Diálogos de celuloide – El último tango en París (Last tango in Paris, Bernardo Bertolucci, 1972)

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PAUL: Recuerdo que un día me había puesto mi mejor ropa para llevar a una chica a un partido de baloncesto y, cuando iba a salir, mi padre me dijo: “Tienes que ordeñar la vaca”. Yo le dije: “¿Te importaría ordeñarla tú?”. Y él me contestó: “Ni hablar. Mueve el culo”. Salí a la calle. Tenía mucha prisa. No me quedaba tiempo para cambiarme y, de camino al partido, llevé los zapatos cubiertos de mierda. El coche apestaba.

Last tango in Paris (1972). Guión de Bernardo Bertolucci y Franco Arcalli.

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5 comentarios sobre “Diálogos de celuloide – El último tango en París (Last tango in Paris, Bernardo Bertolucci, 1972)

  1. Tenía ocho años cuando se estrenó El último tango en París. Yo nací en una provincia no muy alejada todavía de la edad media (Buñuel me comprendería muy bien). Nací y me crie en una calle de campesinos. Todavía había carros tirados por caballos. ¡Madre mía cualquiera diría que tengo ochenta años! Pues bien, tenía un vecino campesino (payés en catalán) más putero que Berlusconi. En su cuadra, junto al burro, tenía una pequeña habitación con un proyector de cine de Super 8 donde el crápula proyectaba películas porno. Allí se reunía toda la payesía de la provincia. Creo que mis padres asistieron más de una vez. Mi hermana pequeña está convencida que vino a este perro mundo por culpa de aquellas proyecciones, en fin. Como yo estaba ya tocado por el cine: “El cine es verdad veinticuatro imágenes por segundo”, que diría Godard, una vez me presenté sin permiso y allí vi unas imágenes de unos desnudos setenteros, es decir, un tipo con una melenita hortera, grandes y frondosas patillas y el pecho como el de un lobo y la tía, algo feucha y con una buena mata de pelo en las axilas. La iluminación era malísima y de vez en cuando se sentía el rebuzno del burro, y ya ni te cuento el olor que desprendía la cuadra. El refinado de Proust olió el aroma a té con la magdalena y le dio por escribir esa maravilla. Yo, huelo ahora la boñiga de un burro y me transporta a… bueno, no importa. En resumidas cuentas; que el payés, más adelante, iba diciendo por toda la calle con tono achulado que iba a ir con su mujer a Perpiñán para ver El último tango en París. Dos años después el tunante daría la tabarra con la película Emmanuelle. Con los años vi El último tango en París con todos estos recuerdos más lo que añade uno con la imaginación, y con lo primero que me encuentro es un Marlon Brando gritando bajo un puente: El grito de Munch y después muchos cuadros de Francis Bacon.

    Madre mía, debo ser más conciso, amigo. Abrazos y buen finde.

    1. Sí, es verdad, malgastar así la mantequilla… 😉

      No, en serio. Te entiendo. Tiene algo de desesperación acumulada, de melancolía irresoluble, que, bien pensado, toca duro.

      Besos

    1. Lo de Brando es una anécdota real añadida de manera improvisada al speech que tenía escrito en la pared de enfrente y al que no hacía demasiado caso (su método de trabajo consistió en no aprenderse los diálogos, y que todo estuviera lleno de etiquetas, notas y carteles recordándole sus frases; algunos incluso colgando de la vestimenta de parte del reparto cuando era preciso).

      Lo de Paco es una anécdota real añadida de manera improvisada a su comentario. Muy de Brando, diría yo, por cierto.

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