Música para una banda sonora vital: La gran belleza (La grande bellezza, Paolo Sorrentino, 2013)

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Originada en unos versos del poeta escocés Robert Burns, My Heart’s in the Highlands ejerce de tema central de la banda sonora de esta aproximación de Paolo Sorrentino a algunos de los temas e intereses de Federico Fellini, con más preciosismo visual gracias a la tecnología digital pero también con mayor pretenciosidad y autocomplacencia y menos imaginación, profundidad y elaboración propia. Espectáculo fascinante, en todo caso, que, como en su personaje principal, aspira a ocultar su inmenso vacío con una apoteosis de belleza formal.

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8 comentarios sobre “Música para una banda sonora vital: La gran belleza (La grande bellezza, Paolo Sorrentino, 2013)

  1. He visto esta película tres veces. La primera por aquello de la decadencia. Me gustan las decadencias porque es la confirmación de la estupidez humana, el desgaste, el cansancio de todo. Hace poco dijo Javier Marías: “Siento que vivo en una época de decadencia en donde cada vez prolifera más la ignorancia”. Si fuera mi vecino lo invitaría a cenar esta noche, solo por esta frase. ¿Por dónde iba? Ah, sí, que “La gran belleza” la he visto tres veces. La primera me dejó un poco frío, algo descolocado. Insistí de nuevo, por aquello que se decía que era un homenaje a Fellini y a su “La dolce vita”. No vi nada de ello en el segundo visionado, pero me produjo un pequeño placer. Volví otra vez para quitarme de la cabeza una manía muy mía, y me confirmó que esta película está sobrevalorada aunque no es mala del todo. Hago un inciso. Hoy la gente no vuelve a ver una película en el cine aunque le haya gustado mucho. ¿El precio de la entrada?, o eso de ya la veré por internet.
    Llegué a escribir un artículo sobre esta película pero no llegué a publicarlo en mi extinto blog. Para mí, el problema que tiene este film es que Sorrentino no tendría que haber dicho nunca que era un homenaje a “La dolce vita” aunque él lo sintiera así, y mucho menos, que era “La dolce vita” contemporánea. Ahí la cagó a base de bien, porque a los que nos gusta el cine desde Méliès sabemos lo que es la película de Fellini y lo que representó para aquella época. Sabemos cómo trabajaba Felllini con los espacios (el mejor de la historia del cine), su imaginación, su fabulación, su visión, su estética, la música, sus epifanías, etc. “La gran belleza” no tiene nada de todo esto. Además, “La dolce vita” sigue siendo absolutamente moderna. Todo lo que contiene dentro de ella es para visionar constantemente por su increíble riqueza. Esos amaneceres de final de los tiempos: la decadencia y desesperación de la alta sociedad provoca una comparación con los últimos días de la Roma clásica. “La dolce vita” es la piedra angular de la cultura y de la imaginación del siglo XX. Es un juicio gráfico brillante a todo un muestrario social en plena decadencia y una crítica mordaz a la tragedia de la gente excesivamente civilizada. Basta ver el asesinato de sus hijos que comete Steiner y su suicidio. Si enarbolo muy alto la bandera de “La dolce vita”, no es solo por gusto de la contradicción, del desafío y de la provocación que tiene esta maravilla, sino porque Fellini ataca contra una sociedad decadente en la que se mezclan aristócratas con pedigrí, arribistas que se pudren por la cabeza, gentes de cine más grotesca que malvadas y reporteros más buscadores de mierda que lo normal. Y si todo eso parece algo excesivo, mejor. Es todo esto lo que llevas en las venas cuando entras en el cine para ver “La gran belleza”, y es obvio que cuando la estás viendo te defrauda. Si Sorrentino no hubiera mencionado “La dolce vita”, quizá se vería mejor, aunque conozco a gente que solo han visto cine de “Parque jurásico” para acá y tampoco le gustaron. En fin, allá ellos. Y paro ya que es viernes y no hay que agobiar a nadie. Viene el fin de semana y hay que correrse un fiestón del copón para purgarse de las malas jornadas laborales, ya sabes, borracheras y destripamientos de almohadas llenas de plumas para ver, más adelante, un monstruo que nos mirará fijamente.
    De Anita Ekberg y Fontana di Trevi, nanai de la China.

    Un fuerte abrazo y buen finde, amigo mío.

    1. Totalmente de acuerdo, Paco, como homenaje a Fellini se queda corto. No obstante, yo no veo en esta película solo un deseo de reproducir La dolce vita; yo incluyo en sus intenciones y en su puesta en escena tanto la ambición de registrar el planteamiento de Satyricon (1969) y de usar la ciudad como postal pública y privada de Roma (1972). Creo que Sorrentino se dedica, básicamente, en emular con cámara digital ese universo felliniano recogido en esas tres películas, lo mete en la batidora y lo sirve bien emplatado. A mí me suena a impostado, a hueco, porque son elementos ajenos reformulados, reinterpretados, con gran alharaca visual pero con un trasfondo pobre. Una buena, y cara, imitación.

      Abrazos, y buen finde (hablamos a la vuelta de mi viaje…)

  2. Que tal Alfredo!
    Yo tambien la he visto en un par de ocasiones. Estoy de acuerdo en que hay cierto toque pretencioso, pero me resulta interesante y muy atractiva visualmente. A riesgo de sonar ridiculo, a mi ver ese comienzo con el personal bailando me da unas ganas terribles de salir a tomar copas…
    Saludos y que tengas un buen finde!

    1. Bueno, lo que contiene la película no me parece mal; solo digo que me parece en exceso deudora de la obra de un cineasta mucho más importante, más lúcido y mayor (y mejor), que contiene poca mirada propia, cámara digital aparte.

      Fíjate que, para mí, las secuencias de discotecas no funcionan en el cine. A mí me parecen ridículas. Aunque, claro, las discotecas, en general, también me lo parecen.

      Saludos, y buen fin de para ti también!!

  3. Eso que dices de las discotecas tienes razón, amigo. Fíjate tú que incluso en Simón del desierto, de Buñuel, la última escena donde vemos a la Silvia Pinal desmelenándose en aquella discoteca con sabor radiactivo, no me parece muy conseguido; siempre me pareció algo inocentona. Ya ni te hablo de Travolta y su puta fiebre. En “La dolce vita”, una vez que hemos visto su magnífico arranque con el cristo colgado de un helicóptero donde se va reflejando su sombra en las ruinas de Roma y en las nuevas edificaciones colmena de la periferia, además de ser seguido por otro helicóptero donde van Marcello y Paparazzo informando sobre el evento, como si se tratara de un tour ciclístico, más el añadido de aquellas tías en biquini que están en una piscina de una terraza saludando, de repente se interrumpe y vemos en un primer plano una máscara oriental que se mueve con gestos mecánicos, y luego vemos el rostro aburrido de Marcello y todos aquellos comensales con gafas oscuras y tías todavía más aburridas. Este brillante prólogo anticipa lo que será toda la película; situaciones encadenadas de personajes fantasmales. Dijo García Márquez: “No hay fantasmas, solo gente que no es real”. Con este prólogo que nos brinda Fellini, ¿cómo puede alguien superarlo?

    Abrazos

    1. Cierto. No funcionan. Como en la pantalla tampoco funciona el deporte, excepto el boxeo.

      Ay, una de las peores cosas que abundan hoy es la de esos espectadores, o peor, esos cinéfilos, que aplauden cosas porque no han visto nada más.

      Abrazos

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