Damnificados del amor, ¡uníos!: Sueños de un seductor

Tras el éxito de sus dos primeras películas, Toma el dinero y corre (1969) y Bananas (1971), Woody Allen se puso a las órdenes de Herbert Ross -director que destaca, por encima de sus muchas comedias ochenteras de perfil bajo y musicales más bien horteras, como Footloose, por Adiós, Mr. Chips, (1969)- para adaptar y protagonizar en la pantalla la versión cinematográfica de su reciente éxito teatral en Broadway, Sueños de un seductor, acompañado de los mismos actores junto a los que se había subido a las tablas neoyorquinas, Tony Roberts, y la que a la larga sería una de sus más importantes musas y ex parejas, Diane Keaton.

Allen se zambulle en un personaje a su medida: Allan Felix, neurótico, inseguro, patético, cinéfilo, escritor de críticas cinematográficas en periódicos y revistas de medio pelo (no, quien escribe no habla de él mismo, se limita a describir el personaje de Woody), que acaba de ser abandonado por su esposa. Compadeciéndose de sí mismo, hundido en la desesperación (repetimos, este texto habla del personaje de Allen), sólo sus amigos Dick (Roberts) y Linda (Keaton), un matrimonio que parece vivir feliz, se empeñan en que supere esa temporal situación de soledad y se anime a salir para conocer otras mujeres. Bueno, no sólo ellos, porque la cinefilia de Felix encuentra una exótica plasmación real: el espectro de Bogey (Jerry Lacy), caracterizado en su personaje de Rick en Casablanca, es su Pepito Grillo particular: aparece en el momento más inesperado y le da consejos, le ofrece respuestas a sus dudas sobre el amor y las relaciones con el bello sexo según los cánones que los personajes interpretados por Humphrey Bogart seguían en sus célebres películas, especialmente en su desdén y distancia hacia las mujeres que decía amar.

Así, Felix intenta rehacer su patética vida, saliendo con alguna mujer, escapándose al campo y a la playa con su pareja de amigos (momentos que Woody aprovecha para retratar de manera sarcástica su recelo hacia los entornos no urbanos) y fantaseando acerca de un futuro esplendoroso en el que las mujeres acudan a él como un imán erótico. Sin embargo, nada más lejos de la realidad; sus desastres son continuos hasta que, casi sin querer, va dándose cuenta de que sus fracasos se deben a que es incapaz de ser él mismo ante una mujer que no sea Linda, que con ella se siente bien, que le tiene afecto, que la aprecia, que la ama… Continuar leyendo “Damnificados del amor, ¡uníos!: Sueños de un seductor”

Lección de interpretación de Peter O’Toole: Venus

venus

Aunque ha participado en unos cuantos proyectos más desde entonces, es Venus, de Roger Michell (2006), la última ocasión en que Peter O’Toole, actor de amplia y muy irregular filmografía (nos quedamos con lo mejor, Lawrence de Arabia, Becket, Lord Jim, La noche de los generales, El león en invierno, Adiós Mr. Chips o El último emperador), nos ha obsequiado una vez más con una interpretación memorable encarnando de nuevo a un personaje carismático y atormentado al estilo de los que le han dado fama y reconocimiento pero con tintes mucho más amables que de costumbre, gracias al cual obtuvo una nominación al Oscar. Esta vez da vida a Maurice, un actor en los últimos momentos de su carrera que todavía realiza pequeños papeles televisivos y cuyos momentos de ocio transcurren en compañía de sus camaradas Ian (Leslie Philips) y Donald (Richard Griffiths), actores jubilados como él. Los tres se reúnen diariamente en un bar para hablar del pasado y del presente, chincharse, lanzarse dardos irónicos y tomar una copa en un ambiente de camaradería y recuerdos. Al menos es así hasta que Ian manifiesta su preocupación por la llegada de Jessie (Jodie Whittaker), la hija adolescente de su sobrina, que viaja a Londres para atenderlo como enfermera las veinticuatro horas por la falta de alicientes y de posibilidades laborales en el campo. La chica modosita, tímida y apocada amante de la vida tranquila y de la música de Bach que él espera es una joven muy distinta, devota de la comida basura, sin experiencia como enfermera y con un gusto por las bebidas alcohólicas impropio para su edad.

Curiosamente, y utilizando como metáfora de su relación la historia que rodea la pintura de Velázquez La Venus del espejo, será Maurice y no Ian quien conecte más fácilmente con la recién llegada, de manera que las cada vez más horas que comparten y que sirven a Ian para escapar de la perniciosa, para él, influencia de la joven, les ayudan a establecer un extraño vínculo que se mueve en el fino límite de la amistad, la relación paterno-filial, el nacimiento a la vida adulta, el último aliento de deseo carnal de un anciano, la necesidad de paliar sus respectivas soledades y, sí, también el amor, extraño, entre crepuscular, ingenuo y morboso, pero amor. Así, Jessie se abrirá a un mundo que desconoce (los teatros, los museos, las tiendas caras de la City) y Maurice sentirá nostalgia por un tiempo que ya hace mucho que pasó, volviendo a sentirse joven al internarse con una chica joven en la vida nocturna de Londres; sólo su trabajo y su mujer (Vanessa Redgrave), con la que ya no vive pero con la que sigue manteniendo el trato, pone un punto de sensatez en su vida.
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