Música para una banda sonora vital – La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, Sergio Leone, 1965)

La muerte tenía un precio_39

La “trilogía del dólar” de Sergio Leone no sería lo mismo sin las partituras de Ennio Morricone. Una vez más, en esta ocasión con el añadido decorado de un surtido internacional de carteles de clásicos del western.

Cine en fotos – Cinema Elíseos de Zaragoza

elíseos_1_39

Uno entra en el cine como en un refugio. El cine es pasar la frontera, un salto con pértiga hacia la parte maldita que nos regala. En el cine, uno pasa dos horas y sale con los deberes hechos y apuntes fotocopiados para lo que queda de semana. Ir al cine es viajar en el tiempo y cambiar de cara, ponerse el terno, sombrero y botines con cierre de corchetes, viajar por el Sena aquí al lado. Ir al cine es el rito que nos queda.

De Conciencia de clase, de David Mayor (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2015).

Cinema Eliseos 2_39

(actualmente el Cinema Elíseos de Zaragoza está cerrado debido a las obras necesarias para su digitalización; esperamos que no se produzca la infausta sorpresa de un cierre definitivo)

 

 

Esos locos maravillosos (II): Dementia 13 (Francis Coppola, 1963)

Dementia_13_39

El debut en el largometraje (cabe llamarlo así aunque dure 74 minutos) de Francis Coppola (entonces no se había añadido todavía el ‘Ford’) bebe directamente de dos fuentes: el cine de terror de Roger Corman (no en vano, el prolífico director oficia aquí de productor) y la influencia de Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock), estrenada tres años antes. De Corman, Coppola, que también escribe el guión, asume la ambientación de su retorcida historia en un malsano caserón irlandés repleto de seres ambiguos y egoístas cuyos objetivos no quedan muy claros, pero que se adivinan ligados al crimen o al deseo o la necesidad de cometerlo. De Hitchcock, de ese Hitchcock, la trama emula una celebrada novedad y una característica visual: respecto a lo primero, el giro argumental severo al primer tercio de película que hace que el panorama y el objeto de la película cambie radicalmente para el espectador, y que de la intriga y el thriller se cruce la delgada línea que los separa del cine de horror; en segundo lugar, la truculencia aparición de un criminal que asesina con golpes que son sentencias inapelables.

El tiempo a las órdenes de Corman proporciona a Coppola una galería de personajes y escenarios cuya interacción abre múltiples vías de misterio: en la mansión irlandesa de los Haloran, una vetusta construcción de negro pasado (en ella falleció el patriarca, un famoso escultor, y luego sabremos que varios antepasados han tenido allí muertes tan terribles como aparentemente azarosas), una familia se reúne para la ceremonia anual de duelo por Kathleen, la benjamina, ahogada en el lago de la finca unos cuantos años atrás. A la matriarca (Eithne Dunne) y los tres hijos, Richard (William Campbell), Billy (Bart Patton) y John (Peter Read), se suman la esposa americana de este, Louise (Luana Anders) y más adelante lo hará la prometida de Richard, también americana, Kane (Mary Mitchell). A Louise no le gusta el testamento que ha redactado Lady Haloran, que pretende dejar la fortuna familiar para obras benéficas, y reprocha a su esposo, John, un hombre débil y enfermizo (tiene el corazón débil), con quien no mantiene precisamente una relación de pareja ejemplar, su pasotismo y su negligencia. La violenta discusión provoca un infarto a John, que muere en el acto. De inmediato, Louise concibe un ambicioso plan: dirá a la familia que John ha tenido que salir en urgente viaje de negocios para Nueva York y, mientras la familia está ocupada con la ceremonia de Kathleen, utilizará el recuerdo de la niña para influir en Lady Haloran y conseguir un cambio en el testamento a favor de John y, por extensión, dadas las circunstancias, de ella misma. Pero Louise no es la única que busca sacar provecho de la situación: todos en la casa abrigan motivos para extraños comportamientos, incluido el doctor Caleb (Patrick Magee), se adivinan antiguos odios y viejos traumas que no van a poner fácil la tarea a Louise, y aunque ella piensa que la historia del encantamiento de la casa y la presencia fantasmal de Kathleen pueden ayudarla a lograr su objetivo, comete un terrible error de cálculo…

La película se beneficia de la necesaria economía narrativa dictada por el bajo presupuesto, detalle que se traslada a la precariedad de medios y de formato en blanco y negro y a lo limitado de las localizaciones empleadas, planos generales de la mansión, escasos interiores desprovistos de planos de gran amplitud, exteriores en el jardín y en torno al lago y una breve salida a un típico pub de la zona, pero Coppola se las arregla bastante bien para construir una atmósfera enrarecida, un clima cargado de densos silencios y elocuentes ausencias. En este punto, resulta crucial la dirección artística, que permite a Coppola aprovechar aquellos elementos del escenario (corredores, pasillos, escaleras, cuartos vacíos, puertas cerradas, sombras nocturnas…) o del utillaje (las muñecas abandonadas de la joven Kathleen, las esculturas del viejo Haloran, la diadema de plata o el hacha clavada en un árbol…) que sirven mejor al propósito de edificar un clima desasosegante, incómodo, lleno de secretos y de preguntas sin respuesta. Continuar leyendo “Esos locos maravillosos (II): Dementia 13 (Francis Coppola, 1963)”

Música para una banda sonora vital – Los años desnudos. Clasificada S (F. Sabroso y D. Ayaso, 2008)

desnudos39

Uno de los elementos utilizados por Félix Sabroso y Dunia Ayaso para la recreación de la España de los años setenta en este fallido acercamiento al, por entonces, prolífico mundillo del cine erótico hispano es la ambientación con éxitos musicales de la época. Entre ellos, este Yo también necesito amar, de Ana y Johnny, que por la temática de la letra y más aún por las “entregadas” interpretaciones, resulta más que adecuada para el argumento del filme. Eso sí, como precaución, conviene alejar del ordenador cualquier objeto o artilugio hecho de cristal, por si acaso.

De la canción y del numerito musical de Televisión Española, mejor no decimos nada…

Vidas de película – Thomas Gomez

thomasgomez39

El paso de Thomas Gomez (nada que ver con los socialistas madrileños) por el cine se resume en un momento, la década de los 40, y tres personajes inolvidables: Pancho, el salvador de Robert Montgomery en Persecución en la noche (Ride the pink horse, Robert Montgomery, 1947), que le valió su nominación al Óscar; el pintoresco inspector de policía de La dama desconocida (Phantom lady, Robert Siodmak, 1944); el esbirro de Edward G. Robinson en Cayo Largo (Key Largo, John Huston, 1948).

De nombre real Sabino Tomás Gómez, nació en Nueva York en 1905 y su carrera teatral fue mucho más prolífica y reconocida, en especial su intervención en Un hombre para la eternidad en los escenarios de Broadway. En el cine, su aparición en la célebre y estupenda El poder del mal (Force of evil, Abraham Polonsky, 1948) cierra su etapa dorada, y en los años 50 su estrella decaerá. Un ridículo papel de oriental en la cinta “maldita” El conquistador de Mongolia (The conqueror, Dick Powell, 1956) es lo más reseñable hasta el momento de su fallecimiento, acaecido como resultado de las heridas sufridas en un accidente de automóvil en Santa Mónica, California, en 1971. Tenía 65 años.

Esos locos maravillosos (I): Tenebre (Dario Argento, 1982)

Tenebre1_39

Conviene no tomarse demasiado en serio el giallo (en italiano ‘amarillo’, nombre tomado de las cubiertas de unas populares novelas de bolsillo de los años treinta), ese subgénero italiano del cine de terror que combina thriller, erotismo, violencia morbosa y psicoanálisis de baratillo. Su única oportunidad de disfrute depende de la capacidad del espectador para abstraerse de las inconsistencias narrativas y las caprichosas incoherencias argumentales que suelen contener esta clase de películas, y de su voluntad para centrarse en la vocación de autoparodia que preside las más celebradas de ellas. Así, la ironía, el humor negro, la celebración del absurdo más retorcido, de la recreación en el sensacionalismo más bochornoso y delirante, constituyen los mayores alicientes (junto con las carcajadas más o menos intencionadamente buscadas) para el visionado voluntario de esta familia de filmes de la factoría de Mario Bava, Dario Argento o sus derivados ibéricos del egomaníaco Paul Naschy o del infatigable Jesús Franco.

La trama (es un decir) de Tenebre, uno de los máximos clásicos del subgénero, presenta a Peter Neal (Anthony Franciosa), un famoso escritor americano de novelas de intriga y asesinatos, que vuela a Roma desde Nueva York (acude al aeropuerto… ¡¡¡en bicicleta!!!, siguiendo al coche que porta su equipaje) para la promoción de su última novela (su título coincide con el de la película). Una vez allí, comienzan a cometerse sangrientos crímenes inspirados directamente en las páginas escritas por Paul, quien en su hotel no deja de recibir anónimos con extractos de frases y párrafos de su libro. Los detectives Germani (Giuliano Gemma) y Altieri (Carola Stagnaro) andan de inmediato tras la pista del asesino, pero las muertes sucesivas hacen que Paul se encargue personalmente de desenmascararle con ayuda de un becario de su editorial italiana (Christian Borromeo), un misterio en el que se ven involucrados el editor (John Saxon), un famoso presentador televisivo (John Steiner) y un montón de mujeres macizas (Mirella D’Angelo, Veronica Lario, Ania Perioni, Lara Wendel…).

Tenebre_3_39

Porque una de las señas de identidad del giallo es la inclusión en el reparto de actrices de buen ver que, oportunamente ligeras de ropa, sean víctimas preferentes para criminales y psicópatas de todo pelaje. El erotismo, uno de los motores principales de este tipo de películas, a menudo próximas en cuanto a estética, atmósferas y precariedades presupuestarias al cine erótico o directamente pornográfico (de hecho, directores como Jesús Franco saltaron indistintamente de uno a otro), salpica constantemente Tenebre hasta el punto de que el denominador común a todos los crímenes cometidos en la persona de mujeres no es otro que su estado de semidesnudez, su disposición a tener sexo o el hecho de haberlo tenido recientemente. Continuar leyendo “Esos locos maravillosos (I): Tenebre (Dario Argento, 1982)”