Dama de dos caras: Mademoiselle (Tony Richardson, 1966)

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Basta este sugerente plano de Jeanne Moreau para ilustrar las dobleces que esconde el perturbador rostro de una profesora de pueblo a la que todos llaman Mademoiselle (una dama sin nombre), pero cuyo comportamiento, al menos cuando nadie la ve, dista mucho de ser el de una señorita ejemplar. El pueblo es un microcosmos de paz aparente que en realidad ha entrado en ebullición. La vida parece transcurrir tranquila y plácida, sometida a los rituales que rubrican los ciclos del clima y de la agricultura, esto es, de la existencia misma. Solo un elemento altera el monótono discurrir de los acontecimientos, extraños sucesos que crispan la convivencia y la paz social porque ponen en riesgo el medio de vida de sus habitantes: la inundación provocada por la rotura intencionada de un dique anega parte del pueblo mientras los vecinos asisten a una romería; una serie de incendios asola algunos establos, graneros y campos, siempre de noche, las horas en que más desprevenidos están los lugareños; alguien vierte veneno en los abrevaderos del ganado… Como resultado de estos hechos, la convivencia en el pueblo se ve afectada, empiezan a circular los rumores, las maledicencias y las sospechas, y los dardos de los habitantes del lugar se dirigen paulatinamente hacia Manou (Ettore Manni) y su hijo, temporeros italianos que se instalan en el pueblo de vez en cuando para trabajar en la limpieza de los bosques. En paralelo, la profesora, que se ha ganado el aprecio del pueblo, siempre tratada con consideración, respeto e incluso admiración, se muestra amable y benevolente, aunque también recta y severa, con todos sus alumnos excepto con Bruno (Keith Skinner), el hijo de Manou, al que no deja de reconvenir y hasta humillar en público en cuanto tiene ocasión. Lo que no impide que en el ánimo de la profesora crezca una pasión desaforada por su padre viudo, un hombre fornido, acostumbrado a los trabajos físicos, todo un modelo de virilidad, de sexualidad en bruto.

Basada en una historia de Jean Genet adaptada por Marguerite Duras, su planteamiento inicial, su forma y su estructura no andan muy lejos de lo que cuarenta años más tarde, aunque añadiendo otro sentido último, filmaría Michael Haneke en La cinta blanca (Das weisse Band, 2009). El inglés Tony Richardson, en su aventura francesa, expone la historia de manera desordenada pero con un extraordinario sentido unitario que permite colocar en su sitio cada pieza del argumento con un significado adicional del que habría quedado privado en una narración lineal y literal. Dos episodios condicionan el punto de vista total de la película: el primero, que el público sabe desde el principio a quién corresponde la autoría real de los sabotajes que trastocan la vida de la comunidad, de manera que la evolución del pensamiento colectivo y los diálogos y las actitudes de ciertos personajes cobran una relevancia mayor y más determinante; el segundo, que, después de asistir durante buena parte del metraje a episodios que plasman la antipatía profunda que la profesora siente por Bruno, el prisma cambia al tener noticia de que fue ella, tras un encuentro casual, la que incitó al joven a acudir a la escuela a pesar de tratarse de una presencia esporádica, breve, temporal. Estos elementos, por separado pero indudablemente unidos, se suman a otro elemento capital, la paranoia colectiva de los vecinos y las acciones que ponen en marcha para descubrir, capturar y castigar al culpable de los desmanes que vienen sufriendo. Este sentido de la justicia popular se vuelca instintivamente en los extranjeros, en particular en el italiano tan deseado por las mujeres del pueblo que, resentidas por no verse elegidas, lo señalan como máximo sospechoso, y por los hombres, que lo envidian y lo temen al mismo tiempo, mientras miran de reojo a sus esposas e hijas. La elección de un chivo expiatorio se hace extensiva a su compañía, Bruno y Antonio (Umberto Orsini), que se ven acosados y encerrados por la policía.

Este punto resulta decisivo, puesto que la ley, en este caso, lo único que hace es consagrar y apoyar ese instinto de justicia popular que, como bien sabemos por el cine, pronto deriva en persecución y linchamiento, en estallidos de violencia incontrolada que solo cesan cuando la sed de sangre y de escarnio público se ve satisfecha (al fuego de la muerte le sucede el fuego purificador, al agua que ahoga animales le sucede el agua que limpia de malas presencias la vida comunitaria), sin detenerse a establecer rigurosamente las responsabilidades, a esclarecer los hechos, a señalar a los verdaderos culpables. Luego será el momento de los remordimientos, de los silencios, de las miradas perdidas, de echar tierra sobre el asunto, aunque, ciertamente, a la profesora no le importa en absoluto al haber cumplido su propio ciclo de vida y muerte: no solo no mira hacia atrás sin nostalgia, sin la satisfacción por haber visto cumplidos sus más íntimos y secretos deseos, sino que de inmediato desecha las experiencias vividas y vuelve a mirar con odio y resentimiento, corazón helado, alma vacía. Eso sí, cuando nadie ajeno a sus dobleces la mira…

Nominada a la Palma de Oro a la mejor película en Cannes, Mademoiselle propone una reflexión profunda y ácida sobre cuestiones como la irracionalidad del deseo, la profundidad del rencor, de la envidia y de la avaricia, el comportamiento colectivo, casi se diría que tribal, de las comunidades cerradas, y el odio hacia lo distinto, lo extranjero. Pero, por encima de todo, la película dibuja un perturbador retrato de una patología psicopática muy próxima a la esquizofrénica sociedad del tiempo de su rodaje, que en poco tiempo iba a cristalizar en los hechos de Mayo del 68. Sentimientos, amenazas, frustraciones e impotencias que viven latentes y que, en forma de alusión sexual o de torbellino violento son insinuadas en esta cinta precursora y visionaria, que revela muchas de las contradicciones de la sociedad moderna pese a instalarse en un marco idílico de conjunción con la naturaleza. El final del personaje de Manou es un brutal recordatorio del pasado reciente al tiempo que una sorda advertencia de lo que estaba por venir. De lo que está por venir. Una película que no envejece, que permanece vigente, porque las amenazas de las que habla no han prescrito, no caducan, nunca desaparecen.

2 comentarios sobre “Dama de dos caras: Mademoiselle (Tony Richardson, 1966)

  1. Excelente artículo. Tengo más frescas en la memoria las obras del gran Jean Genet y su lamentable vida, como también a la Marguerite Duras, ay, esos años cincuenta y principios de los sesenta en el París idealizado de lluvia, sombreros, chaquetones y musiquilla de acordeón. También a la Jeanne Moreau, el bello rostro de toda una época que va, desde un bigotito con ménage-à-trois, pasando por una camarera de Buñuel y otros ascensores para el cadalso. ¡Menuda musa para tantos directores de talento! Cuando se hizo muy viejecita se le puso una voz a la Chavela Vargas, quizá por aquello de las mil noches en vela. En fin, que Tony Richardson, sin tener una filmografía extensa y algo regular hay que ir descubriéndolo de nuevo, porque creo que es lo único que nos queda; redescubrir, y el que no me crea ¡que vaya a ver Han Solo y se zampe dos kilos de palomitas humedecidas y saladas como el bacalao de Islandia!

    Abrazos mil

    1. Ay, esa Moreau, qué tendría… Y esa Francia, todo ese cine de los años cincuenta y los sesenta… Qué grande ha sido también el cine francés, y qué poco queda de él (aunque, posiblemente, quede más que de cualquier otro). Pero… ¡no me digas que has visto la de Han Solo! Ojiplático me dejas…

      Abrazos

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