Cine y televisión: breve crónica de una rivalidad equivocada

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Ya está disponible el nuevo número de Imán, revista de la Asociación Aragonesa de Escritores, en el que, entre otros interesantes contenidos que os invitamos a descubrir, se incluye un artículo, obra de quien escribe, que resume las relaciones de encuentro y desencuentro entre el cine y la televisión, desde la competencia inicial al fenómeno de las series, pasando por el cine centrado en el fenómeno televisivo.

Cine y televisión: breve crónica de una rivalidad equivocada

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8 Respuestas a “Cine y televisión: breve crónica de una rivalidad equivocada

  1. Ayyyyy, mi querido Alfredo, qué binomio… Qué interesante artículo. Y cuántos puntos tocas.
    Cómo me ha gustado la selección de películas sobre el mundo de la televisión. Hace poco pude volver a ver El síndrome de China y volvió a gustarme muchísimo.
    Me voy al melodrama, que sabes que me tira mucho, para recordar cómo Sirk define la soledad. Y es una señora madura a la que sus hijos devoradores no dejan amar ni vivir (salirse de la norma) y a la que prefieren sola frente a un regalo: un gran televisor. Ella se queda en el salón abatida, reflejándose su rostros en la pantalla. Me refiero a Solo el cielo lo sabe.

    Beso
    Hildy

  2. Este gran texto da para mucho, amigo. La rivalidad siempre estuvo en el índice de audiencia. Antes de que se instalara la televisión todo el mundo iba al cine. Luego, sin darnos cuenta ya estaba en nuestras casas esa caja de madera con botones grandes donde tenías que darle un mamporro en el lugar adecuado para que siguiera funcionando. La gente se volvió cómoda y se quedaron en casa. De ahí las nuevas tecnologías y estrategias que brindaba el cine para volver a sacar a la gente de casa. Los sesenta y setenta con aquellas grandes superproducciones plagada de estrellas, nuevos efectos especiales y de sonido. Pero luego se inventó el vhs con mejores pantallas de tele. Ahora ya ni te hablo, amigo mío. Televisores que ocupan toda una pared donde ya llevan incorporado la conexión a internet, lo cual quiero decir que se bajan directamente las pelis y las ven allí. El otro día fui al cine y solo estábamos Cris y yo. Fue el domingo a las ocho de la tarde. Luego, a última hora, entraros dos parejitas que nos dio la tarde. Hablaban en voz alta además de las risas chabacanas y todo lo demás, que diría el viejo Woody. Les dijimos con educación que hicieran el favor de callarse, y siguieron con la voz más alta. En fin, que ahora ir al cine es una vulgaridad y lo mejor es tener ese pantallón en casa para ver las pelis con tranquilidad. El cine, como proyección clásica ha muerto. Además de verlas ya en formato digital y no en rollo de celuloide que ha dejado de existir, es decir, que la calidad en la misma (quizá un poco peor) que cuando la ves en el televisor que debes pagar en plazos durante un montón de años. A mí me entristece ir al cine: primero por la calidad de películas que se realizan, y también me entristece ver cine el casa porque echo en falta aquellos tiempos del cinemascope, del celuloide y su profundidad de campo; aquellas grandes películas. Por otro lado nunca he renunciado a las series televisivas. Yo también me eduqué como espectador con ellas. Había de todo, pero, ay, recuerdo algunas que solía seguir como seguían en el siglo XIX el folletín, las novelas por entregas. Acababa un capítulo y ya tenías ganas de que llegase la próxima semana para continuar. Había el concepto de la espera y de la ilusión; dos cosas hoy también desaparecidas. ¿Qué nos queda? Como dice Bruce Springsteen en una canción: “50 canales y nada dentro”. Luego vas al cine y te defrauda la película de turno después de haber estado lidiando durante toda la proyección con un par de subnormales.

    Con tu gran texto y mi pequeño comentario ya da para departir, no sé, como dos personajes de Peckinpah perfilados por un crepúsculo de plutonio.

    Abrazos

    • Jajajaja… ¿Todavía se pagan los televisores a plazos…?

      Pues es un retrato bastante aproximado de lo que ocurre, sí. Déjame que adivine: ¿viste La llegada? ¿Qué tal? ¿Te gustó? Muchas expectativas ha levantado y mucho comentario elogioso, qué digo elogioso, entusiasta, qué digo entusiasta, fanático. Por otro lado, he visto montones de personas diciendo por ahí que es una birria.

      Se ha perdido el ritual, el sabor de las cosas. Todo se vive y se consume deprisa. Vivimos más rápido, pero no mejor. Y así.

      Venga ese crepúsculo. Abrazos

  3. ¡Hombre, claro! Habla con el tipo que tiene la última tiendecilla de electrodomésticos a la antigua usanza y que no le queda otra que fiar anotando el pago en una libreta cutre cuadriculada. Y como dijo Groucho: “Porfiando, porfiando para acabar no cobrando.” Jajaja. ¿Quedan ese tipo de tiendecillas en Zaragoza? Allí está todo amontonado como si fuera el fin del mundo y todavía se encuentra esas maquinillas de afeitar que no afeitan pero que te recuerdan a tu padre. El secador de cuya caja lleva el careto de una chica de los años sesenta. Radios que no son capaces de atrapar ningún tipo de onda. Ojo, que no estoy hablando de bazares chinos. Y no todavía no he visto La llegada. El domingo iré a verla. Ya le he dicho a nuestra amiga Hildy que está basada en un relato del escritor de ciencia ficción Ted Chiang, quizá uno de los grandes actuales. Sucesor de Arthur C. Clarke. Lo digo por aquello de la maravilla y lo espectacular de los años sesenta: 2001: una odisea… Cita con Rama y todo eso. Su libro de cuentos La historia de tu vida de la que se basa la película es magnífico. Ya veremos que ha hecho el cine con todo esto. Lo que no ha vaticinado la ciencia ficción es que cada vez que vas al cine te pierdes fragmentos de películas porque debes hacer callar a gente de más de treinta años que les apesta el aliento a palomitas remojadas.

    Más abrazos.

  4. Desde los tiempos de “Que grande es el cine” de Garci -muy recientes, no estamos hablando de la postguerra- muchas cosas han cambiado. Los nuevos televisores incorporan la conexión a internet reivindicándose como medio principal de ocio y cultura en el hogar. Nacen formatos nuevos, mueren otros pero la tele, cada vez, es mas grande, y los cines, más pequeños. Hoy es tan impensable una sala como las espectaculares “Don Quijote” o el “Gran teatro Fleta” en Zaragoza, como una tele de 14 pulgadas para el salón. Tenemos gadgets electrónicos con los que crear nuestras propias “producciones” y editarlas y compartirlas en internet de forma fácil y rápida. Por otro lado, no tenemos problema alguno en ver “La conquista del oeste”, pongamos por caso, en la pantalla del móvil.

    El artículo es denso y muy interesante, aborda varios matices de la historia conjunta de la TV y el cine. En unos coincidimos, en otros quizá no tanto, pero me ha atrapado desde la primera palabra hasta la última.

    • La democratización en el acceso tiene ventajas e inconvenientes. Por otra parte, soy consciente de la impopularidad de mis puntos de vista acerca de, por ejemplo, el fenómeno de las series de televisión (puramente comercial, en mi opinión, y realmente poco “artístico” en su mayor parte). Lo que sí es cierto es que, independientemente del formato y el concepto, el ser humano no puede pasar sin que le cuenten historias. Eso es una buena noticia; la mala, que creo que cada vez le interesa más la cantidad que la calidad, precisamente porque se ha convertido en mercancía, y ha dejado de ser objeto de disfrute y reflexión.

      ¡Gracias!

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