Música para una banda sonora vltal – Alatriste

Uno de los elementos más apreciables de Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006) es la excelente banda sonora compuesta por uno de los más prolíficos y excelsos compositores del cine español reciente, Roque Baños.

Alatriste forma parte del estimable catálogo de películas online que Mediaset España ofrece para su visionado, y que además comprende, en servicio de pago por visión, un buen puñado de apreciables títulos como Todos estamos invitados (Manuel Gutiérrez Aragón, 2008), la dupla de Steven Soderbergh sobre Che Guevara (Che: el argentino y Che: guerrilla, ambas de 2008), la exitosa El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Ágora (Alejandro Amenábar, 2009), Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) o la osada Verbo (Eduardo Chapero-Jackson, 2011). Una buena oportunidad de disfrutar de algunos de los títulos más importantes y renombrados del cine español reciente sin interferencias publicitarias, en calidad H-D y prácticamente a la carta. Igualmente, ofrece en visionado gratuito interesantes series online como Spartacus, Mujeres desesperadas o Mentes criminales.

Pero, a lo que estamos. Roque Baños es un excelente músico que con Alatriste y muchos otros títulos (Carreteras secundarias, la saga Torrente de Santiago Segura, Goya en Burdeos o El séptimo día de Carlos Saura, o su trabajo para las películas de Álex de la Iglesia) se ha vuelto un nombre imprescindible de la música de películas.

La tienda de los horrores – Alatriste

Ya fastidia tener que incluir aquí al bueno de Agustín Díaz Yanes, pero, tras hondas reflexiones, es éste y no otro el lugar que corresponde en esta escalera a la superproducción hispano-franco-estadounidense Alatriste, de 2006. Y eso a pesar de que, para que no se nos acuse de haber tomado esta decisión a la ligera, posee muchas y muy buenas cualidades que en ningún caso se van a omitir en el juicio.

Empecemos por lo bueno: Alatriste es una película por muchas razones necesaria. En primer lugar, para una cinematografía como la española, aparentemente condenada a eternas restricciones presupuestarias y a ceñirse a los temas de siempre, guerra civil y dramas o comedietas urbanas tirando a barriobajeras. En segundo lugar para el público, para dar un impulso al cine español en las salas y para que el espectador autóctono sea por fin consciente de que en España pueden hacerse películas tan espectaculares y de factura técnica tan impecable como en Hollywood, vamos, que, como se dice en Aragón, “con perricas, chifletes”. Y por último, casi como una cuestión de justicia histórica, para enmendar por una vez la plana a todo ese cine de aventuras facturado en Estados Unidos o Gran Bretaña que suele retratar al enemigo francés o español como criminal, estúpido o, en términos de puro racismo, inferior en calidad humana, soltándoles un sopapo donde más les duele: mientras Londres era pura cochambre y en Nueva York los indígenas caminaban con taparrabos, ya había imperios, gloria esplendor… y la misma miseria que los imperios británico o norteamericano han esparcido a su alrededor. Por otra parte, la película apabulla por su diseño de producción, su magnífica ambientación, sustentada en una sobresaliente puesta en escena y un soberbio vestuario, y la excelente partitura de Roque Baños. Si a ello sumamos un comienzo fulgurante, unas escenas de combate, en su mayor parte espectaculares y fenomenalmente coreografiadas y rodadas, parece tratarse de una película destinada a mayor vigencia y perdurabilidad.

Y, sin embargo, no es así; para de contar. Porque la película falla estrepitosamente en todo lo demás. El voluntarioso guión de Díaz Yanes se sostiene en una estructura episódica que bebe de distintas fases de la serie de novelas de Arturo Pérez-Reverte sobre el capitán Alatriste sin quedarse por completo con ninguna. La virtud, el hecho de no pretender americanizarse hasta el punto de dejar la puerta abierta para una continuación en forma de inagotable saga, termina derivando en defecto. La intención de crear un producto cinematográfico propio independiente de su fuente literaria falla al pretender hacerlo sobre la base de una proyección futura de la historia en lo que a buen seguro será su continuación novelada: la muerte del personaje central. La película va más allá de los libros, se adelanta, desvela. Eso, si Pérez-Reverte no cambia de idea, tal como hizo respecto a la programación inicial de la saga (seis entregas que ya tenían título desde el principio) y vuelve a transformarla, multiplicando el número de ejemplares y añadiendo nuevos títulos no previstos para aprovechar el tirón comercial del invento. Quizá, en cualquier caso, la manía de los episodios venga impuesta por el antiguo proyecto de convertir Alatriste en una serie de televisión, idea que finalmente fue abortada, afortunadamente, quizá habría que decir, viendo el tipo de series de acción y aventuras ambientadas en el siglo XVII que han terminado programándose en la televisión pública. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Alatriste”

Intriga política de capa y espada: El maestro de esgrima

El maestro de esgrima

Una amiga muy querida tuvo a bien, como dice Adela de Otero (Assumpta Serna) en un momento de la película, hacerme “el mejor requiebro que he me han hecho nunca”: según esta amiga, mientras veía por vez primera la adaptación a la pantalla por parte de Pedro Olea de la que, a juicio de un servidor, es la mejor novela de Arturo Pérez-Reverte, dando como resultado, según este mismo servidor, la mejor película de entre las basadas en un libro suyo (y no, no me estoy olvidando de Alatriste), esta amiga, digo, que si no recuerdo mal no había leído el libro, no podía evitar ver llamativas y sorprendentes similitudes entre el protagonista, Jaime de Astarloa (Omero Antonutti), y mi propia persona humana masculina singular. Y no es que a uno le agrade especialmente que lo asimilen a un antiguo galán italiano setentón que hace películas en España de vez en cuando (aunque compartamos el mismo volumen de flequillo), sino que la cosa se ve desde otra perspectiva si pensamos en la caracterización del personaje.

Madrid, 1868. La política anda convulsa, pues se dice que el general Prim, catalán de Reus, astuto político y temerario, valiente y competente militar, héroe de una de las campañas africanas del decadente imperialismo español y exiliado en Londres por sus ideas excesivamente “democráticas”, está conspirando para regresar a España y ponerse al frente de un movimiento revolucionario que aparte del trono a la pizpireta y casquivana Isabel II. Eso, si es que no ha vuelto ya y se encuentra de incógnito convenciendo a los indecisos o sobornando a quien se deje con tal de abrirse camino hacia el gobierno… El que sería líder de la llamada Gloriosa, posteriormente presidente del Consejo de Ministros y, por último, uno de los más ilustres de entre los célebres políticos asesinados en el siglo XIX español, es el detonante en la sombra de una intriga que amenaza la paz de Jaime de Astarloa, el mejor maestro de esgrima de la Villa y Corte. A Astarloa, incapaz de imaginar siquiera que los entresijos de la vida pública del país puedan afectar en lo más mínimo a su rutinaria y compartimentada vida, esos juegos políticos no le interesan más allá del entretenimiento que le proporciona la tertulia de la tarde con sus escasos amigos, Carreño, Romero o Agapito Cárceles (Miguel Rellán), apasionado, radical y fanático intrigante. Astarloa vive de ensoñaciones y de recuerdos, de memorias de un tiempo en el que las palabras tenían peso, valor, y la mayor razón para desenvainar la espada era un lance de honor, una traición de amor o amistad, la ruptura de la palabra dada o la insolencia o descortesía con una dama. Permanece ajeno a la velocidad de un mundo de ferrocarril y pólvora, de capitalismo y distancias cada vez más cortas, en el que poco empiezan a importar los antiguos valores de la nobleza, de la aristocracia desmoronada reconvertida en banca regida por tipos de interés, de políticas que son pretextos para que unos pocos puedan turnarse en el ejercicio arbitrario y partidista del poder, y de religiones que se venden al mejor postor para no perder su cuota del suyo. Astarloa vive en tiempo pasado, empecinado en seguir enseñando esgrima en un mundo que tira de pistola, de fusil, de cañón, convencido (con razón) de que éstas son armas más rápidas, efectivas, devastadoras, pero innobles, tramposas, que vuelven al hombre un cobarde, ruin y mezquino, que puede matar a distancia o por la espalda sin pasar por el obligatorio trance, para el honor y la dignidad, de mirar a los ojos a aquel al que se está matando, sintiendo su aliento, su calor corporal, o viendo el pánico, el dolor o la súplica implícitos en su expresión. Así, mientras recuerda sus días de aprendiz en París y evoca un amor pasado cuya desgraciada conclusión le obligó a volver a Madrid, pasa sus días entre sus clases impartidas a los pocos románticos que todavía practican la esgrima o la imponen como disciplina formativa a sus nietos, sus encuentros con amigos en el café, y la redacción de un tratado de esgrima cuyo colofón ha de ser la estocada maestra, aquélla imposible de prever y de parar, la estocada infalible, definitiva, siempre victoriosa, y en cuya búsqueda lleva meditando toda su vida, intentando continuar una labor que su maestro jamás pudo culminar. Sin embargo, dos hechos van a ir tejiendo levemente una tela de araña alrededor de esta vida de nostalgias: por un lado, Luis de Ayala (Joaquim de Almeida), un marqués, alumno de Astarloa, pendenciero y mujeriego, que anda metido en política, le pide que custodie unas cartas de suma importancia que sólo puede confiarle a al único hombre honorable que conoce, y por otro, y sobre todo, la irrupción de Adela de Otero, joven atractiva de oscuro pasado y enigmática belleza que, consumada esgrimista, convence al maestro para que le enseñe la famosa estocada de doscientos escudos para cuyo aprendizaje alumnos de toda Europa llegaban antaño a Madrid para ser recibidos por Astarloa.
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