Un “ocho y medio” ibérico: Todas las mujeres (Mariano Barroso, 2013)

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Todos tenemos un amigo o conocemos a alguien como Nacho (Eduard Fernández), una de esas personas (en su mayoría hombres) que viven la vida como un carrusel que camina vertiginosamente cuesta abajo, o como un coche que circula a toda velocidad por un callejón sin salida, al final del que únicamente aguarda un muro con el que chocar. Intentan sustraerse a su destino a base de verborrea, mentiras, medias verdades, compadreo, falsa camaradería, abuso de confianza e innatas dotes de seducción. Y no son pocos los que consiguen sortear las dificultades, los que logran arrojarse en marcha de ese vehículo que va camino del desastre antes del estropicio final y consiguen caer de pie, con el ánimo y al aprecio de mucha de su gente intactos. Nacho es un veterinario, casado con la hija del propietario de la ganadería de toros de lidia en la que trabaja. Rodeado en ambos extremos, el familiar y el laboral, por las mismas personas, cobijado bajo su ala económica y profesional, se siente encerrado, sometido, prisionero de una estabilidad asfixiante, falsa, hipócrita. Una vida agotada. Cegado por la frustración, se deja convencer por su amante (Michelle Jenner), becaria en su explotación, para sustraer cinco toros y venderlos ilegalmente al otro lado de la frontera portuguesa. Por supuesto, la buena suerte no es un todo absoluto, y la aventura acaba mal: Nacho pierde los toros y el dinero que iba a cobrar por ellos, con el que pensaba cubrir algunas deudas cuantiosas, acuciantes, y bastante serias. El ecosistema habitual de Nacho es la hipocresía, la mentira, la falsedad, el gran teatro del mundo, y a él recurre para salir del atolladero. Comienza una carrera loca por la supervivencia en la que tienen un papel primordial las mujeres de su vida, su esposa y su amante, las que lo han abocado a la ruina personal, moral y económica, y también su madre, su cuñada, su exnovia y su psicóloga.

La película se construye por encuentros. Nacho se cita una a una con todas esas mujeres, en una variedad de escenarios no demasiado amplia: todo termina reconduciéndose a su precario hogar, que él mismo no duda en manipular, alterar e incluso maltratar para que sirva a sus fines, a las distintas máscaras que desea exhibir ante sus visitantes. El desarrollo de la trama es un festival para los actores, con tomas largas que permiten tanto la improvisación como el regodeo en un texto a menudo excesivo en cantidad (en particular para una película tan breve, de apenas 90 minutos), pero sobre todo que los personajes crezcan, que los intérpretes interaccionen y desarrollen una química que funciona admirablemente, en particular en cuanto a los polos de atracción y odio que Nacho despierta en todas ellas y a los picos de tensión en su relación, el acopio de momentos en los que Nacho ha mentido, traicionado, defraudado o hartado a todas ellas en el pasado. Eduard Fernández realiza una interpretación superlativa como el mentiroso compulsivo y manipulador obsesivo que intenta desmontar de forma igualmente deshonesta las trampas que él mismo ha ido cerrando en torno a su vida, pero eso no eclipsa en ningún caso a sus compañeras de reparto, todas magníficas (Michelle Jenner, Nathalie Poza, Petra Martínez, María Morales,Marta Larralde y Lucía Quintana).

El laberinto personal de Nacho transita entre la comedia patética y el drama desesperado. La sonrisa, la tensión y el drama conviven en cada secuencia, en cada uno de los eslabones de la complicada cadena que intenta construir para salvar la piel. Este mundo de ambigüedades y silencios, de secretos y frustraciones, de mundos ocultos en estado de ebullición, tan querido al director, deriva, como en tantas películas, en la ruta (más procelosa que de costumbre) hacia la redención personal. La secuencia final, la catarsis del personaje de Nacho, es un recital de Fernández, una crónica del derrumbamiento de un personaje y de la colocación de los cimientos para su reconstrucción… O no, tal vez tan solo la última de sus maniobras para conservar las apariencias, la simpatía de su interlocutor, la piedad, la compasión, ese sentimentalismo al que no duda en recurrir para lograr sus fines. Y es que Nacho es un experto en aprovecharse de los buenos sentimientos de las personas para su propio beneficio, de ahí que muchas de las mujeres de su pasado (su pareja, su ex, su madre) reaccionen ante él marcando distancias, recelosas, desdeñosas, sabedoras de la farsa que representa ante él. Solo su cuñada cae en la trampa emocional de Nacho (a través del cebo sexual), mientras que su psicóloga logra levantar la tapa de la caja de los truenos.

A pesar de la escasa variedad de escenarios, del texto profuso y del descanso de la narración en las interpretaciones de los actores, en el ritmo de sus fraseos y en la cadencia de sus interlocuciones, la película es más que simple teatro filmado. Todas las mujeres se eleva como testimonio de su tiempo, de una cultura, llamada no hace mucho “del pelotazo” y hoy incrustada en lo más profundo de la sociedad, que convierte a seres anodinos y vulgares, incluso chabacanos y ridículos, en centro de complejas tramas de corrupción y latrocinio. Nacho funciona como traslación a la pantalla de una forma de pensar, de vivir y de actuar de una parte de la sociedad española, un corte transversal más allá de clases, de estatus y de saldos bancarios. La película es el anverso de las parábolas cinematográficas sobre el ascenso social, muestra su lado oscuro, la porquería bajo la alfombra. Barroso acerca la cámara al rostro de sus intérpretes, no hace apenas tomas generales del escenario (la charla entre Nacho y su madre transcurre mayoritariamente con este de espaldas, mostrándola casi siempre a ella), de manera que no es la acción ni sus movimientos lo que debe atraer la atención del público, sino sus ojos, sus voces, sus palabras, sus muecas, sus gestos… La búsqueda de la mentira salvadora, de la coartada moral, del argumento tramposo que salve la situación, o bien del escepticismo, el sarcasmo, la ironía, la incredulidad, el reconocimiento del patetismo y del cinismo, desde una actitud tal vez no menos patética y cínica. Los sucesivos giros y líneas temáticas que el guion va acumulando, y la solución narrativa a cada secuencia (sobre todo la eclosión emocional de la conclusión), hacen de la película una pequeña joya inusual en el cine español, alejada de la “autenticidad” forzada y de los problemas de dicción de tantos intérpretes, plena de intensidad y ambivalencia, en la que el espectador no siempre toca suelo con sus pies. Todas las mujeres es como su protagonista, Nacho: una embaucadora deliciosa.

 

4 comentarios sobre “Un “ocho y medio” ibérico: Todas las mujeres (Mariano Barroso, 2013)

  1. Me apetece verla otra vez. Es otra de esas películas que no vi en mis mejores condiciones… Estaba agotada, casi dormida. Y no pude valorarla bien y justamente. Digamos, que la dejé pasar ante mis ojos. Te leo y me gusta lo que leo, que tan solo intuí… porque cerraba los ojos, me pasaban desapercibidas algunas conversaciones… Vamos, que no hay nada peor que ver una película con los ojos semicerrados… y con la cabeza en otro lado. Eso sí, disfruté de toda la galería de actores y, en especial, de Eduard Fernández, un actor que me gusta mucho, pero mucho.

    Beso
    Hildy

    1. Ayayay… Qué harías antes… 🙂

      A Eduard Fernández hay que atarlo un poquito en corto, pero es soberbio. Recuerdo la primera vez que lo vi, en Los lobos de Washington, y me quedé tonto, preguntándome de dónde habían sacado a ese tío…

      Hale, a darle una segunda oportunidad. No te la pongas a la hora de la siesta… 🙂

      Besos

  2. Que tal Alfredo!
    Pues no la he visto pero tomo nota. A mi Eduard Fernández me gusto mucho en El hombre de las mil caras, creo que es un estupendo actor. Gracias por la recomendación.
    Saludos!

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