Insólito western con mar de fondo: El rostro impenetrable (One-Eyed Jacks, Marlon Brando, 1961)

El éxito excesivo puede arruinar, igual que el fracaso excesivo (Marlon Brando).

Entre el western clásico reinventado por John Ford y los aires de renovación de Sergio Leone que insuflaron nueva vida al género transformándolo para siempre a partir de los sesenta, se halla un eslabón a priori de lo más improbable: Marlon Brando, el mayor y más célebre exponente de actor de método en un cine americano que a comienzos de los cincuenta empezaba tímidamente a abrirse a nuevos temas y formas de contar. Brando, para algunos el mejor intérprete que ha dado el cine en su historia, sorprendió al hacerse cargo de la dirección de esta adaptación de una novela de Charles Neider en forma de atípico western. Lo más cerca del género que Marlon Brando había estado hasta entonces había sido ¡Viva Zapata! (Elia Kazan, 1952), ambientada en la revolución mexicana, por lo que no parecía el terreno más propicio para un aventurado estreno tras la cámara; menos todavía a costa de desplazar a un Stanley Kubrick que había trabajado durante meses en el guión, circunstancia que aprovechó Kirk Douglas para encargarle la dirección de Espartaco (Spartacus, 1960) en sustitución de Anthony Mann. Quizá después de todo el western no fuera el género más adecuado para Brando, dado que tras esta experiencia sólo apareció en dos westerns más a lo largo de su carrera, Sierra prohibida (The Appaloosa, Sydney J. Furie, 1966), y Missouri (The Missouri Breaks, Arthur Penn, 1976), junto a Jack Nicholson. En cualquier caso, a pesar de todos los problemas durante el rodaje, a menudo fruto de la megalomanía del actor, la obra consigue una espectacular e intensa mezcla de profundidad psicológica e inquietante, por momentos casi fantasmagórica, belleza visual.

La película resulta insólita ya desde su comienzo. La primera toma esté dedicada a un plátano devorado tranquilamente por el propio Brando mientras supervisa con suficiencia los detalles del atraco que está encabezando en un banco mexicano cercano a la frontera estadounidense. La fruta, generalmente desplazada en los menús del cine del Oeste por los gruesos filetes, las sartenes de alubias y las tazas de café, ya es un indicativo de que sobre detalles tan nimios como ese se edifica un western diferente en el fondo y en la forma. La cinta transcurre por derroteros en apariencia convencionales con la huida de Rio (Brando) y Dad Longworth (Karl Malden) y su persecución por parte de las autoridades mexicanas hasta el momento de su cercamiento, del que Dad escapa a caballo con la promesa de volver con otra montura para su amigo mientras éste contiene a las fuerzas que los rodean. Sin embargo, Dad no regresa, Rio es capturado y ha de cumplir una larga condena en una prisión mexicana. A partir de ese instante la película de Brando se transforma en una sórdida pesadilla de venganza en contraste con el marco idílico en el que tiene lugar, la frontera texana y las zonas próximas a Monterrey, una elección de localizaciones que otorga un papel predominante, como importante nota distintiva respecto al western clásico, al océano, sus playas de arenas blancas y sus acantilados.

El traidor Longworth ha rehecho su vida, se ha convertido en sheriff de Monterrey, se ha casado con una mexicana (Katy Jurado) e incluso ha adoptado a la hija de ésta, Louisa (Pina Pellicer). Vive cómodamente en una buena casa frente al mar y su única preocupación es mantener a raya a los borrachos y a los pescadores que amarran en las cercanías. Rio en cambio se ha alimentado de rencor durante su estancia en la cárcel, y al salir se une a la banda de Bob Amory (Ben Johnson –actor que resume en su carrera la historia del western, desde la “Trilogía de la caballería” de John Ford hasta Grupo salvaje (The Wild Bunch, Sam Peckinpah, 1969), entre otros muchos títulos-), con la que se propone asaltar el banco de Monterrey. El enorme resentimiento de Rio le hace concebir un plan mucho más retorcido y doloroso que la mera burla de la ley que ahora representa Dad. Simulando la búsqueda de la reconciliación y ofreciendo un perdón sin resentimientos, se acerca a Longworth, se integra en su familia y enamora a su hija mientras en secreto planea el atraco y la muerte de Dad. Éste, no obstante, desconfía desde el principio, sabe de las mentiras de Rio pero le deja hacer a la espera de que descubra su juego para acabar con él, aunque cometa el error de, tras torturarlo (la habitual secuencia de autoinmolación, tan presente en las películas de Brando), perdonarle la vida. El juego psicológico entre Rio y Dad (“papá”, que no recibe este nombre de forma casual) se cobra dos víctimas inocentes, María, la esposa de Dad, y Louisa, que, seducida, atrapada en el carismático influjo de Rio, se convierte en el instrumento que posibilita finalmente una venganza cruel, implacable e inevitable.

Brando se conduce con seguridad y pericia en un ámbito en principio ajeno a él, ofrece secuencias de imborrable belleza e intensidad explotando al máximo el exotismo de los escenarios escogidos y consigue dotar al filme de algunos de los rasgos definitorios del ya anticuado cine negro, tanto en la recreación de atmósferas abstractas como en la explotación de la dualidad de los personajes. Los problemas de ritmo asociados a su excesiva duración no impiden dejarse atrapar por esta turbia crónica de venganza y ambivalencia moral relatada con lirismo y sensibilidad, en la que los personajes comen pescado y fruta y en la que cabezas de ganado y adornos indios son sustituidos por redes de pesca, flores y piña colada. Ejemplo único de western tropical.

8 comentarios sobre “Insólito western con mar de fondo: El rostro impenetrable (One-Eyed Jacks, Marlon Brando, 1961)

  1. A mí cada vez me gusta más este western. Cada vez que lo veo, lo disfruto más.
    Brando me gusta, pero todos los que están a su alrededor construyen unos personajes sensacionales: Karl Malden, Katy Jurado y la maravillosa Pina Pellicer… Y luego cada vez me llama más la atención ese western a las orillas del mar…

    Beso
    Hildy

    1. Algo tiene, mi querida Hildy, no sé si ese retorcimiento psicológico primario “marca Brando” o qué, pero es distinto. Tal vez también porque la cámara, contra lo que suele ser habitual en el género, renuncia a explotar los espacios abiertos y está muy pegada a los personajes, ya desde el inicio. Quizá pasada de metraje, quizá irregular, pero tiene un toque especial.

      Besos

  2. La ví hace tiempo en la tele y creo que todavía guardo la copia que me hice en vhs y digamos que está en la lista de “pendientes a revisar sin prisa” porque mi recuerdo es que no me gustó nada o muy poco.
    Pero dado que ya entonces la consideré una rareza, permanece en un rincón a la espera…. porque ya se sabe que los gustos sin cambiar mucho, sí se modulan con el paso del tiempo….
    Un abrazo.

    1. El problema a menudo, querido Josep, es que circula habitualmente en unas copias nefastas que no respetan el formato original. Eso, de entrada. Pero, desde luego, rareza es, un western “kazanesco” con la megalomanía de Brando en primer término pero más psicológico, casi psicoanalítico más bien, que de acción. Ya me contarás si le das otra oportunidad.

      Abrazos,

  3. Hola Alfredo!
    Hace años creo que tuve una de esas desastrosas copias a las que haces referencia, la verdad que la mala calidad y el formato no ayudaba demasiado. A mi la película me encanta, gustos personales aparte creo que le han caído demasiados palos injustificados, creo que buena parte de la critica le tenia cierta ojeriza a Brando. Me ha encantado leer tu entrada, es mas, me han entrado unas ganas tremendas de volver a verla.
    Saludos y feliz semana!

    1. ¡Muy buenas, Fran! Yo creo que hay objeciones justificadas, que se mantienen (el excesivo metraje, cierta irregularidad) y otras que eran coyunturales y que el tiempo ha borrado. Por eso huyo, en general, de hablar de estrenos, aunque vea algunos y de cosas que están de moda, porque me parece que los argumentos publicitarios y mercadotécnicos alteran o influyen demasiado en la mirada de algo nuevo, y es preciso reposar y repensar, a veces incluso volver a ver, antes de hablar de algo con verdadero rigor y profundidad.

      En este caso podemos encontrarnos con un segundo Charles Laughton, que padeció algo parecido y cuya única obra tras la cámara es hoy un clásico indiscutible. Creo que, aun con sus problemas, con la película de Brando está sucediendo, con toda justicia, algo similar.

      ¡Saludos!

  4. Hola, querría saber si Luis Betrán Colás, que hace años tuvo un amargo final en CineFórum-Clásico, sigue vivo. Usted fue víctima de un plagio suyo y he pensado que, viviendo como vivían en la misma ciudad, podría resolverme la duda.

    Un cordial saludo

    1. Hola, Enrique. No puedo darle noticias, lo siento. Como comprenderá, poco o nulo deseo de contacto con este señor tenía yo después de haber vivido el amargo episodio de sus plagios (que no fue uno, sino catorce).

      Saludos

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