Música para una banda sonora vital: Comanchería (Hell or high water, David Mackenzie, 2016)

El western es eterno. Cuando nadie recuerde nada de los Óscar de 2016, Comanchería (Hell or high water, David Mackenzie, 2016) perdurará como uno de los mejores títulos venidos de Hollywood en los últimos decenios, muy por encima del cine de moda “oficial” de los sobrevalorados Chazelle, Fincher, Aronofsky, Nolan y otros.

La música de la cinta, compuesta por Nick Cave y Warren Ellis, está sobradamente a la altura del conjunto. Una sinergia perfecta.

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4 comentarios sobre “Música para una banda sonora vital: Comanchería (Hell or high water, David Mackenzie, 2016)

  1. Me encantó esta película, y mira por donde te voy a dejar aquí los motivos. Me dejo llevar…
    Recuerdo la espléndida Cowboy de medianoche (1969) que es un retrato de una gran ciudad que también puede considerarse una especie de western tardío. Tras el realismo agridulce de la radiografía urbana se oculta el melancólico canto del cisne del ideal norteamericano del solitario héroe de la pradera. Estamos ante una balada sobre la pérdida de la inocencia, encarnada por Joe Buck (Jon Voight), el último vaquero que trata de aferrarse a ese sueño en la Nueva York de los años sesenta. Pero luego tenemos el film noir y el terror puro y duro americano… Si me gustó Comanchería fue:

    1) Porque la gran literatura norteamericana del siglo XX no sería la misma sin estas mujeres sureñas: Katherine Anne Porter, Carson Mccullers, Flannery O’Connor, Eudora Welty y Harper Lee. Ellas dejarán, junto a Faulkner eso que se dio en llamar el “gótico americano”, es decir, pueblos racistas, con resentimientos, familias que ocultan lo peor, subnormales que babean y le arrojan piedras. En ruido y furia, vamos. La gran novela negra y el gran cine negro americano no viene de la ciudad sino de los pueblos de mierda que no constan ni en los gps. ¿En dónde ocurre eso de El cartero siempre llama dos veces? Bar de carretera; tipo sin un duro en el bolsillo chaqueta al hombro. Tía buena que vive en mitad de la nada. Polvo (en la carretera) y otros muchos entre el tipo y la tipa. Luego vendrá el asesinato.

    2) Los elementos claustrofóbicos de la novela negra más rural están presentes, con sus secundarios carismáticos, sus herederos misteriosos, líos de negocios, bares “after hours”, terratenientes dudosos que quieren comprar propiedades, gasolineras abandonadas, oficinas de sheriff con agentes de la ley poco fiables, etc. Ahí tenemos escritores de primera magnitud: Jim Thompson, Fredric Brown, Robert Bloch y toda la literatura policiaca y terror de los pulps americanos y Larry McMurtry, llegando hasta James Lee Burke (te lo recomiendo encarecidamente), Cormac McCarthy y Nick Pizzolatto.

    3) El terror americano sucede en los pueblos, como también sucede en toda la literatura de Stephen King. El tío universaliza pueblos de mierda como Castle Rock, Derry, Haven o Salem´s Lot. Dice Stephen King en Mientras escribo que el setenta por ciento de los Estados Unidos es agro. Incluso la ciencia ficción norteamericana tiene su antecedente en el pueblo con Clifford D. Simak y su novela premio Hugo Estación de tránsito, y ya ni te cuento de La invasión de los ladrones de cuerpos. Con lo grande que es EE.UU, y solo les basta una cabaña para retratar lo que Donald Trump tiene debajo de su peluca. El motel Bates, la granja de La matanza de Texas, la desgraciada casa de la familia Clutter en aquel pueblo rural y neblinoso que también supo fotografiar Conrad Hall con Óscar incluido.

    4) ¿Dónde se ubican las mejores películas del género? No se pueden mencionar aquí todas, pero me temo que la mayoría de ellas no suceden en las grandes urbes iluminadas por el neón que parpadea. ¿Sed de mal? ¿El parador del camino? ¿Psicosis? ¿A sangre fría? ¿La noche del cazador…? En Las Vegas no se han hecho tan buenas películas, ese lugar es para el Rat Pack, y luego para Hunter S. Thompson, que le dio miedo y asco a través de las drogas y el gonzo.

    5) Una vez vista, leída y asimilada toda esta vasta cultura americana que nos encanta a todos, ¿cómo no puede gustarnos Comanchería? Esta película es todo esto. Aquí siempre vemos a lo lejos, en esas calles vetustas a gente mayor, y el poli mestizo le pregunta al gran Jeff Bridges si viviría en un pueblo como ese, donde se ve en cada esquina pasar una bola de rastrojos, pero ojo, no hay que llevarse a engaño, bajo todo esto se oculta lo peor de nosotros.

    Abrazos mil y buen finde.

  2. Magnífico comentario. Apuntado Burke, por cierto.

    Todo eso es cierto. El tema campo-ciudad está muy presente, desde siempre, en el noir. A veces el campo es sinónimo de liberación, como en La jungla de asfalto. Generalmente, es el lugar donde esconderse, como en Forajidos o Retorno al pasado. En todo caso, es una visión muy rural que tenemos… desde la ciudad. Ellos entiendo que no se ven así, y que si se ven así, les da por saco.

    En todo caso, supone una tradición maravillosa, que nos toca porque es universal, porque nosotros mismos, en nuestra particular realidad, identificamos ese mundo moribundo (en Europa no sé, pero en España el mundo rural se muere) con el misterio, el secreto, la endogamia, lo ancestral, lo peligroso. EE.UU. no tiene historia ni cultura, pero sí tiene nuestra herencia genética, nuestros temores seculares. Al final, siempre hablan de nosotros.

    Abrazos

  3. En España, más de lo mismo, mi querido amigo, pero pelín más casposo debido a nuestra malograda historia. Todo el mundo que iba al cine creía conocer Madrid a través de aquellas películas políticamente correctas, sobre todo, las de López Vázquez, Landa y aquellos filmes (simulacros) del policial y otros atracos. El cine español, el gran cine español, está filmado, sobre todo, en los pueblos y provincias de mierda. La Guerra Civil y la postguerra, el “No pasarán”, ha sido mejor reflejado en los pueblos, y te diré más, ¡en la meseta castellana! Más árido imposible. Ahí tenemos El espíritu de la colmena, Bienvenido, Míster Marshall, Viridiana, La lengua de las mariposas, etc. La ciudad no es para mí, decía el españolito agro y algo bruto. Los santos inocentes. El sur. La provincia de La prima Angélica; maravillosa Segovia. Luego fui yo y no me gustó tanto. El Toledo de Tristana. La Tortosa de Plácido. La España negra. El séptimo día, de Carlos Saura. La Cuenta de Pilar Miró. La isla mínima, nuestro True detective. A la espera de llevar al cine los espeluznantes casos de Marta del Castillo, las chicas de Alcàsser, el siniestro asesinato de pobrecito Gabriel (Pececito), donde la psicópata de turno incurría en el vudú y abrir una fosa antes del cometer el asesinato. Pura Hammer Productions. Las Hurdes, tierra sin pan y Amanece que no es poco. ¡Maldito misterio! Cinematográficamente, España no está en Madrid o Barcelona, sino en nuestros recuerdos de Obabakoak, junto con leyendas míticas contadas por nuestras abuelas. Luego nos hicimos modernos cuando íbamos al cine a ver cualquier película americana.

    Dejo de dar la tabarra.

    Abrazos mil.

    1. Bueno, yo me refería, precisamente, a que esa realidad hoy en día es desconocida, y voluntariamente ignorada, por los jóvenes urbanitas, que piensan que la Edad del Plástico existe desde siempre. En cualquier caso, otras cinematografías abundan también en ese hermoso, necesario y a veces también inquietante retrato de las atmósferas rurales, del hombre incrustado en la naturaleza, lejos de la artificiosidad urbana aunque, en efecto, quizá en ninguna parte como en España (y tal vez Italia) estas películas capten de manera tan completa y perspicaz la idiosincrasia de un país, su naturaleza auténtica.

      Abrazos

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