La guerra como lucha de clases: Ataque (Attack, Robert Aldrich, 1956)

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Las relaciones del cine americano con el ejército de los Estados Unidos son ambiguas y complicadas. Por un lado, nos encontramos con los típicos subproductos patrioteros patrocinados por el poder y dedicados a la exaltación del heroico papel de los combatientes en las guerras “justas” dictadas por sus superiores gubernativos y a las bondades de la actuación norteamericana en el exterior; por otro, con la desmitificación antibelicista no pocas veces cargada igualmente de tintes políticos, en la que la exploración de la realidad de los soldados, de su día a día enfrentados con la soledad, el desarraigo y la muerte, es el motor principal como oposición a las altas esferas, a los “oficiales de butaca”, como son denominados en un momento de Ataque (Attack, Robert Aldrich, 1956), película bélica adscrita a esta segunda línea.

La fuerza y la debilidad de Ataque reside en la misma característica argumental, el aliciente principal para su visionado: la crítica a la corrupción, la incompetencia y la cobardía de ciertos oficiales al mando de importantes operaciones en los campos de batalla europeos de la Segunda Guerra Mundial. Al final de la guerra, en la avanzadilla del frente francés que lucha por superar ya las fronteras alemanas, la Compañía Zorro, liderada por el teniente Costa (Jack Palance; por cierto, en la vida real herido en la guerra y doblemente condecorado con el Corazón Púrpura y la Medalla de la Victoria), sufre un descalabro al no ser secundada su ofensiva por el resto del regimiento debido a la pusilanimidad del comandante, el capitán Cooney (Eddie Albert). Muchos hombres valiosos caen en el fallido intento de tomar una colina, y Costa amenaza a su superior con tomar las más fatales represalias contra él si en las nuevas acciones anunciadas, en las que a su pelotón le corresponde ocupar una posición avanzada en una ciudad que se les ha ordenado tomar y en la que es probable la presencia de unidades blindadas enemigas fuertemente armadas, vuelve a dejarles expuestos a la potencia de fuego alemana. Se da la circunstancia deque  Cooney es hijo de un célebre juez, y que el coronel Bartlett (Lee Marvin, otro merecedor del Corazón Púrpura por sus heridas en el frente del Pacífico), jefe del batallón, precisa de la amistad y el apoyo del juez para apuntalar la incipiente carrera política que aspira a iniciar tras su regreso a casa. De ahí que Cooney, a pesar de la incompetencia y la cobardía demostradas, no sea removido del cargo y trasladado.

Robert Aldrich, con guión de James Poe basado en una obra teatral de Norman Brooks, plantea por tanto la diferente escala a la que los distintos grados militares viven la guerra, y también los distintos tipos de comodidades ocasionales que unos y otros pueden disfrutar. Mientras de teniente para arriba pueden permitirse partidas de póker en veladas regadas con bourbon recién importado desde Kentucky, los soldados disfrutan pocas compensaciones a sus desvelos marciales. Por otro lado, ciertas decisiones militares son tomadas más por cálculo personal, y en consecuencia, político, que por mera táctica militar o mucho menos por la preocupación o el cuidado debidos a los soldados que los mandos han de dirigir pero también tutelar y cuidar. El punto flaco de la cinta, no obstante, radica en la falta de agudeza para llevar esos planteamientos a las últimas consecuencias. Mientras que los tenientes toman definitivamente partido por su tropa, con consecuencias letales, y obtienen por ello el reconocimiento y la complicidad de los soldados, los oficiales son tratados de manera ambivalente, seguramente para sortear la poda del censor militar. De este modo, se excluye al ejército americano (expresamente, subrayando la excepcionalidad de la situación presentada como propia de las personas involucradas, no del estamento castrense) de cualquier responsabilidad en comportamientos y acciones de este tipo, y lo mismo a la guerra como fenómeno, sobre la que no se emiten juicios de valor. Así, la explicación al comportamiento de Cooney se particulariza, en su caso, en cierta inestabilidad psicológica derivada de un trauma infantil producido por las difíciles relaciones con su padre (en concreto, la imposibilidad de satisfacerle y, por tanto, obtener su cariño), mientras que en el caso de Bartlett todo se ciñe a su carácter trepador, a un instinto político que le hace sacar provecho de cualquier situación que se presente, aprovechándose disponiendo o despachando a los oficiales y soldados a su mando según sus propios fines, y acordándose solamente de la marcha de la guerra cuando sus superiores le piden cuentas que pueden dejar en entredicho au flamante futuro político. La humanidad de Costa contrasta así con el distanciamiento de Cooney y Bartlett, que no viven la guerra real, la que supone estar bajo el fuego y mirar de frente al enemigo que dispara contra ellos, sino la de la especulación, el arribismo y el lucro personal.

La película concentra así toda su carga temática en el bando americano, dejando al margen la coyuntura política internacional o el contexto bélico del conflicto, con unos breves apuntes, eso sí, sobre el  carácter antisemita del nazismo cuando varios soldados judíos manifiestan preocupación por su posible caída en manos de las S.S. alemanas si la ofensiva sale mal. Con una clara vocación intimista por encima de las escenas de combate, filmadas de manera sencilla y poco dotada de medios humanos y materiales, sin duda a causa también de lo restringido del presupuesto, con predominio de las secuencias en las que soldados y mandos se relacionan entre sí, el diálogo y las situaciones ganan en importancia a la acción, como corresponde a una historia de raíz teatral, si bien algunas secuencias de impacto refuerzan la expresión cinematográfica del mensaje. A estos efectos, el impactante “triple” desenlace del personaje de Palance llega a sobrecoger, en especial la toma sobre el capó del jeep, y lo mismo sucede con el epílogo del sótano, momento que formula explícitamente el objetivo del film, que nada tiene que ver con la exaltación patriótica ni con la propaganda oficial, sino que intenta presentar fría y descarnadamente la ambigüedad del comportamiento humano en contextos de brutalidad desmedida sin necesidad de cambiar de bando, de las tentaciones que la guerra ofrece, en suma, para aparcar la humanidad sobre la base de un propio interés que va mucho más allá de la supervivencia personal, incluso de la victoria. En la consecución de esta finalidad, la cinta se beneficia de unas intensísimas interpretaciones del trío protagonista, magníficamente secundadas por los rostros anónimos de unos secundarios (entre ellos, el habitual del género Richard Jaeckel) que cumplen a la perfección con su papel de carne de cañón prescindible que no se resigna a su destino, si bien una Compañía Zorro diezmada y una historia en la que todos pierden sirven de testimonio a lo contrario.

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2 comentarios sobre “La guerra como lucha de clases: Ataque (Attack, Robert Aldrich, 1956)

  1. Ya sabes mi debilidad por Aldrich y también por Palace. Esta película la vi hace relativamente poco y me ha gustado leer tu mirada y los matices que vuelcas en el texto.
    Ahora estoy detrás de Hojas de otoño de Aldrich…, ya te contaré.

    Besos
    Hildy

    1. Mi querida Hildy, me sumo a tu devoción por Aldrich. Cinéndonos a su visión del cine bélico, hay que reconocer que “Doce del patíbulo” es una película mucho más célebre, popular y entretenida, pero, aunque comparte algunas líneas básicas con esta, carece de esa voluntad reflexiva, o directamente crítica, con la guerra en aras de favorecer el espectáculo. Pero me encanta, da igual.
      Besos

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