Cine de verano: F de Flint (In Like Flint, Gordon Douglas, 1967)

Segunda entrega, en esta ocasión con dirección de Gordon Douglas, de la serie de películas de Flint, agente secreto encarnado por James Coburn que, entre la moda comercial, el homenaje y la parodia, sigue la corriente del éxito taquillero de las películas de 007. La acción arranca cuando el presidente de los Estados Unidos es secuestrado y sustituido por un impostor como primer paso de una perversa organización que ha diseñado un sistema infalible de lavado de cerebro con el que pretende dominar el mundo.

6 comentarios sobre “Cine de verano: F de Flint (In Like Flint, Gordon Douglas, 1967)

  1. Estas pelis todavía se ven con agrado por su elegancia, estilo, humor simplón que resulta encantador. La ropa, los peinados, las casas junto al mar con las palmeras. Nada más empezar la música de Jerry Goldmisth nos acompaña agradablemente, nos hace olvidar la vida de mierda que llevamos todos. Vemos un teléfono dentro de una estatua. Cacatúas mirando a través de un telescopio como si fuera una viñeta de cómic belga de los sesenta. Una época ya lejana y además en cinemascope y ese color que tanto hecho de menos en las películas actuales, ya todas digitalizadas y oscuras como la madre que las parió. El problema de hoy con las proyecciones en los cines es que nadie sabe qué pasa dentro de esas cabinas. Ahora, esos proyectores son como las teles caseras; tienes que manipular los brillos y los contrastes para que la proyección sea algo más respetable. De ahí que las proyecciones en la mayoría de las salas sean pésimas. Los espectadores deberían silbar al proyeccionista para que regule mejor lo que hace a la perfección cualquier idiota en su casa con el mando a distancia, pero están demasiado entretenidos con las malditas palomitas y el móvil. Este es otro motivo por el que ya no voy al cine. ¿Alguien recuerda los intensos colores cuando las películas se filmaban con negativo de película? Incluso cuando he asistido a una proyección, por ejemplo, de “Grupo salvaje”, la copia en dvd y ampliada por un monitor de conciertos más el inepto del proyeccionista que no quita la mirada de la pantallita de su móvil, no se entera de que la película está oscura. Uno se pone a llorar en la butaca. Yo lo hice. Tenía la boca abierta berreando como un niño consentido y el que estaba a mi lado me introdujo un montón de palomitas en la boca. Le quise decir algo y me puse a masticar y escupir sin entender mis insultos. Alguien de atrás me dijo que me callara porque no lo dejaba hablar por el móvil. “Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores de nosotros. Tal vez los peores, más que nadie”, se dice en esta película.

    Si nos quedamos con la mitad de tu sinopsis, es decir, a partir de “La acción arranca…”, hasta “… dominar el mundo”, es el recurso que ha estado imperando en casi todos los relatos de terror y ciencia ficción de las revistas Pulp de la era dorada y en el cine. Incluso en las novelas de Ian Fleming. Las películas de James Bond son parodias de sus novelas. Sin embargo, ese recurso tan manido no cansa nunca porque ya estamos viviendo un poco todo eso en la “vida real”. Presidentes que no lo son o creemos que han sido suplantados; lavado de cerebro, el dominio del mundo. Joder, hasta yo me pondría ahora mismo a escribir sobre el tema. Puigdemont, Torra, Aragonès, sus votantes… En cada rincón del mundo, lo mismo. Necesitamos a James Coburn ¡ya!

    Abrazos mil y buen finde.

    1. Lo más chocante para mí son las maneras de bailar, esa forma de contonsionarse convulsivamente como si estuvieran poseídos por la corriente eléctrica. Es lo que más gracia me hace de las películas sesenteras, también las españolas que incluyen motivos ye-yé.

      Qué bonito era el Color DeLuxe, cómo hace que películas de hace cincuenta años sigan resultando luminosas e irreales. ¿Qué ha sido del uso inteligente del color en el cine? Cuando mencionas esto hoy, la gente suele citar a Almodóvar, cuyo uso se limita a acentuar la irrealidad del medio y a saturar la pantalla de esa estética kitsch que tanto le gusta, pero no representa un uso cinematográfico del color en tanto sus coloridos no implican nada, no marcan el sentido de las escenas ni ayudan a caracterizar personajes ni situaciones. Son, podría decirse, gratuitos, puro exhibicionismo chillón.

      Desde luego, dan ganas de montar el tiroteo inicial de “Grupo salvaje” en una sala de cine. ¿Te imaginas? Muerte y destrucción al ralentí a tutiplén, en esas salas que más se parecen cada día a un chiquipark, y no a un espacio para gente adulta.

      La sinopsis es demencial, disparatada, pero adrede. Otras, incluso las reales, lo son de manera involuntaria, que son las peores. Con esos que citas, pero es que el mundo parece de repente repleto de villanos de las películas de Bond y de sus parodias: Putin, Bolsonaro, Trump, Kim Jong Un…

      Abrazos

  2. ¡Qué luminosidad tenían aquellas películas! ¡Qué color! Se apagaban las luces y las cortinas iban abriéndose poco a poco hasta que se hacía la luz. Recuerdo mi impresión cuando vi “Conspiración de silencio”, sobre todo su arranque. Nunca he visto un desierto tan intenso de luz después de “Lawrence de Arabia”. Y jamás he vuelto a ver la luz de California como la vi en “El mundo está loco, loco, loco” y esos maravillosos nombres de pueblos como Santa Rosita o Santa Mónica. Azul intenso y blanco nuclear. El color de “Los profesionales”. El de “La gran evasión” con aquellos títulos de crédito en rojo y el campo cubierto de amapolas y de repente aparecen los camiones nazis llenos de polvo. Los crepúsculos de “Pat Garrett y Billy The Kid”…

    Mencionas a Almodóvar. No puedo pensar muy bien después de haber escrito lo de arriba. Almodóvar ya tenía un grave problema en los ochenta: creerse que era genial, que él era la moda con todas esas tonterías de la Movida, las vomitonas, los travestis y las chicas guais. Almodóvar es un gran cinéfilo y escritor, de eso no me cabe la menor duda, pero aplicó solamente su tonta vanidad. Ver hoy esas películas me resultaría insoportable. Sin embargo, todavía me siento fascinado por “Lola Montès” de Max Ophüls que fue un rotundo fracaso y acabó con su vida. Almodóvar era demasiado consciente de su propia moda cuando la esencia de la moda es que se pasa de moda. Yo lo llamaba por aquel entonces Almomoda y la gente se peleaba conmigo. Siempre he creído que una gran parte de lo auténticamente moderno siempre viene de atrás. Hoy un cineasta podría aprender de Ophüls, por ejemplo, pero no de Almomoda porque no hay nada que aprender. Por otra parte, nunca he soportado su puesta en escena tan palurda. Después de cuarenta años de carrera en “Dolor y gloria” sigue con la misma palurdez ridícula. No veas cómo resuelve el despertar sexual del niño con aquel paleta medio en pelotas. Me dio la risa. Filmar no es fácil. La escena de la Fontana di Trevi en “La dolce vita” sí que es todo un prodigio. Ni se tocan.

    Ay, qué solo está uno en todo esto.

    Más abrazos miles

    1. Totalmente de acuerdo. Almodóvar tiene esa impostura zafia, ese desmesurado tratamiento trascendente de cosas que son muy pequeñas, y que es realmente así, en pequeño, como funcionan, porque esa es la manera en que al espectador se le hacen grandes. Bueno, no sé si me explico. Me refiero a los subrayados; el cine es un lenguaje que funciona mediante la elipsis, el sugerido, la alusión, lo implícito, mediante toques sutiles. Y a mí Almodóvar me parece lo contrario, lo más burdo y explícito recubierto de una pseudoestilización colorista pero vacía, una cine pretendidamente sublime pero hueco.

      Nada que ver, en efecto, con el color que poseen películas como “Centauros del desierto” o esos melodramas lacrimógenos y satíricos de Douglas Sirk, o esas películas que citas. En fin, menos mal que no estamos tan solos, hombre.

      Abrazos

  3. Buenas.
    ¡Tengo un doble cd con canciones y transiciones musicales de la serie!
    Si quieres copia privada, dime y está hecho.
    Gracias por el blog.
    Felices fiestas.

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