Música para una banda sonora vital: Empieza el espectáculo (All That Jazz, Bob Fosse, 1979)

Una cara ante el espejo, un frasco de píldoras de dexedrina, un vaso de agua con una pastilla efervescente, una larga ducha… Y el Concierto para Cuerdas y Clavicordio de Antonio Vivaldi. ¡Empieza el espectáculo! Así son los repetidos despertares del implacable coreógrafo Joe Gideon (Roy Scheider) en su aproximación incesante hacia la última estación de su particular via crucis musical.

6 comentarios sobre “Música para una banda sonora vital: Empieza el espectáculo (All That Jazz, Bob Fosse, 1979)

  1. Eso que dices de “una cara en el espejo”, fue lo que más me impresionó cuando la vi en el cine en 1979. Solo tenía quince años y ya me identifiqué con Roy Scheide; el hombre que mató al gran tiburón blanco y luego se metió en el mundo de la farándula, porque ya no quedaban tiburones blancos. Al menos el capitán Ahab pereció con el Pequot. ¿Te imaginas al capitán Ahab bailando con una pata de palo? Yo me miraba cada mañana al espejo con esa cara de abatimiento y medio ido por exceso de porros y un trabajo de mierda. Cada mañana empezaba el maldito espectáculo de una vida frustrada y amarga. Mi biografía también son las películas que he visto en el momento adecuado. Tengo una anécdota respecto a la banda sonora de la película de Bob Fosse. Yo iba a una discoteca de mi provincia que se llamaba “Hort Grant”, que significa “Huerto grande”. Ya te harás una idea de lo que era aquello. Allí, Tony Manero se hubiera ensuciado el traje blanco, por eso, dos años antes, es decir, en 1977 fuimos a verle a su discoteca neoyorquina con las voces de los Bee Gees, que parecían como si les hubiesen capado minutos antes de grabar la banda sonora. Pues bien, entrábamos la pandilla cuando todavía no había casi nadie; éramos un grupo de zarrapastrosos que, sin saberlo, todos tendríamos un futuro de mierda. El disyóquey (me parece que se escribe así), pinchaba un tipo de música que no tenía nada que ver con lo que ponía una vez la disco se llenaba de neandertales. Este disyóquey dejaba la boina colgada en un gancho. Cuando estaba más despistado nosotros la cogíamos y la escondíamos. No veas cómo se ponía cuando quería ponérsela en el momento más álgido de la noche que era cuando pinchaba la canción de “Xanadu” cantada por la Olivia. Te preguntarás, amigo mío, ¿cómo era posible que sonara esa canción en 1979? Aquella peliculilla le quedaba todavía un año para estrenarse. ¡Un año para ver a Michael Beck en patines! Beck se lo tenía merecido. Un año antes en “The Warriors” (1979), cuando el grupo capitaneado por Beck llega a su territorio: Coney Island, uno de ellos dice: “¿Y por volver aquí hemos estado luchando toda la noche?”. Por lo visto, a Beck esto le marcó tanto que decidió irse a Xanadu. Me parece que ya me he ido más de la cuenta. ¡Malditas digresiones! En fin, como iba diciendo, no sabría responderte respecto a este misterio. Creo que un disyóquey con boina podía hacer cosas que hoy un DJ no sería capaz ni de imaginar. Joder, no llego a lo que tengo que decir. Cuando estábamos en la disco, casi vacía, el disyóquey ponía el tema interpretado por Roy Scheide y Ben Vereen. De súbito, salía, como de la nada, un tipo totalmente ido y se ponía en mitad de la pista vacía a bailar como Scheide. Estaba loco. Le llamábamos el “paracas” porque decía que había sido paracaidista. Se concentraba muchísimo en su bailoteo con la mano alzada como Scheide. Era tan cutre en su imitación que todos nos quedábamos boquiabiertos. Una vez le dije al “paracas” qué opinaba de la película y me respondió que no tenía ni idea de lo que le estaba diciendo. ¡No la había visto! Me dijo que el tema “Bye Bye Life” era lo mejor que había escuchado en su puta vida y que le recordaba esos momentos en caída libre antes de abrir su paracaídas. Simplemente, genial. Aquí tienes mi recuerdo y el contexto de esta película de Bob Fosse; un tipo que fumaba cuando bailaba. ¡Qué tío! ¿Te puedes imaginar a un Fred Astaire o un Gene Kelly fumando en sus bailoteos más míticos?

    Y ahora me pongo circunspecto. Me propongo ir de cinéfilo de marras, con el ceño fruncido para demostrar todo lo que sé sin saber una mierda de nada.

    “Empieza el espectáculo” reconoce su deuda con Fellini y el cine europeo en general: la expresión simbólica de los temas de la muerte, la sexualidad y el arte convierte a la película en excesivamente pesada, y amenaza con hundirla de vez en cuando. Afortunadamente, consigue mantenerse a flote en todo momento contra Fosse el gran artista, y si el primero no vence siempre, tampoco pierde en todos los casos. Se trata de un conflicto maravillosamente resuelto en el espectacular final de la película, en la que un viejo número de rock and roll de los Everly Brothers adquiere dramatismo e ironía cuando las frases “adiós, adiós, amor, adiós, adiós felicidad… creo que voy a morir” se relacionan con la posibilidad de una muerte real. Y, sin embargo, el impulso de utilizar la música y la coreografía para sorprender y deleitar a los espectadores sigue siendo evidente y dominante en toda la película. Fosse expresó frecuentemente su admiración por Federico Fellini y Bergman, y el impacto de las películas de estos grandes realizadores en su cine es evidente. “Noches de la ciudad” es la versión cinematográfica de un musical teatral basado en la película de Fellini, “Las noches de Cabiria”. Por su carácter fuertemente autobiográfico y su uso de las fantasías y los sueños, “Empieza el espectáculo”, ya te digo, se parece mucho al cine de Fellini.

    Perdona de nuevo mi diarrea mental, amigo mío. Estaré ausente por un tiempo y de ahí mi extensión.

    Abrazos mil y buen finde.

    1. ¿Pero qué diantres es eso de estar ausente por un tiempo? ¿Pero qué mierda es esta? En fin, espero que sea por una buena causa (y bonita).

      La película tiene un indudable componente felliniano (mucho más que Nine, ese musical de mierda), y al mismo tiempo esas alusiones al final, a la muerte, se encadenan con el empleo de ese género tan americano que es el músical. Esta película siempre me ha parecido una especie de “musical-noir”, una tragedia que tira de forma irreversible de su protagonista, un fatum en toda regla, hacia la única conclusión posible, haga lo que haga, o es que tal vez no puede hacer otra cosa que dejarse llevar, incluso colaborar con su propio impulso con las fuerzas que le arrastran.

      Vaya, vaya, no te imaginaba yo bailando Xanadú con un paracaidista… Lo que no sea capaz de unir una boina… Michael Beck, muchos años después, hizo una serie de televisión, Los caballeros de Houston, con Michael Paré de coprotagonista, que es antecedente directo para la serie de Chuck Norris, Walker Texas Ranger. Beck y Paré son dos Rangers de Texas, el primero responde al estereotipo cowboy, sombrero, hebilla enorme, botas y enorme revólver plateado de seis tiros; Paré es el pijo metrosexual hortera de los ochenta, con flequillo, ropa a la moda, un deportivo bajo y descapotable y un arma automática de cargador repleto de balas. Una mierda, pero no tanto como llevar patines en una película no apta para diabéticos. Y de Gene Kelly ahí mejor no hablar.

      Ahora que nombras al capitán Achab bailando, yo me acuerdo de Chanquete (Ferrandis) cantando en el programa Aplauso, caracterizado de marinero, rodeado por un montón de críos.

      Qué cutre todo. Y de Vivaldi ni una palabra, hay que ver…

      Abrazos

      1. Es que nunca te he contado mi vida, mi querido Alfredo. Te he ido dando porciones pequeñitas, como el queso del Caserío en sus cajas circulares; semiocultas entre pelis, libros y música y otras fanfarrias. ¿Qué hay de mis crónicas? Forman parte de mi trágica vida. ¿Qué no me ves bailando junto a un paracaidista con la canción de Olivia? Sin embargo, sí que me has visto con un cangrejo que habla en japonés y le encantan las pelis de “Los mercenarios 1, 2 y 3”. Te lo presenté una vez. Sí que me has imaginado con la Devoradora de Hombres y la fibromiálgica de Pedralbes. Sí que me has imaginado espiado por un agente de la CIA, que, por cierto, no se lo curró mucho con la barba postiza, más el añadido de los efluvios poetiles con hedor a callos de cierto poeta masticante de saliva tras un bello sueño con sus musas en pelota. Me has imaginado con Peter Cushing y sus huidas al ser preguntado por el leitmotiv de “El discreto encanto de la burguesía”. Me has imaginado en fiestas de “Star Wars” que no he buscado y que me he encontrado de sopetón metido en ellas. ¿Y ahora me vienes que no me veías con un paracaidista subnormal bailando en Xanadú? Venga ya hombre. Decía Sergi Pámies: “La vida es absurda, y si no es así desconfío”, y, John Archibald: “Si no te ha sorprendido nada extraño durante el día, es que no ha habido día”. Este mundo es mucho más extraño de lo que creemos, amigo mío.

        He tenido que buscar en Google eso de “Nine” porque no me sonaba. ¡Claro! es una adaptación de “Ocho y medio” interpretada por el mohicano Daniel Day-Lewis. ¡Claro! ¡Cómo he podido olvidarla! El mohicano va de Marcello Mastroianni con gafas de sol, pantalón negro, camisa blanca y corbata desanudada. Solo le faltaba el látigo y el megáfono para domesticar a los actores. ¿Una adaptación de una película de Fellini? Es como si yo quisiera hacerle un homenaje a la Novena sinfonía de Beethoven con un pito de caña.

        Eso de “Los caballeros de Houston” suena muy, pero que muy cutre. ¿Chuck Norris? ¿Walker de Texas? Joder, mira que llego a destetar, sí, a destetar las series televisivas. ¿Chanquete? ¿Camiseta de rayas marineriles mediterráneas con acordeón? ¿veranos azules? ¿Un tal Expósito interpretando a Pancho gritando a pulmón pelado que Chanquete ha muerto? Por aquel entonces, se decía que toda España quedó conmocionada. Yo me alegré y la gente me decía que yo era rarito. ¿Aplauso? Mira que llegamos a meternos mierda en la cabeza, tío. Después pasa lo que pasa.

        Ay, amo a Vivaldi y sus insuperables violines que te eleva el alma (si la tienes). Visité su casa en Venecia. Venencia es tan vivaldiana… y también tan mahlerniana. Basta escuchar la Sinfonía 5, IV movimiento de Mahler para ver al achacoso Gustav von Aschenbach persiguiendo al angelical Tadzio, por sus canales. La música clásica solo se aprecia escuchada en un buen equipo de música. Sus “Cuatro estaciones” me pone muy melancólico, sobre todo ahora que solo tenemos una estación por eso del cambio climático. El clima que tenemos ahora podría apreciarse mejor escuchando la fúnebre pieza de Bach “Tocata y Fuga en re menor” con el órgano fantasma de Notre-Dame tocado por una gárgola con la cabeza chamuscada. Ay, algún día hablaremos, largo y tendido, sobre los temas de música clásica introducidos en algunas de las grandes películas de la historia del cine, ya me entiendes, “La naranja mecánica” (Beethoven y Rossini), “Elvira Madigan” (Mozart), “La tentación vive arriba” (Rachmaninoft), “2001: Odisea del espacio” (R. Strauss y J. Strauss), “Muerte en Venecia” (Mahler), etcétera.

        Sí, me ausento por un tiempo. Me resulta difícil de asimilar la palabra “ausente”, porque tengo la sensación de que siempre lo he estado en todas las partes.

        Más abrazos miles

      2. ¡La leche! ¡Qué impresión todo eso puesto junto! Aun así, mucho mejor que Nine, ese despropósito lleno de nombres para la taquilla pero carente de todo talento para la música o el baile, no digamos ya para hacer coreografías de mérito o utilizarlas con algo de sentido.

        Vivaldi, el “cura rojo”, no por sus ideas, precisamente.

        En fin, que la ausencia sea corta. Abrazos

  2. “adiós, adiós, amor, adiós, adiós felicidad… creo que voy a morir”…
    Dios, no me canso de ver esta película.
    Es uno de los musicales que más me fascinan.
    Y además es una especie de cuaderno biográfico, con aportes ficticios, del propio director y coreógrafo Bob Fosse.
    No hace más de dos semanas que la volví a ver. ¡Y el año pasado, en verano, la pude ver por primera vez en pantalla grane!
    Una combinación interesantísima es la de música clásica y cine. Es un binomio maravilloso, y no me avergüenza decir que a través del cine he podido descubrir piezas de música clásica geniales. Es decir, que me he acercado más a la música clásica, gracias al cine.

    Beso
    Hildy

    1. Que sí, leñe, mi querida Hildy, pero, ¿y Vivaldi qué? La música “clásica” es una compañía ineludible en el cine antes aún de que este tuviera sonido propio. Pero, al mismo tiempo, ¿no te parece que los clásicos de la música de cine son la música “clásica” de nuestro tiempo? Por más que hay centenares de excelentes compositores creando óperas y piezas magníficas, no son populares, que es lo que ocurre con los “clásicos” de toda la vida; ese hueco lo ocupa la música de cine.

      Hace poco pusimos por aquí esa escena final a la que os referís; a mí, siempre que la veo, me deja con el culo torcido. Es extrañamente atrayente y desasosegante, y a mí me trae inevitablemente recuerdos personales de duras despedidas. Es de una oscuridad que, a quienes nos cuesta tanto soportar este género en su versión “blanca”, nos reconforta, interesa y atrae, aunque sea por compensación, prácticamente como ningún otro (con alguna consabida e inevitable excepción).

      Besos

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