Música para una banda sonora vital – Los años desnudos. Clasificada S (F. Sabroso y D. Ayaso, 2008)

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Uno de los elementos utilizados por Félix Sabroso y Dunia Ayaso para la recreación de la España de los años setenta en este fallido acercamiento al, por entonces, prolífico mundillo del cine erótico hispano es la ambientación con éxitos musicales de la época. Entre ellos, este Yo también necesito amar, de Ana y Johnny, que por la temática de la letra y más aún por las “entregadas” interpretaciones, resulta más que adecuada para el argumento del filme. Eso sí, como precaución, conviene alejar del ordenador cualquier objeto o artilugio hecho de cristal, por si acaso.

De la canción y del numerito musical de Televisión Española, mejor no decimos nada…

Música para una banda sonora vital – La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014)

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Musicalmente hablando, La isla mínima, el estimable thriller de Alberto Rodríguez, una especie de True detective andaluza de la transición española, candidata y premiada en todos los premios habidos y por haber en el cine patrio correspondientes al pasado curso, prácticamente se cierra con este ¿clásico? del dúo Baccara, Yes sir, I can boogie, que solo la televisión española de entonces sabía dotar del inherente patetismo. Se da la circunstancia de que, más o menos por entonces, las Baccara, dúo de notable éxito de ventas, además de en España, en lugares tan dispares como Alemania y Japón, representaron en Eurovisión a… ¡¡¡Luxemburgo!!!

Un guiño simpático al final de esta estupenda intriga, sutil, sugerente, tensa y apasionante, en la que solo algún pequeño matiz de diálogos y argumento la separa de consideraciones mayores.

La tienda de los horrores – Balada triste de trompeta

Canto a la incoherencia. Culto al exceso. Incompleta simbiosis entre el cine de acción y la caspa hispánica. Vómito de fragmentos sin articulación ni elaboración interna. Relato superficial del tardofranquismo. Personajes sin lógica interna, secundarios prescindibles. Estas frases cortas resumen la última película de Álex de la Iglesia, celebrada por una parte de crítica y público, premiada en Venecia al mejor director y al mejor guión (la presidencia del jurado de Quentin Tarantino y su ignorancia de la reciente historia de España fue sin duda decisiva para ello), fracaso total en los últimos premios Goya (últimamente realmente acertados, no especialmente en cuanto a lo que premian, sino a lo que suelen dejar sin galardones) y uno de los más importantes fiascos del cine español reciente, uno más en la carrera del director vasco.

Empecemos por su tan aclamado comienzo. En él destacan dos aspectos: los créditos iniciales y la primera secuencia. En cuanto a los títulos, puede decirse que, sin duda ninguna, quizá son los más creativos y espectaculares del cine español en mucho tiempo, si no desde siempre. La potencia de la música de Roque Baños viene complementada con unas imágenes poderosísimas que resumen la historia y el arte españoles con inteligencia y contenido didáctico y narrativo. En cuanto a la primera secuencia, alabada casi sin excepción, ofrece más reservas: pretendidamente ilustrativa, casi metafórica, del mal de “las dos Españas”, se asienta más en la supuesta espectacularidad de la acción, la violencia, las amputaciones y la sangre, y también como construcción técnica, que en su valor narrativo, realmente, como en casi toda la película, casi meramente anecdótico. Esto viene del hecho de encontrarse lastrada por la impericia de Santiago Segura como actor, del histrionismo de un pasadísimo Fernando Guillén Cuervo y de una premisa de guión no demasiado talentosa. Lo mejor de esta fase, sin duda, Fofito. Esta secuencia, realmente apabullante, sin embargo, deja a las claras cuál va a ser el tono y el interés de la película: los efectismos.

Porque, a partir de ahí, esta historia del increíble triángulo amoroso entre dos payasos (Antonio de la Torre y Carlos Areces) y una atractiva y algo casquivana trapecista (Carolina Bang, con un personaje realmente sin dibujar, cuyas acciones resultan completamente incomprensibles, más todavía en lo relativo a sus sentimientos y a su deseo sexual), pretendidamente encadenada a la historia vivida en los últimos años del franquismo, no hace sino naufragar. Primero, porque el marco histórico no consigue ensamblarse bien con la trama de la película a pesar del forzamiento de situaciones y la búsqueda de elementos de unión: la historia, los personajes, el estilo de vida, las cuestiones políticas, se quedan en mero escenario, en marco general que ha de ser recordado a cada momento con recursos metidos con calzador para que el espectador recuerde constantemente dónde se encuentra entre tanta violencia y ensaladas de tiros. Esta parte del argumento, superficial, endeble, casi gratuita, nunca termina de interesar, de ser tratada con inteligencia ni tampoco de convertirse en crónica histórica del fresco de un país en proceso de cambio. Todo ello al servicio, únicamente, del uso de algunos de los espacios más emblemáticos de ese periodo histórico como escenario -siempre de manera forzada, ilógica y gratuita- para la acción (como en la espectacular conclusión en la cruz del Valle de los Caídos). Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Balada triste de trompeta”