Lo suyo es puro teatro: Miedo súbito (Sudden Fear, David Miller, 1952)

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Joan Crawford es sin ninguna duda la gran dama del melodrama criminal. Una espiral ascendente dentro del género que la llevó progresivamente del noir puro de los años cuarenta a ciertas reelaboraciones, entre desquiciadas e hilarantes, casi siempre autoparódicas, en los años sesenta. En Miedo súbito, sin embargo, su papel de Myra Hudson, una célebre autora teatral, huye de dobleces y ambigüedades. Ella no es la mujer dominante y retorcida sino la víctima, el pasivo objeto de las maquinaciones de Lester (Jack Palance), excelente actor que ella misma descartó para una de sus obras pero que, más tarde, por aquello del azar (o no tanto) de las cosas, terminó convirtiéndose en su amadísimo esposo e, indirectamente, en el beneficiario de un cuantioso testamento. El acaramelado prólogo en el que se retratan las vicisitudes del encuentro y desencuentro inicial de Myra y Lester, que acaba en boda y en idílico matrimonio, va trastocándose a medida que la cómoda vida de la pareja, que se traslada de Nueva York a California, se va enrareciendo. Poco a poco, bajo su aparente, calmada, adinerada y ociosa felicidad (ni ella escribe más obras ni él se dedica a su profesión, a pesar de encontrarse, precisamente, tan cerca del epicentro del cine) se va filtrando una atmósfera de desencanto y desconfianza que sale a la superficie cuando la casualidad (una vez más; o quizá no tanto…) une en una fiesta a Lester y a una antigua amante, Irene Neves (Gloria Grahame). La espoleta: el conocimiento por parte de Lester de ciertas disposiciones testamentarias de su ingenua y enamoradísima esposa, y la ignorancia de aquellos cambios que desea proponer a su abogado, que le benefician pero que él desconoce. Como es tradición y lugar común, la suma de circunstancias se reviste de fatalidad, y a partir de este punto ninguno de los personajes será ya dueño de su destino en un camino trazado indefectiblemente hacia la decepción, el crimen y la muerte.

De modo que en torno a la soleada y confortable mansión californiana de los amores inciales se ciernen las sombras nocturnas y los claroscuros de la fotografía de Charles Lang, al tiempo que las delicadas y líricas melodías de Elmer Bernstein se trocan en desesperantes y amenazadoras pesadillas con eco de vientos y violines. Si del amor al odio no hay más que un paso, de la convivencia interesada al simple deseo de desaparición física hay otro muy corto, el reencuentro con el cuerpo de la antigua amante y la coincidencia en la falta de escrúpulos. El melodrama previo da paso a la conspiración criminal y al prematuro descubrimiento de un complot gracias a un ingenioso, aunque, en su presentación, algo forzado, giro de guion que trasvasa la información de unos personajes a otro, y que proporciona a la acción una doble dimensión paralela, un juego del ratón y del gato en el que las posiciones se invierten lentamente al mismo tiempo que los roces y las desconfianzas entre los conspiradores, nutridas con sus respectivas deslealtades del pasado, amenazan sus planes. Es el resquicio que aprovecha Myra para, como si de una de sus obras se tratase, introducir la cuña que le permitirá luchar por su vida (eso sí, a través de una muy poco creíble maniobra grafológica). La conclusión de la película es un hermoso, vertiginoso y trepidante carrusel de tensión y de persecuciones que conforma las dos grandes secuencias del metraje. En la primera de ellas, Myra se oculta en el oscuro apartamente de Irene mientras Lester deambula por sus estancias, siempre bajo la amenaza de ser descubierta o de que Lester repare en los indicios que pueden ponerle en canción de los peligros que le acechan. Juego de oscuridades y destellos en el que Miller maneja adecuadamente la tensión y los riesgos, y que precipita el magnífico desenlace. La subsiguiente persecución nocturna -de nuevo, algo forzada- por las calles de San Francisco, Myra corriendo (con tacones, como un espectro con su abrigo negro y su blanco pañuelo cimbreándose al compás de la carrera y de la brisa nocturna) y Lester en coche, alcanza momentos vibrantes, y va introduciendo una duplicidad de confusiones que conduce al, por otra parte, esperable desenlace final.

La película, más allá de las debilidades dramáticas (exceso de casualidades y de factores caprichosamente teledirigidos hacia una conclusión previa) y de ciertas ligerezas formales, se eleva realmente en el subtexto, en el diálogo de realidades y apariencias que se establece entre el teatro, los personajes, el cine y la vida real. En tiempos del Código Hays las debilidades se pagan por imperativo moral, pero no se trata de una película simple en la cual los villanos son castigados o redimidos y los buenos pueden proseguir con sus vidas ejemplares como si tal cosa. Todos, de un modo u otro, son víctimas de una desgraciada concatenación de circunstancias resultante del descontento en el que transcurre sus vidas: una, la célebre autora teatral cuyo éxito va indisolublemente acompañado del fracaso sentimental, del abandono y de una solitaria madurez, un destino contra el que lucha pero hacia el que los sucesos la arrastran irremisiblemente; otro, el actor talentoso que descubre y desea un medio más cómodo y fácil de ganarse muy bien el sustento, intérprete de un único papel en una función que ha de durar toda una vida (el nudo de la película se teje justamente en un tránsito moral: al principio, esa vida es la de él; después, es la de ella, que no tiene por qué ser tan larga como su ciclo vital determine…); por último, la mujer ambiciosa y desinhibida, siempre dispuesta a arrimarse al hombre que le garantice un bienestar material y un modo de vida que la satisfagan en sus instintos más primarios. Los tres, a su manera, víctimas y verdugos, asesinos de los otros y de sí mismos, prisioneros en su propia cárcel, relatores de su propia condena. Como siempre sucede en el cine negro, escriben con reglones torcidos un destino que les viene impuesto por una fatalidad que se alimenta sobre su propia debilidad, y que triunfa sobre ellos sin oposición. En este punto, el final de Myra es un final moral, pero nunca un final feliz.

14 comentarios sobre “Lo suyo es puro teatro: Miedo súbito (Sudden Fear, David Miller, 1952)

  1. ¡Cómo me gusto este descubrimiento! Y en tu texto señalas muchas de las claves y secretos que se vislumbran entre sus fotogramas. Además de un triángulo con tres actores que adoro: Joan, Jack y Gloria. “Miedo súbito” es de esas películas, que de pronto se descubren un día y se disfrutan al máximo. Y me gusta mucho el matiz que das sobre el final.
    Beso
    Hildy

    1. Una agradable sorpresa, dentro de ese subgénero de maridos (o esposas, pero sobre todo maridos) manipuladores y potencialmente asesinos. Estas historias transitan casi siempre por las mismas demarcaciones, y luego fueron a parar al culebrón televisivo y al melodrama puro, pero suele funcionar porque bucea en algunos de los temas más primarios que mueven las ruedas del juego dramático, las apariencias, el amor, la infidelidad, la tentación del crimen… Los laberintos personales y emocionales siempre han dado mucho juego.

      Besos

  2. Estupenda película a la que me acerqué por primera vez debido a mi actriz favorita – Gloria Grahame -. Y claro, me llevé un pequeño chasco por lo poco que sale, para mi gusto. Exceptuando eso, los momentos forzados que tú ya apuntas y algún giro poco convincente, la película está bastante conseguida. Este tipo de papeles le sientan de maravilla a la Crawford, antes de encasillarse en películas granguiñolescas. Y a Palance ya, ni te cuento. Uno ya se figura, desde el principio, que con semejante tío cerca hay gato encerrado
    De este director sólo he visto ésta y “Un grito en la niebla”. Por supuesto, me quedo sin duda con “Miedo súbito”. Ver a la insufrible Doris Day dando grititos y estando más pendiente de sus modelitos que del riesgo a que la maten me pone negra (lástima porque la intriga en sí atrapa, esa niebla londinense da mucho juego y aparece el siempre fantástico Rex Harrison).

    Sin ser películas de primer orden, este tipo de films de intriga me gustan mucho porque son como una especie de Hitchcock sin Hitchcock. Les falta el toque maestro y pulirse un poco más pero el resultado suele ser, en líneas generales, satisfactorio. A esta peli yo añadiría, además, otras que, aún teniendo sus altibajos, globalmente dejan una sensación agradable. Cito de corrido (y seguro que me dejaré títulos en el tintero): “Pasos en la niebla”, “Obsession” (no, no es la de Visconti sino la de Dmytryk), “Ángel negro” (ésta la ví, sobre todo, por mi pasión hacia Dan Duryea), “Sombas acusadoras” (de ésta me gusta más la primera que la segunda parte, en la que se vuelve pelín repetitiva), “Corrientes ocultas”, “Voces de muerte” y “Envuelto en la sombra”. Como ves, después del cine negro, la intriga es mi segundo plato favorito.

    Un abrazo!

    1. Gloria Grahame es la más grande (qué corta se le queda Las estrellas no mueren en Liverpool…). Algo al respecto puse en mi novela. Está feo eso de autocitarse, pero ahí va (no me deja poner cursivas donde toca):

      “Dejando aparte a Marilyn, que siempre compitió en una liga propia, y a Gloria Grahame, que jugaba a un deporte nuevo, diferente, inventado por ella misma, de entre todas las mujeres que en el cine han sido destacan tres apariciones fulgurantes, apabullantes, abrumadoramente seductoras, que con sutil embrujo y magnetismo letal empequeñecen cualquier otra, doblegan toda resistencia, desarman y cautivan con el solo impacto de su irrupción dentro del encuadre: Gene Tierney “revivida” ante el panoli de Dana Andrews enamorado de una muerta en Laura; Ava Gardner al piano acariciando con voz sedosa y mirada tersa a un Burt Lancaster que la observa patidifuso en Forajidos; Rita Hayworth sacudiendo melena y sonrisa mientras dice “¿yo?” y Glenn Ford pone cara de Glenn Ford en Gilda.”

      Pues eso.

      El caso de la Crawford es fascinante, sus orígenes en el cine, sus cambios de imagen, su raro madurar, sus películas de los sesenta, su etapa como directiva de la Pepsi… Una grande por derecho propio. Su Vienna en Johnny Guitar es uno de los personajes femeninos más especiales que han aparecido jamás en pantalla, corrigiendo, ampliando y mejorando su fuente literaria. De Palance, creo que fue Elia Kazan quien dijo que con esa cara solo podía quererlo una madre…

      Veo que compartimos aprecios y manías. Yo estaba deseando que se cargaran a Doris Day cuanto antes, aunque la película se quedara en un corto… Aun así, me gustó bastante, da mucho juego a pesar de ella. Posiblemente con cualquier otro nombre de sus contemporáneas estaríamos hablando de otra cosa.

      Hay montones de títulos al respecto, desde Gaslight (1944) a Retrato en negro (1960) o La mujer de paja (1964), o todos esos que comentas. Me gusta especialmente Ángel negro, por su director, Roy William Neill, de vida y carrera cortas pero que nos legó la mayoría de los títulos de la saga Holmes y Watson de Basil Rathbone y Nigel Bruce.

      Abrazos!

  3. Me encanta tu cita y la suscribo casi al completo; Rita Hayworth lo hace francamente bien, pero ante las otras – auténticas diosas del celuloide – para mi gusto creo que se encuentra un escalón por debajo. Sólo hay un papel suyo que me fascina y es en “La dama de Shanghai”. Creo que parte de su encanto radica en ese personaje suyo tan turbio y magnético a la vez.
    ¿Sabes que actriz, prácticamente olvidada hoy día, creo yo que hubiera podido competir con todas esas de haber tenido mejor suerte? Ella Raines. Me parece que tenía una presencia mágica. Esto me ha hecho recordar que tengo pendiente de ver una peli suya (protagonizada junto a Vincent Price) titulada “La araña”.
    Jolín, se me acumulan las películas pendientes… jejeje.

    Respecto a Joan Crawford, muy cierto lo que dices. Hay una película muda suya que me parece que está realmente bella e insólita, “Garras humanas”, de Browning. El film es otra maravilla, una rareza – como todas las de su director- y una Crawford a la que uno no se imagina su evolución posterior.

    Qué buena la cita de Elia Kazan sobre Palance. Creo que tenía toda la razón, jajaja. Y, sin embargo, qué conmovedor (por atípico) está en “Los profesionales”, ¿verdad?

    Termino volviendo a hablar de la Grahame. Una mujer de rompe y rasga, con una vida personal sumamente curiosa y una actriz que con suave movimiento de cejas imanta al espectador. “En un lugar solitario” descubre su parte más romántica y vulnerable, “Cautivos del mal” pretende convencernos de ser una mujer pesada para su marido y a mí me encanta con sus deliciosas interrupciones, “Los sobornados” da vida a la mujer de vida disipada mejor redimida del cine (con permiso de Ingrid Bergman en “Encadenados”) y en “Deseos humanos” tiene a la Grahame más admirable que he visto. Una mujer que le da mil vueltas a su marido y a su amante, que intentan someterla y, sin embargo, no se molestan en intentar comprenderla (si hay un deseo realmente femenino es saber qué estaría dispuesto un hombre a hacer por una mujer y eso es lo que ella busca).

    Vaya parrafada la mía. En fin…

    ¡Abrazos!

    1. Bueno, claro, el peso del mito hace mucho, tanto en el caso de Hayworth como en otros. La cuestión es que cuando Columbia era “la chusma del lugar”, en palabras de Frank Capra, dos cosas resucitaron al estudio y le proporcionaron un lugar entre las llamadas “minors” de Hollywood: una, las primeras películas de Capra, precisamente; otra, el descubrimiento de Rita Hayworth. Pocas actrices pueden apuntarse un tanto similar. A Rita le faltó, eso sí, un papel como el de Kelly de Ava Gardner en Mogambo, para lograr dar un giro a su imagen. Lo de La dama de Shanghai quedó un poco sepultado igualmente en su leyenda, al ligar la trama de la película y su estética en ella a su separación de Orson Welles. Ella Raines era impresionante, como Jane Greer (debí incluirla en la cita) o Ann Sheridan. Les faltó, creo, leyenda, un papel que las hicieran despegar o un final desgraciado que las mitificara a toro pasado.

      Qué suerte tenemos de que las películas no se acaben nunca…

      Palance me deslumbró en Los profesionales, una de mis películas favoritas forever and ever, y en un bélico de Robert Aldrich titulado Ataque. Pero me quedo, sobre todo, con su papel de The Big Knife, también con Aldrich (además de Ida Lupino y Rod Steiger). Papelón. Bueno, y con su “actuación” en las sucesivas galas de los Óscar respecto al presunto “affaire” de Marisa Tomei…

      Gloria Grahame es sensacional. Fíjate que cuando la veo en otro tipo de películas, fuera del noir, o de la intriga criminal, o incluso en color, no es lo mismo. Necesito que sea mala. Una mala buenísima.

      Besos!

  4. Igualmente me pasa a mí. Dame una buena mala o un buen malo que ya me encargaré yo de disfrutar con sus artimañas. Sin eso, la mayoría de estas pelis se desmoronarían. ¿Qué hubiese hecho Hitchcock de haber tenido a la Grahame en alguno de sus films? Mmmm… sólo nos queda elucubrar.

    ¡Besos!

  5. Y el rostro de Jane Greer, extasiada en “Retorno al pasado” mientras Mitchum y su compañero se pelean. Momentazo… Qué malas más buenas. Es que llevan el peligro y el morbo en la cara…

    Besos.

    1. Creo que Hitchcock, de elegirla, la habría escogido como secundaria frívola, como apunte cómico-cínico. No la veo como rubia “inocente e intrépida” o como “señora en público y prostituta en privado”. Más que posibilidades de tormento, veo en ella exceso de sabiduría. Creo que adelantaba a las rubias habituales de Hitch por la derecha, que su perfil descarta de inmediato la inocencia, y para Hitch la ambigüedad es esencial. Eso sí, en un papel de madre hitchcockiana lo hubiera bordado.

      La entrada de Jane Greer en ese garito mexicano al comienzo de la película da ganas de emigrar a México y tirar el muro de Trump con la cabeza.

      Besos

  6. Jajajaja, Alfredo tus comentarios no tienen parangón. Deberías editar un libro sólo con tus citas, de verdad te lo digo.
    Efectivamente, la Grahame de mujer frívola (cínica, sexual y todos los adjetivos imaginables) made in Hithcock, por supuestísimo. Y de madre, buff, qué miedito, jejeje. Imagino la cantidad de perrerías que les haría a sus pupilos. Eso no hubiese tenido precio.

    Besos!!

  7. Un thriller, duro y despiadado. Bella, elegante, llena de personalidad y autosuficiente. La Crawford era no tanto una estrella como la estrella por antonomasia, el resumen perfecto de todo lo que Hollywood era capaz de lograr en su época de mayor apogeo.

    Abrazos mil.

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