Espías a la antigua usanza: El hombre más buscado (A most wanted man, Anton Corbijn, 2014)

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Película ideal para ilustrar la sustancial diferencia existente entre ritmo y velocidad cuando de narrar en el cine se trata, esta cinta de 2014 se enmarca tanto en el contexto de la llamada “guerra contra el terrorismo” emprendida por las democracias occidentales contra los autoproclamados yihadistas islámicos desde el ataque a las Torres Gemelas de 2001, como en la recuperación de las historias de espías de John le Carré como munición literaria para su adaptación a la gran pantalla. El tono pausado y la importancia de los personajes por encima de la acción gratuita tan común a otro tipo de cine de espionaje no restan un ápice de interés y solidez a un guión repleto de acontecimientos y de elipsis y silencios de lo más elocuentes magníficamente trasladado a imágenes frías, asépticas, y no obstante efectivas, demoledoras, incluso angustiosas por momentos, de un suspense envolvente, capaz de dotar a una ciudad (Hamburgo) retratada a través del cristal, el hormigón y el ladrillo, de una atmósfera sutilmente amenazante, sobriamente terrorífica, y al tiempo sofisticadamente ausente. Porque la ciudad no existe de otro modo que como escenario de las peripecias de los diversos servicios de contraespionaje y seguridad y del objeto de sus investigaciones; lo demás es bosque, figuración, trasfondo, luces y sonidos, vehículos circulando y cuerpos sin idenficar moviéndose ajenos en un entorno urbano bajo cuya superficie se labran incontables tragedias, por cuya salvación mueven los hilos desde la alegalidad seres grises, desconocidos, irrelevantes, prescindibles, sobre cuyo tormentoso insomnio descansa el buen sueño de todos.

Saltan las alarmas: un inmigrante checheno, Issa Karpov (Grirogiy Dobrygin), identificado como sospechoso de terrorismo (hijo ilegítimo de un oficial ruso de alta graduación, que no se hizo cargo de su familia, musulmana), llega ilegalmente a Hamburgo y busca en los bajos fondos a alguien que le ponga en contacto con un poderoso y turbio banquero de la ciudad, Tommy Brue (Willem Dafoe), sospechoso a su vez de maniobras de blanqueo de dinero sucio. Detectado, identificado y seguido por el equipo del agente Günther Bachmann (excepcional Philip Seymour Hoffman), Issa consigue finalmente reunirse con el banquero gracias a la intermediación de Annabel Richter (Rachel McAdams), abogada especializada en derechos humanos e inmigración. Su propósito, retirar de la cuenta de su padre una enorme cantidad, cientos de miles de euros, que Bachmann sospecha que pueden terminar financiando actividades terroristas a través de la naviera de Abdullah (Homayoun Ershadi), hombre de conocido perfil público y talante pacifista del que, sobran indicios de que puede estar jugando a dos barajas. La labor de Bachmann cuenta a su favor con un equipo fiel y comprometido de agentes (Nina Hoss y Daniel Brühl), pero también con una triple dificultad: conseguir no perder al escurridizo Issa, enfrentarse a otras unidades de la inteligencia alemana, deseosas de actuar cuanto antes para detener a Issa y frustrar así la operación de Blachmann contra Abdullah, y la injerencia constante de la CIA, personificada en la agente Sullivan (Robin Wright), que ya tuvo que ver en una mala experiencia pasada de Blachmann en Beirut, en la que perdió a toda su red de informadores por una negligencia en la investigación.

Una película de guión riquísimo y complejo, de elaboración meticulosa y perfecta dosificación, que sin embargo mantiene un tono pausado que le ajusta a la perfección. Corbijn crea un retrato absorbente y desolador, pero también distanciado, cínico, sobre todo muy humano, para bien y para mal, de quienes trabajan en las catacumbas de la seguridad del Estado en la prevención de atentados terroristas y en el ataque sin tregua a sus redes de reclutamiento y financiación, y de cómo los textos legales solo se aplican tangencialmente en una lucha que no puede verse siempre atada por condicionantes jurídicos. La tensión y el suspense se sostienen sin necesidad de los habituales carruseles de acción de otro tipo de producciones, y los personajes dominan por encima de la situación. Philip Seymour Hoffman realiza la más grande de sus últimas interpretaciones en un personaje hecho a su medida que ocupa el centro neurálgico de la película, y obtiene una réplica adecuada en sus breves pero intensos encuentros con el personaje de Robin Wright. El resto del reparto cumple con solvencia en papeles de diverso peso, importancia y duración, llevándose el gato al agua la abogada que interpreta McAdams, si bien la deriva de su personaje es algo imprecisa (aunque el retrato que de él hace Bachmann en una de sus charlas es brutalmente lúcido), y el tono del desenlace, tan amargo como inquietante (doblemente, en cuanto a cómo las discrepancias entre distintas agencias de inteligencia, y personas, pueden echar a perder una labor dilatadamente preparada; y en relación a cómo los grupos terroristas pueden conseguir sus devastadores objetivos aprovechándose de los resquicios más peregrinos, o alimentando su propaganda de lo peor que tienen las democracias occidentales: el incumplimiento deliberado de sus propios y proclamados principios constitucionales), favorece esa estética desencantada, fría y casi quirúrgica que Corbijn dota a la narración. La fotografía del francés Benoît Delhomme y la música del alemán Herbert Grönemeyer, que interviene además en un pequeño papel como miembro de la inteligencia alemana, sirven igualmente al objetivo de lograr esa atmósfera neutra en la cual lo más importante sean los personajes y la duplicidad de las averiguaciones del equipo de Blachmann: ¿es este refugiado checheno una víctima oprimida de los desmanes rusos o un extremista político que ha rebozado su doctrina de yihadismo islámico y está dispuesto a inmolarse?

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La conclusión, doblemente pesimista (ambos terrores, el extremista y el de unas democracias cada vez más desnaturalizadas, se sostienen y retroalimentan), viene magníficamente ilustrada en esa especie de epílogo mudo, de apenas unos minutos, en los que el personaje de Hoffman, nuevamente vencido y humillado por las circunstancias y el poder de otros hombres más poderosos pero también miopes, conduce en silencio y abandona su coche aparcado en la acera, el parabrisas mostrando una ciudad ajetreada y callada, que no tiene ni la más mínima sospecha de aquello que sucede en cuanto se apaga la luz.

 

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4 Respuestas a “Espías a la antigua usanza: El hombre más buscado (A most wanted man, Anton Corbijn, 2014)

  1. Me gusta eso de “Espías a la antigua usanza”, porque es para mí el quid de la cuestión. Las películas de espías con mucha acción son insoportables, pero además de verdad, porque precisamente a los espían no se les ven, es decir, toda esa parafernalia a lo Tom Cruise haciendo más ruido que un elefante en una cacharrería, no me va para nada, a excepción de Bond, James Bond, que ya sabemos que está concebido para eso y lo aceptamos como aceptamos a Indiana Jones donde nunca pierde su sombrero. Creo que ya hemos hablado en más de una ocasión sobre el tema: ritmo y velocidad, interés y aburrimiento, etc. Las películas de espías (Hitch a parte) a él le iba más el suspense “físico”, debe transmitir el aburrimiento de los personajes y no aburrir al espectador, como hacía Antonioni (aunque me gusten sus películas). Chacal, por ejemplo, es una de mis películas favoritas precisamente por eso, incluso su fotografía me fascina. Madre mía que madrugadas tan desoladas se ven ahí. Ahora recuerdo esas escenas de En bandeja de plata, del dios Wilder, cuando aquel par de tipos están espiando a Lemmon, nuestro hermano de leche; qué aburrimiento, qué cutrez de habitación, qué bocadillos, cómo se tumban en la cama y ese triste agujerito en la cortina para colocar el telescopio y, tarda mucho, pero que mucho a que ocurra algo, pero nosotros lo pasamos bomba con esas escenas. Luego están Chicolini y Pinky los dos espías de Sopa de ganso. Para la historia la escena donde estos estos dos espías de primera le transmiten los resultados de sus espionajes a a Louis Calhern.

    En fin, El hombre más buscado me gustó por todo lo que dices aquí, amigo mío. En cuestiones literarias me gustan Graham Greene, Eric Ambler y John le Carré, y un poco menos Frederick Forsyth, aunque su último libro autobiográfico no está nada mal. No soporto a Ken Follett. Detesto tu tupé blanco.

    Abrazos, amigo mío.

    • Jajajaja… Tampoco a mí me gusta Follet, excepto La isla de las tormentas (creo que fue su primer libro); sus historias se disfrazan de novela histórica o de relatos de espías, pero no suelen ser otra cosa que alambicados culebrones baratos de serie televisiva.

      Coincido contigo: me gusta mucho Chacal de Zinnemann (nada el ¿remake? con Richard Gere y Bruce Willis, película que da sobre todo vergüenza ajena). Esta película en particular se impregna de la manera en que Hoffman interpreta a su personaje. Me gusta mucho también El topo, de Thomas Alfredson, en la que Gary Oldman hace algo parecido. Tienes toda la razón, de las peículas de espías lo que gusta es que hablen de los propios espías (me acuerdo ahora del Harry Palmer de Michael Caine o de Richard Burton surgiendo del frío), y no esos carruseles de feria del monigote Cruise.

      Ay, amigo, qué suerte tenemos… Abrazos múltiples.

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