La otra chica danesa: Copenhagen (Mark Raso, 2014)

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Muy pronto se advierte por dónde va a transitar esta película de Mark Raso: el manido tema del viaje físico como metáfora de la búsqueda de uno mismo, del ansia de regeneración personal, del reencontrarse, del renacer. Tratándose de norteamericanos en una bella ciudad nórdica de Europa retratada con cámara digital, la trama adquiere ciertos toques de choque cultural, pero básicamente se trata de una de esas películas que despectivamente calificaríamos “de autoayuda”. Joven inmaduro, atolondrado, huraño y egoísta (Gethin Anthony), pronto sabemos por qué (la prematura muerte del padre y la carencia de demás familia), espanta a todo el que osa acercarse a él desde el afecto y la ternura, incluido el amigo con el que ha decidido hacer un viaje a Dinamarca para encontrar a los únicos parientes vivos que le quedan, en particular a su abuelo, un hombre que apenas ha dado señales de vida tras la Segunda Guerra Mundial. Pero en el último momento, su amigo se presentó en el viaje con su prometida, y aunque los tres aceptaron viajar juntos, la mezcla no funciona. Will, que así se llama el muchacho, se queda solo, tirado en una ciudad extraña, en su proyecto de hallar a un desconocido, no sabe cómo ni por dónde empezar, y ahí aparece Effy (Frederikke Dahl Hansen), la camararera en prácticas del hotel donde él se hospeda, una joven inexperta y también bastante torpe, también con un pasado, necesariamente reciente, de pérdidas y carencias, que se convierte en su cicerone danés.

Desde ese momento, la película adquiere otro cariz. Deja de ser la nadería que parece en sus inicios y cobra otra dimensión, tampoco en exceso mayor en cuanto a forma, pero sí en su trasfondo. El peso del pasado como martillo escultor del presente y el futuro gana amplio protagonismo, al tiempo que la relación entre Will y Effy empieza a ajustarse poco a poco a los parámetros de la comedia romántica: encuentros y desencuentros, ayuda “desinteresada” a un náufrago de sí mismo, atracción mutua y súbitos e inesperados impedimentos que dificultan la relación… Will consuma su desastre personal (en los mismos días pierde a su mejor amigo, sufre un desengaño respecto a su familia danesa, conoce y pierde al sorprendente amor de su vida…), se refocila en su desastre vital, mientras Effy ve puesto en duda el único canal que a su temprana edad, proviniendo de una familia rota que improvisa en su día a día, ha encontrado para encauzar el desorden de su vida, para abrirse camino en una prematura etapa adulta.

Grandes temas como el pasado sumergido de Europa, en concreto de la Europa oficialmente no nazi pero que colaboró, ayudó, alentó y apoyó los totalitarismos fascistas; los agujeros y de la institución familiar y de cómo pueden afectar e influir en las personas a lo largo de toda su vida; la frágil y delicada línea del tratamiento de cuestiones como el amor y el sexo entre mayores y menores de edad; y las no siempre visibles grietas de los idolatrados Estados del bienestar de los países del norte del continente forman parte de este mosaico sentimental, sencillo y contradictorio, tan solemne como a ratos payaso, a medio camino entre la postal para turistas (la acción transcurre en varios momentos por algunos de los más reconocidos emplazamientos de la capital danesa) y el drama, con un excepcional trabajo de la luz en exteriores y con algunos elementos simbólicos remarcables, en especial la punta de la costa del extremo norte de Jutlandia en la que las aguas del Mar del Norte y del Mar Báltico se encuentran la una contra la otra, entrentadas, chocando eternamente, haciendo de este antagonismo no fuente de violencia o caos natural, sino punto de encuentro, razón de ser, base de un equilibrio que dura miles de años.

Una película pequeña, producción canadiense necesariamente destinada al circuito independiente, no por su forma ni por sus temas, sino por su procedencia geográfica (no bastó con hacer de los extranjeros visitantes norteamericanos), que supera el tradicional relato de iniciación y aprendizaje: desde luego, no lo es para el viajero, aunque se trate de una crónica de su regeneración, pero sí lo es para la no viajera, que en su peripecia de ayuda a un desconocido tal vez descubre la magia del primer amor y la vía de escape que implica fantasear sobre las promesas de libertad que ofrece su futuro inminente en la vida adulta, por más que asistir a la caótica vida de su madre ofrezca a cambio un duro correctivo de realidad. Una película cuyo encanto se disfruta con facilidad durante su más de hora y media de metraje alejado de pomposidades y trascendencias, plagado de bellas composiciones de imágenes y dotado de algún que otro chispazo de diálogo rescatable, que quizá no perduda mucho en la cabeza del espectador, pero que no le importa en absoluto porque su objetivo no está ahí. En el fondo, Copenhagen, lo que hace es, simplemente, hablar de amor. Del amor.

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