Mis escenas favoritas: El mundo sigue (Fernando Fernán Gómez, 1963)

No es de extrañar que esta obra maestra de Fernando Fernán Gómez solo contara con un estreno testimonial y de inmediato sufriera el tijeretazo y el ostracismo de la censura franquista. La carga dramática y la lucidez en la mirada de la doble moral de la sociedad española (de entonces y de ahora, y no solo española), con el añadido de un potente e insólito (para la época) desenlace, hacen de esta película uno de los clásicos imprescindibles del cine europeo de su tiempo, si no algo más. Una cinta de primer orden cuyo análisis, repleto de temas, matices, niveles de profundidad, resulta casi interminable, en la que Fernán Gómez retrata a la perfección la idiosincrasia de una sociedad como la de entonces (y no solo de entonces), podrida, sin valores, pervertida por el mundo de las apariencias y del ascenso social rápido y fácil, que alude directamente a un sistema económico, político, social y moral corrompido, no ya en las altas esferas, sino en todos los niveles de la sociedad. Todo lo que implica una obra maestra que va mucho más allá del cine.

La conclusión no puede ser más dramática y desoladora, además de un prodigio de montaje y de empleo de recursos cinematográficos.

Absténganse quienes no hayan visto la película. El final desvela demasiado y el conocimiento previo amortiguaría su demoledor efecto en el espectador primerizo.

4 comentarios sobre “Mis escenas favoritas: El mundo sigue (Fernando Fernán Gómez, 1963)

  1. Dios mío, mi querido Alfredo, qué peliculón.
    La verdad es que la filmografía de Fernando Fernán Gómez como director es una sorpresa tras otra.
    El mundo sigue es una pasada, y ese final… uffff, te deja sin palabras.

    Beso
    Hildy

    1. Bueno, a veces, algunas, también para mal…

      Pero si echamos un vistazo a lo mejor de su carrera, ¿cómo es posible que no esté más y mejor reconocido como cineasta? A mí, particularmente, la dupla El mundo sigue/El extraño viaje me parece de lo mejor en cuanto a retratos de esta España tan cansada se refiere. Pero no solo por el subtexto del guión; también, sobre todo, por la forma que cobra ese subtexto en la pantalla. Estamos hablando de un grande.

      Besos

  2. Una de mis películas favoritas del cine español, europeo, mundial o como quiera que se llame lo que hay dentro de este triste y averiado planeta. Es curioso lo olvidada que está, además de no se incluida entre las obras maestras de este país saturado de pedestres. Siempre me ha hecho gracia los circunspectos que iban de cine de “arte y ensayo”. Cómo si no hubieran hecho ya los grandes directores delante de las narices de todos los espectadores, ensayos geniales, pero sin autobombo. También me hizo mucha gracia esos tipos del “Dogma”. La gracia la veo cuando la gente llega demasiado tarde y cree que son los primeros.

    “El mundo sigue” es una película a la altura de las mejores que se estrenaron en aquel año en todo el mundo: El mundo está, loco, loco, loco, El verdugo, Tom Jones, Cleopatra, El silencio, Irma la dulce, Película de Zapruder, El gatopardo, América, América, Los pájaros, 55 días en Pekín, Ocho y medio, Amores con un extraño, y que cada uno ponga la suya de ese año. A mí todavía me quedaba un año para nacer y unos cuantos más para poder gozar de las grandes películas de la historia del cine. Y esta película de Fernán Gómez me cautivó por su estructura, su técnica y su intención, que no era otra que la reflejar la impotencia y la miseria moral de posguerra, donde el imperativo de la vida cotidiana aboca a la adaptabilidad por encima de cualquier precio. ¿Estoy hablando de nuestro presente? Fatalista, despiadada y sombría. No estoy hablando de nuestro presente sino de la película del genio Fernán Gómez. Uno debería ponerse seguidas “El mundo sigue”, “La vida por delante”, “El extraño viaje” y “Viaje a ninguna parte”. ¿No lo hace la gente con la trilogía de “El Padrino”? ¿Con la trilogía de “El señor de los anillos”? ¿Con la interminable saga de “Star Wars”?

    Poco antes de dejar este perro mundo, Fernán Gómez se puso contento con el ya incierto reconocimiento logrado por “El mundo sigue”, y dijo con ese vozarrón de genio y figura: “Si la pasasen por televisión la vería un millón de personas. Ya sería un fracaso”. Con esto quiso decir que si solo la viera, por ejemplo, un martes por la noche, una sola persona en su casa de cuarenta metros cuadrados, amenazado de quedarse sin trabajo, divorciado, la manutención de los críos, la pandemia y un probable desahucio, Fernán Gómez se daría por satisfecho.

    Abrazos mil

    PD: Como estamos bien jodidos, en esa maratón también podría incluirse “Y el mundo marcha” esa joyita de 1928 donde podría decirse que vale mucho más que muchas de esas sagas mencionadas aquí.

    1. Es una obra maestra sin paliativos ni paños calientes. Incomoda, perturba y seduce desde el primer momento con esta historia tan tremebunda de perdedores embrutecidos e irredentos. No me hables del Dogma que no sé si reírme a carcajadas o cabrearme. Vaya liantes, menuda farsa…

      Fernán Gómez sostiene la tesis (empalmando, con perdón, con un comentario tuyo en la entrada anterior) de que el peor pecado de los españoles no es la envidia sino el desprecio. Un desprecio, además, que suele provenir de la ignorancia, pero no de la que parte del desconocimiento, sino de la inexistente voluntad de conocer, a veces defendida, incluso, desde el orgullo de la ignorancia. Obviamente, quienes se ajustan a este perfil no pueden apreciar, ni siquiera entender, una obra mayor como esta. Y, debemos reconocerlo, es el prisma social que ahora mismo resulta mayoritario y crece a más ritmo. Así se vota luego lo que se vota.

      Por otro lado, ves años cinematográficos impresionantes. Echas cuentas de las películas estrenadas en un mismo año de aquellas décadas y te caes de culo; miras las carteleras de hoy, los premios de hoy, los festivales de hoy… Solo quedan mayoritariamente dos espectros: el del cine infantiloide (comedias estúpidas, chorradas inmaduras, mamarrachadas de superhéroes…) y el culturetista, de películas prefabricadas para festivales, para el elogio fácil del columnista intelectualoide, para su consideración automática como filmes de culto, gente que se mata a pajas mentales y que estiliza cada fotograma pidiendo que lo llamen genio. Ese espectro intermedio, siempre mayoritario, de gente que se limitaba a contar historias y a contarlas bien, está casi casi desaparecido.

      Abrazos

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