La chispa adecuada: La chica de la fábrica de cerillas (Tulitikkutehtaan tyttö, Aki Kaurismäki, 1990)

La Chica de la Fábrica de Cerillas [Tulitikkutehtaan tyttö] (1990) de Aki  Kaurismäki | El Gabinete del Dr. Mabuse

El largo prólogo inicial (una buena porción del breve metraje de apenas sesenta y cinco minutos) de este cóctel del estilo de Aki Kaurismäki, puro cine sin palabras, encaja muy bien con la filosofía de su protagonista, y también, en cierta medida, con la estética cinematográfica del cineasta finés. El proceso de fabricación de las cerillas, desde el tronco del árbol hasta su ordenación y clasificación en interminables hileras de cajas rectangulares perfectamente colocadas en formaciones simétricas por la maquinaria que funciona incesante ante la ausencia de operarios visibles, ejerce de inmejorable metáfora para ese mundo deshumanizado, frío y distante que es propio del cine de Kaurismäki, compuesto de tiempos muertos y de espacios semivacíos por el que transitan personajes que desvelan el menor vestigio posible de emociones humanas. De igual modo, expresa adecuadamente el cerrado y mecanizado universo de Iris (Kati Outinen), una muchacha callada, tímida y solitaria que deambula entre su puesto en la fábrica de cerillas y los deberes domésticos, casi en régimen de explotación, para con su madre (Elina Salo), que le profesa una total falta de cariño y comprensión, y su padrastro (Esko Nikkari), que la desprecia abiertamente. Su relación se reduce a la de los señores de la casa y su criada, que entrega puntualmente su salario, acepta su puesto sumisa y resignada y realiza todas las faenas domésticas, desde la compra a la plancha, de la cocina a la limpieza, sin que ellos muevan un dedo pero sufriendo a cambio, si hay ocasión, el régimen disciplinario de las bofetadas, los insultos y toda clase de lenguaje despectivo. Su único pasatiempo fuera de la fábrica y de la influencia del hogar son sus salidas a los bailes y los pubs, donde espera divertirse y encontrar pareja. El punto de inflexión llega cuando conoce a Aame (Vesa Vierikko), un ligue de una noche cuya huella en Iris va a ser mucho más profunda de la que él querría, y mucho menor de la que ella pretende. Sumando los agravios de los que es objeto, Iris ya no contemplará las cosas de la misma manera, empieza a sentirse como una de esas cerillas encerradas en una caja al vaivén automático de las máquinas, y decide pasar a la acción.

La película, una de las más aplaudidas de la filmografía del finlandés, es la quintaesencia del cine de su director, películas aparentemente frías, simples y anodinas, pero bajo las que bulle un torrente emocional y una tremenda carga de profundidad, por lo general de gran dureza. La sobriedad estética y formal, la querencia por las formas cuadradas y rectangulares, por los espacios cerrados y angostos o las calles vacías y lúgubres, la limitación de los movimientos de cámara a lo imprescindible y siempre en trayectorias rectilíneas, van acompañadas del hieratismo y la austeridad de las interpretaciones, de esos personajes deshumanizados que se conducen maquinalmente sin dejar constancia, salvo puntualmente, de cualquier atisbo de respuesta emocional ante lo que les rodea. Esos espacios de desolación sirven tanto para la revelación de ese trasfondo dramático desasosegante como al ocasional estallido del particular sentido del humor de Kaurismäki, que más que negro puede calificarse como siniestro, llegando a coincidir en algunos momentos la explosividad dramática con el patetismo humorístico, un choque de sentidos opuestos que se aleja de todo tratamiento dramático convencional pero que favorece ese ejercicio de orfebrería aparentemente banal pero realmente complejo, con una ejecución soberbia del montaje, que constituye cada película de su director.

Así, la misma frialdad desprovista de todo sentimiento al comprar una caja de matarratas para emplearla en oscuros fines se proyecta en el momento en que se descubre o se revela un embarazo no previsto, en cualquier discusión familiar o en las relaciones, por lo demás casi inexistentes, de Iris con sus compañeros de trabajo o tras un encuentro sexual. Una frialdad o deshumanización que contrasta con la barbarie, la agitación y la expectación de las noticias comunicadas por la televisión y la radio (disturbios en el Irán de los ayatolás, la crisis china de la plaza de Tiananmen, la visita del Papa a Escandinavia) y también con las apasionadas y rumbosas canciones de las orquestas del salón de baile, perpetradas por cantantes que aúnan lo exótico, lo excéntrico y lo cutre, casi lo grotesco y lo caricaturesco, que hablan de tórridos romances y románticos anhelos pero, sobre todo, de decepciones tristes e ilusiones truncadas. Otro detalle a considerar, precisamente, es el del sonido, cómo las canciones ponen de manifiesto los secretos pensamientos de los personajes, cómo los ruidos estridentes de la televisión, la fábrica o el tráfico anulan la posibilidad de comunicación entre ellos y cómo el empleo intencionado del sonido contrasta con los dilatados silencios, igualmente premeditados, que presiden la mayor parte del metraje, silencios que en ningún caso son gratuitos, caprichosos o faltos de intención, sino que sirven también de vehículo narrativo, pausas en las que la protagonista toma aire o reflexiona y que permiten al espectador no solo observarla sino pensar con ella, acompañarla, seguirla en sus razonamientos y llegar a las mismas conclusiones antes de que la acción nos las muestre en pantalla.

La maestría de Karismäki alcanza un objetivo muy difícil de lograr, que no es otro que conseguir plasmar conceptos complejos (pasión, angustia, vacío vital, rencor, deseo, desesperación, incertidumbre, ansia de venganza, odio) a través de imágenes sencillas y de una narrativa muy simple, y desarrollar un drama desolador a partir de premisas realmente duras desde la lucidez más absoluta, pero presentado con ligereza, sosiego y resignación, desde la comprensión y la empatía, sin juicios, moralismos ni adoctrinamientos, como una puerta abierta a la observación, perpleja y socarrona, mordaz e irónica, de la condición humana, de nuestra miseria y nuestra insignificancia, y de cómo a menudo hacemos de nuestra vida una continua fábrica de problemas que nos mantienen encerrados y prisioneros en cajas perfectamente alineadas en una eterna sucesión homogénea, simétrica, de compartimentos estrechos y largos asimilables a un ataúd.