Regreso a Manhattan en blanco y negro: Broadway Danny Rose (Woody Allen, 1984)

Antes de que comparezca en pantalla, ya adoramos a Danny Rose, ya sentimos admiración y compasión por él. El más desastroso y entusiasta representante de artistas, profesional de ejemplar entrega y pasión por su oficio, creyente absoluto, y hasta las últimas consecuencias (incluso llegando a poner en riesgo su propia subsistencia económica, perdonando pagos, prestando dinero a sus víctimas…), con una ingenuidad y una fe a prueba de bombas, en las bondades de sus patéticos representados (bailarines cojos, amaestradores de insectos, ventrílocuos tartamudos, viejas glorias amortizadas…). Una leyenda en los teatros y locales de comidas de Broadway, de la que sus compañeros y conocidos no dejan de contar anécdotas, entre penosas y divertidas, en cuanto su nombre sale a colación. Así, de manera aparentemente casual, la cámara de Allen (candidato al Óscar a la mejor dirección por esta película), que durante unos minutos, en una especie de versión reducida del colosal comienzo de Manhattan (1979), recorre las calles de Nueva York retratando edificios, tiendas,  restaurantes, cines, teatros, mercados, hoteles, floristerías, la gente paseando o deambulando camino de sus trabajos o de sus hogares, entra al “azar” en uno de los restaurantes de Broadway y se detiene a escuchar la conversación de un grupo de actores que se reúnen a comentar temas de su oficio y recordar anécdotas. Inevitablemente, alguien menciona a Danny Rose (Woody Allen) y, entre risas, todos empiezan a citar sucedidos y hazañas del estrafalario agente de artistas. Hasta que uno de los comensales advierte de que él tiene la mejor historia sobre Danny Rose y se dispone a contarla. Ahí empieza la película.

La leyenda de Danny Rose se asienta, sobre todo, en el relato de cómo recuperó a Lou Canova (Nick Apollo Forte), un cantante italiano romántico pasadísimo de moda, y de kilos, para el mundo del espectáculo, y de cómo y por qué este le dejó tirado en cuanto alcanzó de nuevo el éxito con sus melosas canciones romanticonas para señoras jubiladas. Una historia tan triste como divertida, de amor, humor, música y mafia. Porque en su empeño por salvar a Canova de sí mismo, necesitado de la inspiración que siente cuando su amante, Tina (Mia Farrow), lo ve actuar, porque de otro modo se hunde en la desesperación del alcohol y malogra sus actuaciones, Danny no vacila en introducirse entre su peligrosa familia y sus poco recomendables amistades y termina poniendo en riesgo, además de su comisión del 10 por ciento, su propia vida al despertar los celos de un capo mafioso. La odisea de un día a través de Brooklyn y Manhattan, persiguiendo a Tina y luego huyendo de quienes quieren regalarle unos zapatos de cemento, a contrarreloj, primero para convencerla de que vaya a ver a Lou (con el que está enfadado porque le ha ocultado que es un hombre casado), y después para llegar a tiempo a la actuación mientras los matones van tras su pista. Todo eso mientras la semilla del amor se deja caer sobre ambos…

Estructurada, por tanto, en forma de flashback a partir de un relato comenzado en el restaurante, Allen se zambulle en su adorado Nueva York en blanco y negro para retratar la ciudad que idolatra y la profesión y los entornos que tanto ama: el mundo del artisteo, de los locales de música en directo y de monólogos cómicos, el del teatro de variedades y de conciertos de jazz en tugurios de segunda clase, las entradas de artistas, los camerinos, las audiciones, las relaciones con los promotores y los dueños de los locales, las estrellas consagradas que asisten a las actuaciones y en las que deposita la chispa de la esperanza de un descubrimiento… Ese mundo que Allen tan bien conoció, y en el que tan bien se desenvolvió (y sigue haciéndolo), en sus inicios profesionales. Al hermoso blanco y negro de la fotografía de Gordon Willis se une una banda musical que incluye algunos de sus los temas preferidos de jazz de Woody Allen, marca de la casa, para acompañar a Danny y Tina en su peregrinar de un día de locos en Nueva York, cuando el amor se presenta a la misma cita que la muerte. Por momentos descacharrante (por ejemplo, la persecución en las naves donde se custodian las carrozas para el inminente desfile del Día de Acción de Gracias, cuando los disparos agujerean el tanque de helio y todos, perseguidores y perseguidos, se gritan unos a otros con voz de pito), en otros exacerbadamente romántica (más en lo que al retrato de la ciudad se refiere que a la relación entre Danny y Tina, aunque también), el centro de la narración es el desquiciado Danny, un Woody Allen en su salsa (diálogos ágiles, réplicas afiladas, relato de anécdotas chuscas y alusiones a una parentela rocambolesca, siempre con el sentido de la vida, el amor, el sexo, la muerte y el psicoanálisis como elementos básicos de sus ácidas reflexiones), que se enfrenta a la que podría considerarse una de las mejores interpretaciones, si no la mejor, de Mia Farrow en su trayectoria junto al genio de Nueva York (lo que equivale a decir en el global de su carrera). Débil en algunos aspectos (el cautiverio por los mafiosos y el episodio de la fuga, aunque graciosamente ridícula), la película proporciona igualmente una reflexión agridulce sobre los conceptos de triunfo y fracaso en el mundo del espectáculo, en un acertado paralelismo en relación con el éxito o no en el amor y las relaciones de pareja. Un mundo al que Allen hace extensiva su declaración de amor romántico, una más, por su ciudad y por el amor en sí, en este caso proyectada en la historia imposible entre Tina y Danny, que parece entresacada, de nuevo, de la conclusión de Manhattan, si bien la soledad y el desamparo de Danny se mitigan en este caso en compañía de sus “criaturas”, los artistas para los que trabaja dejándose la piel, la que constituye su verdadera familia, reunida como los seres fantásticos de un circo, un grupo de freaks en su cotidiana parada de monstruos.

En el metraje, que no llega a hora y media de duración, se producen apariciones estelares como las de Milton Berle interpretándose a sí mismo o Sammy Davis Jr., con una aparición no acreditada durante el desfile de Acción de Gracias, entre un reparto repleto de nombres italoamericanos. La América de origen italiano, sus tópicos y estereotipos, especialmente los ligados a los éxitos del cine de los setenta que tenían la mafia por objeto, son igualmente vehículo esencial para los chistes y las situaciones humorísticas de Allen en el guión, multipremiado en todo el mundo (Sindicato de Guionistas, BAFTA, David de Donatello) y candidato asimismo al Óscar de Hollywood. Uno de los títulos fundamentales de Woody Allen, situado en el centro de uno de sus mejores y más prolíficos momentos profesionales, mediados de los ochenta, cuando el cine de Hollywood se hallaba en proceso de progresiva infantilización (culminada, hasta extremos irritantes y desesperantes, en la actualidad), lo que concede a sus películas de aquella época una revalorización añadida como entretenimientos de humor ácido e inteligente, amén de perdidamente románticos, hermosamente sentimentales.

 

 

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8 thoughts on “Regreso a Manhattan en blanco y negro: Broadway Danny Rose (Woody Allen, 1984)

    1. Ya sabes, Carlos, renovarse o morir. El cambio iba a tener lugar el próximo lunes, fecha exacta del aniversario, pero así lo vamos celebrando por anticipado. Era cambiar o cerrar el blog, y de momento he preferido cambiar.

  1. Cómo vas a cerrar, hombre, si esto es la sal de tu vida…tú aunque sea sin lectores, seguirás escribiendo hasta que la palmes. Y aún dudo si no te enterrarás con un portátil de esos.

  2. Gran película y una de mis preferidas de Woody Allen, desde mi punto de vista de las que mejor define ese personaje de “perdedor” al cual ha sido tan afecto. Increíblemente no es de las más recordadas de su filmografía.

    1. Efectivamente, injusto su olvido, cuando se trata de una película magnífica. No obstante, más que de perdedores, como sí creo que trata buena parte de la filmografía de John Huston, creo que el cine de Woody Allen trata de la constatación de la naturaleza agridulce de la vida, y del carácter finito de todo lo vivo.

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