Lo bueno, si breve: Cabalgar en solitario (Ride Lonesome, Budd Boetticher, 1959)

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Siete grandes westerns fueron el resultado de la relación artística a tres bandas mantenida por el director Budd Boetticher, el guionista (y posterior director) Burt Kennedy y el ya veterano intérprete Randolph Scott. Boetticher y Scott colaborarían, además, en otros notables títulos del Oeste como Cita en Sundown (Decision at Sundown, 1957) o Buchanan cabalga de nuevo (Buchanan Rides Alone, 1958), sin llegar al grado de excelencia de los escritos por Kennedy pero dentro de los mismos parámetros estilísticos y narrativos de la serie: extrema concisión narrativa (duraciones ajustadísimas, entre los 70 y los 80 minutos), personajes extraordinariamente complejos dibujados con precisión quirúrgica, contradictorias relaciones entre ellos, no siempre reducibles a una división moral clara, un ritmo vibrante sin concesiones ni apenas descansos en una acumulación de acción y sucesos que abarca todo el metraje, y la importancia concedida al peso del pasado, la culpa, el remordimiento y la venganza, en la que cuenta también el misterio, el secreto, una oscura revelación, un hecho olvidado y recuperado que lo cambia todo. El quinto título de la tripleta Boetticher-Kennedy-Scott es Cabalgar en solitario, la historia de un cazador de recompensas (Scott) que captura a un joven (James Best) acusado de asesinato para llevarlo ante el juez de la ciudad de Santa Cruz; el trayecto, no obstante, está plagado de peligros: la amenaza india, la banda de forajidos liderada por el hermano del detenido (Lee Van Cleef) y la rivalidad del protagonista con dos de sus compañeros de viaje (Pernell Roberts y James Coburn) por el dinero de la recompensa y, tal vez, por las atenciones de la mujer que se ve obligada a viajar con ellos (Karen Steele), complican un viaje condicionado por un propósito oculto surgido de las heridas sin cicatrizar de un pasado demasiado reciente.

Boetticher es sabio en el manejo del tono y del ritmo, en la capacidad para llenar de matices y recovecos emocionales, de acción y emoción, de acontecimientos diversos y cambios de orientación, metrajes tan breves. La definición que el guion hace de la moral de los personajes, de sus puntos de vista ante los distintos sucesos, de sus evoluciones y de sus decisiones es perfecta desde el primer minuto de metraje y encaja a la perfección con las exigencias del desarrollo dramático de la historia. La arquitectura formal de Boetticher y Kennedy parte de la sencillez más aparente de la serie B (un conflicto expresado en líneas simples: frustración y venganza) para ir poco a poco tejiendo una madeja de interacciones y dependencias que conforman una estructura compleja llena de preguntas para las que no hay fácil respuesta. La brutalidad de la violencia contrasta con una plástica lírica, repleta de hermosas y evocadoras imágenes, caldo de cultivo para los remordimientos y las dudas, para las expectativas y los fracasos. Los despiadados forajidos comparten un territorio casi lunar (grandes espacios abiertos de rocas escarpadas, matojos, montes pelados y desoladas riberas de cauces) sobre el que late la atmósfera de calma que precede a la tormenta, al estallido violento.

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El guion y la puesta en escena también funcionan por contraste, la doble amenaza, externa e interna. En primer término, la acción, que arranca en el puesto de aprovisionamiento de una ruta de diligencias, apuesta por la amenaza externa: los apaches han atacado el vehículo y amenazan ahora a quiene se refugian en la precaria construcción de madera y adobe. Las señales de humo irrumpen en el cielo azul hermosamente fotografiado por Charles Lawton Jr. La huida y la persecución, que recuerdan al devenir de la columna de voluntarios de Texas de Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956) dan paso al combate y, después, a un cambio de prisma: una vez superada esta amenaza exterior, son las amenazas interiores, dentro del grupo de huidos y dentro de determinados personajes entre sí, los que marca n la tensión dramática. El prisionero intenta convencer a distintos personajes para que lo liberen y le ayuden a escapar; los cabecillas del grupo entran en abierta rivalidad por imponer sus decisiones; los personajes masculinos experimentan una abierta atracción por el personaje femenino… La historia ofrece distintas perspectivas de choques posibles, y el guion juega con todas ellas para ofrecer un panorama complejo y poliédrico. El grupo, no obstante, sometido de nuevo a una amenaza exterior (la banda de forajidos que pretende libertar al prisionero) se ve obligado a convivir y compartir destino, lo que refuerza asimismo los conflictos internos que surgen entre ellos.

El bajo presupuesto no se percibe en el majestuoso uso de los exteriores ni en algunas tomas de mérito (las grúas que retratan en contrapicado a los personajes acercándose a las ruinas en el desierto, las tomas que captan la llegada de jinetes desde el extremo más lejano de la cámara al plano más próximo, el árbol ardiente en medio del prado…), ni en la tensión y la riqueza de los diálogos; solo en la brevedad del metraje y en la necesidad de construir el final de modo algo precipitado. El ingenio de Boetticher y Kennedy para sacarse una buena historia de entre los tópicos del género y los lugares comunes, dotando al conjunto de los aires trágicos de la épica griega y de la fatalidad inherente al ya por entonces amortizado noir, hace que la película crezca a cada paso de su metraje, y que el western modesto y sencillo, de pocos personajes y entornos austeros que es en apariencia alcance en dimensión las coordenadas más clásicas del género, a la altura de los grandes trabajos de, por ejemplo, Anthony Mann. En particular, el manejo de la tensión y la acción, y la eficiencia de su economía narrativa elevan la película, en especial hoy en día, cuando parece que no se sabe rodar nada interesante en menos de dos horas, a la condición de plantilla a considerar, de cine modelo.

6 comentarios sobre “Lo bueno, si breve: Cabalgar en solitario (Ride Lonesome, Budd Boetticher, 1959)

  1. Mi querido Alfredo, ¿te puedes creer que no he visto los western de este triunvirato que nos expones hoy? Nada, imperdonable, pero tengo abandonados a Budd Boetticher, a Burt Kennedy y a Randolph Scott.
    Mientras, antes de solucionar esta laguna, me leo tu texto.

    Beso
    Hildy

    1. Mi querida Hildy, te espera una experiencia de lo más gratificante. De verdad, en cuanto tengas ocasión, no te pierdas Los cautivos, Estación Comanche, Tras la pista de los asesinos… Todas excelentes. Mucho mejor que leerme a mí, dónde va a parar… 🙂

      Besos

  2. ¡Qué bueno que alguien recuerde a estos dos viejos pecadores de la pradera! Ay, Randolph Scott, en otros tiempos galán romántico y estrella reconocida del cine del Oeste, y, el director Budd Boetticher, un antiguo torero, cuyo primer trabajo en cine había sido el de asesor técnico durante el rodaje de Sangre y arena (1941). Ambos realizaron su primera película juntos, Seven Men From Now, en 1956. Fue el comienzo de una gran amistad, pero esto no se dijo en un aeropuerto lleno de niebla, ni mucho menos. Sí, fue en comienzo de una magnífica serie de westerns de bajo presupuesto y encuadrados en la serie “B” en los que el héroe del Oeste aparecía siempre como un hombre errante y amargado, pero también fuerte y seguro de sí mismo, que atravesaba a la grupa de su caballo los desolados paisajes de la vida. Dios mío, si esto era serie “B”, ¿cómo catalogaríamos nuestra insulsa vida cotidiana contemporánea?

    A mi juicio, este ciclo de películas, interpretadas por el viejo Randolph y dirigidas por el ex torero con un extraño parecido físico a Joe E. Brown, el actor con la boca más ancha de la historia del cine, constituye al mismo tiempo los más “puros” y menos pretenciosos de todos los westerns de la historia del cine. Tanto ellos como sus autores desdeñan los mensajes, se niegan a cargar sobre sus espaldas los complejos sociopolíticos con los que otros cineastas de la década de los 50 se consideraban obligados a “elevar” un género tan “inferior” y “comercial” como el western. Estas sencillas y modestas películas de la serie “B”, con su enorme concisión, sentido del ritmo y belleza interna, destacan por encima de sus pretenciosas contemporáneas como las rocas eternas de las que surge el protagonista de “Estación comanche” al principio de la película y tras las que, finalmente, desaparece al acabar la misma. ¡Jo! ¡Qué tiempos! ¡Y uno desaparece cada día detrás de las estanterías del súper!

    Abrazos mil.

    1. A mí esta serie me encanta, y tiene su gracia. Cuando era chaval odiaba tanto a Randolph Scott que descartaba sus westerns porque sí, nunca los veía. Como no estaban John Wayne, Robert Mitchum, James Stewart, Kirk Douglas, Burt Lancaster o quien fuera, los rechazaba. No fue hasta perder el pelo que empecé a pensar si no estaba haciendo una gilipollez, y bastaron cinco minutos de Estación Comanche para darme cuenta de que había sido un gilipollas integral. Eso sí, Randolph Scott sigue sin gustarme. Tal vez, si en alguna Boetticher le hubiera puesto un traje de banderillero…

      Creo que los tormentos del personaje tal vez no se refieran explícitamente a su tiempo, pero en el fondo sí responden a esta atmósfera de paranoia propia de la Guerra Fría. De otro modo, pero creo que no anda desprovisto de lecturas relacionadas con su contexto; da menos tiempo a darle vueltas porque cuando te quieres dar cuenta la película ya está acabando, pero, como en la mejor serie B, es en el subtexto donde la película explosiona sus cargas de profundidad.

      Abrazos

  3. Pues mira, de estas pelis te quise yo hablar hace un tiempo. Fue al ver un trocico de alguna de las de este actor en la sesión de tarde de Aragón TV; al verle tan mayor, me parecía ridículo que las jovencillas de buen ver se encandilaran con él. Pero también por las escenas de una de ellas en las que un grupo de soldados sureños se infiltraba en el Ejército del Norte…algo así, si no recuerdo mal; algo que me gustó y me llamó la atención. Por desgracia, no puedo ver las pelis.

    1. Bueno, en general Boetticher y compañía, y el propio Scott, son conscientes de ello, y el tema del romance se evita por lo general. El tipo, al contrario, suele ser un hombre atormentado, anclado en la pérdida de su esposa y en la subsiguiente venganza. La fidelidad a ese ideal y al sentimiento de pérdida elude el romance, aunque se apunte levemente en esa dirección (parece no ser solo atracción, hay mucho de admiración por la integridad moral del personaje). Así, al menos, ocurre en esta película y en un puñado de sus colaboraciones.

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