Reinventando un mito – Robin y Marian (Richard Lester, 1976)

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Esta magnífica obra de Richard Lester forma parte de esa corriente no oficial que podría llamarse ‘cine de la decadencia’, películas que subvierten el orden establecido en el tratamiento de los géneros cinematográficos de la etapa clásica y cuya reformulación deja espacio a la derrota, al desencanto, al descreimiento, a la figura del perdedor como epicentro de la narración cinematográfica. Un fenómeno particularmente explotado en la década de los setenta que ya había dado comienzo en la era dorada del cine negro (1941-1959), había encontrado en John Huston a su avezado cronista y se había convertido en poesía en dos de los grandes clásicos del western dirigidos por John Ford, Centauros del desierto (The searchers, 1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962) antes de eclosionar en la filmografía de dos grandes como Sam Peckinpah o Clint Eastwood. Esta Robin y Marian está además estrechamente emparentada con otra película que engrosaría esta lista de amargos desengaños retratados en vivos colores y narraciones vibrantes, La vida privada de Sherlock Holmes (The private life of Sherlock Holmes, Billy Wilder, 1970), otra obra que, igual que este clásico moderno de Richard Lester, logra utilizar personajes, situaciones y entornos por todos conocidos para, sin traicionar su esencia y los rasgos distintivos y de carácter que les son propios, innovar ofreciendo nuevas historias concebidas desde originales puntos de vista que sin embargo conservan los esquemas de siempre. Películas en las que Holmes y Watson o Robin y Marian son otros sin dejar de ser ellos mismos, siendo incluso más ellos mismos que nunca, más humanos, más de verdad. Más mortales. Y la manera en que Lester o Wilder logran esta aproximación más directa y honesta a la que debiera ser la realidad de carne y hueso de unos seres humanos imperfectos, especialmente dotados de talentos y habilidades concretos en algunos aspectos pero desesperadamente normales en cualquier otro, consiste en dar la vuelta a las situaciones, en desubicar al espectador, en conseguir que al público le suene la letra pero tarde en reconocer la melodía.

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Así, de entrada, no nos encontramos a Robin y Little John en el bosque de Sherwood, hostigando a las tropas del sheriff de Nottingham entre carreras en leotardos, competiciones de tiro con arco y sorbos de aguamiel, sino en la parte de Francia ocupada por Inglaterra, asediando el castillo de un noble por orden del rey Ricardo recién retornado de Tierra Santa, en un entorno reseco y pedregoso (en realidad Villalonso, provincia de Zamora; el resto de la película se filmó en las cercanías de Pamplona), abandonado de la mano de Dios bajo un impenitente sol de justicia. A partir de este momento asistimos a una reconstrucción del personaje de Robin Hood, a un relato posterior a sus famosas hazañas en el que reconoceremos los nombres pero no las situaciones que representan. El tradicionalmente magnánimo rey Ricardo Corazón de León, el eternamente esperado libertador del pueblo inglés de la tiranía de su hermano el príncipe Juan Sin Tierra, aquí es un rey botarate y autoritario, cruel y vengativo, sanguinario y egoísta (fenomenalmente compuesto por Richard Harris). Un hombre que no duda en encarcelar y condenar a sus fieles capitanes simplemente por la intrascendente desobediencia de una orden inútil y gratuita, únicamente amparada en su avidez por un oro inexistente. Este síntoma inicial se traslada al resto de la cinta, en la que nada es lo que fue.

Robin (un zumbón Sean Connery) es un anciano desengañado de la vida que cabalga sin pantalones y que ya no reconoce el bosque en el que vivió sus aventuras. No queda rastro de su casa ni del campamento de sus arqueros, los senderos se han borrado, la maleza campa a sus anchas, nada es lo que él recuerda. El bosque, un personaje en sí mismo, un lugar mítico, un hogar idealizado, ha difuminado la leyenda de Robin Hood, ha dispersado a sus antiguos seguidores (ancianos, huidos o muertos) y ha enterrado su recuerdo en una maraña de ramas y arbustos. Marian (maravillosa Audrey Hepburn) es ahora monja, y no una cualquiera, sino la abadesa de un convento que se enfrenta a la implacable autoridad del rey Juan (Ian Holm), enemigo de Roma que ha decretado la expulsión de las órdenes religiosas y la incautación de sus bienes. Será la defensa de Marian, no la de la religión (a estas alturas el desencantado Robin ya sabe de qué va el percal de la invención de los dioses), la que conducirá a Robin a tomar de nuevo las armas junto a sus antiguos compañeros, ahora achacosos, fray Tuck (Ronnie Barker) y Will Scarlet (Denholm Elliott), para, rememorando viejos tiempos, haciendo honor a las baladas y leyendas que el pueblo sigue cantando sobre ellos, emular su juventud enfrentándose de nuevo al sheriff de Nottingham (Robert Shaw), un adversario que, sin embargo, no es un enemigo, al que combaten dentro de las reglas de la más estricta deportividad británica.

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Robin ha perdido así su halo legendario (barrido por la sangrienta realidad descubierta en su peregrinaje por Europa y Palestina) y a su amor (Marian está ahora casada con Dios); en resumen, Robin y Marian es un relato de la pérdida de la inocencia. Lejos están ya los leotardos y la juvenil inconsciencia de Errol Flynn; aquí se trata de administrar el cansancio, el hartazgo, el retiro, el desengaño, el olvido. Robin y los suyos no luchan ya por ideales sino por un mundo que ya no existe, por la vida perdida, con las mismas caras pero carentes ahora de tiempo y de sitio. Sherwood murió sin Robin, y Robin no era nada fuera de Sherwood. Los intentos de Robin por recuperar el esplendor del pasado están abocados al fracaso por más que a sus labios vuelvan las antiguas reivindicaciones: “he conocido a los tuyos toda la vida -le dice al enviado del rey-. Os he combatido desde joven, sois el enemigo […]. Vosotros coméis carne, nosotros pan y queso. Las leyes no os alcanzan ni sois perseguidos por ningún crimen. Este es mi bosque, y vivo en él como quiero”. De nuevo Robin enfrenta la utopía de su nuevo orden social en el bosque, el laboratorio de pruebas de que otra sociedad es posible, con la realidad de un tirano despótico que recauda impuestos y retoza con su joven amante (Victoria Abril), y que como única respuesta a las justas reivindicaciones de su pueblo envía un ejército para someterlo a sangre, hierro y fuego.

Entre ambos, un sheriff de Nottingham que es espejo de la decadencia de Robin. En su lucha, como en el trabajoso ascenso de Robin y Little John por las almenas del castillo y su esforzado combate para huir, se ve el peso de la edad y del recuerdo. Ambos pertenecen a mundos distintos y cumplen una función, pero no hay odio ni rencor personal. Se saben piezas de un engranaje, representantes de un papel que les ha sido otorgado y al que no pueden renunciar, figurantes de un teatro tan antiguo como el mundo cuyos papeles han sido repartidos al azar. En el sheriff y en Robin se da solidaridad y reconocimiento, empatía y mutua comprensión, el entendimiento de que son piezas fundamentales, opuestos ineludibles de una generación compartida, de que se necesitan el uno al otro para dar sentido a su completa existencia. La dramática y patética lucha de ambos, el duelo a muerte despojado de cualquier mitificación, de cualquier heroicidad épica, la lucha de dos ancianos doloridos y exhaustos por ver quién se derrumba primero, un combate durante el que uno y otro se ayudan para levantarse del suelo o para soportar con entereza y dignidad el peso de la cota de malla o los golpes de espadas y escudos, es la imagen de un mundo caduco y superado, la impronta de un recuerdo fugaz destinado a disolverse en una canción.

Capítulo aparte merece el reencuentro de los enamorados, Robin y Marian, un capitán condenado por su rey debido a su desobediencia y una monja que renuncia a dios para recuperar al amor de su vida. Tampoco ellos están completos sin el otro: “mi vida es mía, Robin”, dice Marian. “Ni lo pienses”, responde él. La historia de su reencuentro es una de las más bellas que ha dado jamás el cine, una tragedia equívoca, puesto que su final es compartido, provocado y deseado por ambos, dando un nuevo prisma al concepto de felicidad: “te amo más que a los niños, más que a los campos que planté con mis manos, más que a la plegaria de la mañana, más que a la paz, más que a la alegría, más que al amor, más que a la vida entera. Te amo más que a Dios”. Esta declaración final de Marian, esta entrega absoluta, coincide con la herida de muerte de Robin, es su antídoto, su curación eterna. “Donde caiga la flecha, entiérranos juntos”, da Robin su última orden a Little John (Nicol Williamson), justo antes de que la flecha surque, más libre que nada, el cielo de Inglaterra hacia el infinito.

La película se abre y se cierra con una imagen similar, un bodegón. Naturaleza muerta. Entre una y otra, sólo vida, nada más que la vida, toda la vida. La vida entera.

 

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6 comentarios sobre “Reinventando un mito – Robin y Marian (Richard Lester, 1976)

  1. Es una película maravillosa. La volví a recuperar hace ya unos años en aquel mítico programa de José Luis Garci. Menuda diferencia entre la película de Lester y la de Jerry Zucker de 1995, El primer caballero, donde Connery vuelve a regentar el Reino de Camelot, pero sin pedos ni eructos, edulcorada a más no poder, casi que uno espera escuchar ese acento latino de los culebrones, con esos besos cautivos y esas puertas que se abren de repente por parte del cornudo para que la plebe televisiva exclame de asombro. Y ya ni te hablo de Richard Gere con ese careto siempre agrio, como los de esa gente que hace cola en las oficinas de empleo. Sí, ese Gere que es un manitas e inventa esa fuente bajo la lluvia a base de hojas surgidas del jurásico para darle de beber a Ginebra. Menudo bodrio. Ay, esa flecha que vemos al final de la película de Lester se va perdiendo en la distancia pero no se cae, sigue recta, rauda, incansable, hacia ese otro territorio donde solo tiene cabida los verdaderos mitos y nosotros conservándolo en el espíritu.

    Un fuerte abrazo.

    1. Jo, de un hermoso y decadente Sherwood a un plastificado Camelot de pacotilla, y tiro porque me toca… Dos mundos absolutamente opuestos, pero mejor los eructos de Connery que el careto de estreñimiento de Gere, sin duda.

      Abrazos

    1. Y tanto. Y revolucionaria a su manera. No sólo porque una monja anteponga el amor romántico (y sexual) al amor por dios, sino porque estas declaraciones explícitas hechas por una mujer no eran nada habituales en la pantalla ni siquiera en el cine de los 70.

      Besos

  2. ¿Y dónde se localizó el desfiladero rocoso por donde circula el cortejo fúnebre de Ricardo? Desde luego, aunque el paisaje es imponente, parece mentira que eligieran esta parte de España para ambientar las húmedas Francia e Inglaterra…podían haberse ido a Galicia, al menos.
    Y otra cosa, al menos en el doblaje chirría cantidad que la escultura “de oro” mida 1 “metro”, en plena Edad Media. Espero que en el original su longitud se mida en pulgadas o con lo que midieran en el siglo XII

    1. La elección del paisaje es deliberada, sí, precisamente en contraposición a las humedades del bosque. Digamos que opone la crudeza del presente a la nostalgia del pasado… En lo del doblaje, toda la razón. No es especialmente afortunado, tampoco en eso.

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