Magos del shock latente (fragmento del libro Méliès, Libros del Innombrable, 2017)

(de Alfredo Moreno)

Él[*] sólo suministraba la ilusión. Ahí es donde el cine se pone divertido. Utilizas espejos, eres como un mago sacando conejos de chisteras.

Billy Wilder.

 

Georges Méliès no inventó el cinematógrafo; hizo mucho más que eso: inventó el cine.

La figura de Méliès emergió, como el héroe de un antiguo serial de aventuras, en el instante justo, en el momento crucial para salvar al cine de una muerte prematura, de una desaparición en exceso temprana. Consumido el efecto sorpresa, acostumbrada la masa que durante los primeros tiempos había abarrotado las proyecciones a la continuada observación de insulsas escenas de la vida cotidiana o de impersonales estampas urbanas o campestres, simples postales en movimiento, los hermanos Lumière, convencidos de las nulas posibilidades comerciales del cinematógrafo, pretendieron emplearlo como instrumento puramente técnico al servicio exclusivo del conocimiento científico y de los avances tecnológicos. En la otra orilla del Atlántico, la implacable avaricia de Thomas A. Edison había sembrado de férreos y costosísimos derechos económicos la explotación del cine en la Costa Este (propiciando así el inminente descubrimiento de Hollywood) y reducido su condición a la de mera atracción de feria, objeto de clandestino y casi onanista disfrute para todo espectador que, siempre de uno en uno, se introdujera en una barraca de madera, tras una manta que oficiara de precario biombo o en la trastienda de un colmado o de una farmacia para escrutar a través de un agujerito cual Norman Bates espiando a Marion Crane en Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960) un puñado de anodinos fragmentos de película de escasa trascendencia.

En este contexto precozmente decadente, George Méliès irrumpió con el entusiasmo de un visionario, con la clarividencia de un iluminado, para inventar el cine. No el cinematógrafo sino el cine, el ritual, la liturgia de ir al cine. El cine como concepto, el pacto silencioso entre cineasta y público, ese contrato implícito que une al creador con el destinatario de sus fantasías en cuyas cláusulas se acuerda que el autor construirá de la nada todo un universo ficticio de hermosas mentiras que jugará a hacer pasar por reales, que el espectador aceptará creer mientras dure la proyección sin preguntarse cómo o por qué, renunciando a resolver el misterio, a dejarse revelar el truco. A partir de una inagotable imaginación y de un inmenso bagaje de conocimientos técnicos y artísticos sobre el mundo del teatro, las variedades, la magia y el ilusionismo, con espíritu pionero, pleno del candor y de la ingenuidad que también le son propios, con el hambre del descubridor de nuevos horizontes, con la convicción absoluta de que el cine era precisamente la más importante de las artes al comprenderlas todas, Méliès dotó al nuevo medio de uno de sus ingredientes primordiales, de su componente definitivo, hoy más que nunca en cuestión: la ilusión. En su cine, la sorpresa agotada en sí misma y progresivamente diluida por efecto de la repetición se vio arrinconada por la magia, por el hechizo del juego, de la combinación de imágenes, por la ansiedad de saber qué vendría después, en cada plano, tras cada secuencia. La sorpresa cedió su sitio al asombro. Méliès dio a luz eso que Cabrera Infante denominó shock latente, y que de sus películas pasó a Buster Keaton y a Un perro andaluz (1929) o La edad de oro (1930) de Luis Buñuel, que moldeó la personalidad artística de Orson Welles, que impregnó la filmografía de Alfred Hitchcock, quien le raspó el elemento maravilloso para racionalizarlo, estructurarlo según cierta lógica (convenientemente eludida cuando le convenía) y hacerlo su estilo bautizándolo como suspense, que influyó en Ingmar Bergman y en Andrei Tarkovski, en el neorrealismo italiano, en Federico Fellini, en la nouvelle vague y, a través de todos ellos, en su producto natural, Woody Allen (aunque su fórmula se adereza con no pocas gotas de esencia de Billy Wilder, Bob Hope y Groucho Marx).

De niño, Georges Méliès ya mostraba innatas aptitudes para el dibujo, la pintura, la caricatura y la escultura, así como una acusada inclinación por el teatro, los decorados y la puesta en escena. Desde los siete años, cuando empezó a recibir una educación clásica y de base literaria en el parisino Liceo Michelet, alternó sus estudios con su pasión por los guiñoles y el diseño de escenas fantásticas (primigenios storyboards) que transcurrían en paisajes extraños, en palacios de ensueño o en atmósferas de pesadilla. Al regreso del servicio militar, durante el que persistió en el dibujo y se lanzó de lleno a la pintura, sus ansias artísticas se vieron momentáneamente frustradas: opuesto a que ingresara en la Academia de Bellas Artes, su padre le obligó a emplearse en el negocio familiar, una fábrica de zapatos de lujo. Con ello, papá Méliès proporcionó involuntariamente a su hijo la segunda vertiente de su poliédrica personalidad cinematográfica, el gusto, la atracción por la maquinaria. Interesado desde siempre por los engranajes y la utilería asociados al mundo del teatro, en la fábrica de zapatos Méliès, en el número 5 de la calle Taylor del distrito 10 de París, Georges se ejercitó en el mantenimiento y la reparación de las máquinas de la empresa, desarrollando una pericia que le permitió perfeccionar algunas de ellas, mejorar su rendimiento y alargar su vida útil, destreza que resultaría fundamental en su carrera como cineasta total.

[*] Se refiere a Alexander Trauner, director artístico de El apartamento (The apartment, 1960), también colaborador de Marcel Carné, Jean Grémillon u Orson Welles, entre otros.

Información sobre el libro.

4 comentarios sobre “Magos del shock latente (fragmento del libro Méliès, Libros del Innombrable, 2017)

  1. Eres muy generoso al colgar aquí tu libro, gratuitamente y por todo el morro… deberías aprender de Edison y no ser tan Melies je,je…
    Un “libro”, no ya artículo, muy mágico y muy “majico” el que nos has puesto hoy .

  2. El gran Jules Verne y Georges Méliès nunca llegaron a conocerse, pero yo siempre imagino que sí. Me da por imaginar un sinfín de historias sobre estos encuentros. Y como bien dices; Méliès inventó el cine y Verne en su novela menos conocida y genial “El castillo de los Cárpatos” (1892), prefigura la invención del holograma y la televisión. Cuando Méliès estrenó “Viaje a la Luna” a Verne le quedaba poco menos de tres años de vida, además de su frágil salud. Para hablar de Méliès hay que tener siempre presente a Verne. El historiador y crítico cinematográfico Georges Sadoul puso de relieve el decisivo papel desempeñado por el Viaje a la Luna, e indirectamente por Jules Verne, en la evolución del cine. Méliès no solo fue a buscar un argumento en la obra de Verne, sino también inspiración para la realización de su filme en el montaje de las adaptaciones teatrales de Verne en el Teatro Chatelet, que habían conocido éxitos memorables. En los Estados Unidos se vendieron centenares de copias de Viaje a la Luna, y el éxito del filme dotó a Los Ángeles, en octubre de 1902, de primer cinematógrafo. “Antes, dice Sadoul, la ciudad no había conocido más que efímeras representaciones dadas en las barracas de feria y nadie sospechaba que uno de sus suburbios, Hollywood, iba a convertirse pronto en la capital del cine americano y mundial.

    Tengo escrito un relato donde hablo de ello, es decir, que Verne y Méliès son amigos y hablan de proyectos futuros. Hay un momento en donde Verne se queja un poquito de esa luna con rostro donde el cohete aterriza de lleno en pleno ojo. Pero no pasa nada; ambos son amigos y ríen. Todavía quedaba tanto por descubrir…

    Abrazos mil

    1. Indudablemente, aunque Méliès tiene otra literaria diferente, puesto que el mismo año de Viaje a la Luna hace películas basadas en el cuento de Pulgarcito y en Los viajes de Gulliver. Probablemente hablamos del primer cineasta (aunque otros hablan de Alice Guy) en adaptar literatura, de una u otra forma, al cine. En cualquier caso, es un periodo y unas figuras fascinantes, que estaban conviviendo con esa explosión vanguardista del París que salta del XIX al XX, con más gente interesante por metro cuadrado que cualquier otro momento posterior de la historia del arte, salvo quizá, precisamente el Hollywood clásico.

      Ay, ese relato… Hablando de tesoros que descubrir…

      Abrazos

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