Diálogos de celuloide: La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1987)

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-Marine.

-Coronel.

-¿Qué es esa chapa que llevas en tu pechera?

-Un símbolo de paz, señor.

-¿De dónde la has sacado?

-No lo recuerdo, señor.

-¿Qué llevas escrito en tu casco?

-Nacido para matar.

-¿Escribes nacido para matar y llevas una chapa pacifista? ¿Es una broma de mal gusto? ¿Qué significa?

-No lo sé, señor.

-Pues aclárate porque si no te voy a meter un paquete que te cagas. Responde a mi pregunta o tendrás que responder ante un oficial superior.

-Quería decir algo sobre la dualidad del hombre. La teoría de Jung, señor.

-A los marines solo les pido una cosa: que obedezcan las órdenes como si fueran la palabra de Dios. Estamos aquí para ayudar a los vietnamitas. Dentro de cada uno hay un estadounidense tratando de salir. Es un mundo muy duro. Tenemos que hacer que esos pacifistas se aburran.

(guion de Stanley Kubrick, Michael Herr y Gustav Hasford sobre la novela de este último)

 

4 comentarios sobre “Diálogos de celuloide: La chaqueta metálica (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1987)

  1. La contradicción del absurdo. El cacao mental en situaciones delirantes sin ningún tipo de sentido. Esta conversación podría introducirse subrepticiamente en cualquier conversación que tiene Alicia con cualquiera de los personajes del país de las “maravillas”. Lewis Carroll es cada vez más moderno, más neorrealista. “No puedes evitar andar entre locos”, le dice a Alicia el Gato de Cheshire. “Somos todos locos aquí”.

    Y ya no digamos de los discursos y enfrentamientos de nuestros políticos. La estulticia, la garrulería y la insidiosa majadería. Ineptos sin escrúpulos gobiernan al dictado de esos intereses económicos, y el pueblo termina por aclamar a los más patanes y corruptos como ídolos, pues ellos mismos desearían estar en su posición. Por eso votan. Así en la política: una telaraña tejida por hombres y mujeres que en su mayor parte deberían estar encerrados en habitaciones acolchadas. Los de las extremas derechas alimentados a base de bellotas robadas a los cerdos no paran de defender la patria con la palabra “democracia”. Otros, con la República bananera. ¡Libertad! ¡Libertad! Gritan otros con los puños alzados, buenas casas de lujo y suculentas cuentas bancarias. Esto no es el elogio a la locura de Erasmo. Tampoco es un mundo de maravillas.

    “A los contribuyentes solo les pido una cosa: que obedezcan las órdenes como si fueran la palabra de Dios”.

    Al menos la Reina de Corazones sentenciaba la decapitación antes del juicio. Es mucho mejor que acabar durmiendo en la vejez en un cajero automático (destino de todos). Aunque ya empiezo a ver que los cajeros están algo saturados.

    Abrazos mil.

    1. Caramba, Paco. Hoy te veo particularmente optimista. ¿Qué ha pasado? ¿Te ha tocado la lotería, perillán? ¿Has ligado con alguna sueca, malandrín?

      En fin, triste panorama el nuestro. La pregunta es qué podemos hacer cuando la estupidez no solo no tiene freno sino que se fomenta desde aquellos estratos que deberían combatirla.

      Abrazos

  2. Bueno. Es que ayer por la noche salí a dar una vuelta. ¡Maldito insomnio! Sería sobre la una de la madrugada. Vi una cosa que me hizo reflexionar, pero sin llegar al fondo de la cuestión, como en cualquier capítulo del Quijote. Espero que tú puedas ayudarme en esto, mi querido amigo. Pasé por delante de un pequeño cajero automático. Digo pequeño porque era de esos que están hechos, precisamente, para que quepa solo una persona de pie y hacer uso de la máquina. De esta manera se evita que un sin techo pueda pernoctar allí. En su interior había un vagabundo con un montón de bolsas llenas, además de un carrito del súper a rebosar de más cosas; no sé, paraguas viejos, muñecas sucias y despeinadas, cosas así. No sé cómo demonios pudo introducir todo eso en un espacio tan reducido. Todo esto lo veía yo a trasluz. La noche era oscura y el cajero estaba muy iluminado por dentro. El vagabundo era como una sombra chinesca en la pantalla de la noche. El pobre hombre no sabía cómo ponerse, atrapado en sus propias pertenencias. Buscaba cualquier modo para tumbarse y no había manera. Pero lo peor del caso es que había otro vagabundo en la calle, junto a la puerta, y lo estaba insultando. Lo maldecía por tener tantas cosas y, por culpa de ellas él no podía compartir espacio para pasar la noche. Me fui a mi casa. Me puse el pijama y mirando a la oscuridad del techo intenté sacarle algún sentido a lo que había visto. Todavía sigo dándole vueltas. En fin.

    Más abrazos.

    1. No me lleves por ese barrio cuando vaya por allí de nuevo…

      Los bancos siempre fueron para pernoctación individual. Se pierden las buenas costumbres, y luego pasa lo que pasa.

      Abrazos

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