Música para una banda sonora vital: Woodstock (Woodstock – 3 Days of Peace & Music, Michael Wadleigh, 1970)

El documental sobre el famoso festival de Woodstock, que reunió en agosto de 1969 a medio millón de personas en Bethel, Nueva York, contiene un puñado de actuaciones memorables (The Who, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Joe Cocker…) además de una radiografía de la logística, la organización y el desarrollo de los conciertos y de la vida diaria en comunidad de cientos de miles de jóvenes (y de su convivencia con los lugareños, mucho menos problemática de lo que podría pensarse) durante tres días de paz y música, como reza el subtítulo original. Entre las actuaciones, Soul Sacrifice, del mexicano Carlos Santana.

Música para una banda sonora vital: Infiltrado en el KKKlan (BlacKkKlansman, Spike Lee, 2018)

Entre la comedia negra (no es un chiste) y la denuncia, en no pocas ocasiones superando la fina línea del panfleto, esta película de Spike Lee cuenta con la dirección artística y la ambientación musical como su mejor baza en un conjunto irregular que alterna momentos interesantes y baches narrativos y de tono, además de, como es habitual en el director, alguna que otra zambullida sobrante en la propaganda más burda.

Entre los aciertos musicales destaca el empleo de canciones cuya colocación en la trama, al hilo de su letra, contextualizan, completan o rubrican el momento dramático del argumento, como ocurre con este Too Late to Turn Back Now de Cornelius Brothers and Sister Rose, que subraya el instante en que el protagonista, policía de raza negra (John David Washington), se infiltra entre las organizaciones que demandan la igualdad racial en Colorado Springs en los años setenta, y, prácticamente al mismo tiempo, se enamora de una de las activistas más comprometidas (Laura Harrier).

Música para una banda sonora vital: La dolce vita (Federico Fellini, 1960)

Nino Rota y Federico Fellini, tanto monta. Buena parte de la obra del director de Rimini (16 películas), la mayor parte de aquellas adjetivables como «fellinianas», no sería la misma sin la música del compositor milanés. Por ejemplo, esta obra maestra que crece con cada visionado (a diferencia de sus mal disimuladas, y peores, emulaciones digitales de los últimos años).

Música para una banda sonora vital: El ojo de la aguja (Eye of the Needle, Richard Marquand, 1981)

Basada en una novela de Ken Follett, La isla de las tormentas, esta obra de Richard Marquand cuenta una historia decisiva de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial: Henry Faber (Donald Sutherland), un espía alemán que lleva tanto tiempo infiltrado en Inglaterra que puede pasar por británico, descubre la maniobra de despiste de los aliados en su intento de que los nazis confundan el lugar donde va a tener el desembarco para la invasión de Europa en 1944. Poseedor de las pruebas materiales de que la operación se desarrollará en Normandía y no en Calais, es requerido personalmente por Hitler (el punto más débil de la historia, sin duda) para la entrega de las fotografías, por lo que debe viajar de incógnito a Alemania. Preparado todo para robar un barco y dirigirse hacia el punto donde será recogido por un submarino, el mal tiempo le hace naufragar e ir a parar a una isla remota habitada tan solo por un joven matrimonio con su hijo pequeño y un farero entrado en edad y con excesiva querencia por los espirituosos. A esta apasionante historia de persecución y caza del espía y de las imprevisibles consecuencias que para la historia de Europa y para una sencilla familia inglesa puede tener la llegada de Faber a la isla le pone música nada menos que Miklós Rózsa, en la que fue la penúltima de sus partituras en su larga carrera para el cine.

Música para una banda sonora vital: Ghost Riders in the Sky (1961)

Al gran compositor italiano Ennio Morricone se le suelen adjudicar determinadas innovaciones musicales en el género del western a raíz de sus míticas partituras para las películas de Sergio Leone, tales como la introducción de los vientos, en particular de la trompeta, de la guitarra eléctrica o de los coros. Sin quitarle mérito al talento del italiano, Dimitri Tiomkin ya había introducido la trompeta como instrumento con personalidad propia en el western, tanto en Río Bravo (Rio Bravo, Howard Hawks, 1959) como en El Álamo (John Wyane, 1960). De igual modo, Neil LeVang aporta en su popularísimo tema Ghost Riders in the Sky guitarras y coros a melodías propias del western en una fecha anterior, 1961. Si bien este rasgo es compartido por las composiciones de Morricone, este ralentiza el ritmo y logra conferirle al western de Leone esa particular atmósfera épica que le resulta tan propia.

Música para una banda sonora vital: Duelo en la Alta Sierra (Ride the High Country, Sam Peckinpah, 1962)

Maravillosa partitura compuesta por George Bassman para esta joya del western crepuscular que cuesta creer que fuera solo la segunda película, el segundo western, de un joven Sam Peckinpah, el mismo año que el gran maestro del género, John Ford, hacía su elegía del universo del Oeste en El hombre que mató a Liberty Valance.

Música para una banda sonora vital: Tener y no tener (To Have and Have Not, Howard Hawks, 1944)

Hoagy Carmichael interpreta Hong Kong Blues en esta gloriosa adaptación de la obra de Ernest Hemingway, coescrita por Jules Furthman y William Faulkner, con música de Franz Waxman, el peldaño iniciático de la leyenda Bogart-Bacall.

Música para una banda sonora vital: Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower, Steven Chbosky, 2012)

Heroes, el clásico de David Bowie, cierra este Juan Palomo de Steven Chbosky, quien dirige y escribe el guion a partir de su propio libro. A priori, la película tiene todos los ingredientes para desmotivar al espectador con criterio (desarrolla el trillado lugar común, sin saltarse un solo tópico, de las cuitas de un grupo de jóvenes inadaptados en un instituto de secundaria estadounidense, en puertas de ingresar en la universidad), pero a fin de cuentas, gracias a la inteligencia del guion y a la labor de los intérpretes, resulta ser una más que agradable sorpresa. La canción, como suele utilizarse hasta la saciedad (al igual que sucede también en Jojo Rabbitt, de Taika Waititi, 2019), subraya el punto de aceptación y reconocimiento de unos personajes que, tras muchas aventuras de toda clase, han triunfado en su particular historia de superación.

Música para una banda sonora vital: JCVD (J. C. V. D., Mabrouck El-Mecrhi, 2008)

Hard Times, el temazo de Curtis Mayfield en versión de Baby Huey & The Baby Sitters, abre esta insólita combinación de thriller de atracos, drama personal, comedia dramática, sátira y autoparodia en la que el tantas veces justamente vilipendiado ¿actor? belga Jean-Claude Van Damme se descubre como lo que nunca antes había sido: un actor. El musculado (esta vez sí) intérprete se encarna a sí mismo en una entretenida y falsa no ficción, en la que ironiza sobre su vida y su carrera cinematográfica, convirtiéndose en un personaje real que se encuentra en una situación límite, con unas consecuencias imprevisibles (un asalto con rehenes a una oficina de correos), al mismo tiempo que su carrera se hunde (el papel que espera cae en manos de Steven Seagal) y su familia de desmorona (recién divorciado, se encuentra en pleno juicio por la custodia de su hija en un tribunal de California). En este contexto, el superhéroe de acción se ve reducido a las dimensiones del hombre corriente aquejado de miedos, contradicciones y esperanzas, y consumido por la decepción que sobreviene al comprender que las conquistas externas, el dinero o la fama, no son tan valiosas comparadas con la pérdida de uno mismo. El sentido monólogo que interrumpe la acción y durante el que Van Damme, mirando directamente a cámara, se dirige al público para desnudarse emocionalmente ante él no es solo la mejor, por única, interpretación de toda su carrera, sino que deslumbra al ser capaz de hablar de sí mismo peor de lo que lo haya hecho cualquier crítica anterior, revelándose personalmente y como actor a una altura humana y profesional insospechada hasta entonces.

Música para una banda sonora vital: Peppermint Frappé (Carlos Saura, 1967)

The Incredible Miss Perryman de Los canarios tiene una importante presencia en esta película de Carlos Saura, coescrita por Rafael Azcona y Angelino Fons a partir de un argumento del cineasta oscense con tintes de obsesión hitchcockiana pasada por la influencia de Luis Buñuel, y que obtuvo el Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín de 1968.