Matar al mensajero: Correo diplomático (Diplomatic Courier, Henry Hathaway, 1952)

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El motor de este típico thriller de espionaje de la posguerra mundial es un MacGuffin clásico. Mike Kells (Tyrone Power) es un agente del servicio secreto norteamericano (no se emplea en la película el término C. I. A., fundada en 1947, ni el de su antecesor, la O. S. S.) que trabaja como correo; sus misiones suelen consistir en recoger material o documentación en Europa y transportarlo hasta las oficinas centrales en los Estados Unidos. Su nuevo encargo, aparentemente igual de banal que todos los demás, consiste en volar a Salzburgo para encontrarse con Sam Carew (James Millican), un antiguo compañero de la guerra, destacado ahora en Rumanía, y recibir de él unos informes cruciales sobre los inminentes planes de expansión europea de los soviéticos, para seguidamente llevarlos a Washington. El cumplimiento de su tarea lo aparta de la atractiva y ardiente mujer que acaba de conocer en el avión de París, Joan Ross (Patricia Neal), la viuda de un diplomático americano que piensa invertir los próximos meses en un tour por Europa, pero todo carece de importancia cuando Carew es asesinado en el tren y el material se pierde. Mike continúa el viaje tras la pista de Janine (Hildegard Knef), la misteriosa rubia que viajaba con Sam, mientras es perseguido por los esbirros de los rusos. Sus pasos le llevan a Trieste, donde se propone encontrar los informes secretos con ayuda de un policía militar (Karl Malden), al tiempo que se reencuentra con Joan…

La película es una gozada de ritmo y acción, pasan muchas cosas y se suceden multitud de escenarios y localizaciones en sus apenas noventa y cuatro minutos. Con aires de clásicos como El tercer hombre (The Third Man, Carol Reed, 1949), se elige la ciudad italiana de Trieste, próxima al Telón de Acero, como epicentro de un misterio tan difuso como unos planes secretos de invasión rusa, de los que no se aporta ningún detalle, mientras que son las relaciones de Mike con Joan y Janine y los encuentros y desencuentros con aliados y rivales los que alimentan el progreso dramático. Con algunas secuencias notables (la persecución por el teatro romano; el cabaret y el simpático y nada gratuito número de travestismo, que luego tendrá su incidencia en la trama…), la historia se beneficia de un buen reparto y de unas interpretaciones eficaces al servicio del género de que se trata, sin más alardes de los necesarios, concisas y directas al grano. Las idas y venidas de los personajes en torno a los documentos desaparecidos (aunque el misterio que rodea a estos se resuelva con el manido recurso al cliché del microfilm, y con un desarrollo ya muy visto), los sucesivos giros argumentales, la desconfianza sembrada en la duplicidad de ciertos personajes (las tintas se cargan sobre todo, precisamente, en Janine, que parece jugar a dos barajas), y la aportación de dos inesperados secundarios sin acreditar (Charles Bronson como uno de los matones rusos; Lee Marvin como un sargento americano), proporcionan un disfrute discreto pero eficaz, una película que bebe de los ambientes sórdidos y lúgubres de las ciudades medio derruidas por la guerra, de esa Europa añeja que se abre súbitamente a la modernidad tras más de un lustro de tinieblas.

La esperable evolución del personaje de Joan, que se ve venir desde muy lejos, y lo precipitado de su conclusión, que incluso hurta a la película de algunos de los momentos que podrían hacerla elevarse en su tramo final, son las principales carencias de un filme que, a cambio, ofrece inusitados diálogos en clave abiertamente sexual o dotados de ironía y sarcasmo, mientras que, por otro lado, el tratamiento irrelevante del asunto que mueve la acción le quita peso y trascendencia, obliga a la película a discurrir por una ligereza tonal que contrasta con lo decisivo de su carga dramática. Como es habitual en estas películas (así como en las cintas de robos y atracos), la trama se desarrolla sobre una doble vía complementaria, la del misterio y la del romance, de modo que sus respectivos suspenses se combinan, alimentan, mezclan y, finalmente, también se fusionan, estableciendo un paralelismo dramático entre la evolución romántica de las relaciones de la pareja (o las parejas) de la película y la consecución con éxito (o fracaso) de la misión encomendada al héroe. Tyrone Power cumple de forma solvente sin el uniforme, tan envarado como corresponde a las inesperadas circunstancias de su personaje, lejos de sus héroes carismáticos y resolutivos de una pieza, mientras que Neal aparece extraordinariamente incitante y seductora, casi procaz, irresistiblemente erótica. Una estimable galería de personajes secundarios (agentes y oficiales, recepcionistas de hotel, el personal del cabaret, e incluso un viejo relojero) componen el necesario caleidoscopio de personalidades excéntricas, misteriosas y cosmopolitas habituales en este subgénero del thriller de posguerra.

Hathaway consigue eludir las inconsistencias de la trama y la artificiosidad de ciertos giros explotanto el entretenimiento puro, la acción y unas gotas de violencia. El talentoso empleo del blanco y negro va acompañado del habitual pulso del director en las secuencias de pelea, secas, duras, breves y violentas, aunque demasiado a menudo parece encontrarse en retorcidos laberintos narrativos de los que no sabe cómo salir (cómo Mike se baja de un taxi en marcha a toda velocidad, perseguido por los malos, o de cómo supera el problema de ser sorprendido sin billete en un tren…). Tal vez sean esos los problemas que impiden que la película adquiera una dimensión más importante; la gran cantidad de cosas que ocurren se suceden vertiginosamente, sin dar tiempo a pensarlas, a reflexionar, a encontrar los huecos y a establecer la oportunidad de sus causas y efectos. Hathaway lleva al espectador por el cuello, lo deja sin aliento y lo abandona al final, de manera que este puede sentirse tan cómodo como invitado a olvidar buena parte de lo que ha visto.

4 comentarios sobre “Matar al mensajero: Correo diplomático (Diplomatic Courier, Henry Hathaway, 1952)

    1. Y de lo más prolífico, el tío, porque tiene títulos para dar y vender. Como ocurre siempre, se tilda de “artesanía” la pericia para moverse entre distintos géneros y a lo largo de muchas décadas. Cierto es que, como muchos, o casi todos, cuando algo le sale flojo, le sale flojísimo, pero creo que tiene títulos más que estimables, que merecen más reconocimiento. Es curioso, pero yo, de chaval, me sonaba tanto y se ponía tanto su cine por la tele que lo tenía como un director más reconocido.

      Besos

  1. Pues muchas gracias por la interesante reseña de una película que no he visto (todavía, por va a la lista de pendientes directa) de un director que nunca me ha defraudado: sus películas serán más o menos buenas, pero siempre vale la pena darles un vistazo.
    Como dices, en hora y media de Hathaway suceden muchas cosas y puede que algo quede mal explicado, pero los que hemos alimentado nuestra cinefilia con ciclos de tipos de semejante condición, digerimos muy mal que en veinte minutos de metraje apenas pase nada.
    Píldoras como ésta he de tener siempre a mano para reponerme de soberanos aburrimientos cada vez más frecuentes.
    Un abrazo.

    1. Creo que, como todo lo que hace Hathaway, más allá del acabado y el remate, vale un visionado. Pasan muchas cosas, se dan un montón de alternativas, y en ningún caso la forma se descuida o se trivializa. Hathaway borda aquello que decía Hawks sobre los diez mandamientos del cine y de lo que dicen los nueve primeros: no aburrir.
      Un abrazo.

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