Ocasión perdida: El sastre de Panamá (The tailor of Panama, John Boorman, 2001)

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Prácticamente nada funciona en esta a priori prometedora adaptación a la pantalla de la novela de John Le Carré por parte de John Boorman, otrora uno de los más afamados (justamente) directores británicos de la nueva ola pero cuya filmografía, con el paso de las décadas, se compone tanto de películas más que interesantes como de títulos olvidables, siendo, por desgracia, abrumadora mayoría estos últimos. Una lástima, puesto que el punto de partida de la trama, el escenario escogido y la participación del propio novelista en la escritura del guión (junto con Andrew Davis y el propio director) auguraban un resultado más logrado que la acumulación de elementos fallidos en que se convierte finalmente el filme.

El problema inicial, y que termina por condenar el resultado global de la película, es la indefinición en el tono. Boorman y compañía pretenden contar cosas muy serias con un tono frívolo, casi cómico, en un inmenso error de concepción del proyecto. Así, el agente británico Osnard (Pierce Brosnan), es desterrado por el MI6, el servicio secreto británico, a la zona del Canal de Panamá después de que su destino en Madrid terminara con un escandaloso affaire con la amante del Ministro de Asuntos Exteriores (la película no especifica si se trata del español o del británico). Osnard busca redimirse ante sus superiores dando un golpe de efecto a su carrera con la creación de una infraestructura de información y el descubrimiento de alguna trama decisiva, en un entorno proclive al tráfico de drogas y armas y a la conspiración en todo tipo de asuntos, y para ello entra en contacto con uno de los apenas dos centenares de británicos que viven en Ciudad de Panamá, el sastre Harry Pendel (Geoffrey Rush), a cuyo comercio, heredero de un anterior negocio en el londinense Saville Road, acuden a vestirse los más relevantes financieros, políticos y hombres de negocios del país. La dudosa condición de Pendel y las ansias de Osnard por descubrir lo inexistente y obtener así un billete de regreso a Europa generan una maraña de informaciones falsas, manipulaciones tendenciosas, interpretaciones peligrosas y consecuencias indeseadas que involucran a la esposa de Harry (Jamie Lee Curtis), trabajadora de la entidad que gestiona el Canal tras su devolución por los Estados Unidos, a su familia (como curiosidad, el hijo de la pareja lo interpreta Daniel Radcliffe) y también a algunas de sus amistades, como Mickie Abraxas (Brendan Gleeson), antiguo resistente contra el gobierno de Noriega, y su propia secretaria y asistente, Marta (Leonor Varela), desfigurada en un acto de violencia callejera que pasa por víctima de las torturas del régimen. Un globo de mentiras que no deja de crecer y que termina por amenazar la vida de todos, además de dar el pistoletazo de salida a una nueva invasión norteamericana de la zona del Canal.

Como se ha apuntado, el problema básico de la adaptación es el tono de comedia con que se pretende barnizar, casi siempre sin éxito, una historia que sin duda tenía mucho más que ofrecer por la vía “seria”. La dificultad añadida estriba no sólo en lo inadecuado del tono humorístico, sino también en el excesivo,  y por lo general insatisfactorio, protagonismo que el sexo adquiere en ese intento de tratamiento cómico de la historia: Osnard sufre un exilio profesional por culpa de un lío de faldas, y nada más llegar a Panamá comienza flirtear con una empleada de la embajada británica (Catherine McCormack), un personaje que no cumple ninguna otra función en el argumento salvo dar salida a los efluvios románticos del protagonista, y del mismo modo inocuo y ocioso. La elección de Brosnan para el papel también puede considerarse un error en esa línea pretendidamente cómica, al considerar así al personaje por la vía rápida de la identificación física como una especie de anti-Bond, un negativo de sus propias interpretaciones como agente 007 desde mediados de los noventa hasta los inicios del siglo XXI, aspecto este que en ningún momento se desarrolla en el guión más allá de la encarnación de ambos tipos por el mismo actor. Tampoco funciona la dinámica que, en esa mismo plano, intenta en un momento dado el personaje de Osnard con la esposa del sastre Pendel, dada la inexistente química entre ambos (y cualquiera que se acerque a medio metro de Jamie Lee…). Por último, el hecho de que las “revelaciones” que Pendel transmite a Osnard posean asimismo una clave cómica de lectura sexual (en el primer caso, en un hotel barato de los bajos fondos, mientras ven una película porno sentados en una cama vibradora, y con una pareja haciendo el amor en la ventana de enfrente; más adelante en un club homosexual, mientras bailan muy apretaditos), no ayudan a considerar favorablemente los elementos dramáticos con que se pretende equilibrar la cinta por el otro extremo: el destino de Abraxas y de Marta genera la más pura indiferencia en el espectador, y el conflicto internacional no llega a desarrollarse plenamente, ya que las derivaciones de las fantasías levantadas por Osnard y Pendel vuelven a sufrir el lastre pseudo-cómico de los irresponsables funcionarios del servicio secreto británico (incluida la toma de uno de ellos en calzoncillos) y de la embajada en Panamá, que incluso aceptan sobornos. Tampoco se muestran lo suficiente las implicaciones del asunto en la política interna del país (el presidente se limita a aparecer fugazmente, y en ningún caso se detallan los entresijos profesionales del empleo supuestamente crucial de la esposa de Harry en el Canal).

En el aspecto puramente formal, además de lo equivocado del tono general, más cómico (fallidamente cómico) que dramático, tampoco funcionan los aspectos más ligados a la acción: las persecuciones de coches no están trabajadas, se desaprovechan casi totalmente las inmensas oportunidades que ofrece Ciudad de Panamá y el entorno geográfico del Canal, la ciudad no llega a convertirse en ningún caso en escenario, sólo en lugar de paso, las secuencias de Washington sufren igualmente de la indefinición general, y ciertos toques digitales terminan por arruinar incluso el reducido interés visual del filme (helicópteros de juguete que invaden el cielo de la ciudad o que se retiran en el último momento).

¿Qué es lo que merece la pena en esta ocasión perdida? Geoffrey Rush. Su personaje, un impostor capaz de disparar mentiras sin cuento y sin el menor rubor con absoluta indiferencia a las consecuencias, es sin duda el más interesante de la película, el que ofrece más matices y recovecos, y en el que Boorman pierde más tiempo en el dibujo de su personalidad aunque sin llegar a lo mínimamente necesario. Una vez más, las circunstancias de Pendel quedan subsumidas en la fallida voluntad cómica del conjunto con las ridículas apariciones de su tío Benny (nada menos que Harold Pinter) susurrándole ideas y reconvenciones al oído, materializándose en los lugares más insospechados y en los momentos más inoportunos. Rush se deja la piel y buena parte de su energía en el carrusel en que se convierte su hasta entonces plácida vida panameña, sin que el resto de la película comparta esa intensidad y ese interés, lo cual consigue que, como efecto negativo, parezca constantemente sobreactuado, y que solamente en los créditos iniciales, cuando se conduce con gran pericia en el oficio de sastre, marcando patrones y cortando telas, deje clara muestra de su capacidad como intérprete.

Si a todos estos elementos sumamos la extrema precipitación y ligereza con que se resuelve la trama, como si pareciera que de repente los productores se hubieran quedado sin dinero, sin papel y sin película, nos encontramos con un título más interesante al inicio que al final, con una película que bien podría llamarse El desastre de Panamá en tanto alguien no aborde la necesaria tarea de tomarse esta historia en serio, aunque sea contra el gusto y la querencia del mismísimo Le Carré. Urge contar esta historia desde el plano dramático. ¿Dónde están los remakes cuando de verdad se necesitan?

4 Respuestas a “Ocasión perdida: El sastre de Panamá (The tailor of Panama, John Boorman, 2001)

  1. Esta no la he visto, Alfredo, y eso que siempre procuro ver las películas basadas en las novelas de John le Carré, aunque no sea uno de mis novelistas favoritos a la hora de tocar el espionaje que no espía nada. Me gustó El topo con un espléndido Gary Oldman, como también me gustó (algo menos) El jardinero fiel, y sí me gustó bastante El hombre más buscado con el siempre magnífico Philip Seymour Hoffman. Sin embargo, el escritor que más me gusta en estos asuntos de espionajes que no espían nada es Graham Greene, quizá uno de los mejores, pero tampoco fui a ver El americano impasible. Cuando vi la cartelera me pregunté qué coño hacía George de la Jungla allí. Y respecto a John Boorman me gustan sus primeras películas, sobre todo A quemarropa, Deliverance, algo de La selva esmeralda (cada vez me gusta menos) y el estupendo documental Lee Marvin: A Personal Portrait. La esperanza y la gloria también naufraga en el intento autobiográfico y cada vez que la veo me digo qué enormes posibilidades tuvo este Boorman, que de joven, con ese pelo panochil se parecía mucho a Barri Foster, el frutero de Frenesí). En fin.

    Abrazos.

    • Hijo, qué manera de conectar películas, literatura y recuerdos. ¿Y ahora qué rayos comento yo? Pues me quedo con lo más importante, por supuesto: por el pelo panochil. Ya sabes que se dice que los pelirrojos son el precio que hay que pagar para que existan las pelirrojas.

      En fin, que opino más o menos lo mismo. Como no soy lector de novelas de espías, me ahorro comentar nada. Pero de Boorman mi favorita es A quemarropa, desde luego. Y cosas de Excalibur. Poco más.

      En cuanto a George de la Jungla, como sabes, en la peli se lo cargan: no me digas que no es buen motivo para verla.

      Abrazos

  2. Te cuento un secreto…, siempre que con buenas intenciones trato de ver esta película… (y ha sido más de una vez)… me quedo profundamente dormida… y sin ganas de retomarla. Pero ¡ante tu análisis ando bien despierta!

    Beso
    Hildy

    • Pues mira, mi queridísima Hildy, eso ya califica la película definitivamente. Si con tu entusiasmo, tu optimismo, tu positividad al enfrentarte a cualquier película, caes sobada sin remisión y con carácter reincidente, esto es un truño de no te menees, un bodrio de campeonato, un cagarro fuera de toda medida. Y, a lo que parece, un excepcional remedio contra el insomnio. Yo que tú lo apuntaba y/o lo patentaba.

      Besos

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