Sabido es que el cine no tiene ni debería tener ninguna vocación realista, sino que consiste en esencia en la representación de una realidad falsa con apariencia de verdadera que exige la suspensión de la credibilidad por parte del espectador para que acepte como auténtica y posible la incoherencia y la contradicción de lo narrado con lo mentiroso y lo imposible. Solo así resulta admisible que en esta escena, al igual que ocurre con las películas de artes marciales, cuatro que han atacado a la vez a un tipo de lo más debilucho y pusilánime acometan inmediatamente después de uno en uno, como esperando turno, a un individuo mucho más fuerte y peligroso. De igual modo, solo en esta clave puede tomarse como verosímil (el cine tiene que parecer verosímil pero no tiene ninguna obligación de ser creíble) que el mismo tipo debilucho y pusilánime se recupere como si tal cosa de los palos recibidos mientras que los otros cuatro languidecen en el suelo próximos a la declaración de incapacidad absoluta. Pero es cine, es western y es Clint Eastwood, y eso son palabras mayores. Esta película, próxima a ser un remake de Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953) en realidad es bastante más que eso. Se trata del colofón anticipado de ese puzle desordenado que componen los westerns dirigidos por Clint Eastwood, y que desde El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales, 1976), pasando por Sin perdón (Unforgiven, 1992) e Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973) desemboca en El jinete pálido (Pale Rider, 1985), y que más allá de discontinuidades de geografías, cronologías y nombres propios, cuenta por entregas una única historia, la de un solo pistolero que, tras una larga vida alternando los esfuerzos por construir y formar parte de una comunidad al estilo de los westerns fordianos y la muerte indiscriminada y la violencia salvaje de los westerns de Leone, vuelve, tras pasar por el infierno, convertido en espectro de venganza, empuñando los revólveres flamígeros con los que ajustar las cuentas a los simples mortales que se creen dioses.
En esta secuencia no llega a tanto, pero sí proclama una verdad real respaldada por los hechos: «no hay nada como un buen pedazo de nogal».
Pues sí: nada como un buen garrote en manos de un hábil luchador y unos cuantos esbirros que guardan turno…. pero aquí, por lo menos, el montaje es ágil y la espera viene dada por el espacio reducido al lado de la carreta.
Esos westerns de Eastwood cambian mucho desde su fecha del estreno, vistos en el cine, a verlos después en casa, años más tarde, con los mismos ojos pero diferente cabello: el guión no se ha movido, pero no es lo mismo…
Un abrazo.
Desde luego, especialmente «Sin perdón», que es la única, por edad, que yo he podido apreciar en el cine en su momento. En fin, que en la tele, rara vez es lo mismo. Algo que también se va perdiendo con el tiempo y las nuevas tecnlologías, que hacen que cada vez más a menudo dé igual dónde y cómo ves las películas. Al final Gloria Swanson tenía razón, y se han ido haciendo cada vez más pequeñas.
Un abrazo.