Simpática gilipollez: Combate de gigantes (Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili, Giorgio Capitani, 1964)

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Si el cómic americano tiene a Los 4 Fantásticos,  el peplum mediterráneo (coproducciones entre Italia y Francia, Italia y España, o entre todas entre sí, como es el caso) tiene a Hércules (o Heracles, en terminología griega), Maciste, Ursus y Sansón. Y lo que tiene el director italiano Giorgio Capitani es el morro suficiente para juntar a los cuatro en esta abierta parodia del género. Combate de gigantes (Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili, 1964) se chotea de los lugares comunes de las películas “de romanos”, esas cintas europeas de los años 60 que, al calor del éxito de las grandes superproducciones norteamericanas, se dedicaron a recrear con mayor o menor fidelidad, con más o menos gusto y nivel de calidad técnica y artística, algunos de los episodios, reales o míticos, más populares de la Antigüedad, sus mitos, sus leyendas, sus personajes y sus conflictos.

El carácter zumbón del filme queda ya patente en los créditos iniciales.

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Inmediatamente después, asistimos a la primera irreverencia. Zeus habla a Hércules (la película mezcla indistintamente denominaciones griegas y latinas; en otros momentos Zeus es Júpiter) en una encrucijada del camino: a la izquierda, le dice, se abre la ruta hacia la virtud; a la derecha, los reinos del placer. Por supuesto, Hércules (Sergio Ciani, de nombre artístico Alan Steel), harto ya de virtudes insípidas, elige el placer: el camino de la derecha conduce al reino de Lidia, famoso por la belleza de sus mujeres. Su padre divino se cabrea, pero a pesar de que sus advertencias en forma de rayo, Hércules pasa de él y se va de ligue. Allí salva de ahogarse a la princesa Ónfale (Elisa Montés), de la que se enamora y a la que pretende desposar. Pero Ónfale está enamorada a su vez de Inor (Luciano Marín), el hijo del rey de los belicosos hombres de la montaña, enemigos mortales de su madre, Nemea (Lia Zoppelli), reina de Lidia. Para terminar de liarla, Goliat (Arnaldo Fabrizio), el bufón, manipula el oráculo y establece que para que Hércules pueda desposar a Ónfale, debe vencer al hombre más fuerte de la Tierra: Sansón (Nadir Moretti, que firma la película como Nadir Baltimore). Sin embargo, Dalila (Moira Orfei), celosa de que su marido quiera irse de picos pardos a Lidia (también él se siente atraído por las mozas lidias), le corta el pelo. Sin fuerzas, el embajador de Lidia (Conrado San Martín), regresa acompañado del guiñapo de Sansón, del recto y valiente Maciste (Howard Ross) y el borracho y burdo Ursus (Yann Larvor, acreditado Yann L’Arvor). Sigue leyendo “Simpática gilipollez: Combate de gigantes (Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili, Giorgio Capitani, 1964)”

Música para una banda sonora vital – Regreso al futuro (Back to the future, Robert Zemeckis, 1985)

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Esta película de Robert Zemeckis, el ‘pequeño Spielberg’, inicio de una saga que, como suele ser habitual, decaía con cada nueva entrega, aglutina lo mejor y lo peor del cine palomitero de los ochenta, que no por casualidad es, en términos generales, la década menos afortunada de la historia del cine.

Entre aquellos aspectos del filme que cobraron más trascendencia destaca la banda sonora de Alan Silvestri, y acompañándola, el tema The power of love, de Huey Lewis and the News, grupo de estilo indefinido que se llevaba grandes palos de la crítica, y no por nada.

Mis escenas favoritas – Los tres mosqueteros (The three musketeers, George Sidney, 1948)

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Un musical sin números de baile.

La concepción de esta gloriosa adaptación de la archiconocida novela de Alejandro Dumas (y sus negros, valga, en este caso, la redundancia…), producida con todo el despliegue de medios y lujos de la Metro Goldwyn Mayer de la época, queda muy próxima al género musical, y no solo por el estelar protagonismo del atlético Gene Kelly, que derrocha alardes físicos a lo largo del extenso metraje (más de dos intensas horas). El diseño de las secuencias de combate, la minuciosa y calculada coreografía de los duelos de esgrima, la colorista fotografía, el tono ligero y zumbón, y el aprovechamiento escénico de las localizaciones de exteriores y de los decorados de estudio, convierten a esta magnífica cinta de aventuras de George Sidney en un referente inevitable para hablar de la presencia de los mosqueteros en el cine, no tanto por la fidelidad en su adaptación, sino por la entrega al lúdico acto de gozar creando, pensando en el posterior disfrute del público. Además de ello, un reparto colosal: Kelly, Lana Turner, Vincent Price, Van Heflin, Angela Lansbury, Gig Young… Incluso la pava de June Allyson.

Música, maestro…

Ese otro cine español: Atolladero (Óscar Aibar, 1995)

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Más apreciado por la crítica que por el público, el debut de Óscar Aibar en la dirección de largometrajes, Atolladero (1995), western apocalíptico-futurista de innegable atrevimiento, merece reconocimiento justamente por su intención audaz y renovadora dentro del cine español contemporáneo. Aunque imperfecta, fallida y raquítica en cuanto a argumento, el diseño de producción y el magnífico trabajo de dirección la colocan como título de referencia, por encima incluso de los más celebrados, publicitados, y presuntamente novedosos e irreverentes filmes de similar jaez salidos de la factoría de Álex de la Iglesia.

La elaboración de la trama queda subordinada a la labor de traducción del cómic original a imágenes cinematográficas: en 2048, tras un holocausto nuclear, Lenny (Pere Ponce), ayudante del sheriff (Joaquín Hinojosa), desea abandonar el ambiente miserable y aburrido de los parajes desérticos de la frontera de Texas con México para marcharse a California e ingresar en la academia de policía. Sin embargo, quien debe darle el permiso es el dueño de facto del lugar, el juez Wedley (Xevi Collellmir). Lenny se ve envuelto accidentalmente en un incidente que lo enfrenta al juez, y desde entonces se convierte en objeto de un juego de “caza del hombre”, en el que el sheriff y los secuaces del juez lo persiguen a muerte por el desierto.

Tomando como punto de partida un universo ecléctico que aúna el rock extremo (no en vano, el músico Iggy Pop interpreta, o algo así, uno de los personajes principales, el de jefe de los matones del juez) y el spaghetti western (predicadores desquiciados, tequila y whisky barato, burdeles de carretera, cantinas, armas y coyotes…), en tono de fábula apocalíptica, la película destaca más por aspectos parciales que por su combinación en el conjunto. Así, resultan estimables tanto la planificación como la lograda atmósfera de frialdad y distanciamiento que marca el desarrollo del filme (en contraste con el agobiante calor que soportan los personajes, en un desierto del suroeste estadounidense que en realidad son las Bardenas Reales navarras). Por el contrario, las interpretaciones son muy desiguales Sigue leyendo “Ese otro cine español: Atolladero (Óscar Aibar, 1995)”