Alfred Hitchcock presenta: Posada Jamaica

El hecho de que Posada Jamaica (1939) fuera un mero entretenimiento con el que Alfred Hitchcock mató el tiempo mientras aguardaba a que se resolvieran definitivamente los flecos de su desembarco en Hollywood de la mano de David O. Selznick influyó de manera determinante en el resultado final. De hecho, el gran Hitch nunca quedó plenamente satisfecho de la historia ni del modo de contarla, aunque en ella aparezcan muchas de sus claves como narrador y consiga dotar a un argumento más propio del cine de aventuras de sus habituales gotas de suspense y profundidad psicológica.

Primera adaptación por parte de Hitchcock de una obra de Daphne du Maurier -le seguirían Rebeca (1940) y Los pájaros (1963)-, con guión de Sidney Gilliat y de la colaboradora favorita de Hitch -y probablemente también amor frustrado-, Joan Harrison, la película cuenta la historia de Mary (Maureen O’Hara, que en la práctica debuta en el cine en esta película, si bien del mismo año es su participación en Esmeralda, la zíngara, de William Dieterle, donde también comparte cartel con Charles Laughton), una joven huérfana irlandesa que, a finales del siglo XVIII, viaja a las costas de Cornualles para ponerse bajo la protección de su tía Patience (Marie Ney). Junto a su esposo, Joss (Leslie Banks), Patience regenta una taberna en la costa, la Posada Jamaica del título, que sirve de refugio a aventureros, náufragos, contrabandistas y marinos retirados que viven de recuerdos. También, sin embargo, la taberna es punto de reunión de un grupo de saqueadores, dirigidos por Joss, que manipulan las señales luminosas de la costa a fin de que los barcos colisionen contra las rocas y así, tras acabar a cuchillada limpia con los supervivientes, hacerse con las mercancías que transportan. Como la costa de Cornualles se halla siempre envuelta en fenomenales tormentas y tempestades, nadie sospecha de que se trata de naufragios provocados, y por tanto, la impunidad del grupo es total. Además, saquean barcos muy concretos, siempre buques cargados de riquezas cuyo paso por el lugar conocen gracias al chivatazo de un informador que no falla, un hombre bien posicionado que, en la sombra, maneja al grupo y que con las ganancias de sus actos de piratería intenta paliar las múltiples deudas que su alto tren de vida le proporcionan. Mary descubre el asunto cuando uno de los saqueadores está a punto de ser ajusticiado por los demás acusado de no compartir su parte del botín. Junto al marino, que esconde un secreto trascendental, buscan la protección del juez de paz, Sir Humphrey Pengallan (Charles Laughton), sin sospechar que él tiene más relación con el asunto de lo que creen. Continuar leyendo “Alfred Hitchcock presenta: Posada Jamaica”

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La tienda de los horrores – 300

Primero, la historia. Dice que, habiendo invadido los persas Grecia como venganza por la famosa batalla de Maratón que puso fin a la primera intentona persa de diez años atrás, el famoso estratega ateniense Temístocles ideó un plan defensivo que compaginaba hacer frente al ejército persa (de unos trescientos mil soldados) en las Termópilas a la vez que su flota era rodeada en Artemisio por las naves aliadas. Así, siete mil griegos (entre los que se contaban trescientos espartanos) bloquearon el famoso paso montañoso en el verano de 480 a.C. durante siete días, de los cuales hubo jaleo en tres de ellos. Leónidas, rey de Esparta, que comandaba la fuerza de, insistimos, siete mil griegos, resistió durante los dos primeros días el empuje persa pero, traicionados por un pastor llamado Efialtes, que reveló un camino oculto que podía conducir a las tropas persas a la retaguardia griega, el espartano ordenó la marcha de la mayoría de sus tropas hacia el sur e hizo frente hasta la muerte a los persas con unos dos mil hombres, que incluían sus famosos trescientos espartanos y además cuatrocientos tebanos, casi mil tespios y algunos centenares de voluntarios de otras ciudades griegas, a los cuales la historia ha olvidado. Derrotadas fácilmente las débiles fuerzas de Leónidas, los griegos levantaron el bloqueo naval de Artemisio y se refugiaron en Salamina (consulta al oráculo de Delfos por parte de Temístocles, o al menos eso cuenta la leyenda, de por medio), donde tuvo lugar la famosa victoria naval griega; una vez sin flota, los persas fueron derrotados definitivamente por los griegos en la batalla de Platea.

Y ahora, la película. Un espanto, no sólo por su prácticamente nulo respeto a los episodios comprobados históricamente, sino por su forma demencialmente violenta y narrativamente absurda. El tebeo de Frank Miller en que se basa la película es la primera piedra de toque que echa por tierra buena parte del rigor histórico que sería deseable cuando se reflejan con su nombre y apellidos episodios y personajes de una época determinada (aunque aquí la propia leyenda haya aumentado el papel de los espartanos y casi ninguneado al resto para enfatizar el ejemplo de heroísmo y sacrificio), más si cabe cuando la pretensión añadida es establecer paralelismos con situaciones geopolíticas presentes, en este caso, de manera tan torpe, maniquea y propagandística. Empezando mal, pues, al aceptar la devaluación histórica que se permite el argumento del tebeo como base para la historia, Zack Snyder, autor de pseudocine reconocido entusiásticamente por los fans de los superhéroes y los muñequitos en la pantalla, diseña una película, por llamarla de alguna forma, cuyo interés se diluye entre la sangre digital que salpica al objetivo de la cámara y los excesos visuales de una estética fundamentada en el orgiástico festival de efectismos y en la explotación de la épica de baratillo modelo Michal Bay (cámara lenta y gorgoritos operísticos incluidos -¿por qué en todas las películas sobre la Antigüedad desde Gladiator para acá siempre hay una batalla en la que se rueda a cámara lenta con músicas siempre más o menos parecidas?-). Partiendo pues de un muy deficiente retrato de la verdad histórica (que muchos dirán que no es necesaria y que hablamos de un tebeo, pobrecitos), la película pretende ser un monumento visual y, a decir verdad, a ratos lo consigue, aunque escoja bazofia pura para retratarla con sus modernas técnicas digitaloides. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – 300”

La tienda de los horrores – El santo

El amigo Val Kilmer, actor de cartón piedra que ocasionalmente y de chiripa ha realizado buenas interpretaciones (como en The doors, por ejemplo) parece pedir excusas por su actuación en este fotograma extraído de uno de los mayores blufs del cine reciente, el intento de rescate de una de las míticas series televisivas de los setenta y su conversión en saga cinematográfica al más puro estilo James Bond (cuando hace dos décadas fueron las películas de Bond las que echaron mano de Roger Moore, protagonista de El Santo para revitalizar a 007) para disfrute de amantes del cine de acción y de espionaje y satisfacción de los estudios que pretendían sacarse de la manga otra franquicia rentable llena de cosas que poco o nada tienen que ver con el cine. El intento se quedó en caricatura.

Dirigida por Philip Noyce, que ya nos tiene acostumbrados a mezclar en su filmografía alguna que otra cinta interesante con otras profundamente banales, la película pretende enlazar su trama con el origen de Simon Templar, su infancia en un duro orfanato y su conversión en el ladrón más eficaz de todos los tiempos. Realmente este comienzo es, junto con los sucesivos y en ocasiones sorprendentes cambios de personalidad de Kilmer que, cual glamouroso Mortadelo muda de apariencia cada dos por tres para resguardar su identidad, lo mejor de una película que cuando se centra en la historia que pretende contar se convierte en un absurdo: Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El santo”

La tienda de los horrores – La búsqueda

Algunas críticas sobre las andanzas de este Indiana Jones urbanita del siglo XXI y con cara de estar siempre asomado han dicho: “el argumento continuamente da giros según la libre interpretación que Cage hace de unas ridículas claves encriptadas”, “Es tan tonta que los Monty Python podrían hacer una versión usando el mismo guión, línea por línea”, “Este último asalto a la inteligencia colectiva de los amantes del cine (…) es una especie de El Código Da Vinci para tontos”, “Es En busca del arca perdida para aquellos que se durmieron en clase de Historia de América”, “No es que sea difícil de creer, es que es imposible”, “National Treasure, que es de la Disney, se supone que es una película amigable, para toda la familia; acción y aventuras sin demasiada violencia y sin lenguaje soez. Esto es, sin duda, admirable, pero con cintas así de ‘amigables’ la familia no necesitará pastillas para dormir”… Sí, también hay críticas buenas. Allá ellas.
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La tienda de los horrores – Sahara

Bodrios como éste hay muy pocos. Construida como una sucesión de entretenidas escenas de acción en competencia por erigirse en la más estúpida, absurda, superflua y ridícula, esta cinta del intrascendente Breck Eisner (alguien debería aprobar una ley para abolir determinados nombres anglosajones… ¿qué demonios quiere decir “Breck”?), rodada en 2005 es candidata en firme al título de Petardo Fílmico del Siglo XXI, y cuenta como protagonistas con Matthew McConaughey, Matiumaconajiú en cristiano, y la ínclita Penélope Cruz, en su momentánea preocupación por abrirse paso en Hollywood rodando mierda entre amante y amante de la farándula (y repito, ya hicimos este mismo comentario una vez, que no debe tildarse de sexista; hay que tener en cuenta que sus intrascendentes papeles en América hasta su trabajo con Almodóvar en “Volver” no le proporcionaron la fama que sus múltiples devaneos amorosos sí le dieron; negar eso es negar la realidad), en una curiosa forma de hacerse un nombre por cualquier camino que no sea elegir proyectos en condiciones.
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King Kong cumple 75 años

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Noticia publicada en Heraldo de Aragón el 3 de marzo de 2008.

“King Kong, el monstruoso gorila que aterrorizó y enterneció a muchos, cumple 75 años este domingo, y sus seguidores lo festejarán en la Gran Manzana con un concurso de gritos y la proyección de la película que lo lanzó a la fama el 2 de marzo de 1933.

Dirigido por Merian Cooper y Ernest Schoedsack, el filme causó entonces sensación entre el público que acudió a verlo a uno de los teatros más emblemáticos de Manhattan, el Radio City Music Hall, y desde entonces King Kong se ha convertido en uno de los iconos de la ciudad de los rascacielos.
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‘El tiempo en sus manos’, adaptando a H. G. Wells

Dedicado a Javier Torres.

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La máquina del tiempo (2002), bodrioengendro protagonizado por Guy Pearce, sin duda es carne de cañón para la sección que periódicamente recoge en este blog los mayores fiascos fílmicos. Lejos de chapuceros efectos digitales, zafiedades tecnológicas vacías y sin sentido y paranoias de rayos, truenos y explosiones, en 1960 George Pal realizó El tiempo en sus manos, notable adaptación de la celebérrima obra de H. G. Wells en la que un científico consigue idear un ingenio que le permite desplazarse a lo largo del tiempo y presenciar eventos históricos que sólo podía imaginar una mente perversa. A medio camino entre el drama apocalíptico y el cine de aventuras, esta efectiva cinta quizá sea la mejor versión que de entre todas las dedicadas a este clásico de la literatura se ha rodado.

Rod Taylor da vida a George, un científico que en el Londres victoriano de 1899 crea una máquina que le permita viajar en el tiempo. En sus experimentos, en los que cual Dr. Jekyll él mismo ejerce de conejillo de indias, consigue desplazarse hacia un futuro en el que le esperan dos devastadoras guerras mundiales (magníficas escenas en las que, a través de los ventanales que dan al jardín desde el estudio de su sótano, el paso del tiempo se dibuja frenéticamente al otro lado de la calle, incluso con el clavado vertiginoso de tablas que amortigua el resplandor de las luces ante los bombardeos alemanes de la II Guerra Mundial), un holocausto nuclear (que Wells situó imaginariamente, pero con una capacidad de predicción notable, en 1966; recuérdese la crisis cubana de 1962) y finalmente una vida tranquila y placentera en un mundo aparentemente bello y bucólico.
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