Mis escenas favoritas: Vida de perro (Dog’s life, Charles Chaplin, 1918)

Unos cuantos años antes de afeitar a un señor al ritmo de Brahms en El gran dictador (The great dictator, 1940), Charles Chaplin ya hizo de las suyas junto a la silla del barbero en este mediometraje de 1918.

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El cine de las ilusiones de Paul Auster

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El cine de las ilusiones

Nuestras vidas realmente no nos pertenecen, pertenecen al mundo, y a pesar de nuestros esfuerzos por darle un sentido a éste, el mundo es un lugar que va más allá de nuestro entendimiento.

Paul Auster

Resulta corriente leer en la mayor parte de las reseñas y ensayos críticos sobre la obra literaria del norteamericano Paul Auster (Newark, New Jersey, 1947) que, por encima del alto contenido autobiográfico y de la mágica atmósfera con la que suele recubrir sus historias, son dos las notas principales que jalonan su universo creativo. La primera de ellas es la incidencia del azar, de la suerte, de los fenómenos imprevistos e incontrolables, en la vida de las personas para bien y para mal o incluso sin que pueda llegarse a determinar la naturaleza positiva o negativa de su influencia. La segunda, que su literatura se construye internamente de forma similar a las cajas chinas o a las matrioskas, de manera que sus libros están plagados de cuentos, relatos e historias de diversa procedencia y con múltiples narradores, los cuales, todos juntos y a través de un subterráneo hilo conductor están al servicio de una idea principal que termina culminando en un todo completo e indivisible.

Estas notas van más allá del mero recurso narrativo para constituir un punto de vista para sus historias que permita a Auster explorar lo que de verdad le interesa de sus personajes, su capacidad para enfrentarse a lo inesperado. Tanto en su literatura como en su cine Paul Auster no hace sino reflejar aspectos cotidianos y comunes a todos los seres humanos que no por pasarnos desapercibidos dejan de estar ahí. El propio autor es un ejemplo de ello, basta recordar episodios de su propia vida como la muerte de su amigo Ralph, fulminado a su lado por un rayo durante una excursión o la copiosa herencia recibida tras la inesperada muerte de su padre que le permitió abandonar su empleo de fracasado cronista deportivo y volcarse en la escritura.

Auster escribe sobre el azar porque es consciente del papel decisivo que la suerte ha tenido en su vida, una vida que como cualquier otra no es ajena tampoco a poder explicarse como un juego de matrioskas. La literatura y el cine de Paul Auster se nutren de esta compleja red tejida de coincidencias y caprichos del destino, aunque el grado de aceptación final de sus dos vertientes creativas difiera notablemente. Quizá ello se debe a que las películas dirigidas en solitario por Auster parecen estar indisolublemente unidas a los temas y atmósferas que constituyen el microcosmos de sus novelas como una consecuencia lógica o una extensión natural de ellas. De ahí que para muchos espectadores, especialmente los no iniciados en su literatura, el cine de Paul Auster resulte inaccesible y carezca de valor por sí mismo como producto cinematográfico.

La cinefilia de Auster es evidente para quien conozca superficialmente sus libros. Son frecuentes sus referencias a películas, actores y actrices, a salas de proyección, e incluso el cine y sus profesionales han llegado a superar su condición de esporádico ingrediente de la trama para convertirse en uno de los pilares fundamentales de la narración. Sin embargo, la relación de Paul Auster con el cine comienza en los primeros años setenta del siglo XX, cuando, licenciado por la Universidad de Columbia y volcado en su oficio de traductor y en su naciente vocación poética, viaja a Francia para conocer la obra de Baudelaire, Rimbaud y Verlaine. En París, tras un frustrado intento de ingreso en el Institut des Hautes Éstudes Cinématographiques, empieza a escribir guiones para películas mudas inspirados en Buster Keaton.

Sus posteriores éxitos literarios en Estados Unidos le vuelven a acercar al cine en 1990, cómo no, por influencia de la casualidad. Wim Wenders no consigue productor para adaptar algunas de sus historias a la gran pantalla, pero Auster publica dos obras que serán el origen de dos películas, la novela La música del azar y el relato publicado en prensa Cuento de Navidad de Auggie Wren. Philip Haas adquiere los derechos de la novela para su debut en el largometraje de ficción, (The music of chance, 1993). Con un estupendo reparto (James Spader, Mandy Patinkin, Chris Penn, Charles Durning, Joel Grey, M. Emmet Walsh, Samantha Mathis…), la complejidad inherente a su traducción en imágenes hace que el resultado no sea propiamente una película de Auster. El tratamiento cumple con la idea del azar como elemento crucial de la acción, pero el guión mutila muchos de esos recovecos que convierten cualquier obra de Auster en un mágico caleidoscopio de historias que se contienen y explican unas con otras. La brevedad del filme y la necesidad de concentrar lo principal del relato hacen que el conjunto sea estimable pero no la más adecuada traducción del universo austeriano a la pantalla, por más que cuente con el mismísimo escritor en una breve aparición. Continuar leyendo “El cine de las ilusiones de Paul Auster”

Música para una banda sonora vital: Granujas a todo ritmo (The blues brothers, John Landis, 1980)

-Oiga, ¿qué clase de música tienen aquí?

-Oh, de las dos clases: country y western.

Eso responde la dueña de un garito de carretera donde The Blues Brothers se detienen una noche de sábado, usurpando la actuación de otro grupo, con el único interés de hacer caja. Allí se ven obligados a complacer a un exigente público del Medio Oeste, poco receptivo al soul, interpretando la banda sonora de la teleserie Rawhide, la misma que puso a Clint Eastwood en la órbita de Sergio Leone.

Mis escenas favoritas: El furor del dragón (Return of the Dragon/Meng long guojiang, Bruce Lee, 1972)

Mezcla de comedia (por momentos, incluso involuntaria) y una profunda cutrez visual, esta película fue concebida y ejecutada por Bruce Lee para su propio lucimiento. Como siempre en estos casos, la pregunta que surge es: ¿por qué no le atacan todos a la vez?

A Don. A Sergio. A Clint, unos días después de su 88 cumpleaños.

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A Don. A Sergio

Me gustan los héroes de hoy, con sus debilidades, su falta de rectitud moral y su toque de cinismo. En los tiempos del código Hays no podías disparar hasta que no te disparaba otro. Pero si alguien intenta matar a mi personaje, le pego un tiro por la espalda.

Clint Eastwood

En la breve y concisa dedicatoria de Sin perdón (Unforgiven, 1992) resume Clint Eastwood la deuda contraída a lo largo de tres lustros con sus dos mentores ya fallecidos entonces, Sergio Leone, a cuyas órdenes intervino en la célebre “Trilogía del dólar”, también llamada “Trilogía del hombre sin nombre”, entre 1964 y 1966, y Don Siegel, con el que filmó cinco películas entre 1967 y 1979, entre ellas las imprescindibles El seductor (The beguiled, 1971) y Harry el sucio (Dirty Harry, 1971), y la, de algún modo, síntesis entre ambos cineastas, Dos mulas y una mujer (Two mules for sister Sara, 1970), western de Siegel ambientado en México y protagonizado por un Eastwood en la línea Leone, aunque más humanizado. El resto de la filmografía de Eastwood, ya sea como director y productor de sus películas más personales, ya como actor en westerns, thrillers o películas de acción e ironía puramente comerciales dirigidas por personal de segunda fila en nómina de Malpaso, es heredera directa de los personajes y temas, de las estéticas y el arte de narrar de sus dos principales maestros, si bien desde su debut tras la cámara con Escalofrío en la noche (Play ‘Misty’ for me, 1971), formalmente plagada de referencias a Siegel (que actúa en la película interpretando a Murphy, el barman) y, en menor medida, a Leone, hasta sus trabajos más reconocidos por crítica y público, Eastwood ha logrado una perfecta simbiosis de ambos estilos, ha depurado su estética y su lenguaje visual, ha incluido un tratamiento especial, muy ligado a sus gustos, de las músicas y bandas sonoras de sus películas, incluso a veces como parte fundamental del argumento de algunos de sus filmes, y ha añadido a su registro como autor ocasionales y muy celebradas incursiones en el drama sentimental, con o sin toques de intriga. La huella de ambos directores impregna no sólo buena parte del tratamiento visual y de los temas abordados por Eastwood, sino que se siente respirar bajo los personajes que ha encarnado en su larga carrera como actor, iniciada en la televisión de los cincuenta y finalizada, y no por casualidad, con Gran Torino (2008).

Dos de los grandes éxitos logrados por Eastwood en los últimos tiempos están filmados sin perder de vista el cercano fin de su trayectoria, en clave de balance y despedida, de tributo a quienes lo situaron, personal y profesionalmente, en el panorama cinematográfico mundial. Precisamente Sin perdón, su consagración como director entre el gran público, es el primer eslabón de esta cadena más allá de la dedicatoria a sus amigos. William Munny no es más que el metafórico compendio de todos esos forajidos que, partiendo del antihéroe sin nombre del purito y el poncho (adquirido por el actor e incorporado al personaje con la aquiescencia de Leone) y pasando por el mercenario gringo de Siegel o los pistoleros encarnados en westerns como Cometieron dos errores (Hang’em high, Ted Post, 1967) o Joe Kidd (John Sturges, 1972), transita por los protagonistas de los dirigidos por el propio Eastwood, Infierno de cobardes (High plains drifter, 1972), El fuera de la ley (Outlaw Josey Wales, 1976) y sobre todo su inconfeso remake de Raíces profundas (Shine, George Stevens, 1953), El jinete pálido (Pale rider, 1985), hasta converger en el asesino de mujeres y niños de Missouri. Eastwood no sólo se despide de Leone y del personaje al que debe al menos la mitad de su reconocimiento, sino que filma la definitiva muerte del western. En la última secuencia, la encarnación del diablo que es William Munny, un hombre de otro tiempo, de otro mundo, que ya ha perdido su lugar en el progreso que llega inexorable en forma de ferrocarril, se pierde en la noche, se desvanece entre las sombras tras emitir su última amenaza, su maldición de terror y muerte, siempre con el temor de su regreso rondando los labios sellados de los testigos de su último tributo de fuego y sangre. Muchos años después, “El Rubio” ya tiene nombre. Se han rodado más westerns, pero no han logrado borrar la huella del fantasma de Munny, su silueta a caballo al fondo de la calle en una noche de lluvia torrencial, siempre con esa aura sobrenatural que ha acompañado al pistolero del poncho, el puro y la barba de diez días durante treinta años, camino de la nada de la que surgió, rifle en mano y sin mirar atrás.

Lejos del gran presupuesto, del excepcional reparto y de la majestuosidad y solemnidad formal de Sin perdón, Gran Torino se erige sin embargo, aunque a primera vista no resulte obvio, en su hermana pequeña. Al igual que en Million dollar baby (2004) Eastwood parece haber dicho adiós a los intensos dramas de personajes en los que se reservaba el papel de tipo duro de trasfondo sentimental alejado (no del todo) de pistolas y revólveres que han constituido la tercera pata de su filmografía desde su debut en la cámara hasta Los puentes de Madison (The bridges of Madison county, 1995), pasando por antihéroes decadentes como Bronco Billy (1980) o el Red Stovall de El aventurero de medianoche (Honkytonk man, 1982), en su última aparición como actor todo gira en torno a una apoteosis final que liquida para siempre las diversas caracterizaciones que ha interpretado del personaje de Harry Callahan, esta vez en la piel de Walt Kowalski, un veterano de la guerra de Corea que vive en un barrio plagado de inmigrantes que, al igual que ocurre con el personaje de William Munny respecto a los pistoleros, contiene a todos los policías, soldados, investigadores, prófugos y en general tipos duros con tendencias violentas, incluido el trasunto de John Huston que Eastwood encarnó en Cazador blanco, corazón negro (White hunter, black heart, 1990), que ha interpretado en su carrera.

Desarrollada sin estridencias, contada en clave intimista y con ritmo pausado, todo parece construido con una suavidad y ligereza premeditadas en torno a algunos de los temas predilectos de Eastwood (la ausencia de fe, las secuelas de la violencia en quienes la han ejercido, las relaciones del individuo con el poder) para acentuar el contraste con la colosal, excesiva, desmesurada conclusión que no es sino una nueva despedida, esta vez de la serie de películas del detective Harry de San Francisco (en los primeros momentos del proyecto se habló de que el guión recogía precisamente la última historia de Harry Callahan), de Don Siegel y de toda la parte de su filmografía que ha ido ligada a la guerra, al crimen o al ejercicio de la violencia en un marco contemporáneo como críticas al poder político y económico que los fomentan y controlan para velar por sus intereses sin ponerse en riesgo. Una reflexión sobre la justicia y el sacrificio que, en clave de la propia obra de Eastwood, supone revisar el ideario y el comportamiento de todos aquellos personajes que han alardeado de rudeza, violencia e indiferencia por sus semejantes y que por muchos han sido interpretados erróneamente como fascistas o racistas cuando en realidad, como ha quedado plasmado en su dupla de filmes sobre la batalla de Iwo Jima, Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006) y la superior Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006), o en menor medida en sus últimas películas estrenadas hasta la fecha, El intercambio (Changeling, 2008) e Invictus (2009), los dardos de Eastwood van dirigidos contra un poder que, especialmente cuando lleva el apellido “democrático”, rara vez proporciona, sino que al contrario, limita, pervierte, la libertad y el bienestar que promete a los ciudadanos.

Como antiguo brazo ejecutor de ese poder, Walt Kowalski no puede disolverse como William Munny en las brumas del tiempo. Su único final posible es el reconocimiento de sus errores, la redención de sus pecados a través del sacrificio ritual de una catarsis violenta.

(de 39estaciones. De viaje entre el cine y la vida, Zaragoza, Eclipsados, 2011)

Música para una banda sonora vital: Simbad y la princesa (The 7th voyage of Simbad, Nathan Juran, 1958)

La carrera de Bernard Herrmann en la composición de música para el cine va mucho más allá de sus trabajos para Alfred Hitchcock. Debutó en 1941 a las órdenes de Orson Welles y cerró su trayectoria con dos trabajos de altura, para Martin Scorsese y Brian De Palma. Además de sus partituras para el Mago del Suspense, su obra ofrece maravillas como esta que adorna una de las más celebradas y vibrantes aventuras cinematográficas de Simbad el marino, el personaje clásico de Las mil y una noches.

Mis escenas favoritas: J. F. K.: caso abierto (J. F. K., Oliver Stone, 1991)

Esa bala loca… Uno de los momentos cumbre de esta obra monumental de Oliver Stone.