Ese otro cine español: Los dinamiteros (Juan García Atienza, 1964)

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De la fructífera fórmula de coproducción tan frecuente en Europa desde los años cincuenta, y que, tras la cumbre que supusieron las décadas de los sesenta y setenta, se mantiene de forma intermitente pero incesante hasta hoy, destaca la cooperación hispano-italiana como fuente de un amplio catálogo de títulos de todo género (con predilección por el terror, el policíaco, el bélico y el western) y nivel de calidad, algunos de ellos, los menos, auténticos hitos del cine mundial. Entre los más desapercibidos, pero también entre los mejores, se encuentra Los dinamiteros (Juan García Atienza, 1964), obra mayor del cine español que puede encuadrarse en el subgénero de robos y atracos cometidos por miembros de la tercera edad. Más allá de etiquetas, la película supone una mirada tierna, pero también crítica y burlona, de la sociedad española de la dictadura, en la línea de las grandes películas de los Berlanga y Bardem o de los guiones de Azcona, aunque excede estos límites y puede considerarse incluso un cuestionamiento de la cuota de injusticia que conlleva el desarrollo económico ligado al capitalismo salvaje.

Don Benito (José Isbert), Don Augusto (Carlo Pisacane) y Doña Pura (Sara García) viven de la pensión que reciben de una Mutua a primeros de mes, ocasión que aprovechan, mientras hacen cola, para ponerse al día de sus respectivas vidas, del pasado, de sus familias, de sus achaques… Uno de esos días de cobro, tienen conocimiento del mal estado de salud de Don Felipe, otro de sus conocidos mutualistas, ingresado en el hospital y cuyo diagnóstico invita a pensar en el peor de los desenlaces. Sabedores de su soledad y de sus estrecheces económicas, se percatan de que no tendrá bastante dinero para un entierro digno, y deciden pedir un adelanto en la Mutua, que les da largas. Decepcionados, y cuestionándose la utilidad de la pertenencia a una entidad que en el momento crucial no sirve de ningún apoyo, establecen paralelismos con sus casos particulares: Don Benito aspira a construirse un buen panteón para que el día de mañana sus restos reposen junto a los de su esposa, pero carece del capital para costearlo, aunque sí tiene un diseño que le gusta y conoce a la persona adecuada para erigirlo; Don Augusto y Doña Pura son más terrenales: a él le gustaría nadar en dinero para darse la gran vida, viajes, mujeres, lujos, comodidades, para disfrutar el tiempo que le queda; ella querría ayudar a su hijo y a su nuera (Paolo Ferrara y Lola Gaos), en cuya casa vive. La sensación de desamparo y el destello de fantasía que les producen sus respectivos sueños les llevan a conformar un descabellado plan: volar la caja de la Mutua y hacerse con sus fajos de billetes.

Los dinamiteros, cuyo título nada tiene que ver con los anarquistas (aunque, sin duda, haría erizar el vello de más de un censor), navega continuamente en un tono agridulce, si bien con un barniz de comedia que la hace grata, amable y, por momentos, hilarante. Inspirándose en novelas de tapa blanda compradas en los quioscos y en películas de serie B, los protagonistas trasladan a la cotidianidad española de un terceto de ancianos de los sesenta las claves y los lugares comunes del género negro, sección atracos, dándoles forma, adaptándolos a su realidad más inmediata. Así, conciben un plan rocambolesco sobre el papel pero tremendamente efectivo y sencillo en su ejecución, durante cuya preparación, extremo que la película explora durante buena parte de sus 93 minutos, tienen lugar momentos muy divertidos, en los que intercambian diálogos de una lógica “aplastante” además de cruzarse con toda una galería de personajes de la fauna de extrarradio de las grandes ciudades de la época de lo más pintorescos. Especialmente destaca la escena del ensayo con los explosivos, pero también las visitas del trío al cine o la estudiada forma de intercambiarse las novelas que les sirven de inspiración, en las que Don Augusto ha anotado los números de página y subrayado los párrafos a los que deben prestar atención sus compinches.

En un tono que recoge ecos del ya lejano neorrealismo, García Atienza, coautor también del guion, se entrega a un humor sutil, negro en ocasiones, que recubre el contenido de crítica social y de mirada desencantada que posee el film, y que transita por la soledad de las personas mayores, por su situación de abandono económico, de amortización social. Los tres se encuentran solos, fuera de sitio, sin quehaceres en el tiempo que les queda, y además del afán de justicia, de lo que ellos entienden por hacer justicia, poco a poco les va poseyendo el ánimo de verse útiles, ocupados, comprometidos en algo que supone un aliciente, un proyecto, un objetivo para unas vidas que la sociedad considera ya dadas de sí, como una segunda juventud despertada y alimentada por la tentación de cometer un crimen justo: “quien roba a un ladrón”… Sin embargo, la conclusión, la sorpresa final (bueno, no tan sorpresa), aparentemente la debida concesión a la moral imperante en la época, no deja de ser, además de un fenomenal broche humorístico, un afianzamiento en las intenciones y en el carácter criminal de estos tres pillos.

Mordaz, inteligente, socarrona, excelentemente dirigida y planificada, en especial la secuencia de la ejecución del atraco, soberbiamente narrada, la película mantiene el pulso en todo momento (tal vez se resiente a partir de la entrada de la policía en el asunto), conserva el equilibrio entre sensibilidad en el tratamiento y comicidad en las situaciones, y destaca principalmente por las excelentes interpretaciones del terceto protagonista. Como complemento, la interesante banda sonora del italiano Piero Umilliani, alterna con acierto las necesarias dosis de intriga y suspense con la necesaria rechufla que exige el conjunto, contribuyendo a rubricar el tono de cada escena pero también a dar la impresión de comedia de que se dota la película.

En suma, una cinta atípica, más que estimable, obra de un Juan García Atienza curioso y pintoresco, castizo y sabio en su manejo de las claves del género, pero que no llegó a desarrollar una carrera propiamente cinematográfica, quedando este como su único largometraje, a causa de los problemas de distribución que hicieron que Los dinamiteros apenas gozara de repercusión comercial. En todo caso, una obra más que recomendable.

 

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6 Respuestas a “Ese otro cine español: Los dinamiteros (Juan García Atienza, 1964)

  1. Esta gran película es hija de Atraco a las tres, Rififi, La jungla de asfalto, Atraco perfecto y otra de Dassin Topkapi, entre otras películas desesperadas por salir de la maldita miseria y darles por el culo a las kafkianas administraciones. Esta película deberían proyectarla los políticos en grandes pantallas y dejarse de butifarras a la brasa y todo eso, porque sintetizaría el panorama actual, es decir, sería más o menos esto: “Españoles, desde las largas colas del paro escuchad a esos que están allí y que se parecen a Pepe Isbert. Sí, a los más honrados de este ruedo ibérico. Haced caso a esos buenos hombres y seguidles para atracar una sucursal llena de papeles pegados por parte de toda esa gente que han abierto los ojos de una puta vez. Allí no hay mucho dinero porque todo está en digital, pero por lo menos tendréis lo suficiente para pagar el entierro de algún desgraciado. Hacedlo, porque cuando os toque a vosotros necesitaréis a otros Pepe Isbert. Españoles, la solución está, no en las independencias de la Luna o sacaros todos los cursos que proporciona INEM, sino en Pepe Isbert.”

    Hoy me digo: ¿dónde hay que votar?
    Abrazos

    • SuperPepe Isbert… España es una antigualla que en muchas cosas no evoluciona ni lo hará nunca. En ciertas cosas, permanece anquilosada, decimonónica, congelada como esas horrendas figuras de cera de Madrid que supuestamente retratan una realidad a la que no se parecen ni por asomo. En fin, también querría votar yo eso…
      Abrazos

  2. Una fuente de inspiración (al menos la mía) es el Museo de Cera de Barcelona. Palacio añejo. Olor a rancio y muñecos cubiertos de polvo, así, como te lo digo. Ese museo está en decadencia y eso me gusta. Te paseas por allí, casi solo, porque no entra nadie, y hablas con los personajes históricos y de ficción. A veces discuten entre ellos, solo hay que observar y escuchar bien. Sobre todo me hace mucha gracia cuando se agitan, porque se les cae el polvo. Las señoras de la España cañí estornudan tras sus abanicos. Franco habla con Hitler y Batman (tendrías que verlo, amigo) allí colgado del techo y cubierto de polvo gris le echa los tejos a Alicia, pero Pinocho le dice que la tiene más grande. Pero hay que pasar más tiempo en la sección de los “ilustres políticos españoles”. Manuel Azaña está pegado a Tarradellas y éste a Pujol y éste a el rey Juan Carlos. Alfonso Guerra se le acumula mucho polvo en el labio inferior y ni te cuento del labio de Felipe González… En fin, algún día, si te apetece pasar la frontera, iremos al museo, ¿qué te parece?

    Más abrazos.

  3. Me la descubrió hace dos años una amiga y me gustó muchísimo. La escena del fotograma, de los tres abuelos en el cine es entrañable. Y tiene momentos para no olvidar. Efectivamente su director tiene una trayectoria curiosa. Su único largo de ficción fue Los dinamiteros. Y te queda la pena de que no se dedicará más a la dirección cinematográfica de obras de ficción. Luego se centró más en guiones y documentales sobre todo para la televisión. Y también en escribir libros sobre una España desconocida y oculta. Ya sabes que me gusta esta serie de artículos y es que hay mucho cine olvidado cuya distribución y edición en otros soportes es mínima. Hay que estar al acecho…

    Besos
    Hildy

    • Así tienen que ser los amigos, que te descubran cosas chulas…

      Es una película crítica sin dejar de ser tierna, simpática sin dejar de ser triste, ácida sin dejar de hacer reír. Y, efectivamente, un director curioso. No he leído ninguno de sus libros, pero si los escribe desde la misma mirada, deben valer la pena.

      Besos

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