Mis escenas favoritas – Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973)

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Charlton Heston (de nombre real Charles Carter; su nombre artístico proviene del segundo nombre de un bisabuelo y del apellido de su padrastro) lo flipa cuando ve la secuencia de eutanasia de esta magnífica película. Secuencia, además, casualmente, que fue la última que rodó en su vida el gran actor Edward G. Robinson. No todo el mundo puede decir adiós al cine con una escena tan magnífica, acompañado, por ejemplo, por Beethoven, Grieg y Smetana.

CineCuentos – Viena

Los días vieneses son un parque temático para enamorados con banda sonora de la familia Strauss, un cuento de príncipes y princesas que celebran su amor danzando felices la mañana de Año Nuevo por las salas desiertas del Palacio de Schonbrunn o paseando cogidos de la mano por un Prater sembrado de coloridos globos aerostáticos dispuestos a elevarse. Nada tan fácil en Viena como descubrir el amor, nada más sencillo que una muchacha, todavía una niña con trenzas y en uniforme escolar, se enamore perdidamente de un apuesto pianista con el simple hecho de abrirle una puerta a su paso y dejar que sus miradas se crucen por un instante. Que suspire por él días enteros, que viva y sueñe para él. Que muera cada amanecer que lo ve salir de casa del brazo de una mujer, siempre una cara distinta, de la que se despide en la calle con un gesto amable y tierno y a la que jamás volverá a ver. Que ansíe crecer rápidamente, no para convertirse en mujer, en cualquier mujer, sino en esa mujer, en la amante fugaz del hombre al que amaba aun antes de materializarse aquella mañana en el portal de su casa. Nada más mágico que una joven francesa y un estudiante norteamericano, completos desconocidos hasta entonces, traben conversación en el tren de Budapest y se concedan veinticuatro horas para desvelar lo que creen sentir a primera vista el uno por el otro mientras recorren la ciudad en la que los sentimientos andan desbocados. Los días vieneses son ideales para soñar despiertos a la luz del sol de primavera, para dibujar deseos en las servilletas de los cafés o en las empañadas lunas de los tranvías, lavar manchas de un pasado desgraciado en una sobremesa de confesiones o trazar en las nubes ambiciosos planes de reencuentro, proyectos de fusión de dos vidas disparatadamente opuestas, remotas como galaxias separadas por millones de años-luz que han derivado juntas por un capricho astronómico que no volverá a darse en siglos.

Así como los días de Viena son valses salpicados de la risa cantarina y juguetona de las melodías de Mozart o de la sinuosa trompeta del célebre concierto de Haydn, los amaneceres y los atardeceres vienen teñidos de los efluvios pastorales y las melancólicas sonatas de Beethoven, mientras que su Quinta sinfonía o su Obertura Egmont desatan pasiones inmortales que evocan la fuerza de una tormentosa noche de recia lluvia y relámpagos fantasmales. La caída de la tarde es una invitación a recuperar un tiempo olvidado; las parejas llenan los jardines del Prater a los pies de la gran noria o llenan de vida los puentes a lo largo del curso del Danubio y Viena se deja invadir como a ninguna otra hora de los ecos de un imperio desvanecido, de su condición de frontera secular; se impregna de los antiguos aires eslavos y otomanos que un día acamparon a sus puertas, respira aromas bohemios, se enturbia de sabores balcánicos y es campo abonado para las zíngaras que acechan a los turistas incautos que se dejan sorprender por la llegada de la oscuridad para leer en la palma de sus manos las advertencias de un futuro que Viena no supo predecir para sí misma.

Las dulces promesas del día se disfrazan de inquietantes presagios cuando las luces se apagan y Viena se convierte en un escenario gótico donde reinan los espectros del amor y de la muerte Continuar leyendo “CineCuentos – Viena”

Mis escenas favoritas – Fantasía (1940)

Cautivadoras y emocionantes imágenes de animación puestas al servicio de la interpretación de la música (y no al revés, como es habitual hoy) hacen que esta peculiar película de dibujos animados de 1940, desarrollada en ocho capítulos diferentes cada uno al servicio de la música de un compositor distinto (Bach, Beethoven, Mussorgsky, Tchaikovsky, Schubert, Stravinsky, Stokowsky, Dukas…), siga siendo hoy una obra maestra dibujada a mano aún no superada en la era tecnológica y del dibujo por ordenador. Imaginación, virtuosismo técnico y nada del pasteleo habitual de Disney para esta maravilla de visionado imprescindible. Uno de sus momentos más memorables es El aprendiz de brujo, según la composición escrita por el maestro francés Paul Dukas (1865-1935) en 1897.

Música para una banda sonora vital – Celebrity

Esta película de 1998 del maestro Woody Allen comienza con una avioneta que surca el cielo de Nueva York maravillosamente fotografiado en blanco y negro mientras describe con sus piruetas y la estela de gas que va soltando una única palabra, “Help” (auxilio), que queda impresa entre las nubes de Manhattan, a la vez que suena el primer movimiento, archiconocido, de la 5ª Sinfonía de Ludwig van Beethoven.

Recuperamos así la música clásica, que hacía mucho que no sonaba aquí, en la interpretación que de esta pieza realiza la Filarmónica de Viena bajo la batuta de Herbert von Karajan.