Música para una banda sonora vital: Drácula y las mellizas (Twins of Evil, John Hough, 1971)

Espléndida e inesperada partitura la de Harry Robinson para este clásico menor del cine de terror producido por la factoría Hammer británica, ya en sus últimos coletazos de mezcla con el cine erótico, que emparenta las melodías misteriosas e inquietantes con la introducción en la orquestación de aires del spaghetti-western, en particular de las trompetas y los ritmos tan próximos a las composiciones de Ennio Morricone para la “Trilogía del dólar” de Sergio Leone.

Sayat Nova (El color de las granadas) (1969), la obra maestra de Sergei Paradjanov

Sergei Paradjanov sufrió durante toda su carrera las estrecheces de la dictadura soviética. Nacido en Georgia, en 1924, en el seno de una familia armenia, hizo de su trayectoria una constante reivindicación de las culturas no rusas y un continuo desafío a la burocracia y a la autoridad comunista. Encarcelado en 1973 bajo diversos pretextos (desviacionista ideológico, homosexualidad, nacionalista ucraniano…), no pudo rodar otra película en más de una década, y solo completó una antes de morir, de cáncer, en 1990.

Esta película osada, radical, oscura, críptica, supuso el pistoletazo de salida a sus desencuentros con el régimen de Moscú. La película constituye un mosaico vital y lírico del poeta y místico armenio Aruthin Sayadin, Sayat Nova (“el rey de la canción”). Desaparecida durante años, montada y remontada por orden de las autoridades para desposeerla de elementos étnicos, no se sabe a ciencia cierta cuál hubiera sido el montaje definitivo de Paradjanov, que nunca dispuso de la ocasión de trabajar con entera libertad sobre el negativo. En cualquier caso, la película está emparentada con la pintura religiosa en el uso del color y la elección de encuadres, y es rica en el empleo de símbolos y metáforas visuales, además de recurrir desaforadamente a la poesía del personaje central, cuya vida no se cuenta en sentido lineal, vital, poético, sino extrayendo imágenes, estampas, de sus poemas (recitados en off) o extractos de sus peripecias (el ingreso en un monasterio armenio tras su renuncia al amor de mujer, por ejemplo).

La película no puede explicarse, ni entenderse, desde un punto de vista racional. Su fuerza está en el impacto y la potencia de sus imágenes, en su inmensa capacidad de evocación. Una película fascinante, desde luego no apta para todos los públicos, especialmente los más hechos a las propuestas comerciales, repleta de bellísimos instantes, de auténticos cuadros en movimiento que despliegan un poderoso y embriagador embrujo.

Regreso a Manhattan en blanco y negro: Broadway Danny Rose (Woody Allen, 1984)

Antes de que comparezca en pantalla, ya adoramos a Danny Rose, ya sentimos admiración y compasión por él. El más desastroso y entusiasta representante de artistas, profesional de ejemplar entrega y pasión por su oficio, creyente absoluto, y hasta las últimas consecuencias (incluso llegando a poner en riesgo su propia subsistencia económica, perdonando pagos, prestando dinero a sus víctimas…), con una ingenuidad y una fe a prueba de bombas, en las bondades de sus patéticos representados (bailarines cojos, amaestradores de insectos, ventrílocuos tartamudos, viejas glorias amortizadas…). Una leyenda en los teatros y locales de comidas de Broadway, de la que sus compañeros y conocidos no dejan de contar anécdotas, entre penosas y divertidas, en cuanto su nombre sale a colación. Así, de manera aparentemente casual, la cámara de Allen (candidato al Óscar a la mejor dirección por esta película), que durante unos minutos, en una especie de versión reducida del colosal comienzo de Manhattan (1979), recorre las calles de Nueva York retratando edificios, tiendas,  restaurantes, cines, teatros, mercados, hoteles, floristerías, la gente paseando o deambulando camino de sus trabajos o de sus hogares, entra al “azar” en uno de los restaurantes de Broadway y se detiene a escuchar la conversación de un grupo de actores que se reúnen a comentar temas de su oficio y recordar anécdotas. Inevitablemente, alguien menciona a Danny Rose (Woody Allen) y, entre risas, todos empiezan a citar sucedidos y hazañas del estrafalario agente de artistas. Hasta que uno de los comensales advierte de que él tiene la mejor historia sobre Danny Rose y se dispone a contarla. Ahí empieza la película.

La leyenda de Danny Rose se asienta, sobre todo, en el relato de cómo recuperó a Lou Canova (Nick Apollo Forte), un cantante italiano romántico pasadísimo de moda, y de kilos, para el mundo del espectáculo, y de cómo y por qué este le dejó tirado en cuanto alcanzó de nuevo el éxito con sus melosas canciones romanticonas para señoras jubiladas. Una historia tan triste como divertida, de amor, humor, música y mafia. Porque en su empeño por salvar a Canova de sí mismo, necesitado de la inspiración que siente cuando su amante, Tina (Mia Farrow), lo ve actuar, porque de otro modo se hunde en la desesperación del alcohol y malogra sus actuaciones, Danny no vacila en introducirse entre su peligrosa familia y sus poco recomendables amistades y termina poniendo en riesgo, además de su comisión del 10 por ciento, su propia vida al despertar los celos de un capo mafioso. La odisea de un día a través de Brooklyn y Manhattan, persiguiendo a Tina y luego huyendo de quienes quieren regalarle unos zapatos de cemento, a contrarreloj, primero para convencerla de que vaya a ver a Lou (con el que está enfadado porque le ha ocultado que es un hombre casado), y después para llegar a tiempo a la actuación mientras los matones van tras su pista. Todo eso mientras la semilla del amor se deja caer sobre ambos…

Estructurada, por tanto, en forma de flashback a partir de un relato comenzado en el restaurante, Allen se zambulle en su adorado Nueva York en blanco y negro para retratar la ciudad que idolatra y la profesión y los entornos que tanto ama: Continuar leyendo “Regreso a Manhattan en blanco y negro: Broadway Danny Rose (Woody Allen, 1984)”

Música para una banda sonora vital: La noche americana (La nuit américaine, François Truffaut, 1973)

Si el cine fuera una nación (lo cual no es para nada descabellado; al menos lo es más que algunas…) su capital sería Hollywood; su Dios, Billy Wilder; su rey destronado, Orson Welles; su sistema político, el marxismo (de los Hermanos Marx); y su himno, la hermosa partitura compuesta por Georges Delerue para esta maravillosa obra de François Truffaut.

Mis escenas favoritas: Los cañones de Navarone, The guns of Navarone, J. Lee Thompson, 1961)

No todo en el cine bélico son explosiones, violencia, cacharrería y sangre. El irregular Jack Lee Thompson supo emplear a fondo las posibilidades visuales del lenguaje no verbal y el suspense en esta secuencia de este clásico del cine bélico, en un momento en que el comando introducido por los aliados en Grecia para sabotear las instalaciones alemanas en la isla de Navarone es descubierto y capturado por los soldados de la Wehrmacht. Un momento magnífico que aprovecha la luz mediterránea y el folclore autóctono para conferir color local, sabor auténtico, a un episodio dramático que anuncia la tragedia y constata las siempre difíciles y tensas relaciones entre ocupantes y ocupados. Espléndido.

La música de los hermanos Marx

El pasado martes 14 de marzo, Raúl Herrero, artista multidisciplinar, y un servidor, agregado circunstancial, acudimos como invitados al programa La Caverna, de Radio Mai, conducido por Pedro Abio y Enrique Barcelona, para hablar de todo lo que rodea a los hermanos Marx, música, cine, libros, trayectorias vitales de los hermanos…, y para anunciar el exitosísimo homenaje que tuvo lugar el pasado viernes 17 en el Centro de Historias de Zaragoza. Un rato estupendo en el que aprendimos y nos divertimos mucho, y que ahora compartimos para la concurrencia.

 

Música para una banda sonora vital: Sin perdón (Unforgiven, Clint Eastwood, 1992)

Claudia’s Theme, de la banda sonora de esta obra maestra de Clint Eastwood. Por el momento, el último gran western de la historia del cine aunque el género, afortunadamente, se resiste a desaparecer.