Por qué una sábana: A Ghost Story, (David Lowery, 2017)

«De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso», dice la cita clásicamente atribuida a Napoleón tras el incendio de Moscú y que seguramente fue dicha antes por uno o varios personajes históricos, aunque ya se sabe que las frases célebres no pertenecen a quien primero las dice sino a quien las dice en el momento más oportuno o a quien las dice mejor. Esta película de David Lowery navega entre ambos extremos, aunque por el resto de su filmografía hasta la fecha, probablemente la cosa se haya puesto bastante más en claro. Aplaudida casi unánimemente por la crítica, que se deshizo en elogios, sin duda desmesurados, ante la presunta riqueza y supuesta complejidad de sus composiciones visuales y de las profundas reflexiones existenciales que aparentemente apunta, de lo que se ve en pantalla (no de lo que no se ve), también, y sobre todo, emana cierta sensación de inconsistencia, de laguna continuada, de caprichos narrativos al gusto del guion, no de lo que pediría la historia dentro de la propia lógica que la película plantea, que la inclinan hacia una consideración mucho menos entusiasta, y que, una vez finalizado el metraje, libre el espectador, por tanto, del aire grave y solemne que la cinta aspira a manejar, llevan a pensar inevitablemente en la palabra «ridículo». Y es que los agujeros de la sábana que protagoniza la película no son nada en comparación con los que presenta un guion que, en el fondo, excepto en un momento puntual en que un personaje secundario «resume» (no lo hace, es el speech más largo del metraje) el tema, no «cuenta» prácticamente nada de lo que dicen que cuenta.

Empezando por lo «sublime», nos encontramos con una pareja (Casey Affleck y Rooney Mara) que vive en una casa aislada en un entorno rural de Norteamérica. Él es músico y ella no se sabe, y al fallecimiento de él le sigue su retorno a la casa como alma en pena fantasmal de cuerpo material envuelto en la sábana que le sirvió de sudario en el hospital. El fantasma asiste al duelo de su pareja, a su reentrada en la vida cotidiana, su soledad y desamparo en la casa a la que acababan de mudarse no hacía mucho, a sus primeros escarceos románticos de vuelta a la vida sentimental… Y finalmente, a su hartazgo, su ruptura con la vida anterior, la venta de la casa, la llegada de una nueva familia, la marcha de esa familia, su ocupación para la celebración de una fiesta, su destrucción, la construcción en su solar de un rascacielos de oficinas… Y la vuelta al pasado de los pioneros del Oeste, de cómo llegaron a habitar esos espacios, cómo se construyó esa casa, cómo ellos mismos fueron a vivir allí, cómo se cierra el círculo y empieza de nuevo… El tiempo queda abolido, todo está ocurriendo constantemente, confluyendo en un único espacio un número de líneas paralelas infinitas que no cambian, que siempre transcurren del mismo modo. Atemporalidad, pérdida y olvido terminan por convertirse en sinónimos, el sentido de la vida se encierra en un bucle, en una repetición eterna en la que no existe opción de alteración, como un hámster en una rueda de la que no puede escapar. El mito del eterno retorno, destilado y estilizado, sin ninguna lógica narrativa, al menos dentro del modo convencional, cuya finalidad termina y empieza en el estilo: planos largos, poco diálogo (y el que hay, básicamente insustancial), silencios prolongados, elipsis, saltos temporales inmediatos (a menudo en el mismo plano); en suma, lo que durante años se llamó cine «contemplativo», de tono reposado, desprovissto de música o escasamente acompañado por ella, encuadres geométricos y una entrega total al sobreentendido como lenguaje, a la elipsis como sistema. El acierto mayor estriba en la perspectiva, en elegir al fantasma como vehículo de experiencias, a veces transitando por terrenos más o menos novedosos, otras cayendo en «el otro lado» de los tópicos del género de terror (el espectro atormentado que aterroriza a una familia).

Continuando por lo «ridículo», un cadáver cubierto por una sábana en una sala de autopsias  se incorpora y «revive» en su naturaleza ectoplásmica. Eso sí, en algún momento (queda en elipsis) se procura unas tijeras con las que recortar dos aberturas en la sábana para poder ver con los ojos y no darse trompazos contra aquellos elementos físicos que, se supone, según el imaginario popular, debería atravesar sin daño alguno, aunque, por lo visto, no es así. El fantasma se compone así según la imagen infantilizada que de él existe, lejos de las truculencias habituales del Hollywood de los últimos tiempos, como un ente etéreo que solo adquiere corporeidad cuando se cubre con una sábana (los ojos, sin embargo, parece que sí son corpóreos, puesto que solo puede ver por ellos). Después, el fantasma rechaza cruzar el umbral de luz que le llevaría «al otro lado» (y que se abre, a capricho, al fondo de un pasillo del hospital) y decide regresar a casa paseando por el campo y asistir a la viudedad de su pareja. Supuesto prisionero en ese espacio, no podrá abandonarlo aunque ella se marche, otra familia ocupe la casa -una familia de inmigrantes hispanos cuyo hijo mayor sí percibe la presencia del fantasma; no así los demás… porque el guion quiere-, esta se marche, atormentada tras un arranque de furia espectral que se pliega al tópico del poltergeist, se derribe, se construya un edificio de oficinas en cima, pueda deambular por sus despachos, salas de reuniones, hasta asistir a la construcción de una ciudad futurista, el final de los tiempos, llena de luces, rascacielos interminables y vehículos voladores, del tipo Los Ángeles 2019 de Blade Runner, para después retornar al origen, asistir, siempre desde el mismo espacio, a la llegada de unos pioneros del Oeste para instalarse allí, su muerte a manos de los indios (porque sí) y las evoluciones del paisaje hasta que se construye la casa y la pareja, de nuevo él en carne y hueso con su chica, la visitan, la compran y la habitan… Todo vuelve a empezar y a repetirse hasta que son dos fantasmas, dos sábanas, las que observan el subsiguiente derribo de la casa para la construcción del rascacielos… Con una aportación fundamental, el descubrimiento, en la ventana de la casa de enfrente, de otro fantasma, asimismo cubierto con una sábana (¡estampada! ¿Pero de qué hospital venía ese espectro…?), que dice (por telepatía, porque los fantasmas carecen de corporeidad física, y por tanto, no pueden hablar) estar esperando a alguien pero no recuerda a quién, y al que igualmente observa en las siguientes repeticiones del ciclo.

Tenemos así a un fantasma que no puede escapar de un entorno concreto, pero sí que puede caminar del hospital hasta su casa; a un ser incorpóreo que no es tal, porque puede tocar, tirar y romper cosas, pese a lo cual se cubre con una sábana no se sabe por qué; que torpemente, porque al parecer no puede quitarse la sábana que no necesitaría llevar, intenta extraer con la punta de los dedos el papel introducido por su viuda en una grieta de la madera (único momento en que el guion es capaz de anticipar una información con valor narrativo para su posterior utilización), una nota que lee y, bluf, ya no hay cuerpo, ni fantasma, ni bucle, ni prisión, ni tiempo… Sin saber tampoco por qué. No obstante, este desenlace, entre lo poéticamente sublime y lo cinematográficamente ridículo nos ofrece la clave visual de la película: la sábana. La sábana con la que se enrolla ella el cuerpo cuando, sobresaltados por un golpe en las teclas del piano, se levantan asustados en mitad de la noche; la sábana que se asemeja a la cortina que cuelga en la sala del hospital; la sábana que ella hace un gurruño cuando quita la ropa de cama… La sábana de la rectangular pantalla del cine, el teatro de los espejismos, el gabinete de los espectros, la fábrica de fantasmas. Más allá de lo sublime o de lo ridículo, haciendo un hecho aparte con lo que la película tiene de pretenciosa y de las percepciones pedantes y grandilocuentes de los que confunden el estilo con el manierismo vacío, el valor de la historia estriba en que es una película sobre el cine, sobre el espectador del cine. Un fantasma que se distrae de su vida haciendo propias las experiencias de otros fantasmas. Lo demás solo es silencio.