13 comentarios sobre “Mis escenas favoritas: Luces de la ciudad (City lights, Charles Chaplin, 1931)

  1. Comprendo que no la incluyera porque es demasiado larga y ajena a la trama central de la película, pero yo, con el mozo de la gorra y la manzana me he tronchado de risa (ahí queda el debate sobre la corrección política en el humor, según la cual, cada vez se pueden hacer menos chistes sobre la discapacidad o lo que “no es normal”). Sin embargo, yo sí que la he visto montada en la obra, supongo que en algún montaje actual de los que se pueden obtener en Internet.

    1. Efectivamente, la eliminación es inicial, porque luego se ha editado con todo el metraje y ha podido verse sin problemas. Algunos críticos, de hecho, la aplauden como todo un logro. De todos modos, ni un segundo del cine de este señor tiene desperdicio.

      1. Ja, ja, ja. Risas “ostentóreas” (por parafrasear a Jesús Gil) No la había visto. Por qué la suprimirian? Esta escena hubiera hecho las delicias de Buñuel o de Dali. Por lo absurdo de la situación, digo. “Luces de la ciudad” para mi siempre fue la mejor de las películas de Chaplin. Su Obra Maestra por antonomasia. En ella se nota en todo la mano diestra de un maestro en pleno dominio de todos sus recursos expresivos y en posesión de todos los saberes del nuevo arte. Tiene sentido que fuera su última película muda, realizada cuando ya había eclosionado el sonoro. Hubiera sido difícil superar eso si el Cine Mudo hubiera seguido existiendo. Todo en ello es maravilloso. Su relación con la florista ciega, la antologica escena del combate de boxeo, la desternillante y peculiar relación del Vagabundo con el excéntrico millonario borracho, la utilización de la música del Maestro Padilla. Y sobre todo, esa impresionante escena final. Si no se te pone un nudo en la garganta cada vez que la ves, es que no tienes corazón. Dedícate a la política. Impresionante.

      2. Jejeje. Maravillosa. No tiene mucho sentido la eliminación, salvo quizá por razones de metraje, o del gusto y la exigencia del propio Chaplin. En cualquier caso, es un gusto, como toda la película (por cierto, Buñuel no apreciaba demasiado a Chaplin, ni como persona ni como cineasta). Quizá, como me sucede a mí, le echaba para atrás su abuso del sentimientalismo; los nudos en la garganta van por barrios y no siempre por los mismos motivos. En cualquier caso, es “tecnicamente” su última película muda, pero “Tiempos modernos” es realmente una película muda con sonido, valga la discordancia. Muda por su construcción visual, que es de cine silente, aunque se le añada sonido.

      3. Ya. Pero no se. A Chaplin le quitas el sentimentalismo y se queda un poco en los huesos. A mi el final de “Luces de la ciudad” no me parece para nada sentimental. Me parece asombroso por cómo refleja un sentimiento universal. El hecho de cómo los prejuicios determinan el futuro de las personas. La ciega se ríe de Charlot porque es un vagabundo. Pero resulta que si al final puede ver es gracias a los sacrificios de el. Es incluso asombrosamente cruel. Y yo me pregunto: no seríamos todos más felices si tuviéramos menos prejuicios? Por eso me gusta tanto ese desenlace. Por la gran cantidad de cosas que sugiere con una escena tan sobria y contenida. Pero también pasa en “Candilejas” Calvero es un viejo cómico muy sentimental, pero eso precisamente es lo que le hace grande. No es un aspecto que se pueda desligar de la profunda humanidad de su figura.

      4. Para nada. Le quitas el sentimentalismo y aparece el pensador y el cineasta, como ocurre con Capra. No solo se trata de un aspecto que pueda desligarse de su persona, sino que cuando lo consigue, es cuando su cine se hace más grande. El camino directo no siempre es el mejor; lo explícito raramente funciona. Hay más carga crítica, moral y sentimental en muchos de sus gags cómicos que en sus apoteosis lacrimógenas.

  2. He descubierto, aún no la he visto, una peli titulada La Carreta Fantasma; busco una reseña tuya pero no la encuentro…eso es que aún no la has comentado ¿verdad?

    1. No la puedes encontrar porque no he hablado de ella. Victor Sjöström, el primer gran cineasta sueco, también actor, luego exportado a Hollywood (solo un rato, porque no cuajó), donde se le llamó Victor Seastrom, y que tiene en esta película su gran obra maestra. Una leyenda tétrica en parte similar a la Santa Compaña y esas cosas. Luego Sjöström fue más actor que director, y protagoniza, por ejemplo, Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957).

  3. A ver. Que a mi también me gusta polemizar, pero no todos los temas son discutibles. Que la escena final de “Luces de la ciudad” es sublime lo pienso yo y como yo miles de personas de todo el mundo. Si hasta tú (o usted) mismo estarás (o estará) de acuerdo con que es una obra maestra. Pero con lo que ya no estoy tan de acuerdo es que ni a Chaplin ni a Capra ni a nadie se le pueda compartimentar como no se puede compartimentar el carácter de ninguna persona. Chaplin es a la vez sentimental, folletinesco, irónico, ácido, en ocasiones ligeramente cursi, pero, independientemente de la faceta suya que se imponga en cada momento, es innegablemente GRANDE en toda su íntegra persona. A Buñuel Chaplin le caería mal y le parecería sentimental, pero Lubistch, que desprendía vitriolo por los cuatro costados estaba fascinado por “Una mujer de París”, un melodrama grandioso, pero que a lo mejor a algunos niños de 8 años de la actualidad encontrarían ridículo. Y el carácter de Chaplin puede que fuera de un buenismo algo decimonónico y superado, pero desde luego no era de un sentimentalismo edulcorado ni ridículo. Verdaderamente lo pasó mal en su niñez y pese a ello, emergió en la superficie con un humor brillante y un optimismo encomiable en el amor (un amor si se quiere idealizado, un poco ingenuo) pero amor a fin de cuentas. Suya es la frase “He sido rico y he sido pobre. Y he constatado en mis carnes que es mucho mejor ser rico.” Esa frase puede que sea una perogrullada, pero también tiene un barniz cínico de quien sabe de lo que habla, porque vivir en los arrabales de Londres a comienzos del siglo XX no creo que fuera algo ni fácil ni agradable. Su actitud positiva, por tanto, también era consecuencia de una convencida decisión vital. En cuanto a Frank Capra, es curioso que universalmente se haya acuñado el término “capriano” para asociarlo a su cine. Porque además se suele asociar a cierto optimismo enfermizo idealista ajeno a todo tipo de realidad. Resulta muy curioso porque como bien sabes, Capra nunca escribió ni una sola línea de guión (aunque, cierto es, en algún caso como en “Caravana de Mujeres” de William Wellman, la idea original era suya). Siempre trabajó con guionistas muy diversos (sobre todo con Robert Riskin), pero, incontestablamente, filmara lo que filmara él era el que se erigía en la estrella indudable de la función. Hasta el punto de que un guionista, harto de que se hablara del “toque Capra”, un día fue a su despacho harto de que le ningunearan y le tiró un taco de doscientos folios en blanco encima de la mesa diciéndole: “A ver como le das el toque Capra a eso……” Y lo cierto es que Frank Capra no era ni muchísimo menos una persona ingenua, simple ni medianamente ajena a su entorno. Más bien todo lo contrario. Era lo que actualmente se dice de los pesimistas, es decir que “los pesimistas, solo son optimistas bien informados.” Y para comprobar que él no tenía una visión falseada de la vida, recomiendo a todos los aficionados la lectura de su memorable autobiografía (con el significativo título de “Frank Capra: el nombre delante del título”) en la que el mítico realizador narra sus constantes enfrentamientos con el tiránico magnate de la Columbia, Harry Cohn, un tipo a cuyo lado, alguien hoy tan defenestrado como Harvey Weinstein parecería un parvulito y un calzonazos. Cohn fue el mentor de Capra. El fue el que primero le dio verdadera libertad creativa y le mantuvo en el estudio durante años. Pero a la vez era su villano particular, el que le quitaba las horas de sueño, el que no le dejaba respirar, el que le escupía insultos mañana, tarde y noche. No diremos que eso acortó la vida de Capra (vivió casi hasta ser centenario: hasta los 94 años) pero desde luego sí que acortó su vida en la industria, que tuvo que abandonar todavía relativamente joven en 1961, harto ya de enfrentamientos inútiles. Capra, pese a que era consciente de la maldad humana y de su mezquindad innata, creía verdaderamente en el fondo noble de las personas. Pero sus películas no eran estrictamente reflejos de su personalidad, sino más bien del de sus guionistas. Otra cosa muy diferente es que él sacara partido de ese material del que partía y se le dieran bien las películas de comedia con finales optimistas y esperanzadores. No hay que olvidar tampoco que si casi siempre Cohn le proporcionaba esos guiones era porque eso le daba réditos económicos y la fórmula funcionaba independientemente de que Capra fuera “la abuelita Capra” (tal y como le llamaba Juan Antonio Bardem) o el lobo con piel de cordero. Un filón del que también se sacaban ventajas políticas, puesto que todo formaba parte de un programa político apoyado por la Administración Roosevelt a través del “New Deal” para recuperar el optimismo americano de capa caída después del crack bursátil de la Depresión de 1929. Como ejemplo de que Capra podía ser muy realista, basta con hablar de un hecho que se dio en el estreno de su mítica “Caballero sin espada” La productora decidió que su estreno mundial se diera en Washington , lugar en el que transcurre la acción, en un pase de prensa exclusivo con la única presencia de la prensa local de política y sociedad. Pues bien. Como todos sabemos, el relato inicial que hace de la prensa de la capital americana es tan cínico, áspero y realista (representado sobre todo en las figuras de Thomas Mitchell y en ocasiones por las palabras deslenguadas de la propia Jean Arthur), que los periodistas, después de aquella proyección, le miraron al director con el gesto torcido y casi sin atreverse a mirarle a los ojos. Cuando Capra les preguntó qué es lo que pasaba, algunos contestaron. “Hombre, después del gran recibimiento que te hemos hecho, ¿eso que hemos visto en la película es lo que piensas de nosotros?” Porque, efectivamente, quizás la prensa política de Washington no estuviera compuesta solo por indeseables, pero desde luego, todos sabemos que en la prensa política (entonces y ahora) siempre ha habido mucha miseria, mucho cinismo y mucho arribismo. Y tanto Capra, como su guionista Sidney Buchman, quisieron realzar este aspecto. No solo para aparentar realismo, sino también para magnificar la hazaña del Mr. Smith encarnado por James Stewart, que tiene que enfrentarse a todos esos gañanes y a decenas de políticos manipuladores para demostrar su inocencia y nobleza de carácter. Los héroes de Capra casi siempre triunfaban frente a la indiferencia y frente al Mal, y Capra sabía que en la realidad casi nunca sucedía así, pero él tomaba partido por los débiles y los desheredados, algo que no excluye que una lectura atenta de sus películas también destile un profundo desencanto y visión desengañada de los aspectos sórdidos de la vida. Animo a cualquiera a que revise su filmografía y lo observe atentamente. No obstante, Capra solo era uno, y al igual que Chaplin, era como una moneda con dos lados.

  4. A ver, que yo no estoy polemizando, estoy dando mi opinión, que creo que merece un respeto, guste o no. Y sí, todos los temas son discutibles porque no existen verdades absolutas. Partiendo de ahí, soy libre de opinar lo que me parezca de las fortalezas y debilidades del cine de Chaplin o de Capra, haya dicho Lubitsch lo que quiera, y sin que eso obste a su consideración como cineastas, porque un matiz, a diferencia de lo que la mayoría de la gente piensa, puede no empequeñecer, sino engrandecer: la perfección no existe, y por tanto son los matices, los vicios, los errores, los que hacen a un creador verdaderamente grande, en tanto que sus defectos los hacen humanos, no extraterrestres incuestionables.

    1. Oye. Que no te estoy echando la bronca. Faltaría más. Hasta ahí íbamos a llegar. Tan solo te estaba echando un pequeño tirón de orejas, porque por Luces de la ciudad yo siento devoción especial. Y eso quizás anule un poco mi por otro lado yo creo que bastante afilado espíritu crítico (eso a veces me ha causado problemas) No obstante, tranquilo, que la sangre no llegará al río. A mi me gusta mucho pontificar para mi mismo. Es mi particular perversión onanista. Pero cuando hablo con los demás, me gusta debatir, no tanto pontificar. Aunque en ocasiones me apasione y no de esa impresión. Un abrazo.

      1. Ya, ya, lo entiendo y lo acepto en cuanto a tal tirón de orejas. A mí la película me encanta, siento una gran admiración, casi idolatría, por Chaplin, pero me encanta con sus “inconvenientes” (por subjetivos que puedan ser), porque son estos los que completan la personalidad del autor. No me interesa tanto calificar la obra como explicarla, entenderla, darle un contexto a su forma final. Así, comprendo la tendencia sentimentalista de Chaplin o Capra, entre otros (mucho menos perjudicial que la actual, que ya ha cruzado la línea de la pornografía sentimental), pero no me gusta como espectador, como no me gustan los subrayados de ningún tipo (ni sentimentales ni ideológicos ni morales) en las películas. Lo cual no es una forma de condenar o salvar a nadie, sino un ingrediente más en la valoración de una obra, que no siempre es positivo ni negativo. Un abrazo.

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