Más sobre Cartago Cinema (Mira Editores, 2017)

El pasado 26 de enero se presentó Cartago Cinema, cuarto libro y primera novela de quien escribe, con gran éxito de crítica y público. Desde mediados de diciembre, a la venta.

“No hay un THE END que te salve a tiempo, que congele tu buena suerte y la conserve impoluta y enlatada en un fotograma proyectado en eterna elipsis, igual que en las películas y los cuentos con final feliz. La diferencia entre el cine y la vida, entre ilusión y realidad, está en que la fantasía siempre ha tenido mejores guionistas, escritores que han aprendido que tanto o más importante que saber contar es conocer el secreto de cuándo deben dejar de hacerlo.

En el mapa de esta historia –un mapa en blanco y negro, por descontado, como todos los míos- mi nombre será Elliott Gray. Soy guionista, quiero pensar que por ello también algo escritor; en todo caso, estoy acostumbrado a contar historias. Me aburre terriblemente, en cambio, empezar por el principio y terminar por el final, si es que las historias tienen auténticos principios y finales, si no están transcurriendo siempre y no hay en verdad una sola que las comprende todas, que se abre con el nacimiento y termina con la común conclusión de la muerte. Mi tedio aumenta si se trata de historias que ya he contado, como esta, no pocas veces. Así que, dado que soy el único al que de vez en cuando suelen preguntar por lo sucedido, y aunque no encuentro especial placer en hacer memoria de los hechos tristes (¿qué comienzo, de entre todos los posibles para esta historia, no lo sería?), me decido a empezar por el principio del final. O, lo que es lo mismo, por el último capítulo, más bien un epílogo aún vigente, por la mañana de diciembre en que el teléfono de su despacho en el sótano del edificio principal de la biblioteca municipal de Montreuil prendió airado el piloto luminoso que hacía las veces de timbre y Martina Bearn supo de inmediato que al descolgar iban a comunicarle que Ferris Ballard había muerto”.

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Cine en fotos – El marinero jovial

Viste uniforme de paseo –zapatos negros, pantalones blancos, jersey de listas azules y blancas, chaquetón azul marino y gorrito estilo Popeye- pero da la impresión de que hace mucho tiempo que no va a ninguna parte. Por la piel curtida, las cejas tupidas y blanquecinas, la barba rala y sin bigote salpicada de canas y por algún que otro incisivo y canino que ya le va faltando se diría que es muy veterano, aunque en sus traviesos ojos azul claro y en el gesto abierto, franco y un punto socarrón de su sonrisa conserva evidentes residuos de alegría juvenil. En efecto, lleva años varado en una oscura esquina del salón de una casa de campo de Wiltshire, Inglaterra, del estilo que suelen ser allí las casas de campo de los hombres adinerados: chimenea, amplios dormitorios, sala de billar, bodega…, donde su único quehacer diario consiste en reírle las gracias a su propietario o, en los días de mal tiempo –porque en la primavera sin lluvia y durante los veranos Andrew prefiere el epicentro del laberinto esculpido con los setos de su jardín-, hacerle muda compañía mientras, sentado en el butacón que hay junto a él, revisa concienzudamente el borrador de la última aventura de su detective, St. John Lord Merridew. La mayor parte del tiempo lo pasa solo en la oscuridad de la sala. Cuando Andrew no está, el servicio cierra las habitaciones y lo cubre todo con sábanas, incluido él mismo. Marguerite casi nunca va por allí (aunque el marino bien podría asegurar que alguna que otra vez ha aparecido por la puerta muy bien acompañada) porque dice odiar la afición de su marido por los juegos, los juguetes, los cachivaches curiosos y las antigüedades con que ha llenado la casa. Así que allí la vida, alejada de largas travesías por mares embravecidos, es de lo más tranquila pero ciertamente monótona, y la mera llegada de alguien con quien compartir unas horas le anima tanto que no puede dejar de reír. Especialmente memorable fue el fin de semana que Milo pasó en la casa; incluso hoy, el marinero jovial no puede evitar una sonora carcajada cuando se acuerda…

39 estaciones. De viaje entre el cine y la vida.
Extracto de la estación número 21: El marinero jovial.
Autor: Alfredo Moreno
Editorial: Eclipsados
Fecha de publicación (aproximada, Dios menguante): septiembre de 2011 (seguiremos informando).