Mis escenas favoritas: Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941)

Vaya por delante que hacer listas de películas, “las mejores de…”, como de cualquier otra cosa, le parece a quien escribe una absoluta gilipuertez. Un producto de la actual cultura del ránking, que necesita, al parecer, clasificarlo, categorizarlo, priorizarlo todo, en un absurdo alarde publicitario de esa tontería de nuestro tiempo, mandamiento supremo de la sociedad de consumo, que consiste en convertir en sinónimos los términos “más” y “mejor”.

Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941) ha encabezado, y periódicamente vuelve a encabezar de vez en cuando (porque algo intrínseco de esas listas es que estén renovándose continuamente, para multiplicar las posibilidades de negocio y que el rendimiento de los productos nunca se detenga) esas listas de mejores películas de la historia que, en teoría, pretenden seleccionar y lo que hacen en realidad es limitar, ignorar, ocultar. En cualquier caso, la película de Welles merece atención y justo reconocimiento porque la cantidad y la calidad de las cualidades cinematográficas que atesora son impagables, inagotables, ineludibles. Valgan como muestra dos secuencias que prueban que continente, contenido y mensaje forman un todo indivisible cuando hablamos de cine en estado puro, de arte cinematográfico con mayúsculas.

La tienda de los horrores – El conquistador de Mongolia (The conqueror, Dick Powell, 1956)

El conquistador de Mongolia_39

Visto el resultado de El conquistador de Mongolia (The conqueror, Dick Powell, 1956) cabe deducir que fue concebida y ejecutada en estado de embriaguez colectiva, o bien que la filmación en los desiertos de Utah cercanos a las áreas que el ejército americano utilizaba para experimentar con explosiones atómicas se contagió de un efecto colateral de la radiación que condujo inevitablemente al rodaje de un churro en toda regla. No hay más que ver a John Wayne maquillado como oriental (su caracterización más absurda, a la que se suma aquella cinta religiosa en la que interpretó a un centurión romano), o pensar que Susan Hayward, actriz de piel blanca, ojos verdes y melena pelirroja, de genes indiscutiblemente irlandeses, pudiera pasar por princesa tártara. Por no hablar del mexicano Pedro Armendáriz como más leal escudero de Temujín, el futuro Gengis Khan, que es de quien va la película.

El caso es que la historia tiene una vertiente seria: como es sabido, un altísimo porcentaje de miembros del equipo técnico y artístico de la película, empezando por el trío protagonista (Wayne, Hayward, Armendáriz) y el director (Powell), terminaron desarrollando cánceres que les costaron la vida (en el caso del actor mexicano, se mató de un disparo antes de que la enfermedad siguiera su curso), probablemente como efecto de la radiación nuclear soportada durante este rodaje. Más allá de este trágico detalle, todo en la película resulta involuntariamente cómico, incluso descacharrante. En primer lugar, por la increíble elección de un reparto con el que la RKO, cuya desaparición se explica por proyectos como este, buscó la comercialidad sin pensar en el ridículo (Wayne y Armendáriz, los pobres, aunque no son los únicos, son risibles); en segundo término, porque el guión es una castaña infumable, llena de tópicos y lugares comunes, sin tensión narrativa ni dramática de ningún tipo, sin nada original que rescatar; por último, las penosas localizaciones elegidas: la arcilla anaranjada salpicada de verdes matojos y los montes de arenisca recortados contra el cielo azul del horizonte remiten directamente al western, e impiden situar con credibilidad en tal escenario las hordas tribales de los guerreros nómadas tártaros y mongoles.

La historia, además, elige la parte de la biografía de Gengis Khan menos interesante. Porque, a pesar del título original y de su traducción española, en esta película Temujín (el nombre del personaje antes de alcanzar su imperial trono) no conquista nada. Al revés, le dan más palos que a una estera. Si acaso, lo único que conquista, y no se sabe muy bien cómo o por qué, porque al principio la moza está más bien por la labor del descuartizamiento del chavalote, es a la tártara pelirroja, que se encandila de él en el momento más difícil, es decir, cuando Temujín está a merced de sus enemigos, nada menos que el padre y el prometido de la susodicha. El tercer lado del triángulo, el fiel Jamuga (Armendáriz), resulta que no es del todo fiel en ningún sentido, tampoco se sabe por qué: lo mismo se pone como una moto con la pelirroja que, llegado el momento, vende a su querido hermano a sus enemigos, al mismo tiempo que le salva el culo, lucha a su lado, le salva la vida, lo traiciona otra vez… Vamos, que duda más que Descartes. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El conquistador de Mongolia (The conqueror, Dick Powell, 1956)”

Música para una banda sonora vital – Dos del western

Magnífico tema de Ennio Morricone para esta maravilla de western titulado Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the west / C’era una volta il west), dirigido por Sergio Leone en 1968, y que sintetiza mejor que ninguna obra del spaghetti western el espíritu de fusión entre el cine clásico del Oeste, el de los más grandes (Walsh, Hathaway, Hawks, Wyler, Sturges, Daves, Boetticher, entre muchos otros, pero sobre todo, el de John Ford), con las nuevas influencias europeas al unificar en el mismo largometraje el desierto de Tabernas, en Almería, y el auténtico Monument Valley con el perfil de sus rocas de arenisca recortado en el horizonte.

Una verdadera joya, tran grandiosa como las poderorísimas imágenes concebidas por Sergio Leone para revestir esta historia de venganza y almas perdidas en mitad de ninguna parte.

Y de propina, la quintaesencia de las bandas sonoras para el western canónico, el clásico, el de toda la vida, el título principal compuesto por Alfred Newman para La conquista del Oeste (How the west was won, 1962), película codirigida por Richard Thorpe, Henry Hathaway, George Marshall y John Ford que, si quizá no entraría dentro de cualquier catálogo de las mejores cintas del Oeste de todos los tiempos, sí atesora momentos de gran valía, como el breve capítulo sobre la guerra civil dirigido por Ford, así como bellísimas secuencias de exteriores rodadas en el pionero, y pronto relegado, sistema Cinerama.

Dos grandes (I): El gran pecador

El comienzo de El gran pecador (The great sinner, Robert Siodmak, 1949) nos presenta a un barbudo y sudoroso Gregory Peck preso de una especie de fiebre delirante, como una víctima de la malaria o del tifus en una zona tropical. Pero no se encuentra en los trópicos sino en Wiesbaden, una elegante, monumental y muy concurrida ciudad balneario de Hesse (Alemania) que gracias a la llamada de las curas de salud adquirió gran popularidad entre la aristocracia europea del siglo XIX, lo que le permitió desarrollar otros negocios paralelos muy provechosos ligados a la presencia habitual de ciudadanos con posibles, especialmente su Gran Casino, la fuente real y última de todas las desdichas del galán, como no tardaremos mucho en, primero sospechar, y finalmente averiguar cuando Pauline (Ava Gardner) empieza a leer el manuscrito de la última novela que el pobre Fedja (Peck) intenta escribir y que constituye el flashback sobre el que gira la película.

Y es que Fedja (personaje inspirado en El jugador de Dostoyevski, como buena parte del argumento de la película) no tiene otro remedio que apearse en Wiesbaden del tren que le conduce a París cuando se queda inmediatamente prendado de su inesperada compañera de vagón, Pauline Ostrovsky, aristócrata rusa que viaja con carabina (y con su padre, nada menos que Walter Huston) camino del balneario alemán. La atracción automática que siente por ella y el amago de correspondencia a este sentimiento que cree percibir en su gesto al descender del tren le hacen tomar la impulsiva decisión de seguir sus pasos y buscarla por los paseos, jardines, terrazas y grandes salones de la ciudad balneario a fin de lograr su compañía. La película adquiere así en sus primeros minutos un aire de drama romántico-sentimental de corte decimonónico que tiene como marco un lugar idílico en el que la naturaleza vibrante y luminosa se da la mano con el lujo de los palacios brillantes por los grandes candelabros y las arañas que caen de sus altos techos, sus escalinatas y sus salas alfombradas. Así es también el Gran Casino, dirigido por un estirado Armand de Glasse (Melvyn Douglas) que, de inmediato, y aprovechándose de la deuda que el general Ostrovsky ha contraído con el Casino, alternando presiones directas al deudor con favores y benevolencia hacia su persona cuando su hija está delante, se convierte en el principal rival de Fedja en la lucha por conseguir sus encantos. Establecido el triángulo amoroso, la película se concentra en explotar el drama con el Casino y el juego como tema accesorio, como escenario de conflicto en el que el dinero, las deudas de Ostrovsky con De Glasse y la disponibilidad de éste para que Pauline sirva como moneda de cambio dificultan el amor de ésta y el joven escritor Fedja. Un elemento importante, la semilla del meollo de la segunda parte de la película, la más importante, se introduce aquí como avance del drama central que va a sacudir a la joven pareja: el francés Aristide Pitard (Frank Morgan), un hombre consumido por la afición al juego, derrotado por su debilidad, arruinado, que sólo tiene lo puesto, y al que Fedja, nada más regalarle unos cuartos con los que poder pagarse el tren que le permita abandonar Wiesbaden, descubre jugándose de nuevo hasta el último céntimo en la ruleta. Este juego de espejos todavía ignorado por el espectador pero excelentemente colocado en el guión como aviso de lo que viene es otra muestra de la magnífica labor que los grandes guionistas clásicos (aquí Christopher Isherwood) conseguían introduciendo simbolismos, pistas y datos precursores confirmados y utilizados más adelante por la trama para resultar redonda, precisa, milimétrica. Fedja, que se ríe de la debilidad humana y se apiada de quienes destruyen su vida a causa del juego no tardará en verse atrapado en sus garras casi por casualidad.

Y es ahí donde da inicio la segunda parte del filme, con Fedja ansioso por librar a Pauline y al general Ostrovsky de las garras de De Glasse y encontrándose por puro azar ganando dinero fácilmente a la ruleta, cuando el virus del juego se introduce en el protagonista hasta el punto de convertirse en primera y única obsesión, a costa incluso de su naciente y hasta entonces obsesivo amor por Pauline, que no tiene más remedio que apartarse de él y caer precisamente en manos de quien Fedja pretendía evitar. La fiebre de Fedja dejándose todas sus ganancias en la ruleta sirve igualmente de espejo de la que le consumirá al final de la película, que enlaza de nuevo con la escena inicial, y se amplía en el capítulo decisivo cuando, en un intento desesperado por librar a Ostrovsky (personaje impagablemente caracterizado por Huston, que bajo cuya apariencia de honorabilidad y dignidad no duda en utilizar a su hija como mercancía para compensar sus pérdidas económicas) y a él mismo de las enormes deudas que han asumido con respecto al Casino, jugando directamente contra De Glasse, que no busca otra cosa que hundirle para apartarlo para siempre de Pauline, Fedja empeña no sólo toda su vida, sino también su obra literaria, todos los derechos de los libros que ha escrito y de todos los que escriba en el futuro, incluida la novela que ha empezado a escribir en Wiesbaden inspirado por la caída en desgracia de Pitard. De Glasse, que gana la mano, obtiene como premio la vida de Fedja, su totalidad, su pasado, su presente y su futuro, y decide que permanecerá solo, miserable, enfermo. Continuar leyendo “Dos grandes (I): El gran pecador”

La tienda de los horrores – Caravana hacia el sur

Henry King es uno de los directores clásicos de la edad dorada de Hollywood. Con una carrera que transita entre el periodo mudo de los años veinte y los primeros años sesenta, su filmografía destaca por resultar tan heterogénea como mediocre. En ella abundan los títulos de aventuras (El cisne negro, El capitán de Castilla, El capitán King), las intrigas ligeras (María Galante), los melodramas (La colina del adiós, Esta tierra es mía), los bélicos poco memorables (Un americano en la RAF, Aguas profundas, Almas en la hoguera), alguna que otra adaptación de Hemingway (Las nieves del Kilimanjaro, ¡Fiesta!), relatos bíblico-religiosos (La canción de Bernadette, David y Betsabé) y otro puñado de películas de corte histórico, westerns y casi cualquier otro género. Una de las películas por las que convendría echarle de comer aparte es Untamed, titulada -absurdamente, una vez más- en España, Caravana hacia el sur.

La cosa no hay por dónde cogerla por el empeño de King y su equipo de media docena de guionistas (el más destacado, Talbot Jennings, y digo yo: ¿pa’ qué tantos? ¿Pa’ esto?) en convertir la historia en un híbrido entre el cuento de hadas y amores imposibles en un marco aristocrático de su comienzo y el western más típico en su desarrollo y conclusión, consistiendo el único sello distintivo en trasladar la acción a Irlanda y Sudáfrica, en lugar de ceñirse al clásico Oeste de toda la vida, sin que el cambio geográfico consiga impregnar el metraje de ninguna novedad o matiz propio ni tampoco sirva para dotar a la historia de temas, visiones o profundidad ligada a su novedosa localización. Parte de la responsabilidad del tibio -tirando a gélido, a pesar de los calores africanos- resultado final es la atribución del protagonismo, cosa del viejo sistema de estudios, a Tyrone Power, al que King utilizó como protagonista de sus historias de romance y/o aventuras nada menos que una decena larga de veces. El caso es que se todo se desvirtúa por la manía de King en presentar los temas y situaciones de manera edulcorada.

Para empezar, el segmento inicial, casi a modo de prólogo, que transcurre en Irlanda a mediados del siglo XIX, justo cuando algunas familias de bien de la isla (por supuesto, ligadas a los ocupantes ingleses) vienen a menos por culpa de la crisis y las hambrunas derivadas de la plaga de las patatas. La película empieza con la clásica escena de caza propia de los entornos anglosajones aristocráticos (ellas montando de lado, a lo amazona, con vestido largo; ellos con casaca roja, botas y gorrito ridículo), el mismo donde se desarrolla el inicial desencuentro y posterior romance de Paul Van Riebeck (Tyrone Power), un rico, cómo no, comerciante bóer de origen holandés, y Katie (Susan Hayward), no menos rica (inglesa, por tanto) dama de alta sociedad irlandesa. La marcha de él a su país viene sucedida por el matrimonio de ella -por despecho o por comodidad, viendo el devenir del personaje en el filme casi hay que pensar en lo segundo, casquivana que es la tía…-, con Shawn, un irlandés de origen británico de su mismo estatus y alcurnia. King omite cualquier referencia, siquiera tangencial, a la cuestión de la ocupación británica de Irlanda o a las hambrunas y las políticas de los ocupantes para exterminar a la población autóctona aprovechando la carestía. El único efecto de la crisis es que la familia de Katie viene a menos, sus mansiones son vendidas, sus campos son abandonados, y ha de buscar una salida, como millones de irlandeses mucho menos afortunados (de los que la película no dice ni mú), en la emigración. ¿Y dónde va? Pues claro: a Sudáfrica, tierra de oportunidades. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Caravana hacia el sur”

Diálogos de celuloide – Ciudadano Kane

BERNSTEIN: Walter Tatcher, el tonto más grande que he conocido en todos los días de mi vida.

PERIODISTA: Pues hizo mucho dinero.

BERNSTEIN: No es tan difícil como la gente cree hacer dinero, si lo que se desea es únicamente hacer dinero. Sepa que el señor Kane no era sólo dinero lo que quería.

Citizen Kane. Orson Welles (1941).