Mis escenas favoritas: Fat City, ciudad dorada (Fat City, John Huston, 1972)

“Paraíso en la Tierra”. Eso implica, en el argot pugilístico norteamericano, la expresión Fat City, aludida en el título de esta película basada en la novela de Leonard Gardner. John Huston es el cineasta que más y mejor ha sabido hablar de los perdedores, aquellos seres anónimos derrotados y abandonados en los márgenes de la vida. Aquí delimita las coordenadas de esa derrota en una magistral apertura que es todo un retrato del desarraigo y la soledad, cantado por Kris Kristofferson, al tiempo que una subversión sobre el mito de la dorada y soleada California.

Dedicada a Francisco Machuca. Nos vemos en Stockton, amigo.

31 comentarios sobre “Mis escenas favoritas: Fat City, ciudad dorada (Fat City, John Huston, 1972)

  1. ¡Qué gran película, joder! Está claro que Huston huyó de las películas de boxeo al uso y prefirió retratar a un grupo de perdedores, de malos boxeadores, de los que forman legión en todas partes, que llevan el estigma del perdedor en la frente y se niegan a reconocerlo, que sueñan siempre con que un día cambiará su suerte y ese día nunca llega. En el batallón de los vencidos y a ellos va dedicada la película.Fat City: una obra maestra porque es de las grandes películas de John, que no gustó demasiado a los espectadores porque a pocos les gustan las historias de perdedores. A John le encantaban y sabía contarlas como nadie, y ahí está la peli para demostrarlo.

    ¿Cómo olvidar esa maravillosa e inspirada escena donde Curtis Cokes orina sangre y a medida que va avanzando por un pasillo se van apagando las luces tras él?

    El otro gran tema de identidad de Fat City está en la profunda soledad y la incomunicación en los que viven sus personajes. Personajes que gritan su desesperación en un bar de medianoche de cuyos feligreses siguen bebiendo inmunes al dolor ajeno. En el primer encuentro entre Tully (Stacy Keach), Oma (magnífica Susan Tyrrell), y Earl (Curtis Cokes), Tully habla del calambre que ha sufrido y del talento de Ernie (Jeff Bridges), y la mujer presume de su profundo amor por el negro. Rubén Luna (Nicholas Colasanto) le habla a su mujer del prometedor futuro de Ernie, pero ella está durmiendo. Luna habla de la sangre de Ernie y sus ayudantes hablan de otros boxeadores. Son monólogos frente a monólogos. O ese soberbio final en donde Tully y Ernie se sientan a una barra de bar y deciden hablar, pero no son capaces de decirse nada.

    Gracias por la dedicatoria. Y, por supuesto, nos vemos en Stockton.

    Abrazos mil

    1. Es curioso, ya lo hemos comentado alguna vez, lo que da de sí el boxeo en el cine, y lo poco que da en la vida real. Son mejores las películas del boxeo que el boxeo mismo, y mejores aún las de los boxeadores derrotados que las de los victoriosos.

      En fin, la película tiene todos los ingredientes para perder la batalla del tiempo, o lo que es lo mismo, ganarla. Nada más alejado de las modas de los ochenta que esta película, es lógico que en apenas ocho años pasara, no ya al anonimato, sino al saco sin fondo de las películas perdidas en la bruma. Y sin embargo, es magnífica, y permanece plenamente vigente. La gente está desarmada y, en contextos de crisis como los actuales, carece de referentes porque se los han quitado y les han privado de las herramientas para buscarlos más allá de la verborrea vacía de los políticos “milagrosos”. Como dijo Churchill de “La señora Míniver” (aquello de que la película había hecho más por los británicos en la guerra que una flotilla de destructores), el cine podría darnos tantas cosas si se usara bien, y si nos dejaran usarlo…

      Abrazos

  2. ¿Qué es el éxito? La antesala del fracaso, la forma más cruel que tiene la vida de decirnos que, tras ese momento de borrachera efimera, nos espera la derrota. Qué fácil resulta embriagarnos cuando creemos estar en la cúspide y qué difícil es despertar y darmos cuenta que la dignidad está en asumir y sobrellevar el peso de la pérdida, que nos acompaña y forma parte de nuestra condición.
    No creo en el éxito, ni en los falsos oropeles con que los medios de comunicación tratan de narcotizarnos a diario, no creo ni siquiera en los medios… Creo en tipos como John Huston, que hicieron de la vida de un tipo corriente (grandioso Stacy Keach y qué poco se le ha valorado) un pedazo de celuloide vivo, auténtico y lleno de poesía sin adornos de ningún tipo. Así es como concibo yo el cine.
    Junto con La jungla de asfalto, mis consentidas del director y que atesoran respectivamente dos de los finales más hermosos que ha dado este maravilloso arte.

    Besos.

    1. Cada uno escoge el narcótico que quiere (o que puede) para sobrellevar este teatro calderoniano que llamamos vida. La fama, el éxito (sean lo que sean), en estos tiempos, además, tan narcisistas, son el nuevo opio del pueblo. Una vez que se ha democratizado el acceso a estos estados a través de las redes (la banalidad total, el famoso que solo es eso, famoso, no merced a cualidad ni a acontecimiento alguno, simplemente por el número de seguidores), vivimos ya en la burricie completa. El “más” como equivalente al “mejor” nunca ha estado tan identificado como ahora, verdadero triunfo del capitalismo y de su infalible instrumento de control, la estadística, la encuesta, el porcentaje. Y mientras, la vida, la de verdad, que va a su rollo, va abandonando en sus márgenes a seres como a Keach o preparando la mortaja de tipos como Bridges, los hijos de Saturno devorados por su padre, a los que además culpa de su propio fracaso y a los que, como única alternativa, ofrece las pastillas y el tratamiento psicológico de la depresión que jamás tendrían si el mundo circulara a otra velocidad. Huston ha sido el maestro en la captación y el retrato de esta realidad, y en servirla sin aderezos y de manera desnuda pero estilizada, fuera del tratamiento en bruto de este material por gente como Ken Loach o los hermanos Dardenne. El discurso permanece, pero el estilo, la mirada, la huida del sentimentalismo y del subrayado ideológico se han perdido. Nos queda el panfleto, es decir, la derrota total.

      Jopé, menudo lunes…

      Besos

      1. Cuéntame, pues, qué te has tomado para empezar así de bien la semana, jejeje.
        Más de uno me ha llamado rara. Así como te lo digo. Por la sencilla razón que el teléfono (porque es eso, simple y llanamente) que tengo, sólo sirve para hablar y, como mucho, enviar y recibir mensajes de los de antes. Me niego rotundamente a tener esos cacharros que tiene la gente y que – como dice alguien que conozco y con el que comparto ideas – sirve, entre otras cosas, para llamar y que te llamen. Más de una ocasión me he dejado dicho teléfono en casa sin problema alguno.
        Soy un dinosaurio de 37 tacos. Una anacrónica total y para mí es un disfrute desligarme de todo lo superfluo que es eso. Eso sí, me quitan los libros, el cine y determinada música y mi vida valdrá lo justo. Y ya la manera más rápida para largarme es que mientras mantengo una conversación con alguien, esa persona coja el dichoso móvil . Entonces doy media vuelta y me piro.
        Si ya de por sí la vida resulta complicada, ¿cómo esperamos que sea viviendo plegados a una “realidad virtual”?

      2. Jejeje. Lo poco positivo que tienen los días duros son los destellos de lucidez que proporcionan, a poco que se observe la vida con cierta distancia.

        Bueno, rara… Juiciosa más bien, visto lo visto. Yo tengo 43 y caí en el smartphone no hace mucho, tres o cuatro años. Realmente es una herramienta estupenda si se usa con cabeza (que no es el caso de la gran mayoría), o incluso si se usa lo menos posible, estrictamente para lo necesario. Al final, se decía lo mismo de la televisión, de los ordenadores, de Internet… Nada es malo ni bueno por sí mismo; solo lo son, o dejan de serlo, conforme al uso o mal uso que le damos. Hay que reconocer, no obstante, que el mal uso, el abuso, nos rodea, y, peor, que la sociedad se amolda progresivamente a ese mal uso, a ese abuso. Rechazo, por principio, instalarme aplicaciones o actualizar aquellas de las que dispongo. Algún día dejaré de poder utilizarlas. Pues vale.

        Tu pregunta final es muy pertinente. Y es que la gente ha preferido, de toda la vida, la realidad virtual. Antes buscaba su punto de fuga en la ficción o en el estudio. Ahora, merced a las redes, lo hace reinventando o imaginando sus propias vidas en clave fantástica, o fantasiosa… O subiendo fotografías de su presunta “felicidad” en sus vacaciones, en sus cenas, en sus noches de copas con amigos… O firmando en las ferias del libro. Eso, por no hablar de las malditas fotografías de sus platos de comida, brrr…

        Besos

  3. Leer tu post, ver el vídeo, leer los comentarios y sus respuestas… ¡menudo lujo pasarse por aquí! Y sobre todo poder recordar esta película de Huston, que es un mazazo. Y me digo, de pronto, ¿y que escribí en su momento de ella? Y leo, y el primer párrafo de ese texto sigue vigente para acompañar esta secuencia que hoy compartes: “… por las calles de Stockton, una ciudad americana durante los años setenta, pasea la desolación y la lírica triste, tras las notas de una balada country una galeria de rostros perdidos, sin posibilidad de un mañana. Y entonces la cámara se para en un rostro concreto, el de un hombre solo, en la habitación de un hotel cochambroso que busca una cerilla para encender un último cigarro. En la mesilla también hay una botella de alcohol. El no poder encenderse ese cigarro activa a ese hombre a vestirse… empieza un nuevo día. Y la voz de Kris Kristofferson acompaña a Billy Tully (Stacy Keach, me quito el sombrero mientras me cae una lágrima), un fracasado más que trata cada día de ser un perdedor con la dignidad intacta. Y esa balada triste habla de que el ayer está muerto, que el mañana todavía no se ve y es triste estar solo… y realiza un ruego “ayúdame a pasar la noche”… Ésa es la situación que arrastra (y nos arrasa) Billy Tully, un treintañero que vivió su momento de gloria en el boxeo. Ahora es hombre acabado con toda la vida por delante… un superviviente entre soledades, recuerdos de glorias, alcohol y trabajos esporádicos en el campo. Cuentan que fue su ex mujer quien le abocó a la desgracia… pero Tully lleva en la cara que está perdido… aunque una y otra vez trata de levantarse, igual que hacía en el ring”.

    En fin hoy estamos filosofando bastante alrededor de una hoguera, digo de una peli…
    Beso
    Hildy

    1. Bueno, bueno, mi querida Hildy, traer aquí este texto tuyo sí que es un verdadero lujo… Muchas gracias. Pocas veces un retrato tan ajustado de la derrota y la soledad. Tan conmovedor que alcanza extremos casi terroríficos.

      Qué bien que podamos filosofar alrededor de imágenes y sonidos, aunque hayamos cambiado las hogueras por las pantallas azules, bastante menos cálidas…

      Besos

  4. En estos casos siempre se me viene a la memoria una frase que Bogart suelta en El sueño eterno, a colación sobre el uso y/o abuso que se hace de las cosas: “Vaya, vaya, tantas armas en la ciudad y tan pocos cerebros”. Pues eso.

    Besos.

    1. Y tanto. Lo mismo puede decirse hoy de los móviles… Esa película tiene frases esplendorosas, muchas de ellas trasplantadas, tal cual, desde la novela. A mí me encanta ese diálogo de “no me gustan sus modales”, y Marlowe contesta, “a mí tampoco me enloquecen los suyos”. Entre muchísimos…

      Besos

  5. Caso paradigmático (pero no exclusivo, por fortuna) de película que está a la altura de la novela. Todo el film es una obra maestra en el arte de dialogar (a veces no da a uno respiro entre frase y frase). Diría que está en abierta competencia, en ese sentido, con “Uno, dos, tres” (aunque ésta yo creo que, a ratos, es todavía más rápida, tan del gusto de Wilder).
    Con esa nómina de guionistas que tiene, desde luego, para Hawks no tuvo que ser difícil hacer un referente del noir. Y con las dos leyendas que eran Bogart y Bacall pues… la cosa iba rodada (nunca mejor dicho). La archiconocida conversación de ambos sobre equitación tiene la misma carga de elocuencia que la secuencia de diálogo mudo de la magistral peli de Wellman, Incidente en Ox-Bow, entre los dos ex amantes. Un breve y mágico interludio para una película con clara vocación de denuncia.

    Tú sigue así, dándome cuerda, que no me sacas de aquí ni con agua caliente…

    ¡Besos!

    1. La más rápida, también de Hawks, es Luna nueva (1940). Era deliberado, Hawks insistía en que los actores se “pisaran” continuamente los diálogos. De todos modos, piensa que hubo que rodar secuencias suplementarias de Bogart y Bacall tras el inesperado (por todos) éxito de Tener y no tener (1944). La química de la pareja y la repercusión pública de su relación invitaron a los productores a “sugerir” que la película contara con más secuencias de Bogart y Bacall en solitario, interaccionando juntos. Y, como siempre que las cosas se hacen bien, y por gente que sabe, el “postizo” no se nota nada.

      Venga cuerda… A lo mejor la cuerda es para no dejarte salir 😉

      ¡Besos!

  6. Es cierto, no me acordaba de Luna nueva (imperdonable este lapsus por mi parte), no termina Russell de hablar y Grant ya comienza a replicar. ¡Menudo ritmo! Diálogos vertiginosos y un timing total entre los protagonistas (otra cosa que se ha perdido…). Lo más curioso del tema es que, a esa velocidad y esa agudeza verbal no resulte, a nuestros ojos, como algo falso sino totalmente natural. Digamos que los actores lo incorporan a sí mismos como si siempre hablasen así. Vamos, una maravilla.
    Respecto a Bogart y Bacall, lo suyo ya chisporrotea desde el primer fotograma que aparecen juntos. Química y física en estado puro.

    Acabas de sacarme los colores…

    Una curiosidad: ¿Luna nueva o Primera plana? Si te hago elegir entre mamá y papá, entonces olvida la pregunta (no he visto todavía la peli de Milestone).

    ¡Besos!

    1. Tiene algo ese cine que hace que todo lo impostado (esos diálogos tan literarios, por ejemplo) resulte de los más corriente y natural, y ese algo creo que es otra de las cosas que se ha perdido: la música. La música de la voz, de los diálogos, de la construcción de las conversaciones. No solo qué se dice, cómo se dice, sino también cómo suena. Quien no ve adaptaciones de Shakespeare, por ejemplo, en inglés, aunque sea con subtítulos, y se limita a ver las historias traducidas se pierde la mitad del placer; la musicalidad del verso pronunciado en su lengua te dice tanto o más de lo que ocurre y de quién habla que el propio contenido del texto; a veces, más.

      Entre Luna nueva y Primera plana… Difícil. Billy Wilder no tenía demasiado aprecio por esta última; se trataba de un encargo que había asumido porque los proyectos que a él le interesaban no terminaban de ver la luz. A mí me encanta, y la veo recurrentemente. Más que Luna nueva, así que, supongo, prefiero a Wilder.

      ¡Besos!

  7. Muy cierto. La entonación, el sonido vocal que, en ocasiones, parecen susurros… Es que te transporta. A mí, particularmente, cuando tengo la oportunidad de ver las pelis en versión original, me retrotraen a un mundo de sensaciones. El qué se dice y cómo se dice y, más aún, hablar a baja voz es como experimentar un placer en todos los sentidos y que apela a la intimidad del espectador. Ésa que cala por dentro para no abandonarme nunca.

    Jolín, cómo me he puesto.

    Besos.

    1. Y es cierto que muchas interpretaciones que, dobladas, nos paceren vulgares o mediocres, en versión original crecen. Usar la voz como se usa la música, en suma. Fondo y forma, indisolubles. Hay una secuencia que me pongo de vez en cuando por puro disfrute, la de Marco Antonio (Marlon Brando) arengando a las masas en el “Julio César” de Mankiewicz, obra maestra de la manipulación política de la masa. Brando no quedó contento, se sentía muy acomplejado entre tanto inglés ilustre, pero a mí me parece tan magistral el uso de la voz, de la palabra y de la forma de hablar y de proyectar la voz, que no puedo evitar los escalofríos y el vello de punta.

      Esto de ponerse así debe de ser por tanto cañonazo por el bélico…

      ¡Besos!

  8. Buenooo, peliculón sin paliativos. Si Brando se sintió acomplejado, desde luego, en pantalla lo disimulaba pero que muy bien. Hace un gran papel. A mí es una película (como todas las de Mankiewicz) que me resulta plenamente didáctica y, si dependiera de mí, se la pondría a los adolescentes en los institutos, para que vean cuanto antes cómo funciona el mundo.
    Es curioso, siendo nuestro país (hasta no hace mucho tiempo) el number one en cuanto a calidad de dobladores se refiere (y, por tanto, inversamente proporcional nuestro nivel generalizado de inglés), yo creo que no siempre acertaban en la elección de la voz correspondiente con el actor (caso, por ejemplo, de Bogart). Si es que hemos sido analfabetos hasta para eso, no por los actores de doblaje en sí sino por no querer conservar – gracias a tito Paco – el original. ¡País!

    La primera vez que ví una película en versión original fue Con faldas y a loco, en mis años universitarios. Y te parecerá increíble, pero aparecía así en la televisión pública, en la 2, a las tantas de la madrugada. Para mí fue una noche de absoluta felicidad y todavía la recuerdo con una gran sonrisa en los labios. Escuchar a Monroe mientras seduce a Curtis, o las descacharrantes voces de Lemmon y Joe E. Brown no tiene precio. Y más cuando escuchas sus chistes originales (que, en el doblaje, se cambiaron por completo, desvirtuándose así su sentido).
    Luego están las voces de Marvin, Grahame, Kim Novak o Robert Mitchum entre una larga lista y mi mente viaja lejos, muy lejos…

    Es que nos gusta compensar… jejeje.

    ¡Besos!

    1. El nivel de autoexigencia de Brando es casi enfermizo. Con la edad, llegó a participar a menudo en bodrios absolutos, decía él que por amistad hacia sus promotores, y otras veces en películas bastante mediocres pero que contenían algún tipo de compromiso político, social o ecologista compartido por él. Pero en sus memorias, “Canciones que mi madre me enseñó”, el mismo cuenta cómo le decepcionaron tres interpretaciones que para nosotros son las más señeras de su carrera: esta, Un tranvía llamado deseo y La ley del silencio. En fin.

      Una salvedad: cierto que Franco aprobó una ley de doblaje en 1941, pero el doblaje obligatorio de las películas lo introdujo la Segunda República. Otros vicios cinematográficos patrios, luego atribuidos a la dictadura (como la apoteosis folclorista o la “españolada”) también son producto de la Segunda República. La censura, no. Empezó en 1913, y la Segunda República, como la dictadura, la mantuvieron. Estuvo vigente hasta comienzos de los años ochenta.

      No recuerdo cuál fue la primera película que vi yo en VO… Españolas aparte, claro. Es posible que fuera La vida privada de Sherlock Holmes, o tal vez El rey del juego. Probablemente, esta última, en un canal extranjero que emitía películas, naturalmente sin doblajes ni subtítulos…

      ¡Besos!

  9. Vaya, pues siento el gazapo por mi parte. Estaba convencida de que había sido Franco el que la instauró. Gracias por el dato.
    Me gustaría saber por qué, a estas alturas, seguimos con el puñetero doblaje. Nadie habla de cambiarlo o, al menos, yo no lo he escuchado en ningún sitio.

    Besos.

    1. Bueno, no es para tanto. Es lo más extendido y lo más habitual de leer o escuchar porque se piensa que un dictador, con razón, es responsable de todos los males. Pero entonces, en los años treinta, era común en muchos lugares pensar que el doblaje, que venía a sustituir la política de los “talkies” de Hollywood, las versiones en distintos idiomas, era una medida proteccionista con el cine no hablado en inglés. Eran los balbuceos (nunca mejor dicho) del cine sonoro y la gente intentaba contrarrestar ya la invasión del cine americano con los mecanismos que tenía a su alcance, que no eran muchos. El doblaje era uno de ellos, no muy efectivo, la verdad.

      No solo seguimos con el doblaje, sino que se están volviendo a doblar películas ya dobladas, de modo que los doblajes anteriores, esos tan sobresalientes por las voces como por la actuación y el contenido literario de lo doblado, se vuelven a hacer con voces actuales y, en ocasiones, con textos empobrecidos. Nada más triste que ponerse a ver cosas como El Padrino, acostumbrados ya a su doblaje clásico, y ver otras voces. Es la misma sensación, aproximadamente, que debe producirle a un autóctono escuchar a John Wayne con otra voz que no es la de John Wayne. O, exagerando un poco, pensando en que cambian unas voces con las que uno ha crecido, es como si a tu padre le pusieran una voz diferente de un día para otro. Pensar, por ejemplo, en Primera plana con un doblaje distinto de Walter Matthau y Jack Lemmon me produce escalofríos.

      ¿Por qué no se cambia? Por diversos mantras, todos falsos: no se puede mirar y leer al mismo tiempo, por ejemplo. Cuestión de hábito y entrenamiento, y de concentración. Aquí veo el problema principal en estos tiempos. Estamos perdiendo capacidad de concentración, en parte por culpa de móviles, redes, etc. La exaltación de la brevedad y la rapidez no hace solo que la gente no se concentre más allá de un párrafo -esto lo compruebo cada día en mi trabajo-, sino que impide a la gente ya incluso interpretar correctamente el lenguaje audiovisual. Reciente anécdota que ilustra este punto son los carteles con que, en determinadas salas estadounidenses, advertían al público de que en cierta película infame, cuando se quedaba sin sonido, no era un fallo de proyección, sino un efecto intencionado de la narración. Y así nos va.

      Hala, otra chapa…

      Besos

  10. Cuando escuché el nuevo doblaje de El padrino casi me entraron ganas de mesarme los cabellos y, lo inaudito en mí, dejé de ver la peli desde casi el primer minuto.
    ¿Qué nos queda ya con este paupérrimo nivel de concentración? Imposible pedir a alguien que lea a los clásicos. Tengo a mi media costilla leyendo ensayos que vienen estructurados por capítulos y, aún así, le está costando en ocasiones terminar cada uno por el ritmo laboral que le imponen. Si le sugiero que lea, por ejemplo, a Joyce me dice que imposible (si acaso en el período vacacional, y aún así…). Eso sí, los programas de la Sexta se los acaba tragando y claro, luego tiene dudas sobre ciertas expresiones y errores que antes no tenía (de tipo ortográfico) provocados por el maldito móvil y los medios de (des)información y cuando me lo enseña pues… pongo los ojos en blanco.
    Involución mental absoluta. Vamos encaminados irrefrenablemente a la estupidez supina y qué buen mecanismo para adocenar a la gente. Me veo refugiándome en una cueva. Suena extremista pero, dime tú, cómo contener esta lacra social.

    Toma otra chapa!

    Besos.

    1. Jajajaja. Es un problema cada vez más extendido. Solo así se entiende encontrarse tantos alumnos de Filología Hispánica que apenas les da para expresarse medianamente con corrección, hablada y escrita. Ese mal de la falta de tiempo también es común; yo mismo, que solía leerme sesenta o setenta libros al año, en 2018 pasé a duras penas de cuarenta. Eso que hacía antes de pegarme una sentada de dos o tres horas y leerme cien páginas de tirón, ha pasado a la historia. Porque uno se hace mayor, porque arrastra sus propios problemas de concentración, por el ritmo de vida (yo vivo solo, no tengo costilla a la que supervisar, pero distracciones no faltan, con enfermedades familiares, asuntos domésticos, compromisos sociales o culturales, trabajos que preparar para congresos, ponencias, etc.)…, el caso es que ya no leo ni la mitad que antes y que tengo un sofá entero lleno de las cosas que no me da tiempo a leer. Hablo de más de 200 libros… Creo que la televisión y las redes han ganado ya la batalla, ya no hay remedio. En esto soy pesimista, porque es una mancha de aceite que lo está impregnando todo, también la literatura, la música y el cine. Caemos en picado como especie, al tiempo que nuestro bienestar material mejora (no para todos, claro). Las máquinas no tienen ni que rebelarse; tú fíjate en cualquier persona que eche sus céntimos en una máquina de café o de chuches y que no le caiga lo que ha pedido: del Homo Sapiens al Neanderthal en cero coma; o piensa en un tipo como yo, que vive solo, y déjalo encerrado una semana. Antes de tres días gruñe y camina encorvado como un monete de los de 2001…

      Besos

  11. Jejeje… bueno, esta risa mía no es tal aunque lo parezca. El pesimismo es pleno. Sólo nos queda la extinción…. Y, sin embargo, la superpoblación continúa aumentando. “Hijos, ten hijos” es lo que tengo que aguantar y escuchar a diario. Y yo me pregunto, ¿para qué? Para traer un esclavo más a este planeta y que lo manipulen a su antojo. Me llaman a mí egoísta… Puaj! Pues viva el egoísmo porque para ver a la criatura sufrir…
    Lo siento, voy a dejarlo por hoy porque me estoy poniendo de un humor…

    Besos y disculpa. Estoy copando tu blog con cosas que no vienen a cuento.

    1. Nada, nada, ninguna disculpa, faltaba plus. Al final el cine es esto, aceptar el lugar donde te lleva. Y si no te lleva a ninguno, pues muy mal, algo no funciona. Personalmente, opino que tener hijos es un acto mucho más egoísta que no tenerlos; más que nada, porque la razón para tenerlos suele estar en los padres, no en los propios hijos. Me parece suficientemente indicativo. Imagínate que tengo un hijo y, qué sé yo, a los quince años le da por ver “Sálvame”, grrr… Por eso los abandono a todos en cuanto nacen 🙂

      Besos

  12. Muchísimas gracias Alfredo. Pocos, muy pocos reconocen algo así. Una de dos: o la gente no es sincera o lo que prima es el egoísmo. Es un gran alivio para mí encontrarme con alguien que piensa como yo respecto a este tema (y muchos otros, créeme). Muchas veces pienso que si la gente tiene prole es para evitar la soledad o que en un futuro les cuiden. Qué pena y cuánta frustración y desengaño genera eso.

    Gracias por sacarme unas sonrisas. Eres muy grande.

    Besos!!

    1. Jejeje. No sé, no tiene ningún mérito decir lo que se piensa. Yo creo que, simplemente, la mayoría de la gente no piensa, que sigue más o menos la pauta vital que les han dado, o que han visto, sin más. Asumido como algo natural, como algo propio del matrimonio, de la pareja, de la edad… No pensarlo genera el mismo tipo de frustración y desengaño, porque también hay quien los tiene y eso no les evita ni la soledad ni les procura compañía o atención cuando son mayores. ¿Qué es la vida, sino frustración y desengaño por cualquier cosa? En fin, no digo que esté bien ni mal; es más, sacaría este tema de cualquier dilema moral. Simplemente, creo que la idea de egoísmo puede funcionar en ambas direcciones. La explicación fácil nunca es la única, y, aunque eso suponga contradecir a Guillermo de Ockham, no suele ser la correcta.

      Besos

  13. Efectivamente.
    Sólo te diré una cosa más: no sería meritorio decir lo que se piensa si este mundo fuese mejor. Pero en estos tiempos de máscaras y falsedades sí lo es.

    Hay que ver lo que ha dado de sí esta charla…

    Besos y buen finde.

    1. Bueno, sobre todo es por agotamiento, más mental que físico incluso. Nada que ocho horas seguidas durmiendo no arreglen pero… no me acuerdo de cuándo dormí ocho horas seguidas por última vez… ¡Gracias!

      Besos

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