Redención con recado: Todos somos necesarios (José Antonio Nieves Conde, 1956)

 

A José Antonio Nieves Conde se le suele regatear en el cine español la relevancia que sus mejores películas deberían poder otorgarle por derecho propio. Si esto no sucede exactamente así, salvo en ciertos círculos, se debe principalmente a dos motivos. En primer lugar, la militancia del cineasta en Falange Española en plena dictadura franquista, lo que a día de hoy, en un ámbito en el que predomina abrumadoramente, con abundante proyección mediática, la adscripción generalizada de sus miembros a las ideas de izquierda, resta sin duda intención y voluntad de reconocimiento y aplauso a lo mejor de su obra. En segundo término, el hecho de que en una filmografía de veinticinco películas, solo un puñado de ellas supusieron un notable éxito de público o alcanzaron auténticas cotas de excelencia cinematográfica, en particular su dupla de 1951 (Balarrasa y Surcos), la imitadísima y espléndida Los peces rojos (1955) y la magnífica El inquilino (1957), además de la que nos ocupa, sin que el resto de su trayectoria, en torno a una veintena de títulos, merezca mayor consideración que su cita en la semblanza biográfica y profesional del director. No obstante, como en cualquier simplificación, caben no pocos matices. En lo que afecta a Nieves Conde, cabe reseñar que su pertenencia a Falange, definitoria en sí misma, sin embargo no iba precisamente en consonancia con los tiempos políticos de la posguerra; su postura, próxima a la disidencia interna, era contraria al papel que el partido terminó desempeñando en el organigrama franquista tras la Guerra Civil, de igual modo que consideraba diluidos los, llamémoslos así, ideales falangistas en la grandilocuencia, la parafernalia y la verborrea patriótica y nacional-católica de la dictadura. De este modo, lejos de reconocerlas como obras de un creador leal al estado de cosas, la censura se cebó habitualmente con el cine de Nieves Conde, a veces hasta el extremo de alterar sustancialmente el sentido de los proyectos, como sucediera con la obligación de modificar los finales de Surcos o El inquilino. Como sucede, sin embargo, en esta película de 1956, el aparente sometimiento del argumento a los cánones moralizantes del cine español de entonces (no muy distintos de los de ahora, con el demérito añadido de que hoy, sin embargo, no hay dictadura ni censura oficial) va acompañado de un subtexto crítico que revela el desengaño y el permanente descontento de Nieves Conde con la realidad española del momento y su capacidad para discrepar y mostrar sus fallas entre las costuras del relato oficial.

En 1950, una vez cumplidas sus condenas, tres presidiarios -Julián, un médico (Alberto Closas), Nicolás, un funcionario (Ferdinand Anton) e Iniesta, un ladrón (Folco Lulli)- abandonan un centro penitenciario del norte de España en un luminoso día de invierno, rumbo a sus nuevas vidas. Los tres, encarcelados por razones diferentes (negligencia médica, desfalco y robo continuado, respectivamente), acuden a la estación más próxima para tomar el tren rápido de Madrid. Durante el camino y las horas de espera que comparten se manifiestan las decepciones y aspiraciones de cada uno de ellos en esa nueva etapa que se abre, siempre oscurecida por las dificultades que puede entrañar enfrentarse a la sociedad bajo el estigma de haber pasado por la cárcel. Excepto Iniesta, que no deja de mostrar su seguridad -e incluso su interés- de que volverá pronto a la cárcel (de hecho, incluso se interesa por la posibilidad de conservar en el futuro la misma celda que ha disfrutado hasta ahora, cómoda y confortable gracias a estar atravesada por el tubo de la calefacción), los otros dos compañeros anticipan el desencanto y el subsiguiente resentimiento derivado de los problemas con los que cuentan a la hora de volver a enfrentarse al mundo, esta vez con una mancha indeleble en su pasado. Si Nicolás, tras las efusiones naturales del primer encuentro, de inmediato se distancia de su joven esposa, Alicia (Mirella Uberti), con la que se encontraba de luna de miel cuando fue detenido por el desfalco que llevó a cabo para poder casarse, Julián expresa un continuo vehemente desprecio por ese mundo al que debe reincorporarse. La llegada del tren incide en ese mismo ángulo de rechazo y marginación. Los tres se sienten escrutados por los pasajeros, que les observan, les temen y les desprecian, al mismo tiempo que algunos, los de clase más pudiente, los eligen como objeto de su curiosidad morbosa, qué hicieron para ir a la cárcel, cuánto tiempo, etc. Las cosas cambian cuando se desata el temporal, la nieve amenaza con cortar la vía y aislar al tren, y uno de los pasajeros, un niño, el hijo de un gran hombre de negocios, Marcos Alberola (Rolf Wanka), que viaja con su esposa, Laura (Lída Baarová), y su secretaria y amante, Elena (Josefin Kipper), cae muy enfermo y se hace preciso practicarle una traqueotomía de emergencia para salvarle la vida. Julián es el único médico en el tren, pero se niega a colaborar: inhabilitado por sentencia judicial, podría volver a la cárcel solo por ofrecerse a operar al niño, pero además le puede el resentimiento hacia Alberola y la clase que representa, en los que focaliza la rabia contra aquellos que, en un caso análogo, terminaron por llevarle a prisión. Iniesta, en cambio, se presta a salir del tren en plena noche de temporal para acercarse al pueblo más cercano, a diez kilómetros, y pedir ayuda. Por su parte, Nicolás es uno de los que más colaboran para recopilar útiles y ropas a lo largo del tren que se puedan emplear durante la delicada operación, de la que, ante la deserción de Julián, se va a encargar un sacerdote (Albert Hehn), que tiene algunos conocimientos de medicina producto de sus misiones por el mundo.

Lo más interesante de la película no está, sin embargo, en la trama principal, en el retrato de las alternativas, de las dudas y de los esfuerzos de redención moral y aceptación social por parte de los tres excarcelados, más o menos sinceros y exitosos, una línea temática que sí es acorde a las premisas ideológicas exigidas para el cine de entonces. El verdadero punto de interés de la película es el mosaico que Nieves Conde, que es el autor del guion a partir de una historia de Faustino González Aller, hace de los personajes que viajan en el tren como imagen y extensión de ciertos tipos humanos de la sociedad española del momento, de sus relaciones, de sus diferencias de clase, de sus aspiraciones y de sus fracasos. Una galería de personajes (interpretados por Rafael Durán, José Calvo, Roberto Camardiel, José Marco Davó, Julio Goróstegui, José Prada o, en la estación, Manuel Alexandre) que ilustra distintos perfiles sociales de la España de aquel tiempo, para nada complacientes con las estructuras franquistas: así, el campesino lleno de hijos que emigra desde el pueblo a un entorno más industrial porque no puede ganarse la vida o el rico hombre de negocios que antepone su trabajo y su disfrute con su amante a la enfermedad de su hijo y al sufrimiento de su esposa. Destaca por encima de todo el dibujo de la masa no identificada, ese grupo de pasajeros anónimos que primero desprecia a los presos recién puestos en libertad, después los aclama, los justifica, los ensalza, cuando de sus acciones desprendidas se obtiene el esperado y oportuno beneficio, y cuando la sombra de la duda, en forma del robo de una cartera, vuelve a sacudir el tren al completo, vuelven a tirar de desprecio y de prejuicios, en algún caso exigiendo incluso algo más que la cárcel, cuando su buen papel ha sido rápidamente olvidado y se vuelven a ajustarles las cuentas a sus respectivos pasados.

Una sociedad mezquina, contraria a toda idea de piedad, compasión, reinserción o, en términos cristianos, expiación, perdón y absolución de los pecados, totalmente distinta a la propugnada desde los estamentos oficiales del franquismo y de la Iglesia cómplice con la dictadura. Una sociedad que sabe ser generosa y responder en una situación de máxima necesidad, pero que una vez satisfecha se encierra de nuevo en sus respectivos pequeños egoísmos y vicios, personalizados en el millonario que alardea de su poder y su dinero, que relega a su familia -otro valor nacional y católico cuestionado- con intención de retozar con su amante y que se niega a ayudar a los desfavorecidos, es decir, un personaje que desmonta toda idea de verticalidad vendida por las instituciones franquistas como eje sobre el que cimentar los principios sociales. Esta crítica, que se filtra a través de breves observaciones y momentos puntuales, queda en un segundo plano, bajo ese relato moralista y de redención que constituye el tono central del filme, que posibilita su aceptación y aprobación por la censura, pero que realmente es el pretexto para que Nieves Conde pueda reflejar todo aquello que no funciona, no tanto en el país como en los hipotéticos -e hipócritas- valores que el franquismo propugna.

Meritorio, por otro lado, resulta el tratamiento visual y narrativo del metraje, tan breve (poco más de ochenta minutos) como sustancioso. El día luminoso de nieve blanca se transforma paulatinamente en una noche cerrada y fría sacudida por un amenazador temporal, las miniaturas y maquetas de los trenes y los paisajes resultan muy creíbles y la cámara de Nieves Conde se mueve con soltura y agilidad en los pasillos de los vagones y el interior de los compartimentos. Aunque el personaje de Julián goza de mayor atención, se trata en buena medida de una película coral con frecuentes cambios de escenario y un salto continuo entre personajes que, a menudo, apenas pronuncian unas pocas frases. Particularmente notable resulta el travelling lateral en el que la cámara sigue a Julián, mientras a duras penas logra superar la gente que se acumula en los pasillos, de camino hacia el vagón restaurante, donde van a operar al niño. Un suspense muy bien trabajado cuya clave reside en que Julián llegue a tiempo, antes de que el sacerdote practique la primera incisión en el lugar erróneo y pueda malograrse todo.

Una película que, como es consustancial al cine, pone de manifiesto lo insustancial de una narración lineal, previsible y acogida a la corrección moral, y las virtudes y bondades que descansan en el discurso de la sugerencia, de la elipsis, donde se contiene toda la potencial carga demoledora vertida por un desencantado del mundo que le rodea, y que ayudó a erigir mientras que, por otro lado, reconociendo el pago de la deuda contraída por quienes han pasado su condena en prisión, aboga por la reconciliación y la reinserción -quien dice de los presos comunes puede leer también a los represaliados republicanos- como máxima virtud de regeneración social. A este respecto, el título de la película no deja lugar a dudas.

 

10 comentarios sobre “Redención con recado: Todos somos necesarios (José Antonio Nieves Conde, 1956)

  1. Mencionas varias pelis de este señor que me encantaron cuando pude verlas en Historia de nuestro Cine (el original que se preocupaba de mostrar el cine de todas épocas y no el de ahora que sólo exhibe las pelis más afectas a lo que hoy se considera políticamente correcto, al menos en la primera hora visible relegando a la madrugada las incómodas).
    Claro que lo que falla, tú mismo lo cuentas, es la sociedad que es hipócrita y desagradecida; ahí no parece tener demasiada culpa las directrices gubernamentales…
    ¿Y es que es una coproducción o qué? porque has nombrado varios actores extranjeros.…

    1. En efecto, es una coproducción con Italia. Una fórmula que se empleaba mucho más antes que ahora, que aun cuando se da en numerosos casos, pasa casi desapercibida.

      La sociedad es imperfecta porque lo es el ser humano, es inevitable. Pero sus comportamientos, hipócritas o no, no son de ningún modo espontáneos. Se inducen, se promueven y se fabrican, desde los gobiernos y desde otras demarcaciones (la economía y el consumo, por ejemplo, a los los gobiernos tampoco son ajenos).

      1. Lo malo es que ahora los políticos y altos funcionarios salen de nuestras filas, del pueblo, y ya no son de la aristocracia o la burguesía… Entonces, ya no cabe la excusa de que el gobierno nos moldea porque vemos que ahora que el pueblo puede acceder a puestos de gobierno lo echa a perder también.

      2. ¿Eso es lo malo? Eso es la democracia, que con todas sus imperfecciones sigue siendo mejor sistema que una oligarquía de ricos y poderosos. Ahora bien, es cierto que echar a perder el gobierno no es patrimonio exclusivo de la derecha, las clases adineradas y pudientes. Como decía más arriba, el ser humano es imperfecto, y ninguna ideología ni ninguna buena intención (si la hubiere) le salva de cometer errores o de sucumbir a intereses que no son los generales. Pero no es algo para escandalizarse; es eso que llaman la condición humana.

  2. Bueno, rectifico: no es que las pelis sean afectas al ideario del Gobierno actual; es que éste las utiliza porque concuerdan en algún punto con su ideario o con lo que pretenden publicitar.

    1. Mitad y mitad. El cine español actual peca de falta de ambición visual, de confianza en el público y de someterse a la corrección más bobalicona. Prácticamente todas las películas que nutren la publicidad y los premios, en particular en este año tan bueno, según dicen, conforman un cine profundamente moralista, de acuerdo con aquello que el Gobierno actual y su corriente de pensamiento interpretan como la moral «correcta» o los valores «a reivindicar».

      Siempre me ha parecido curioso que durante una dictadura los cineastas, en general, trataran de buscarle las vueltas a la censura para contar cosas libremente, y ahora que se supone que vivimos en democracia y libertad, la inmensa mayoría de los cineastas españoles se someten a la moral «oficial». Cineastas subvencionados, por supuesto.

      Personalmente, echo de menos a aquellos que buscaban en la contradicción y el choque la riqueza narrativa para sus películas, y me generan indiferencia aquellos que pretenden retratar la «realidad» bajo una forma de verdad ideológica o moral.

  3. Precisamente las películas que nombras al principio de tu artículo son las que he visto de Nieves Conde: Balarrasa, Surcos, Los peces rojos y El inquilino. A esta lista añado también Don Lucio y el hermano Pío. Y esas cinco me gusta cómo me las cuenta. Y ahora tengo ganas enormes de ver Todos somos necesarios.
    Es una pena que sea un director tan olvidado y que no sea fácil acceder a sus obras. Creo que sabía «contar» historias y cómo contarlas. Creo que es un tipo con un cine para analizar, con muchas caras y matices. No me importaría acceder a toda su obra para valorar todo el conjunto de su filmografía. Explicas muy bien al principio de tu artículo el posicionamiento y contexto político del cineasta y cómo puede rastrearse en su cine.

    Beso
    Hildy

    1. Esta es una de sus grandes películas, un escalón debajo de Los peces rojos o de Surcos, por supuesto, que son realmente extraordinarias, más allá de fronteras, geografías y lenguas.

      Hay que pensar también que otra parte de su filmografía resulta menos accesible porque también es otro nivel de intenciones y de calidad. No he visto todo, ni mucho menos, pero ves otras películas suyas y parece mentira que se trate de la misma persona.

      Besos

  4. Estupenda reseña, Alfredo, de una película que no he visto todavía. Me parece que sí vi hace mucho tiempo Los peces rojos, pero tampoco pondría la mano en el fuego. He de buscar más cine español pata negra de esas épocas en las que la censura ayudaba a que el ingenio de los cineastas les llevara a manifestar su opinión mediante el uso del cine como medio de expresión, sirviéndose de elipsis y alegorías varias.
    Llegué a conocer algún falangista que abominaba de Franco con vehemencia y ahora me gustaría ver algún pijo progre levantar la voz y el dedo contra una clase política que teóricamente no ejerce la censura pero que con los dineros públicos en la mano se sirve de su poder para repartir regalías a los mansos y eso me parece que es una censura igual o peor, porque hace 50 años todos sabíamos que existía la censura y ahora todos parecen creer que no la hay.
    En fin, que me apunto esa película porque de la forma que la has comentado no puedo dejar de verla.
    Un abrazo.

    1. Aunque no está al nivel de Los peces rojos (de su remake, Hotel Danubio, hay que huir como de la peste) o de Surcos, es una película estimable.

      En el falangismo, como en todas partes, no hay un único ente uniforme. Mucha gente se sintió en seguida traicionada por Franco, y, hasta donde pudo, que no fue mucho, mostró su desacuerdo. De entre sus filas surgió parte de la oposición de derechas, conservadora y liberal, al régimen franquista, que luego fue a parar a los partidos que ya sabemos (entre otros). Y aunque, naturalmente, es rechazable la pertenencia al partido único de la dictadura, igualmente rechazable me parece la adscripción al pensamiento único actual.

      Un abrazo

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