Arqueología de un mito: Desenterrando Sad Hill (Guillermo de Oliveira, 2018)

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Pocas veces se tiene la oportunidad de vivir, en relativa cercanía, una aventura como la que narra este documental de Guillermo de Oliveira, premiado en Sitges y candidato al Goya a mejor película documental. Desenterrando Sad Hill narra el proceso de recuperación del cementerio construido en 1966 en el valle del Arlanza, en los parajes del Carazo y de Mirandilla, término municipal de Contreras (Burgos), entre Covarrubias y Santo Domingo de Silos, para la larga y excelsa secuencia final del western de Sergio Leone El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966). La película repasa las circunstancias del rodaje, reúne un buen número de anécdotas e incorpora diverso material gráfico (fotografías, secuencias, documentación) y testimonios directos de algunos de los protagonistas de la filmación del cierre de la llamada “Trilogía del Dólar”, tanto en entrevistas especialmente grabadas para la ocasión (Eugenio Alabiso, Carlo Leva, Clint Eastwood o Ennio Morricone, junto con algunos de los extras y figurantes que participaron en el rodaje) como en imágenes de archivo (el propio Leone), además de referir el proceso de restauración del cementerio de mano de sus principales promotores, agrupados en torno a la Asociación Cultural Sad Hill. Una experiencia cinematográfica y vital de primer orden que destaca por su capacidad para conmover con su compendio de cinefilia, de amor a un género, de culto a la obra de un director, y de las circunstancias prácticas tanto del rodaje como de la recuperación y reivindicación de uno de sus escenarios fundamentales, y de la repercusión que esta ha tenido entre seguidores del spaghetti western y medios de comunicación del resto de España y del extranjero.

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Con intervenciones importantes, además de las señaladas (Joe Dante, Álex de la Iglesia, el especialista en Leone Christopher Frayling o James Hetfield, guitarra y vocalista del grupo Metallica, que durante décadas ha abierto sus conciertos con la proyección de la secuencia del cementerio y la música de Ennio Morricone), el documental sitúa en paralelo la reconstrucción material del cementerio y la conformación de una memoria cinéfila colectiva conectada a la realidad física de los lugares de rodaje y de sus habitantes, en un formato tradicional, tan próximo al reportaje televisivo como al cine documental, alejado sin embargo de toda pretenciosidad, que destila emotividad, encanto y entusiasmo. La meritoria hazaña que narra se convierte en protagonista hegemónica, a veces incluso demasiado (la película abusa de las entrevistas a los miembros de la asociación, entrando en ocasiones en valoraciones, opiniones o experiencias personales no siempre relevantes para el espectador), echándose en falta una mayor labor de profundización en el fenómeno del western europeo (tanto en otros países como en otras geografías españolas que no sean el desierto almeriense) y de su contextualización en la época de las coproducciones europeas y de las superproducciones norteamericanas en Europa, apoyada en un mayor uso del material de archivo y en testimonios especializados adicionales. Puede que a ello se deba que, a pesar de la brevedad del metraje, 82 minutos, que podría haberse completado y redondeado con ese trabajo de análisis y aproximación al cine de su tiempo, la película resulte irregular y descompensada, por momentos incluso morosa en su rítmica acumulación de declaraciones de “bustos parlantes” y de especialistas no siempre de la altura necesaria para la correcta y minuciosa explicación del fenómeno. La adecuada y vibrante aproximación a la cinta original, con el empleo de los pocos fragmentos que utiliza y de abundantes fotografías e imágenes de los entresijos de la filmación hacen intuir que un mayor equilibrio entre los materiales originales y la experiencia de rehabilitación de su principal localización hubieran beneficiado al resultado final, aun a pesar del incremento del metraje.

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No obstante, si entendemos que la finalidad de la película no es tanto relatar el proceso de producción del filme de Leone, ni mucho menos contar de forma pormenorizada la historia del western europeo, y sí registrar la experiencia de quienes, desde su personal combinación de amor a la tierra y de cinefilia de culto, han vivido una experiencia vital casi regeneradora, de reconstrucción de sí mismos y de su memoria personal en paralelo a la cinéfila, la película cumple con creces. Es ahí desde donde proyecta toda su emotividad, de donde nace todo su poder de conmoción. Porque lo que sí es Desenterrando Sad Hill es una plasmación gráfica de la importancia que los mitos generados por el cine han alcanzado en la memoria colectiva. De cómo las películas han llegado a impregnar las vivencias y los recuerdos de las personas, de cómo llegan a introducirse en su ánimo y en sus sentimientos, de cómo ha podido llegar a conformarse eso que podría denominarse una memoria sentimental ligada a las películas, que conecta cine y vida personal, memoria, experiencia y recuerdos, individuales y colectivos. Desde su contagioso entusiasmo, explotado particularmente en el fragmento que recoge la proyección en pantalla gigante de la película de Leone en el cementerio de Sad Hill en el cincuenta aniversario del rodaje, la película nos recuerda hasta qué punto la cultura de la imagen ha influido en nuestras vidas, ha ido creando nuestro imaginario común, como si se tratara de mitos modernos. Para quienes hemos tenido la oportunidad de conocer de primera mano el estado de la localización antes y después del inicio de los trabajos de recuperación, para quienes apreciamos en su justa medida los westerns de Leone, la experiencia personal y la cinematográfica quedan ya indisolublemente unidas a través de este trabajo, tras cuyo visionado resulta difícil, casi imposible, no lanzarse de nuevo a perseguir y disfrutar el Oeste almeriense y burgalés de Sergio Leone, esta vez desde una nueva mirada más íntima, acompañado por las voces y los rostros de quienes mantienen viva su memoria fuera de las pantallas.

12 comentarios sobre “Arqueología de un mito: Desenterrando Sad Hill (Guillermo de Oliveira, 2018)

  1. Buena tarde-noche pasé el día de Año Nuevo en la que la tele de los curas emitió toda la Trilogía…bueno, yo asistí a un gran pedazo de la Muerte tenía un precio y a todo “El bueno, el feo y el malo”. Es curioso ver a algunos actores de los secundarios, cambiando de papel…¡Y cómo va creciendo en interés dicha Trilogía!. La inclusión del motivo de la guerra, de los campos de prisioneros y de la visión desencantada del capitán alcohólico la convierte en algo grandioso, formal e intelectualmente.

  2. ¡Qué ganas de ver este documental que se me escapó en su momento! ¡Si capta la emoción, como bien explicas en tu texto, bienvenido sea! Habrá que ir a la localización…
    Me llamó la atención desde el primer momento que oí hablar de él… ¡y ahora con tu exhaustivo análisis, con sus luces y sombras!… más todavía.

    Beso
    Hildy

    1. Vale la pena, desde luego, mi querida Hildy. Algo conozco de esta historia de primera mano, y mucho es lo que hay detrás. El documental capta perfectamente toda esa carga emocional que rodea este tema, y lo transmite maravillosamente. Algo atrancado en ciertos aspectos, pero, con todo, deja una impresión emocionante.

      Besos

  3. En cuanto salga el dvd, justo al lado de la trilogía, entre ésta y Hasta que llegó su hora, de la que también sería muy interesante disponer de sus entresijos…
    Un abrazo.

  4. Una vez me dio por escribir en mi sumergido blog una saga sobre el spaghetti western. Te confieso que nunca llegué a pasármelo tan bien escribiendo sobre estas películas. Poco puedo añadir. Quizá esa imagen que has puesto en blanco y negro donde se ve el viejo Clint, Lee Van Cleef, y, lo más importante, ese guardia civil con tricornio. España fue una adelantada en casi todo, por ejemplo, el teatro del absurdo no fue inventado por Ionesco y Beckett, sino por Miquel Mihura. El esperpento de Valle-Inclán se anticipó al cine de los hermanos Coen. La picaresca con el Lazarillo de Tormes al Quijote y éste, a la vez, a los viajes itinerantes del absurdo de la vida. Clint y Lee Van Cleef fueron unos tipos muy duros, pero no tanto como la guardia civil de tricornio, trincho y capa en la encrucijada de un camino rural de aquella España. Nosotros tuvimos nuestro western ibérico hoy completamente olvidado. Aquí te dejo una escena inolvidable de nuestro western.
    Pepe Isbert acaba de matar a toda su familia en un rancho de Madrid. No coge su caballo, sino su cochecito y huye a través de una desolada carretera mesetaria. No le persigue ni los indios cherokees, sioux o apaches, ni tampoco Lee Marvin ni Jack Palance, sino una pareja de la guardia civil, que sale como de la nada, montada en bicicleta. No hay violencia, ni amenazas al estilo de “Río Bravo”o “El Álamo”, qué va, solo que Pepe Isbert sabe que debe obedecer sin decir ni mu. Los tipos del tricornio giran tranquilamente hacia la ciudad sin ley y Pepe Isbert gira con ellos tranquilamente, pero con toda la tragedia interiorizada al más puro “Raíces profundas”.

    Cuando me dicen que este país no ha dado ningún western de calidad salto de inmediato y les recuerdo el sueño de Pepe Isbert en “Bienvenido Mister Marshall”, con aquel duelo entre Isbert y Manolo Morán. Si Italia le puso el nombre del espagueti a un género, ¿por qué, me pregunto yo, no se le ha puesto a estas películas españolas, por ejemplo, paella western?

    Abrazos mil

    1. Bueno, en los últimos años ha proliferado mucho lo del “chorizo western”. No sé si por el doble sentido…

      El documental es recomendable en tanto que es una declaración de amor, no a un género, sino a un episodio concreto. La palabra que pronunciamos unánimemente los que la hemos visto después de la proyección es “emocionante”. Que no es poco en estos tiempos.

      Abrazos

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