 pesetas), insiste en que tanto él como su mujer, Pilar (Julita Martínez), que hace manicuras en un salón de belleza, abandonen sus empleos. Solo cuando regresa a casa descubre que sus papeletas se han esfumado en participaciones repartidas entre el vecindario, y que lo único que le ha tocado en realidad es un cordero en una rifa en la que jugaban el mismo número. Una vez pasado el disgusto, la perspectiva de cenar cordero en Nochebuena no parece tan mala, aunque hay un leve inconveniente: el cordero está vivo y habría que sacrificarlo, y los hijos del matrimonio se han encariñado con él…

En los 85 minutos de película coexisten dos planos diferenciados: el evidente, la comedia costumbrista de tono moralizante, humor blanco y corte sentimental, en la que la proximidad de la Navidad y la presencia de niños y de mascotasmarca el tono general y desempeña un papel relevante, fácilmente atribuible a la labor en el guión de José Luis Dibildos y Alfonso Paso; por otro lado, el oculto, el subterráneo, que viene a coincidir más bien con los postulados artísticos e ideológicos del coguionista Bardem en cuanto al retrato crítico de la sociedad española de la posguerra. El primero carece de interés, o bien este se circunscribe a los cánones del sentimentalismo más alimenticio; el segundo, en cambio, si bien amortiguado y por fuerza nada explícito, bien visto resulta casi revolucionario: solo así se explica que en el cine español de los 50 un personaje pueda gritar a voz en cuello “¡Viva la libertad!”, teniendo en cuenta además que se lo grita a su jefe, un tipo bajito, regordete, calvo y con bigotito, al que por añadidura tilda de mandón y tirano. Esta lectura contestataria, que alcanza a estamentos como el clero, la policía o el ejército franquistas (incluido un amago de guerra civil involuntaria, producto de la incompetencia y estupidez del estamento en cuestión) es la que hace estimable este film de Bardem, por lo demás discreto.

Otro de las aspectos estimulantes de la cinta es la aparición de caras conocidas en pequeños papeles, que compensan, al menos en parte, el poco atractivo de la pareja protagonista (una insulsa Julita Martínez y un francés soso, poco dotado para la comicidad, que obliga a demás a que todo el metraje sea doblado al castellano en estudio, con la consiguiente pérdida de espontaneidad y cercanía). Para empezar, el propio director se incluye como recadero del bar en cuyo teléfono la familia espera noticias sobre el hallazgo de Bolita, apelativo del cordero protagonista una vez que es ya admitido como uno más de la familia, aunque son dos actores, patrimonio artístico español, los más relevantes: el primero, un joven Manuel Alexandre como recluta poco interesado en los rigores castrenses, fugado del cuartel y necesitado de regresar antes de que se haga el recuento, y el segundo, José Luis López Vázquez, taxista del que depende el accidentado tránsito final de la familia para su feliz reunión en torno a la mesa navideña. Continuar leyendo “Ese otro cine español – Felices Pascuas (Juan Antonio Bardem, 1954)”

Música para una banda sonora vital – Lou Reed

lou_reed_39Lou Reed ha sido una presencia esporádica pero constante en el cine underground (en cuál si no) desde finales de los años sesenta hasta bien entrado el siglo XXI. Además de media docena larga de documentales relacionados con la música, Reed también aparece en un puñado de películas de ficción, entre las que destacan Blue in the face (Wayne Wang y Paul Auster, 1995) y Palermo shooting (Wim Wenders, 2008).

Mejor, en todo caso, quedarse con cualquiera de sus clásicos, como Satellite of love.

Diálogos de celuloide – La strada (Federico Fellini, 1954)

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Il Matto: Soy un ignorante, pero sé que todo lo que hay en este mundo sirve para algo… Mira, toma… esa piedra, por ejemplo…

Gelsomina: ¿Cuál?

Il Matto: Pues… esta, una cualquiera.

Gelsomina: ¿Y para qué sirve?

Il Matto: Sirve… ¿Yo que sé? Si lo supiera, ¿sabes quién sería?

Gelsomina: ¿Quién?

Il Matto: El Padre Eterno, que lo sabe todo. Cuándo naces. Cuándo mueres… ¿Quién puede saberlo? No, no sé para qué sirve esta piedra, pero para algo debe servir… Porque si fuera inútil, entonces todo sería inútil, incluso las estrellas. Al menos eso creo. Y también tú… También tú sirves para algo… con tu cabeza de alcachofa.

La strada. Federico Fellini (1954).

 

Crime never pays: Supergolpe en Manhattan (The Anderson tapes, Sidney Lumet, 1971)

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Dentro del cine de robos y atracos, rico en tópicos y lugares comunes, destaca la variante del especialista recién salido de la cárcel que desde el primer minuto de su recuperada libertad piensa ya en dar un nuevo golpe, si cabe más osado, mejor preparado y más lucrativo que aquellos que le han llevado a prisión, en una especie de resentida venganza contra el mundo que le persigue y acosa. Esta es la premisa inicial de este sencillo y divertido (a ratos) entretenimiento, Supergolpe en Manhattan (el título español, además de imbécil, no hace justicia ni capta el sentido de la trama del original, The Anderson tapes), dirigido por el (en otros momentos) gran Sidney Lumet en 1971, protagonizado por un Sean Connery (ambos habían trabajado ya juntos en la excepcional  La colinaThe hill, 1965-) por entonces deseoso de huir de todo aquello que sonara a 007 (aunque el mismo año volvería a meterse en la piel del famoso agente británico, su anterior encarnación era ya de 1967).

Connery es, por supuesto, el Anderson del título, un célebre ladrón famoso por sus rocambolescos golpes que acaba de ser puesto en libertad tras diez años de condena en los que no ha dejado de hacer planes para proseguir su carrera criminal con vistas, como indica el tópico, a su retirada definitiva. En su primera visita a Ingrid (Dyan Cannon, lejos del careto recauchutado que se puso años después), cuya actividad principal consiste en acostarse con tipos acaudalados que costeen su forma de vida, concibe un proyecto revolucionario: desvalijar el edificio en que vive su novia, una casoplón de la mejor zona de Nueva York con enormes pisos y apartamentos llenos de joyas, antigüedades, obras de arte y otros objetos valiosos, tecnología, cajas fuertes y dinero en efectivo. De inmediato, recluta una banda de lo más variopinta, en la que se citan antiguos compinches venidos a menos, el excéntrico anticuario y decorador de interiores Tommy Haskins (magnífico Martin Balsam, una vez más), un joven compañero de celda, conocido como The Kid (Christopher Walken), y, por necesidades de financiación, un miembro de la delincuencia organizada de lo más bajo de la ciudad (Dick Anthony Williams), el conductor, y un matón de la mafia, Angelo (Alan King), que los italianos exigen incluir en la operación para que controle su inversión y haga que las cosas no se vayan de madre. Lo que ocurre es que el tal Angelo es de gatillo fácil y de puños aún más fáciles, por lo que el riesgo de estallido, contra sus compañeros y hacia los rehenes, será constante. No es el único peligro al que se enfrenta Anderson: desde que abandona la cárcel sus pasos son seguidos y sus conversaciones grabadas (de ahí el título original) por alguien desconocido cuyo propósito el espectador ignora… Continuar leyendo “Crime never pays: Supergolpe en Manhattan (The Anderson tapes, Sidney Lumet, 1971)”

Música para una banda sonora vital – Clint Eastwood

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No, no se trata de ver y oír al viejo Clint al piano, ni tampoco una recopilación de las bandas sonoras de sus películas, sino del grupo virtual Gorillaz, del que forma parte Damon Albarn, vocalista de Blur, y que dedicó al actor su sonado debut, nunca mejor dicho, en esto de las nuevas maneras de comerciar con la música. Vale la pena.

Ese otro cine español: Los dinamiteros (Juan García Atienza, 1964)

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De la fructífera fórmula de coproducción tan frecuente en Europa desde los años cincuenta, y que, tras la cumbre que supusieron las décadas de los sesenta y setenta, se mantiene de forma intermitente pero incesante hasta hoy, destaca la cooperación hispano-italiana como fuente de un amplio catálogo de títulos de todo género (con predilección por el terror, el policíaco, el bélico y el western) y nivel de calidad, algunos de ellos, los menos, auténticos hitos del cine mundial. Entre los más desapercibidos, pero también entre los mejores, se encuentra Los dinamiteros (Juan García Atienza, 1964), obra mayor del cine español que puede encuadrarse en el subgénero de robos y atracos cometidos por miembros de la tercera edad. Más allá de etiquetas, la película supone una mirada tierna, pero también crítica y burlona, de la sociedad española de la dictadura, en la línea de las grandes películas de los Berlanga y Bardem o de los guiones de Azcona, aunque excede estos límites y puede considerarse incluso un cuestionamiento de la cuota de injusticia que conlleva el desarrollo económico ligado al capitalismo salvaje.

Don Benito (José Isbert), Don Augusto (Carlo Pisacane) y Doña Pura (Sara García) viven de la pensión que reciben de una Mutua a primeros de mes, ocasión que aprovechan, mientras hacen cola, para ponerse al día de sus respectivas vidas, del pasado, de sus familias, de sus achaques… Uno de esos días de cobro, tienen conocimiento del mal estado de salud de Don Felipe, otro de sus conocidos mutualistas, ingresado en el hospital y cuyo diagnóstico invita a pensar en el peor de los desenlaces. Sabedores de su soledad y de sus estrecheces económicas, se percatan de que no tendrá bastante dinero para un entierro digno, y deciden pedir un adelanto en la Mutua, que les da largas. Decepcionados, y cuestionándose la utilidad de la pertenencia a una entidad que en el momento crucial no sirve de ningún apoyo, establecen paralelismos con sus casos particulares: Don Benito aspira a construirse un buen panteón para que el día de mañana sus restos reposen junto a los de su esposa, pero carece del capital para costearlo, aunque sí tiene un diseño que le gusta y conoce a la persona adecuada para erigirlo; Don Augusto y Doña Pura son más terrenales: a él le gustaría nadar en dinero para darse la gran vida, viajes, mujeres, lujos, comodidades, para disfrutar el tiempo que le queda; ella querría ayudar a su hijo y a su nuera (Paolo Ferrara y Lola Gaos), en cuya casa vive. La sensación de desamparo y el destello de fantasía que les producen sus respectivos sueños les llevan a conformar un descabellado plan: volar la caja de la Mutua y hacerse con sus fajos de billetes.

Los dinamiteros, cuyo título nada tiene que ver con los anarquistas (aunque, sin duda, haría erizar el vello de más de un censor), navega continuamente en un tono agridulce, si bien con un barniz de comedia que la hace grata, amable y, por momentos, hilarante. Inspirándose en novelas de tapa blanda compradas en los quioscos y en películas de serie B, los protagonistas trasladan a la cotidianidad española de un terceto de ancianos de los sesenta las claves y los lugares comunes del género negro, sección atracos, dándoles forma, adaptándolos a su realidad más inmediata. Continuar leyendo “Ese otro cine español: Los dinamiteros (Juan García Atienza, 1964)”

La leyenda española de Ava: Pandora y el holandés errante (Pandora and the flying Dutchman, Albert Lewin, 1950)

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De alguna manera, esta película dirigida en 1950 por el británico Albert Lewin (autor asimismo de la célebre traslación a la pantalla del Dorian Gray de Oscar Wilde) supone el pistoletazo de salida al vínculo de Ava Gardner con España, incluye todos los elementos que resumen lo que tradicionalmente se asocia a la relación de la actriz con este país: ambientes sofisticados, compañías elitistas, juergas nocturnas hasta altas horas, tablaos flamencos, poderosas resacas, escarceos amorosos, matadores (en especial Mario Cabré, que actúa en la cinta interpretando a un torero, cómo no), corridas de toros, fiestas populares… Lewin adapta y realiza una fantasía de corte onírico sobre la famosa leyenda del holandés errante y la sitúa en la Costa Brava, caracterizada para la ocasión con los típicos atributos de lo español que se percibían por entonces -y aun hoy- en el extranjero (omnipresencia de la bandera rojigualda, aires andaluces, relevancia del mundo taurino… Qué pensarán hoy los nacionalistas catalanes que vean la película… Aunque también es cierto que Lewin retrata a unos pescadores hablando catalán). La película posee una atmósfera a caballo entre el sueño y la locura, acrecentada por el aire fabulístico de la narración en off y en flashback por uno de los personajes, un escritor amante de las antigüedades, y nos zambulle de lleno en un cuento de tintes romántico-trágicos.

Pandora Reynolds (Ava Gardner) está maldita. Su belleza arrebatadora no le proporciona el éxito con los hombres, la felicidad que tanto ansía. Enloquecidos por su hermosura, pero completamente alejados de lo que constituyen los sueños y anhelos de la mujer, sun ansias de realizarse “románticamente”, aspiran a convertirla en su posesión, a satisfacer su obsesivo deseo más que a amarla. Incapaces de lograr saciar sus arrebatos de atracción, todos los hombres que se enamoran de ella terminan por dilapidar su vida, sus matrimonios, sus profesiones, su propia conciencia. Esta capacidad de jugar con los hombres seduce a Pandora hasta el punto de que los maneja a su antojo; solo aprecia a aquellos que quedan a salvo de su influjo (por edad y extracción social, sobre todo), y termina por tratar con desdén a todo aquel que se confiesa su vasallo y se comporta con sumisión, lo cual la convierte en auténtica y cruel dominadora de sus destinos. Lo mismo es capaz de prometerse en matrimonio con un pobre iluso simplemente por torturarle, que conseguir que un famoso piloto de carreras, que ha construido trabajosamente un bólido supersónico con el que pretende batir un récord, lo arroje sin miramientos por un acantilado solo porque ella se lo pide como egoísta demostración de amor, de que la desea por encima de cualquier otra cosa en el mundo. Esto es así hasta que conoce a un hombre misterioso que parece sustraerse a sus encantos, Hendrick Van der Zee (James Mason), que ha fondeado con su velero en la bahía, y que no es otra cosa que un espíritu atormentado, condenado a vagar por los siete mares hasta que consiga que una mujer muera de amor por él…

Tanto el carácter de la narración, como la planificación, la puesta en escena, la música y la fotografía (obra del posteriormente director Jack Cardiff) subrayan desde el comienzo la atmósfera fantástica del relato, su carácter de elegía romántica exacerbada. Continuar leyendo “La leyenda española de Ava: Pandora y el holandés errante (Pandora and the flying Dutchman, Albert Lewin, 1950)”