Diálogos de celuloide: Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, John Ford, 1961)

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AYUDANTE: Sheriff, la viuda de Gómez va a tener un niño.

McKEY: Déle mi enhorabuena a Gómez.

AYUDANTE: ¡Pero, Sheriff! Gómez murió hace más de un año…

McKEY: Siempre dije que Gómez era uno de esos tipos que siguen dando guerra después de muertos.

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CORONEL: ¿No va a ayudarles, McKey? Esos colonos le están esperando como a un Moisés en el desierto, un Moisés que libere a sus hijos del cautiverio comanche.

McKEY: Pues si quieren un Moisés les costará quinientos dólares por barba.

CORONEL: ¿Así valora usted siempre la vida humana, sheriff?

McKEY: No siempre, mi coronel. Depende de cómo esté el mercado.

(guion de Frank S. Nugent, basado en el libro de Will Cook)

2 comentarios sobre “Diálogos de celuloide: Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, John Ford, 1961)

  1. De siempre me ha fascinado ese momento cuando el teniente Jim Gary (Richard Widmark) ha venido a Tascosa con el encargo de llevar al sheriff McCabe (James Stewart) al fuerte. De vuelta, la patrulla se ha detenido a la orilla del río para observar los caballos. Widmark y Stewart se han sentado en un tronco, cerca del agua (el fotograma más famoso de la película). Stewart se levanta diciendo: “Esto es más duro que mi silla”. “Sí, sí, estabas más cómodo en aquel porche”, responde Widmark. Stewart se sienta de nuevo y Widmark se quita el sombrero y se lava la cara. “¿Sabes?, sigo sin comprenderlo”. “¿Qué?”, dice Stewart mientras, sin quitarse el sombrero ni la camisa, se echa agua en los sobacos y en la cara. “Que no lo comprendo”, repite Widmark y añade: “Sin discutir y sin protestar, ¿qué te ha impulsado a venir?”. Stewart sigue quejándose: “¡Mira que cabalgar la noche entera!”. Pero luego responde a la pregunta: “Te lo diré. No has sido tú quien me ha impulsado a venir. No te lo creas. No has sido tú”. “¡Oh, nunca lo he creído!”, contesta Widmak mientras Stewart saca un cigarro del bolsillo interior de su chaleco. Al advertirlo, dice Widmark: “¡Eh, por lo que veo, solo hay un puro en cada caja!”. “¿Nunca compras cigarros?”. “Sí, compré dos hace tres meses con la última paga”. Stewart le da un puro a Widmark: “Ten”. “Gracias. Las cerillas las pongo yo”. “Me sorprende que puedas comprarlas”. “Hasta las cerillas llego”. Widmark enciende los dos puros. Fuman mientras mantienen una conversación que caracteriza a los dos personajes con un timing perfecto, solamente igualado por las películas sonoras de Laurel y Hardy; como el de Katherine Hepburn y James Stewart en Historias de Filadelfia de George Cukor.

    El verdadero héroe de Ford no necesita emplear la violencia para probarse a sí mismo. Se limita a ponerla en práctica empujado por un ideal colectivo que no le permite albergar la menor duda. Es posible que los auténticos héroes de Ford sean las propias comunidades: los soldados desconocidos que llevan la paz al Oeste; los pioneros que atraviesan el país para levantar nuevos estados, los habitantes de una ciudad cuyo principal objetivo es el de crear una sociedad basada en la ley y el orden; es decir, todas las personas que consciente o inconscientemente, han contribuido a formar los Estados Unidos y cuyos nombres y rostros se han perdido en el olvido. Lo que las películas de Ford exaltan es su trabajo, que puede no parecer en sí mismo importante ni interesante; muchas veces pasa desapercibido, pocas se desarrolla a gran escala, pero está en todo momento impregnado de un heroísmo cotidiano.

    Siempre me ha hecho mucha gracia que durante el rodaje de Dos cabalgan juntos, John Ford ordenó repetir una escena mientras gritaba, aludiendo a James Stewart y Richard Widmark, ambos con peluquín y duros de oído: “¡Cincuenta años en este negocio para acabar dirigiendo a un par de calvos que están sordos!”. ¡Y lo decía un tuerto raquítico! ¿Por qué ya no pasan estas cosas? ¿Por qué se ha muerto el cine cuando todavía hay tantas cosas por decir? ¿Tantos poemas por cantar? ¿Tanta llanura por cabalgar?

    Abrazos mil

  2. Es un momento irrepetible de una película que cuenta con un buen número de ellos. Y Woody Strode, el negro-comanche… Es muy interesante lo que Ford dice sobre la violencia en sus películas, del número muy limitado de ocasiones en las que se ejerce (peleas de borrachos aparte, que de esas hay unas cuantas), de cómo procura concentrarla en secuencias muy breves y rápidas (pienso, por ejemplo, en Caravana de paz), de cómo no es nunca un hilo conductor para sus westerns, a diferencia de la obra de otros directores del género. Ahí está La legión invencible, un western de la caballería en que los soldados prácticamente no hacen más que ir de acá para allá sin sentido, pero que resulta apasionante. El heroísmo de Ford estriba en dotar de poesía a las pequeñas cosas.

    De lo que se deduce, viendo además a John Wayne, que quienes trabajaban mucho con John Ford se quedaban calvos.

    Abrazos

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