Con la soberbia hacia el desastre: La última carga (The charge of the Light Brigade, Tony Richardson, 1968)

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Balaclava, episodio de la guerra de Crimea (1853-1856), que enfrentó a la Rusia de los zares y a una coalición formada por el Imperio británico, Francia, el Imperio otomano y el reino de Cerdeña, ocupa un lugar destacado en la historia de la incompetencia militar. Lejos de retratar la famosa carga de la brigada ligera en los términos de vibrante épica y heroico sacrificio que Michael Curtiz presenta en el filme clásico de 1936 protagonizado por un Errol Flynn embutido en su impecable uniforme habitual, Tony Richardson, en plena era del Free Cinema y con medio mundo convulsionado por los vientos del 68, hace memoria del célebre fiasco militar británico para no dejar títere con cabeza y sacar los colores a la Gran Bretaña del último tramo de los años 60. Además de guardar en su relato mayor fidelidad a la concatenación de circunstancias que llevaron a la flor y nata de la caballería británica al ridículo más bochornoso, aprovecha para repartir a diestro y siniestro y degradar y caricaturizar y las apolilladas estructuras mentales, económicas y sociales de un imperio que hacía aguas (estamos en la era de la descolonización) y que se seguía teniendo (como sigue haciéndolo) por pieza fundamental en el engranaje del progreso de la humanidad.

Una brigada creada a su imagen y semejanza, y mantenida con dinero de su propio bolsillo, por el estrafalario Lord Cardigan (colosal Trevor Howard), un militar presuntuoso, vanidoso, altivo, inculto y borracho que entiende la guerra como una parada militar en la que obtener la victoria por derecho divino o por inevitable reconocimiento de la superioridad británica derivada de la simple observación de sus ostentosos uniformes y del inmejorable estilo en el desfilar de las tropas, por no mencionar la riqueza y sonoridad de los ilustres apellidos de los miembros de su compañía, entresacados de la más alta alcurnia de la aristocracia británica. A ella se incorpora un joven capitán Nolan (David Hemmings) proveniente de la India, donde ha conocido la guerra de verdad, y que de inmediato es señalado por algunos oficiales y compañeros como extranjero, máxime cuando se hace acompañar por un criado indio ataviado con las ropas de su país de origen. Naturalmente, en esta forma de entender la guerra, más pendiente de los bailes de sociedad, de los estrenos operísticos y de las copiosas cenas de los clubes de oficiales que de los movimientos tácticos, el estudio del terreno y el conocimiento del adversario, Nolan tiene mal encaje y, enfrentado desde el principio con Cardigan, se ve relegado, avergonzado y apartado del grupo. Al tiempo, la sociedad británica se ve inmersa en un conflicto internacional que, azuzado por una prensa que no entiende nada de aquello que publica (ni siquiera es capaz de ubicar en el mapa los, a priori, enclaves geográficos fundamentales en el presunto litigio que enfrenta al Imperio con la Rusia zarista), y dirigida por una casta política analfabeta, arribista e incompetente, que ve en la estatua ecuestre de Wellington una huella de un reciente pasado glorioso que, sin embargo, no sabe dónde colocar ahora, se lanza encantada a las pompas y fastos de una guerra que consideran ganada de antemano en la mejor tradición del Brexit mental, de corte racista y ultranacionalista, que ha marcado y marca a buena parte de la sociedad británica en sus relaciones con el resto del mundo. Una sociedad anquilosada e inadaptada al mundo moderno en la cual los mandos militares no se ofrecen a los oficiales más capaces, sino en virtud del rango aristocrático de quienes ostentan las distintas graduaciones; no es un Estado Mayor quien decide quiénes van a ocupar las distintas jefaturas, sino un grupo de altos mandos, enfrentados entre sí (divertidísimos los continuos cruces de insultos entre Cardigan y Lord Lucan, interpretado por Harry Andrews, incluso en el campo de batalla en los momentos previos al combate), que reparten los cargos entre un grupo de aristócratas nerviosos que pugnan por obtener un nombramiento que dé prestigio a su casa y su apellido, que llene sus arcas y les permita presumir en los bailes protocolarios, pero que les obligaría a poner en práctica una serie de capacidades de las que carecen por completo.

Así las cosas, la estupidez reinante se traslada al frente. Oficiales que viajan en compañía de sus mujeres y/o de sus amantes, tropas indebidamente pertrechadas, soldados víctimas del cólera que son abandonados a su suerte, denostados porque al desmayarse y perder el conocimiento, o la vida, estropean el espectáculo de una perfecta e impoluta formación encabezada por los estandartes de la Union Jack y el sonido de las gaitas escocesas, inoperantes aliados franceses que, enfermos o tarados, se quedan dormidos en mitad de una conversación y no aportan nada en la batalla, y por último, una dirección incompetente, indiferente al sufrimiento de las tropas, que desde sus puestos de observación, rodeados de comodidades, juegan a la guerra con las piezas humanas de lo que para ellos no es más que un juego de mesa en un tablero que consideran propio. Por supuesto, el desatinado cruce de órdenes contradictorias y la indebida colocación de la brigada ligera, reservada durante los primeros combates para su lucimiento posterior, y finalmente puesta en el lugar equivocado en el momento más inconveniente, envía a los mejores hombres y las mejores monturas directamente contra una artillería rusa que, enriquecida con piezas británicas incautadas en un combate anterior, no tiene piedad.

En este punto, el relato de Richardson se eleva por encima de la mera crítica “local” y se convierte en un alegato antibelicista. No hay épica ni valor, no hay acciones heroicas ni las batallas se muestran como un encadenado de secuencias de acción. El mogollón humano, de explosiones y de pertrechos se ve salpicado de instantáneas de la violencia más atroz e incomprensible, por un objetivo además absurdo, carente de todo valor estratégico, en el que el habitual menosprecio de los británicos hacia sus adversarios les cuesta una de las mayores debacles de su historia. Este aspecto, el de la presunta superioridad británica sobre el resto del planeta, se ve acrecentado por los distintos pasajes de animación, elaboradísimos, de una perfección técnica solo comparable al valor satírico que contienen, que dividen los distintos fragmentos de la trama, y que hacen mofa de la gloriosa era victoriana, de sus victorias con pies de barro, de los oropeles y de las banderas que no ocultan las penurias de un pueblo que vive enterrado en las minas, diseminado en los suburbios pestilentes e insalubres de las grandes ciudades industriales, con la cara tiznada, las chaquetas raídas y las botas agujereadas, que ve en el ejército a veces una salida para llenarse el estómago y vestir ropa decente, pero al que las marchas al ritmo de los tambores por la campiña rusa cercana al Mar Negro le traen absolutamente sin cuidado por más que la prensa al servicio del poder invierta tiempo y esfuerzo en convertirlos a la causa y convencerles de la importancia decisiva que una victoria lejana puede tener en sus miserables vidas y en la aventura diaria de ganarse el sustento. Mientras tanto, la aristocracia del dinero y de las armas pierde el tiempo en sus juegos de guerra, en los bailes de la alta sociedad y en la miseria moral que disculpa o consiente el adulterio (Nolan y la dulce Clarissa, la mujer de su mejor amigo interpretada por Vanessa Redgrave) mientras empuja a los hombres a la muerte en las llanuras próximas a Sebastopol.

Una película colorista y mordaz, lírica y trágica, sangrienta y bellísima, cruel y sarcástica gracias al guión de Charles Wood, que viene estupendamente rubricada por la juguetona música de John Addison, la excepcional fotografía de David Watkin y un estimable catálogo de interpretaciones de algunos de los actores británicos más reconocidos, como los mencionados además de otros de la talla de John Gielgud (en un papel que es casi el anti-Churchill). La última carga es una película imprescindible en el análisis de las distintas velocidades a las que puede funcionar una potencia militar cuando de venderle un conflicto a su pueblo se refiere, cuando quienes tienen algo que perder, pero sobre todo mucho que ganar, los aristócratas y los militares (o las grandes corporaciones) presentan como esencial para los que no tienen nada un conflicto que ni les va ni les viene. Ejército, política, prensa y aristocracia: Richardson tira contra todos ellos y no deja uno incólume. El insoportable peso de la tradición que lleva a un país a ahogarse en su propia gangrena.

4 Respuestas a “Con la soberbia hacia el desastre: La última carga (The charge of the Light Brigade, Tony Richardson, 1968)

  1. Pero, mi querido Alfredo, qué interesante análisis, ¡tampoco he visto esta película! Y por cómo lo cuentas y sobre lo que trata creo que va a interesarme mucho. Además está Trevor Howard… un actor que ha dejado varios personajes que no pueden olvidarse.

    ¿Para cuando ese libro de cine e historia…, centrado sobre todo en la descolonización?

    Beso enorme
    Hildy

    • Muy recomendable, mi querida Hildy. Estoy seguro de que te va a gustar, más allá de que esté un poquito pasada de duración (unos 140 minutos) y de que las historias personajes (el triángulo amoroso) estén tratadas un poco por encima, sin detenerse mucho. Trevor Howard está inmenso como acostumbra.

      Ay, mi querida Hildy, qué más quisiera yo…

      Besos

  2. Un texto estupendo para una película estupenda, amigo. Al bueno de Richardson lo tengo bastante abandonado. No hace mucho volví a ver La soledad del corredor de fondo y me sigue gustando más la novela y Tom Jones sigue siendo, también una de mis novelas favoritas que ensalza con la picaresca española, además de añadir Fielding una reflexión al principio de cada capítulo. La película no me parece tan buena a pesar del gran éxito que tuvo en su momento. La última carga me parece uno de sus mejores filmes. De todas maneras, ya sabes lo que me gusta el París de los 60, pero también me gusta mucho de esa década todo ese movimiento cinematográfico de esa época convulsa en blanco y negro y cuando todavía quedaban posibilidades; ¿de qué? De cosas como: reuniones en las librerías para conversar, alquileres baratos, menos tránsito y tiempo, sobre todo tiempo. Hoy el tiempo se ha comprimido tanto que se ha tenido que inventar los emoticones y darle a una tecla de “Me gusta” con la indiferencia que caracteriza hoy la desidia y la gran reducción que padece la gente respecto a la curiosidad. El otro día, sin más, me contó un tipo que había puesto en su facebook lo hijo de p… que era tal y ese tal accionó la tecla de la mano con el pulgar hacia arriba. ¡Ni lo había leído!

    Abrazos

    • Pulgar arriba y pulgar abajo. ¿Sabes que en realidad, en las luchas de gladiadores, nunca hicieron eso? En fin…

      A mí me gusta toda aquella época, películas como Mira hacia atrás con ira, o Sábado noche, domingo mañana… O If… Y ahora ahí los tienes, agilipollados con el Brexit. En cualquier caso, coincido contigo sobre Tom Jones. Vista hoy no se entiende mucho su gran repercusión. A mí me aburre como una ostra.

      Abrazos

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