Domesticación a la americana: Jóvenes prodigiosos (Wonder Boys, Curtis Hanson, 2000)

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De esta película de Curtis Hanson apenas se recuerda únicamente Times Have Changed, el tema de Bob Dylan que incluye la banda sonora y que en clave subterránea parece dialogar con su célebre éxito The Times They Are a-Changin’, uno de los más vigentes símbolos de la “contestataria contracultura” norteamericana de la década de los sesenta. Y en cierto modo es así, puesto que la película, como el hecho de que una canción del antaño “rebelde” Dylan terminara adornando una producción de un gran estudio de Hollywood (Paramount, en este caso), trata en realidad, aunque cabe pensar que involuntariamente, sobre ese proceso de domesticación generalizada que de la América de la cultura undergound, la revolución sexual, el antimilitarismo, el feminismo, el ecologismo y la profundización en los derechos civiles derivó en los ochenta hacia el neoliberalismo más salvaje, la liberalización económica total, la mercadotecnica absoluta, la publicidad omnipresente, la consideración de todos y cada uno de los aspectos de la vida como bienes mercantiles, el éxito y la popularidad como máxima cima de la realización individual y la proclamación de los valores de la América de los años cincuenta como la mejor de las Américas posibles, dinámica en la que continuamos y que se ha ido filtrando al resto de Occidente a través de las obras de ficción más comerciales. Y la película llega a coincidir en este punto, decimos, involuntariamente, porque, como tan a menudo sucede, juega a simular el discurso contrario, la vuelta a la independencia de pensamiento, a la libertad creativa, a la búsqueda de la originalidad, de una mirada concreta y personal del mundo ajena a condicionantes socioeconómicos y modas recaudatorias, a través de una perspectiva tan intelectual como sentimental y de un tono de drama ligero y comedia negra y agridulce, pero cuya conclusión no deja lugar a engaños ni espejismos.

La clave está en utilizar como protagonista a un personaje caótico, desastrado, inadaptado, sociópata, y reconducirlo al redil de la corrección, aunque los vericuetos que deba recorrer incidan momentáneamente en el desorden y la anarquía. Tocar fondo para tomar impulso, hundirse para renacer, sobrevivir, reaccionar, o mejor dicho, rectificar. Un profesor de literatura en una universidad del Este, Grady Tripp (Michael Douglas) es, además de un adicto a la marihuana, una vieja promesa literaria (su novela, La hija del pirómano, fue todo un bombazo editorial en su día) que siete años después de su debut se ve inmerso en una especie de bloqueo inverso: no es que se vea impedido a la hora de afrontar la escritura sino lo contrario, lo hace obsesiva, enfermiza, compulsivamente, prolongando hasta la extenuación y creando interminables ramificaciones de un borrador que supera ya holgadamente el millar de páginas y cuya finalidad, desarrollo y conclusión ni siquiera se atisba. Coincidiendo con el “Festival de las Palabras” organizado por su facultad, una especie de simposio literario en el que novelistas de éxito (como quien se hace llamar Q, interpretado por Rip Torn) conviven con estudiantes y jóvenes promesas, su editor (Robert Downey Jr.), que también anda en horas bajas y a punto de perder su empleo, le visita para interesarse por el estado del manuscrito, al tiempo que uno de los estudiantes de Grady, James (Tobey Maguire), un muchacho igualmente inadaptado, casi autista, que apenas se mezcla con sus compañeros, del que se mofan y se ríen, se revela asimismo como sorprendente escritor de una magnífica primera novela, todavía sin publicar. El rechazo al joven, unido a su talento, despierta en Grady sentimientos paternales, el deseo de tutelar las tribulaciones de James, de encauzar sus pasos, incluso cuando estos adquieren tintes más que grotescos: la muerte casi accidental del perro del decano de la facultad, un estudioso del matrimonio entre Joe DiMaggio y Marilyn Monroe, y la “desaparición” de la colección particular de este de una prenda que Marilyn lució precisamente el día de su boda con la estrella del béisbol. Pero la gran complicación vital que sacude la vida de Grady son las mujeres: recién abandonado por su tercera esposa (como las anteriores, una antigua estudiante mucho más joven que él), mantiene una relación adúltera, súbitamente aún más retorcida, con la mujer del decano (Frances McDormand), mientras recibe las atenciones de una joven y atractiva alumna que se aloja en la habitación de alquiler que oferta en su casa (Katie Holmes).

A pesar de basarse en el libro con tintes autobiográficos de Michael Chabon, Chicos prodigiosos, quien abordaba su propia experiencia durante la escritura de una novela de más de mil quinientas páginas que nunca llegó a publicarse, la película sirve a ese propósito de reconciliación con el mundo por parte de un personaje marginal descarriado que resume todos los tópicos en su caracterización: desastrado (viste ropa vieja y arrugada), mal afeitado y peor peinado, fumador de marihuana, bebedor sin límite y mal comedor, frustrado y desencantado de su profesión y atascado en su vocación, y pésimo a la hora de relacionarse con sus colegas y, sobre todo, con sus amantes. Haciendo suyo, en cambio, uno de los principios más conservadores de la sociedad americana, sus problemas empiezan a removerse, para resolverse, cuando adopta un punto de vista paternal, cuando ejerce de padre virtual y, a la postre, de esposo y padre real. Es decir, cuando se hace agente responsable. La vida Grady encuentra así su orden y su sitio, esto es, su realización, su lugar en el mundo, su armonía vital. La pose intelectual, cultural (filtrada a través del empleo de citas célebres, anécdotas de personajes famosos del cine y la literatura, referencias a obras y autores, o incluso sugeridas mediante la música, por no hablar del recurso a la marihuana o del hecho de que en el país del automóvil la esposa del decano posea un Citroën y una joven aspirante a escritora con voz propia conduzca un Renault 5), humorística y “alternativa” o “independiente” se ve una vez más así domesticada, retornada a la seguridad del rebaño y de los lugares conocidos y aceptados como deseables: el amor, la pareja, la familia, el éxito personal y la superación de los traumas propios a través del cumplimiento de un rol predeterminado en la sociedad. Todos los personajes, de alguna manera, sufren alteraciones en ese proceso que, mediante la desnaturalización de su ser previo, considerado a priori como tóxico o disfuncional, incompleto, improductivo, los convierte en seres sociales y, sobre todo, en solventes agentes económicos. De este modo, la película, con un sólido guión de Steve Kloves bien estructurado, con no pocos logros dramáticos y humorísticos (un humor negro que siempre esquiva el mal gusto) y un buen puñado de diálogos brillantes, una puesta en escena centrada en reproducir ese ambiente académico e intelectual ligado al mito de la “gran novela americana” y unas interpretaciones solventes, en particular Douglas, Maguire y McDormand, procura un entretenimiento inteligente y a ratos reflexivo que, salpicado de comicidad, paradójicamente renuncia a explotar su inteligencia hasta el último extremo en aras de conservar un principio moral que se considera superior, y que poco o nada tiene que ver con la independencia, la rebeldía y el hallazgo de una voz y un pensamiento propios, sino con la sumisión acomodaticia, el plegamiento al mercado y a los mandatos sociales, el utilitarismo y la asunción de los valores socioeconómicos predominantes como vehículo para el éxito y la realización personales. La domesticación, en suma, el gran éxito del sistema capitalista a través de la cultura enlatada.

6 comentarios sobre “Domesticación a la americana: Jóvenes prodigiosos (Wonder Boys, Curtis Hanson, 2000)

  1. Me pasa algo curioso con esta película, la he visto varias veces, pero siempre la olvido bastante (no me pasa lo mismo con L.A Confidential).
    Sin embargo, leyendo tu texto y tus interesantes “peros”, me viene a la cabeza de otro profesor universitario que realmente empieza desastre y fuera del sistema y la catarsis le lleva a estar todavía más fuera. La película solo la he visto una vez, pero te deja tocada: “Butley”, dirigida por Harold Pinter y con Alan Bates de protagonista. O por qué no recordar a otro fuera del sistema, y que al final sigue fuera, y también profesor universitario… Esta vez lo encarna Michael Caine en “Educando a Rita”…
    Guau, como siempre con tus artículos y las reflexiones que vuelcas, pueden surgir ensayos muy pero que muy interesantes.

    Beso
    Hildy

    1. Apunta este libro, “Educar de cine”, de Javier Lafuente (ed. Doce Robles “). Un recorrido por los maestros y maestras de las películas, por los profesionales de la educación y de cómo los ha retratado el cine.

      Yo pienso en Camino recto, con Elliott Gould, por ejemplo, en plena resaca del 68. O en el estirado de John Houseman en “Vida de un estudiante”. En fin, que da para mucho, y que tenemos mucha suerte de que esto nos apasione.

      Besos.

  2. Esta película no la vi en el cine y siempre la he pillado empezada en la tele, así que tan sólo retazos de ella recuerdo muy de pasada.
    Me ocurre con el cine que pretende lanzarme determinado mensaje que casi prefiero no lo intente y me dé mero entretenimiento porque ver las orejas del lobo asomar en tantos y tantos productos destinados a configurar una cultura única y un modo de vivir único, lo que algunos llaman global, no me gusta.
    Cuando hay una toma de posición seria y ocurre como relatas, Alfredo, acabo además cabreado por la impostación pretendida, por mucho que el guión sea más o menos robusto y que las interpretaciones sean memorables.
    Cuando veo que en los últimos cuarenta años se pueden contar fácilmente los escasos ejemplos de cine que huye de la propaganda encubierta y soterrada de un sistema consumista que nos está llevando a un declive en todos los sentidos me siento decepcionado, porque siempre pensé que el cine iba a ser una forma artística de favorecer la cultura y ha acabado en un anuncio machacón de la cultura estadounidense que llega incluso a modificar nuestro propio idioma.
    Un abrazo.

    1. Entiendo lo que dices, querido Josep, aunque también entiendo que el cine siempre se impregna de los aconteceres y sentires de su tiempo, a veces de manera militante y otras por mera inercia. A mí me preocupa cuando eso supone, como en este caso, una indefinición o contradicción en el discurso porque, en el fondo, implica una debilidad de construcción, negar el personaje, lo que has visto, lo que te han contado. Decía Leone algo que me gusta mucho, que el cine no puede evitar ser político porque no puede sustraerse a todo aquello que lo rodea, y todo es, de una manera u otra, política, pero debe filtrarse en las películas de manera involuntaria; de lo contrario, hablamos de cine político, y Leone afirmaba detestarlo. Me apunto (con salvedades) a eso.

      Un abrazo

  3. Saludos:

    Esta película solo la he visto una vez, cuando la estrenaron. Y es raro que no la haya recuperado porque me gustó bastante, pero tampoco es la típica película que repongan continuamente en televisión.
    Ahora que leo tu artículo, se me ocurre que el papel de Michael Douglas (aunque él está muy bien: como actor está infravalorado) quizás le hubiera sentado mejor a un Nick Nolte, o alguien así, de mediana edad un poco más desastrada. Y lo que mencionas del papel de Tobey Maguire es algo que últimamente me viene mucho últimamente a la cabeza sobre ciertos personajes similares que se dan en el cine norteamericano contemporáneo, y que creo que es algo sobre lo que habría que reflexionar. Y es el hecho de es falsa “tolerancia” de la sociedad o del cine de Hollywood a la gente “diferente” Porque, si te paras a pensar, Hollywood solo tolera esa “diferencia” (o sea, el síndrome de Dowm, el síndrome de Asperger, el autismo, las taras físicas…..) si el “afectado” de turno tiene un don genial o sobrehumano en cualquier otra faceta de su personalidad que haga sus taras “perdonables” La apoteosis de esa tendencia es “Forrest Gump”, que casi se diría que es una parodia intencionada de Robert Zemeckis, Eric Roth y Winston Groom sobre esa manía hollywoodiense.

    Por lo demás, “Jóvenes prodigiosos” es una rara avis, una película a reivindicar clarísimamente.

    Un abrazo.

    1. Efectivamente, no hay duda de que es así. De hecho, ese tipo de historias sirve a la perfección a ese ideal de superación personal ligado al éxito ante los demás que es uno de los pilares centrales del mito social estadounidense. Aunque hay que reconocerle a Forrest Gump que no es que no llegara, sino que se quedó corta: si en la película hubieran elegido a Forrest presidente nadie lo hubiera creído; y ahí tienes a Trump…

      Yo también creo que a veces se infravalora a Michael Douglas, en determinados personajes, no siempre. Pero claro, se parece demasiado a su padre para olvidar quién es el mejor de la familia.

      Un abrazo

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