El cine de lo que no se ve: Uno de nosotros (Let Him Go, Thomas Bezucha, 2020)

El cine es un arte indirecto. Juega y se construye con lo explícito, con lo implícito, con lo sugerido y con lo adivinado. Es decir, ha de contar con la participación activa del público, de modo que la película no se conforma entre los límites de la pantalla sino que adquiere vida definitivamente, si es que la tiene, en el cerebro y la sensibilidad del espectador, en sus recovecos emocionales y sus tripas revueltas. Esta es la mayor virtud de este drama con tintes de thriller, road movie y western escrito, producido y dirigido por Thomas Bezucha (cuarta película en veinte años) a partir de la novela de Larry Watson: la película cuenta tanto o más a través de lo que sucede dentro de cuadro que mediante lo que se supone ocurrido fuera de él, pero proporciona al espectador las herramientas adecuadas, con la debida economía narrativa y sin los habituales y cansinos subrayados emocionales o intelectuales, para que se sepa a ciencia cierta y sin la menor dificultad que bajo la superficie de un argumento hasta cierto punto simple yace un drama de profundo calado que se ve solo en parte, y que hace que el epicentro de la trama se traslade desde lo evidente de las imágenes perceptibles, por medio de unas muy medidas y efectivas elipsis, a una parte de la acción que no se narra pero que se intuye, que se sabe, que lo condiciona y lo explica todo, es decir, desde lo aparente, la trama de unos abuelos, Margaret y George Blackledge (Diane Lane y Kevin Costner), que pretenden rescatar a su nieto de las garras de su peligrosa familia política de circunstancias, los Weboy, al verdadero drama, la larga historia de encuentros y desencuentros de un matrimonio, en el que este último capítulo es el lance postrero.

A la muerte accidental de su hijo se une el nuevo matrimonio de su exnuera, Lorna (Kayli Carter), con un individuo de dudosa catadura, Donnie Weboy (Will Brittain), al que Margaret sorprende en cierta ocasión agrediendo a su nieto y, de paso, a su madre y nueva esposa en segundas nupcias. Poco después, en un amago de visita para intentar averiguar qué se está cociendo en esa familia, Margaret descubre que, sin previo aviso, han abandonado precipitadamente el apartamento que aún no habían terminado de decorar y han salido no solo del pueblo, sino también del Estado (Montana). A Margaret se le mete en el tozuelo salvar a ese niño de un padre maltratador y de una madre pusilánime y dócil, y junto a su marido, que además es un sheriff jubilado y, como tal, tiene sus reservas porque conoce muy bien la ley y cómo funciona, lo que se puede hacer y lo que es imposible, partir hacia Dakota del Norte, de donde proviene la familia de Donnie y sospechan que se han refugiado, para convencer a Lorna de que les entregue la custodia del niño y pueda así crecer en un ambiente sano y apacible. Las informaciones fragmentarias que van conociendo acerca de los Weboy no son precisamente tranquilizadoras, y los Blackledge se van preparando para lo peor, es decir, para el fracaso de esa misión autoimpuesta o bien para su consecución a un coste mayor del deseado, y aun del esperado. Conocerles no mejora las cosas, porque Blanche Weboy (Lesley Manville), la matriarca de la familia, no es una abuelita hogareña y amable, amorosa de su nieto (ni siquiera de sus hijos), sino una mujer dura, resentida y perversa que encabeza un grupo de rufianes brutos y chulescos de pésima reputación, peor educación y nula moralidad, compuesto por su hermano Bill (Jeffrey Donovan) y completado por sus tres hijos. Evidentemente, el encuentro no solamente es infructuoso sino dramático, porque Margaret y George no se enfrentan a una familia normal sino a una especie de clan familiar que oscila entre el garrulismo extremo y el grupo de esbirros organizado. Así las cosas, la única opción parece consistir en lograr convencer a Lorna, en conseguir su ayuda y su consentimiento cuando puedan abstraerla a la influencia (o más bien extorsión) de la familia de su marido, y salir zumbando para Montana con exnuera y nieto. No resulta fácil, naturalmente, y en el camino Margaret y George no solo comprenden las dificultades que representa enfrentarse a la irracionalidad más cerril y brutal; también hacen balance de su unión, de su vida juntos, de tal manera que la solución al problema de su nieto implica alguna clase de respuesta, de conclusión, a lo que han experimentado, a su matrimonio, a su existencia, lo cual constituye el verdadero núcleo de la película.

Así, mediante pequeñas pinceladas, apenas apuntes que parece que se pierden en el vacío pero que van conformando un velado pero muy presente mapa emocional, sabemos que, en efecto, George fue sheriff, pero que también padeció en algún momento severos problemas con el alcohol, los cuales, a su vez, derivaron en otros de clase diferente (tal vez una infidelidad, puede que simples cambios de carácter que afectaran a su relación) que en algún punto indeterminado del pasado pusieron en riesgo su matrimonio. De igual modo, tenemos noticia de que Margaret era domadora de caballos, y que también, además del trance de la muerte de su hijo, necesitó de la fuerza y el apoyo de George para superar alguna clase de trauma del pasado, tal vez derivado, justamente, de su profesión, y poder «reconstruirse». El hecho de que esa fuera su ocupación, y de que su hijo falleciera a lomos de un caballo domado recientemente, conceden al argumento, y en particular al personaje de Margaret, una carga narrativa extra relacionada con la maternidad, la sensación de pérdida y el sentimiento de culpa, detalles que subyacen bajo su comportamiento y sus actitudes, puede que ilógicas desde el punto de vista de la ley pero perfectamente coherentes sobre la base de la construcción psicológica y emocional del personaje. Un extremo de la trama que viene reforzado por la aparición de Peter (Booboo Stewart), un indio evadido del internado en el que pretenden reeducarlo para borrar sus huellas étnicas, y que vive en medio de los páramos, desarraigado, en una cabaña, junto a un caballo que ha encontrado pastando libre. Son los años 60, y en Montana y Dakota del Norte todavía están muy presentes las formas y los modos de vida del Oeste, lo cual incluye la manera de resolver los problemas, los conflictos y las afrentas, y a ellos se entrega el errabundo Peter, que ya ni siquiera es capaz de comunicarse en lengua nativa con sus parientes.

Ese sentimiento de pérdida, pero también, y sobre todo, el historial vital del matrimonio Blackledge, es lo que explica el violento tramo final, que algunos comentaristas han juzgado anticlimático o incoherente con el tono y el tema del resto de la película. Sin embargo, es la convicción de haber contraído una deuda con Margaret a lo largo de su periplo vital, no la venganza, ni siquiera tampoco el deseo de llevarse a su nieto a Montana, lo que conduce a George a desencadenar el infierno final que resuelve el argumento, como no puede ser de otra manera en la dinámica destructiva y de todo o nada a la que se ha llegado, propia, aquí sí, del western puro, de forma poco complaciente. Porque George lo que busca es proteger a Margaret, defenderla, reconfortarla, garantizar su bienestar dándole lo que desea, y que tal vez antes, demasiadas veces, le negó, es decir, pagando su deuda al precio máximo. El antiguo sheriff, resignado, cabal y reacio a complicaciones, hace la mayor apuesta de manera desinteresada, por Margaret, no por él mismo, ni por su hijo muerto, ni mucho menos por su exnuera, ni tampoco por su nieto.

Hilos argumentales muy sutiles que se sostienen en pequeños detalles: el laconismo de George, las miradas y las sonrisas cómplices y calladas de Margaret (magnífica Diane Lane, centro absoluto de la película; cada secuencia se crea a partir de ella), la mutua comprensión silenciosa en diálogos a medio terminar o en frases que quedan a medias, el uso de los espejos (cuando ella elige la corbata de él antes de la boda; los reflejos de los retrovisores de los coches al partir en determinados trayectos) o los paralelismos narrativos (todos los personajes pierden algo o a alguien; todos los personajes y situaciones tienen su reverso simétrico, un valor positivo frente a otro negativo). Un conjunto construido en un tono muy medido y sobrio, de ritmo reposado y de gran belleza puntual, pero sobre todo erigido en torno a enormes paisajes fríos e impersonales, acompañados de una meritoria partitura de Michael Giacchino, dirigido por Thomas Bezucha y producido por Mazur y Kaplan Company, pero que no habría extrañado ver dirigido por el Clint Eastwood de los últimos noventa o primeros dos mil, producido por Malpaso. No sorprendería ver la firma de Eastwood en este largomentraje ni por el academicismo clásico del formato, ni por la hondura temática y psicológica del drama, ni por los ambientes recorridos durante el viaje de Montana a Dakota del Norte, ni por la delicadeza de la banda sonora ni de la mirada sensible y meticulosa del director. Estamos ante un caso extraño y ejemplar de película «de Eastwood» sin Eastwood.