Diálogos de celuloide: El planeta de los simios (Planet of the Apes, Franklin J. Shaffner, 1968)

«Este será mi último informe antes de que lleguemos a nuestro destino. Hemos
colocado los dispositivos automáticos y estamos a merced de los computadores. Mis
compañeros duermen profundamente dentro de las cámaras y yo me acostaré
enseguida. Dentro de una hora hará seis meses que partimos de Cabo Kennedy. Seis meses en el profundo espacio, es decir, según el Sistema Solar. Según la teoría del
doctor Hasslein sobre el tiempo en un vehículo que viaja casi a la velocidad de la luz,
la tierra ha envejecido cerca de 700 años, en tanto que nosotros apenas hemos
envejecido. Puede que así sea. Lo más probable es que los hombres que nos
ordenaron hacer este viaje hayan muerto y desaparecido. Ustedes, los que me
escuchan ahora, son de otra generación, y espero que mejor que la nuestra. No siento
tener que dejar atrás el siglo XX, pero hay algo más aún: no se trata de nada científico,
es totalmente personal. Visto desde mi asiento todo aparece muy distinto. El tiempo
pasa y el espacio no tiene límites. En las personas no existe el yo. Me siento solo,
totalmente solo. Decidme: ¿acaso los hombres, esa maravilla del Universo, esa
gloriosa paradoja que me ha mandado a las estrellas, siguen combatiendo contra sus
hermanos, dejando morir de hambre a los hijos de sus vecinos?»

(guion de Michael Wilson y Rod Serling a partir de la novela de Pierre Boulle)

2 comentarios sobre “Diálogos de celuloide: El planeta de los simios (Planet of the Apes, Franklin J. Shaffner, 1968)

  1. Ah, un monólogo de celuloide jeje…
    Sí, siempre habrá enfrentamiento porque no podemos escapar a la lógica de la Naturaleza del comer o ser comido (en nuestro caso, de inteligencia más sutil y retorcida, pretender vivir del esfuerzo del otro). Y supongo que, llevado al extremo, ni deja de ser un mecanismo de la Naturaleza para regular las pretensiones hegemónicas de la Humanidad, o algo parecido que escapa a nuestro control.

    1. Bueno, eso es presuponer que la Naturaleza tiene inteligencia. O sea, que es Dios. Como en la fábula del escorpión y la rana, «es mi carácter». Una cosa verdaderamente llamativa de nuestro tiempo es la creencia absurda en que el aprendizaje, la cultura, el barniz social, pueden limitar al 100% los instintos humanos, reducirlos y controlarlos en todos los casos, lo cual es imposible. Lo que ocurre, cuando introduces este argumento en una charla, es que te acusan de inmediato de justificar cualquier cosa bajo el pretexto de que «es natural». Obviamente, quien hace esto, además de sordo o ciego, es tonto, porque la realidad es que para aplicar remedios concretos a los problemas hay que conocer por qué se producen, su verdadera naturaleza y motivación. Los diagnósticos falsos suelen llevar a soluciones erróneas, y a crear problemas insolubles, simplemente, porque no se observan todas las implicaciones de los acontecimientos. Y eso vale tanto para la violencia como para cuestiones más frívolas.

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