Memoria histórica no equivale a ajuste de cuentas ni a reescritura del pasado: Rapsodia en agosto (Hachigatsu no kyôshikyoku, Akira Kurosawa, 1991)

Rhapsody in August (1991) | MUBI

La sencillez formal de esta pequeña gran película de Akira Kurosawa multiplica exponencialmente el doble efecto emocional de sus cargas de profundidad. Por una parte, su enorme capacidad para traer al presente del rodaje, y del espectador de hoy, a través de alusiones veladas, sugerencias o esbozos de recuerdos, el escalofrío del horror sugerido, implícito, sobreentendido, que permanece revivido cada día, incrustado de manera tácita y sombría en el devenir cotidiano, en los rostros, los nombres y los lugares, esa sensación latente e infinita compartida por toda una sociedad resurgida de sus cenizas pero eternamente traumatizada. Por otra, como producto de esa perenne presencia colectiva, aderezada por las leyes del paso del tiempo y la aceptación resignada pero consciente del pasado, la todavía más poderosa semilla de la comprensión, el perdón y la reconciliación, la asunción de que los errores acumulados en ese pasado jamás deben recuperarse como alternativas válidas de futuro, y lo más importante, la deuda contraída con quienes sufrieron ese horror y el compromiso irrenunciable de que nunca se repita como justo e imprescindible tributo a su memoria. Una premisa en apariencia insignificante, de carácter familiar, permite a Kurosawa ofrecer una reflexión profunda y sentida sobre la pervivencia entre los japoneses veteranos de los fantasmas del holocausto nuclear, y de la necesidad de que los jóvenes asimilen y hagan propios esos fantasmas como antídoto para evitar los condicionantes que antaño pudieron conducir a un desenlace de proporciones tan catrastróficas, cuyas consecuencias se han pagado durante décadas y cuyos temores se mantienen vivos y palpables.

Hachigatsu no kyoshikyoku / Rapsodia en agosto (1991) - El gran ojo -  YouTube

Kane (Sachiko Murase), una anciana de Nagasaki, cuida de sus cuatro nietos mientras sus respectivos padres se encuentran de viaje en Hawai, donde un pariente (hermano de Kane y, por tanto, tío de los padres de los niños), un issei (emigrante japonés nacido en Japón y establecido en el extranjero; sus hijos son los nisei, los hijos de estos son los sansei, los de estos los yonsei…) que se instaló allí antes de la Segunda Guerra Mundial, agoniza en el hospital. Kane, que tantos hermanos llegó a tener que hasta pierde la cuenta y hay que escribirle los nombres de todos en una pizarra para que logre acordarse de ellos, apenas ha sabido nada de él desde que se marchó, ni siquiera lo reconocería tras tantos años, y vive su agonía con indiferencia, lejana, remota, desinteresada. Sin embargo, las circunstancias de su salida de Japón y su vida en Estados Unidos durante la guerra, máxime habiéndose instalado en Hawai, archipiélago donde empezó la campaña del Pacífico y donde se fraguó también su final, despiertan el interés de los niños, que se preguntan cómo su tío abuelo pudo vivir tan tranquilo, sin intentar regresar a su patria para luchar, entre los enemigos de su país, que llegaron a cometer actos tan criminales como arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Los jóvenes descubren así un renovado interés por lo acontecido en su ciudad décadas atrás, bajo la actual capa de modernidad, tráfico y ruido que la recubren, y empiezan a visitar los lugares clave relacionados con el estallido de la bomba atómica. Se aproxima el 9 de agosto y la conmemoración pública del homenaje a las víctimas, y eso les hace vivir más a flor de piel el recuerdo de esos hechos recuperados, en particular la muerte de su propio abuelo, el marido de la anciana, acaecida en una escuela que se vio particularmente afectada por la explosión y la radiación, y que conserva un monumento construido a base de hierros retorcidos como memorial. Este redescubrimiento va acompañado de las historias que les relata la abuela sobre la bomba y cómo arrasó la ciudad y cambió la vida de sus habitantes y, por supuesto, de la familia, y también del cruce de cartas con sus padres en Hawai, que apremian con tanta insistencia a que la anciana vaya a visitar a su hermano antes de que muera que esta cede por fin y se compromete a hacerlo después del homenaje a los muertos de 1945. Sin embargo, su hermano fallece antes de que pueda viajar, y al regreso a Nagasaki, los padres de los chicos, al tener conocimiento de que estos han enviado a Hawai una carta haciendo mención a este homenaje, temen por las consecuencias que ello pueda tener en sus parientes americanos, en particular en Clark (Richard Gere), un nisei, que la reapertura de heridas del pasado por lo ocurrido entre los dos países pueda provocar disensiones y distanciamientos de nuevo en la familia. Sus temores parecen confirmarse cuando Clark anuncia su llegada a Nagasaki en los próximos días, aunque sus intenciones pronto se revelan distintas de las que ellos esperan.

De Hawai a Nagasaki, de donde empezó y terminó la guerra entre Japón y los Estados Unidos, Kurosawa tiende un puente de reconocimiento del dolor mutuo y, a través del recuerdo al sufrimiento compartido, al perdón, la comprensión, la identificación con el otro y la reconciliación, no solo entre ambos países y sus sociedades, sino entre las generaciones más antiguas y recientes de cada país. En su inspiradísimo relato humanista, Kurosawa retrata los prejuicios alimentados por el miedo (tanto en el origen del conflicto, en el odio y la propaganda desplegados por el régimen militarista japonés contra los norteamericanos, como en la reacción de la familia, primero de los niños desconocedores de la historia como de sus padres, cuando de la anunciada visita de Clark se trata) que nutren los enfrentamientos, para retratar después el desvelamiento de las historias humanas de sufrimiento y dolor que, para ambos bandos, subyacen tras la fanfarria, las invocaciones a la patria y a la gloria, a la épica y la heroicidad de la guerra, y apostar finalmente, con el propósito de enmienda que solo puede surgir del conocimiento riguroso y de la asunción auténtica de los valores de la paz, el respeto y el entendimiento mutuo, por el reencuentro, la empatía y el homenaje conjunto a quienes tanto pagaron a ambos lados de la trinchera, o del océano.

Rapsodia en agosto (Hachi-gatsu no kyōshikyoku, 1991), de Akira Kurosawa

De este modo, el espectador acompaña, primero a los niños, en el descubrimiento de cómo el pasado ha afectado a su presente, y después a Clark, en su indagación y revelación de la parte japonesa de su familia, y de él mismo, con su auténtico yo que, como en todos los seres humanos, es múltiple, mixto. Los reticentes y recelosos parientes japoneses de Clark, al asistir a su reacción ante los horrores revividos de la guerra, su actitud cordial, respetuosa, a su simpatía y a su homenaje personal a sus víctimas, a su tío fallecido en la escuela y, en general, a los todos los damnificados japoneses en la guerra, ven nacer, igualmente y en justa correspondencia, un sentimiento equiparable hacia los estadounidenses, desplazando el rencor e incluso la admiración y la envidia del principio del metraje por su éxito económico, sus bienes materiales, su lugar en el mundo. En este punto, Kurosawa se distancia del cine contemporáneo de Hollywood, que por entonces, haciéndose eco de la óptica estadounidense, veía a Japón como un temible rival comercial y un formidable competidor tecnológico que había que neutralizar, al menos ante la opinión pública y el consumismo de los propios ciudadanos norteamericanos (Black Rain, Sol naciente, Jungla de cristal…).

La casa de la anciana, la ciudad, en particular la escuela y los lugares que son tributo a los sucesos de 1945, y la naturaleza (el bosque y el lago, con su salto de agua) son los tres espacios en los que Kurosawa sitúa la acción, y que encarnan las historias familiares, los hechos militares y el deseo de reflexión y redención, sin olvidar el temor inherente a que lo acontecido pueda volver a ocurrir en cualquier momento. El instante final, la anciana que, ya con su mente deteriorada se desorienta en una fenomental tormenta y confunde los truenos y relámpagos con el destello luminoso y la muda explosión que barrió Nagasaki en su juventud, corre alarmada con un paraguas inservible mientras la lluvia la empapa hacia un horizonte desconocido, huyendo de un pasado de sombras, con sus nietos intentando reternerla y hacerla entrar en razón, es la viva imagen, terrible y hermosa (a subrayar, la música que acompaña el momento), que nos advierte acerda del miedo que los traumas colectivos instalan en nosotros, y que solo aguarda las condiciones favorables para despertarse de nuevo y arrastrarnos.

La película hace así un eficaz y profundo análisis de lo que implica el concepto de memoria histórica, que, desde luego, no pasa por la política ni por hacer del pasado materia del debate ideológico o político del presente, sino por la investigación, el conocimiento y la revelación del pasado en toda su extensión, el reconocimiento del sufrimiento y del dolor colectivos, la proclamación de todos los errores, los excesos y los crímenes, la asunción traumática de los hechos, la condena, el rechazo y el firme propósito de evitar su repetición, así como de los modos y maneras que la favorecerían, y, en fin, el hecho de mirar al otro y de mirarse en el otro y reconocerse, a fin de desterrar el odio y los prejuicios que impiden cerrar heridas o utilizarlas de manera bastarda desde el oportunismo y la irresponsabilidad.

Generation Gap in Akira Kurosawa's Rhapsody in August An essay on  Hachigatsu no rapusodī [Rhapsody in August] Alexandria (Yuhuizi) Wang, Bryn  Mawr College, Class of 2016 The horror of nuclear power is a popular  subject in Akira Kurosawa's works ...

Cortometraje: Mirmidón (Álvaro Sarró, 2021)

Mirmidón es la historia de un hombre solitario que, presa del delirium tremens, decide acabar con una grave amenaza para la supervivencia del ser humano. Su director, Álvaro Sarró, es miembro del colectivo audiovisual Dupla Takes.

Mis escenas favoritas: Tú y yo (An Affair to Remember, Leo McCarey, 1957)

Divertido momento de este drama romántico, con toques de comedia, auto-remake de Leo McCarey de su propia película de 1939, el de la llegada al puerto del transatlático Constitution, y el consiguiente reencuentro, más o menos disimulado, de los amantes con sus respectivas parejas (por poco tiempo). Un simpático instante de esta maravillosa joya del cine romántico obra de un clásico a la altura de los más grandes.

Vasos y copas de cine en La Torre de Babel de Aragón Radio

Suspicious Ends. Cary Grant, Alfred Hitchcock and… | by Lawrence Bennie |  Medium

Nueva entrega de la sección de cine en el programa La Torre de Babel, de Aragón Radio, la radio pública de Aragón, en este caso dedicada a vasos, tazas y copas que son inesperados protagonistas de determinadas secuencias, o incluso de películas completas.

Mis escenas favoritas: Todos dicen I Love You (Everyone Says I Love You, Woody Allen, 1996)

Nada mejor que este delicioso homenaje a Groucho Marx, con la canción del capitán Spaulding de El conflicto de los Marx (Animal Crackers, Victor Heerman, 1930), al final de esta comedia musical de Woody Allen para desear a nuestros queridos escalones unas felices fiestas.

¡Feliz Navidad y próspero -y tranquilo- 2022!

Música para una banda sonora vital: El profesional (Le professionnel, Georges Lautner, 1981)

Chi Mai, tema principal de Ennio Morricone para esta irregular película de acción, ha adquirido nueva dimensión tras servir como homenaje musical a Jean-Paul Belmondo en las honras fúnebres de estado celebradas en su memoria el pasado septiembre en París. Hasta entonces, era el tema pegadizo (y pegajoso) y machaconamente repetido, a veces sin ton ni son, cada vez que asomaba Belmondo en el tramo inicial de esta imperfecta y, por momentos, sonrojante historia de un agente francés abandonado a su suerte en un país africano al que ha sido enviado en misión secreta, y que retorna años después para vengarse de sus superiores.

Dieta mediterránea: Signos de Vida (Lebenszeichen, Werner Herzog, 1968)

Signos de vida (Lebenszeichen, 1968) - Werner Herzog

Antes de que el espectador se haga una composición de lugar, la reconocible música de Stavros Xarhakos le sitúa en Grecia, país escogido en esta ocasión por el cineasta alemán Werner Herzog para otra de sus películas aparentemente minimalistas que alternan el conflicto de personajes con el documentalismo etnográfico. El punto de interés añadido es el tiempo elegido, la Segunda Guerra Mundial, y el contexto, la ocupación alemana de Grecia. Tras la ofensiva relámpago en Creta, Stroszek (Peter Brogle), un paracaidista alemán herido, es instalado en una vivienda particular hasta que se reponga de sus lesiones. Recobrada la salud y casado con Nora, la joven griega que hizo de enfermera (Athina Zacharopoulou), es destinado a la isla de Cos (o de Kos), en el Dodecaneso, junto a otros dos soldados convalecientes, Meinhard (Wolfgang Reichmann) y Becker (Wolfgang von Ungern-Sternberg), para hacerse cargo de la custodia de un polvorín del ejército griego, con munición obsoleta o incompatible con las armas alemanas, que se encuentra dentro del antiguo y enorme castillo de la isla (el castillo de Neratzia), construido por los caballeros de la Orden de San Juan durante los siglos XIV y XV, que se erige en la costa y está separado de la ciudad por un puente levadizo. Convertido en zona militar, y sin actividad en la zona de los partisanos, la estancia en el castillo empieza como unas vacaciones, de luna de miel para el joven matrimonio, de verano para sus acompañantes, pero poco a poco el tedio, el calor sofocante y la rutina de los días van haciendo mella en el grupo. Meinhard pasa la mayor parte del tiempo poniendo trampas para capturar cucarachas o intentando pescar algo en el mar; Becker, que es más culto y tiene formación universitaria, se dedica a traducir las inscripciones de los abundantes restos arqueológicos griegos, romanos o venecianos que contiene el castillo. Stroszek y Nora, que al principio viven su particular eclosión amorosa, van sucumbiendo igualmente a la repetición de las jornadas y al lento paso del tiempo, hasta que conciben un pequeño plan particular, hacer fuegos artificiales con la pólvora de las armas viejas guardadas en el polvorín.

Signs of Life (1968) - IMDb

Las evoluciones de los personajes se combinan en este primer tramo con la observación casi documental de los paisajes y la naturaleza y del entorno urbano y los habitantes de la isla, por la que los alemanes campan sin reacciones hostiles de los autóctonos, en particular de los niños, que siempre rodean a los soldados cuando salen del castillo. La playa, la pesca, las barcas, los campos y los montes son los espacios y los temas de conversación (el alemán y el griego coexisten en la narración; solo el personaje de Nora pronuncia diálogos en ambas lenguas), y también el objeto de interés de la cámara de Herzog, que dedica largas tomas a reflejar la calma del entorno en contraste con los adivinados y nada lejanos escenarios bélicos de la guerra. Progresivamente, sin embargo, la trastornada deriva de Stroszek, su inestabilidad mental derivada de la inacción, del aburrimiento, del calor, de la incertidumbre por el futuro, por un posible retorno a Alemania, altera todo el panorama. Haciéndose fuerte en el castillo, iza una bandera blanca y hostiga a todos con sus disparos desde las almenas, tanto a sus compañeros de armas como a su esposa y, por supuesto, a los isleños. Sus superiores deben tomar cartas en el asunto, y a las insuficientes medidas médicas iniciales, no tardan en sucederlas los planes militares para irrumpir en la fortaleza y reducirle o, incluso, matarle.

La clave de la película se encuentra en su título. ¿Cuáles son los signos de vida, más allá a los que manifiesta un herido en su recuperación, a los que se refiere Herzog, autor también del guion? La película se dedica a desgranar distintos niveles de ellos en contraposición a la muerte y la destrucción total que implica la guerra, en particular una tan devastadora y aniquiladora como la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, los signos de que la vida de las personas continúa su curso lejos del frente: el matrimonio entre una griega y un alemán, la vida plácida en Kos, apenas alterada por las convulsiones de la guerra, que transcurre en calma, al ritmo de las campanas, de los días de mercado y de las horas de las comidas, y en armonía con el mar y la naturaleza. En segundo término, los signos de vida de esta, la naturaleza, el oleaje, los peces y las barcas de pesca, las chicharras, las ovejas, los pastores que viven aislados de la ciudad en los cerros y las partes altas (en particular, cuando Stroszek, antes de su caída, solicita volver al servicio activo y que se le incluya entre los soldados que patrullan a pie el campo), el sol, las nubes y la lluvia, pero también las cucarachas que intenta capturar Meinhard con las complicadas trampas que diseña. En tercer lugar, los signos de vida de la historia, la propia fortaleza, principalmente, las inscripciones antiguas, los restos de mosaicos, de columnas, las voces y los ecos de un pasado que entre el mito y la historia de los antiguos griegos y el medievo de turcos y venecianos resuenan con cada golpe de mar o flotan en cada vistazo dentro y fuera de las murallas. Por último, los signos de vida de la inquieta mente de Stroszek, que no se resigna al enclaustramiento al que le someten la guerra y el tedio, que se rebela, un tanto absurda e inoportunamente, poniendo en riesgo su vida y la de todos, preguntándose por el estrecho futuro que le espera e intentando construir una alternativa, y que contrapone la belleza inofensiva de los fuegos artificiales sobre el majestuoso perfil del castillo, sus baluartes y sus torres en el cielo estrellado de Kos a las ausentes explosiones de las bombas y los obuses, a los tiroteos, la destrucción, los escombros y las ruinas.

Basada libremente en un relato de Ludwig Achim Von Arnim publicado en 1818, la oscuridad alegórica, por momentos perturbadora e incómoda, del argumento contrasta con la luminosidad y la placidez del entorno, y la pesadez general del conjunto se rompe continuamente con pequeños destellos, animados detalles imbuidos de lírica. Herzog no filma la guerra, no le interesa. Incluso en la conclusión, cuando las fuerzas alemanas de Kos asaltan la fortaleza para desalojar de ella a Stroszek, las operaciones, las estrategias, la coordinación de esfuerzos, no pasan de la mesa de mapas o del esbozo de la toma de posiciones por los soldados, no hay más explosiones o disparos que los propios de los fuegos de artificio en el cielo nocturno. La guerra no constituye una prueba ni un signo de vida, y por eso la película la rehúye. La cámara se detiene, a menudo morosamente, en la observación del pálpito de la vida en las pequeñas cosas, y en particular en la rebelión de esta contra la nada absoluta de la guerra. La voz en off que guía de vez en cuando al espectador sobre las reflexiones de Stroszek y los sucedidos que le acontecen le acompaña también cuando sigue a la cámara en su marcha de la isla, y los signos de vida se pierden entre el silencio y el polvo del camino.

Música para una banda sonora vital: Bienvenido, Mr. Chance (Being There, Hal Ashby, 1979)

Versión de Also sprach Zarathustra (Así habló Zaratustra) a cargo del músico brasileño Eumir Deodato que acompaña la banda sonora que Johnny Mandel compuso para esta magnífica sátira de la política americana, claramente premonitoria, visto lo visto, de lo «fácil» que puede resultarle a un tremendo idiota acceder a la Casa Blanca. Alta y muy inteligente comedia que, por situarla en términos comparativos, mejora con mucho lo bueno que pueda tener Forrest Gump y no tiene nada de lo mucho que a esta le sobra.

Mis escenas favoritas: Esa pareja feliz (Luis G. berlanga, Juan Antonio Bardem, 1951)

Parodia de las películas historicistas de la productora valenciana Cifesa durante el primer franquismo, esta secuencia de Esa pareja feliz, comedia iniciática de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, y para muchos piedra angular del cine español «moderno», presenta a Lola Gaos (cuyo centenario se ha cumplido hace unos días) precipitándose, más de lo que cree, por la muralla de Palencia… y por la precariedad de medios de aquel cine casi artesanal de la posguerra.

Imitando a Orson Welles: Rififí en la ciudad (Vous souvenez-vous de Paco?, Jesús Franco, 1963)

Rififi en la ciudad – La abadía de Berzano

Vaya por delante que esta coproducción hispano-francesa de la primera etapa, y mejor, como director de Jesús Franco nada tiene que ver con el clásico Rififi (Du rififi chez les hommes, 1955), dirigido por Jules Dassin, más allá de la común presencia en el reparto de Jean Servais. Su título es una burda maniobra publicitaria de la productora Albatros para conectar comercialmente esta modesta aunque interesante cinta de intriga con aquella obra maestra del subgénero de robos y atracos (basada en la novela de Charles Exbrayat, coautor también del guion, en Francia, sin embargo, conservó el título original de esta). Lo que sí es la película, al menos en cierto modo, es un homenaje, un tributo o un compendio de los intereses y de las maneras de filmar de Orson Welles, del que Franco había sido colaborador y ayudante de dirección en sus rodajes españoles, lo que se trasluce tanto en el guion como en su traslación a fotogramas, además de en el tono y en la atmósfera general.

En un indeterminado país centroamericano, en los mismos días en que el potentado Leprince (Servais), un inmigrante francés que ha hecho fortuna, presenta su candidatura al Senado, Juan Solano (Serafín García Vázquez), confidente de la policía y camarero del populoso cabaret Stardust, propiedad (como tantas cosas) de Leprince, desaparece justo cuando se disponía a reunirse con su protector, el sargento detective Miguel Mora (Fernando Fernán Gómez), para comunicarle la implicación de su jefe en toda una serie de negocios sucios, entre los cuales el no menor es el tráfico de drogas en toda Sudamérica, y facilitarle las pruebas decisivas para su procesamiento; lo que, a su vez, causará su caída en desgracia precisamente en el momento de su pleno ascenso a la cumbre política del país. El posterior hallazgo del cadáver de Solano desquicia a Mora, que, saltándose todo procedimiento, acude directamente a Leprince y le amenaza, lo cual, además de proporcionarle una buena paliza a manos de los hombres de Leprince, le aleja temporalmente de sus responsabilidades en la policía. Paralelamente, empiezan a ser asesinados varios de los esbirros de Leprince, Rivera (Agustín González) y Chico Torres (Davidson Hepburn), los supuestos asesinos de Solano, al tiempo que Leprince empieza a recibir anónimos que le avisan de las muertes inminentes de otros de sus hombres, y de la suya misma como colofón. La trama se asienta, por tanto, sobre tres patas: los esfuerzos de Mora por desenmascarar a Leprince, los asesinatos de sus hombres en venganza por la muerte de Solano y la incipiente carrera política populista de Leprince.

Rififi en la ciudad – La abadía de Berzano

La película es una estimable, aunque en última instancia no demasiado sólida, combinación de subgéneros adscritos al thriller. En primer término, es una investigación policial para el descubrimiento y detención de los asesinos de Juan Solano y del cabecilla de una red de narcotráfico que se camufla bajo el aura de respetabilidad de un próspero industrial y comerciante (además del Stardust posee varios negocios en agricultura, exportación e importación, e incluso petróleo). Por esta vía, la película sigue los cánones del cine policial, con las tensiones entre el detective y su superior, el comisario Vargas (Antonio Prieto), las operaciones desarrolladas al margen del procedimiento, las consabidas amenazas de suspensión del servicio, etc., etc. La desaparición del testigo principal abre además el choque de fuerzas entre el policía solitario que actúa por su cuenta y los matones del sospechoso, que actúa como un gángster (incluyendo su romance con la cantante estrella del cabaret, Nina Laverne, interpretada por Maria Vincent, que devendrá en inesperada colaboradora de Mora). Los ribetes de cine político vienen incorporados por la carrera que Leprince inicia para su elección al Senado, en la línea de las películas que reflejan la voluble política de los países latinoamericanos en estado prerrevolucionario o incluso dictatorial (el poder económico de Leprince le garantiza una enorme influencia política y social, lo que le aproxima a la impunidad). En último extremo, se añade una gota de película de asesinos psicópatas, con esas muertes selectivas, anunciadas además mediante notas anónimas, que se cometen siguiendo siempre un mismo modus operandi y sin que el espectador pueda ver otra cosa del criminal que su cuerpo cubierto con un chubasquero y la navaja con la que perpetra los asesinatos. Todo encaminado, por un lado, a revelar la verdadera naturaleza maléfica de Leprince, y por otro, a descubrir que Juan Solano, hombre joven y apuesto, era, además de confidente de la policía, todo un donjuán que se llevaba de calle a las mujeres, entre ellas la misma Nina, Juanita (Dina Loy), secretaria en los astilleros de Leprince que, sin embargo, maniobra en su contra como expresión de algo parecido a una resistencia popular (apoyada por su amigo Manolo, interpretado por Luis Marín) o la propia esposa de Mora, Pilar (Laura Granados).

RIFIFI EN LA CIUDAD | EL FRANCONOMICON / I'M IN A JESS FRANCO STATE OF MIND

La película avanza así hacia una conclusión, por una parte, en cierto grado previsible, y por otra, hacia un final sorpresa, al menos en cuanto a la identidad del asesino de los hombres de Leprince, y aspirante a facilitar la muerte de este. El progresivo desvelamiento de detalles sobre la oscura trama que encabeza Leprince, sus sucias maniobras políticas (solamente apuntadas, a excepción de ese mítin en el que emplea todos los medios populistas a su alcance) y sus crímenes (la muerte de Solano), además de la paralela investigación (no muy desarrollada) para la averiguación de la autoría de las muertes de los hombres de Leprince, van acompañados de un inusual ejercicio de la violencia como expresión de una infrecuente brutalidad para el cine español (así, la aparición del cadáver de Juan Solano, la metódica paliza que recibe el personaje de Fernán Gómez, las secuencias de los apuñalamientos, el tiroteo en el interior del Stardust o la de los personajes de Mora, Nina o el propio Leprince…). En particular, destaca el personaje secundario que compone Agustín González, también infrecuente para él, un bailarín homosexual (resulta realmente chocante asistir a la interpretación amanerada del actor) que en realidad actúa como matón de Leprince, un matón con tintes sádicos que parece disfrutar, y a la vez atormentarse, con la brutal violencia ejercida sobre sus víctimas.

Con todo, más que la trama y el tiovivo necesario para su resolución, aunque interesantes, lo más destacable, además de ver cómo la Costa del Sol del rodaje pasa por el país ribereño del Caribe donde transcurre la historia (ayuda fundamental es la música, por más que los ritmos cálidos de la música tropical vengan subrayados en francés por las actuaciones de Marie Vincent), es contemplar el ejercicio de emulación que Jesús Franco hace de las técnicas, las estéticas y las temáticas wellesianas: primerísimos planos de caras que ocupan toda la pantalla, personajes filmados a través de objetos, empleo de planos inclinados, uso de la profundidad de campo, picados que remarcan la soledad de los personajes en un entorno hostil o amenazante, contrapicados que muestran los techos de las habitaciones y provocan la sensación de agobio y asfixia propia del cine negro, un ambiente cosmopolita para una intriga que gira en torno al pasado de un hombre, los efectos de la corrupción política y policial o la figura de un gigante tiránico que ejerce un dominio implacable sobre sus semejantes, signos técnicos y temáticos que revelan la gran influencia de Orson Welles como mentor en su, por entonces, aventajado discípulo español. Una influencia que, una vez pasados esos primeros años de la carrera de Franco, se diluyó con el resto de la trayectoria del cineasta.