Píldora del mundo de ayer: Amoríos (Christine, Pierre Gaspard-Huit, 1958)

Christine (1958) | MUBI

Toda una sorpresa de lo más agradable esta aproximación del director francés Pierre Gaspard-Huit al universo del escritor Arthur Schnitzler, uno de los máximos representantes, junto con Stefan Zweig o Joseph Roth, de la literatura que relata aquella Viena imperial previa a la Primera Guerra Mundial, ese viejo orden burgués surgido de las ruinas del Antiguo Régimen que en cierto modo, como epicentro de unos estados que aglutinaban varias coronas, parlamentos, lenguas, climas y banderas, en los que florecieron la ciencia, la medicina, la cultura y las artes, supuso tanto una oportunidad perdida, truncada por los horrores de una guerra de una devastación no vista hasta entonces, como el germen de lo que después vino a ser el espíritu de construcción de una identidad europea que superara las estrecheces mentales de los nacionalismos y los integrismos políticos. Una visión en parte nostálgica pero para nada complaciente, en la que el drama nace del contraste entre los rescoldos de las viejas costumbres de un orden de cosas profundamente arraigado en la sociedad, principalmente entre las clases superiores, y las ansias de cambio, los nuevos aires que la modernidad del pensamiento, de la psicología, de la música o del progreso material (la creciente rapidez e inmediatez de las comunicaciones) fueron despertando en el conjunto de la ciudadanía y, sobre todo, entre la juventud. Un drama que, como sucede en otra de las obras más celebradas de Schnitlzler, Relato soñado, llevada al cine por Stanley Kubrick en Eyes Wide Shut (1999), bordea la tragedia o se adentra ampliamente en ella.

La Viena diurna y luminosa de 1906 que representa Gaspard-Huit poco tiene que ver con el Nueva York nocturno y sombrío que dibuja Kubrick en su adaptación, libre de contexto temporal y espacial pero asombrosamente fiel. Una Viena eternamente soleada, rodeada de prados verdes y bosques frondosos, en la que la música de las orquestinas en las verbenas, el bullicio de las calles y el griterío en las tabernas convive con los suntuosos salones de los palacios de la nobleza y la alta burguesía, los bailes de gala entre valses de Strauss y los grandes acontecimientos, musicales y sociales, de la Ópera vienesa. Este es el marco, suave, ligero y colorista, en el que se desata la pasión entre el subteniente de dragones Franz Lobheiner (Alain Delon) y la aspirante a cantante de ópera Christine Weiring (Romy Schneider), a la que ha conocido, precisamente, en uno de esos festejos populares. Aunque las andanzas de Franz son las que inicialmente sitúan al espectador y resultan decisivas para el desenlace de la historia, en realidad la protagonista, tanto por la preeminencia en los créditos de la actriz como por su presencia absoluta en el título original del filme, es Christine, la víctima propiciatoria e inocente de un pasado bajo cuyas reglas los jóvenes juegan pero que no pueden controlar ni mucho menos subvertir. Y es que Franz, protegido del barón Eggersdorf (Jean Galland), es amante de su esposa la baronesa (Micheline Presle), con la que comparte tórridas veladas en el discreto apartamento del militar. Franz, que casi soporta la relación por inercia y que no ve la forma de ponerle fin, encuentra un nuevo estímulo para ello en la pizpireta muchacha, con la que descubre una pasión amorosa que va más allá del puro materialismo sexual. Sin embargo, la reacción de la baronesa y la casualidad puesta en manos de un mal bicho quieren que, una vez clausurado el furtivo romance adúltero, la noticia de su existencia llegue por fin a oídos del barón, que no tarda en poner en marcha los irrefrenables y fatales mecanismos del honor, tanto en lo referido a la aristocracia de la que forma parte el barón como en lo que respecta a la casta militar de la que Franz es miembro. De este modo, la futura felicidad de la pareja Christine-Franz queda a expensas del resultado de un duelo a pistola (del que ella no sabe nada, porque también desconoce sus causas, por más que sospeche de la vida anterior de su amado) y se ve seriamente comprometida.

La historia, por tanto, además de presentar un amor fatal de cariz trágico y amenazado en la línea del folletín tradicional, utiliza al mismo tiempo este como pretexto para reflejar esa Viena de los albores del siglo XX pero profundamente decimonónica, y en particular retratar la división de clases y las diferentes normas que rigen las costumbres de unas y otras, pero que también terminan aplicándose hacia abajo en estricto régimen jerárquico. Así, las clases acomodadas, las más próximas a la fortuna, a la riqueza, a la comodidad y a la influencia de los círculos de poder, resultan, sin embargo, prisioneras de las obligaciones morales y sociales que van asociadas a su posición. Un lance de honor no puede ni debe quedar sin respuesta, y el protocolo incluye el alejamiento, siempre bajo control, de la esposa infiel, y la extirpación del motivo de la infidelidad, es decir, del amante. La pertenencia al ejército de este, es decir, su condición de baluarte defensivo del imperio y de, en última instancia, subordinado del emperador, tampoco es obstáculo. Muy al contrario, el propio honor del ejército, del regimiento, del uniforme, exigen que Franz ofrezca cumplida satisfacción al deshonrado barón en unas condiciones para el duelo de lo más desfavorables, impuestas por el agraviado, que es además un excelente tirador, circunstancias que no solo no despiertan en los mandos de Franz compasión, preocupación o piedad por lo que pueda ocurrirle, sino rencor, orgullo e incluso satisfacción a la hora de obligar a uno de los suyos a afrontar su responsabilidad (que es la de haber sido descubierto y señalado en público) y, teniéndolo (por ello) por un elemento no demasiado valioso de sus filas, y al asumir la pérdida de un elemento indeseable (por deshonroso) entre sus filas. En el otro extremo, sin embargo, el compromiso del subteniente (cuya defensa ante su oficial al mando lleva a su amigo y compañero de armas, Theo, a tener que abandonar el ejército igualmente deshonrado) con una muchacha que no tiene apellido ni fortuna, que solo es la hija de un violoncelista de la Ópera y que, en el momento de conocer a Franz ve también abiertas las puertas de un futuro como cantante, les promete, paradójicamente, una vida libre de ataduras sociales, una vida sencilla en la que un amor pequeño pero sincero ocupa el lugar de un honor exigente y devastador. Esta libertad es la que se ve coartada por las imposiciones del barón, que Franz debe afrontar como si de una ordenanza de su regimiento se tratara, y asumir el mismo final al que podría conducirle su desempeño como soldado.

De este modo, sobre esa Viena perpetuamente soleada y retratada en colores vivos se cierne un nubarrón personal que oscurece los sueños y los anhelos del personaje de Christine, y que alcanza su mayor dimensión en la escalofriante secuencia final, que hace que el desfile y las trompetas de la formación de dragones, inicial leitmotiv amoroso, adquieran un tinte elegíaco, repentinamente truculento. Y es que, junto al color, el paisaje y la especial química de la pareja protagonista (no en vano acababan de conocerse e iniciar su propia relación romántica, que daría mucho que hablar), la música desempeña un papel trascendental en esta tragedia de amores vieneses en la que el amor y el odio son el reverso de una misma moneda para aquellos para los que el honor es el valor primordial, la carta de reputación que mayor peso tiene entre sus iguales. La presencia de Strauss, Beethoven o Schubert marca como un metrónomo el paso y el tono de una narración de que la claridad cotidiana de la vida práctica y sencilla, y también algo hipócrita, va avanzando hacia la sublimación del sentimiento, la exaltación del ideal romántico ya un tanto pasado de moda pero todavía vigente para unos enamorados que aspiran a vivir un cuento de hadas en una sociedad que de tal solo tiene el envoltorio, esos vivos colores bajo los que late el desencanto, la frustración y, finalmente, la encrucijada más ingrata de la tragicomedia de la vida.

Música para una banda sonora vital: La naranja mecánica (A Clockwork Orange, Stanley Kubrick, 1971)

Como es habitual en última parte de su carrera como director, Stanley Kubrick alterna para la música de esta polémica y controvertida película una partitura original, compuesta por Wendy Carlos, y el uso de temas clásicos de compositores como Beethoven, Elgar, Rossini, Rimsky-Korsakov o Henry Purcell. Pero en esta cinta, además, Wendy Carlos adapta en versiones de sintetizador algunos de estos clásicos. Al compositor británico corresponde esta Music for the Funeral of Queen Mary (1695), que ya desde los créditos marca en parte el tono y el significado último de esta controvertida propuesta cinematográfica. Como sucede siempre en el cine de Kubrick, nada es gratuito ni está dejado al azar, al capriho del momento o a la coyuntura del instante; todo está pensado y meditado al extremo, todo tiene su sentido, su lectura y su relación con el contenido de la imagen y el sonido de lo que quiere contar.

A continuación, el tema de Wendy Carlos y la partitura de Purcell.

Mis escenas favoritas – Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973)

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Charlton Heston (de nombre real Charles Carter; su nombre artístico proviene del segundo nombre de un bisabuelo y del apellido de su padrastro) lo flipa cuando ve la secuencia de eutanasia de esta magnífica película. Secuencia, además, casualmente, que fue la última que rodó en su vida el gran actor Edward G. Robinson. No todo el mundo puede decir adiós al cine con una escena tan magnífica, acompañado, por ejemplo, por Beethoven, Grieg y Smetana.

CineCuentos – Viena

Los días vieneses son un parque temático para enamorados con banda sonora de la familia Strauss, un cuento de príncipes y princesas que celebran su amor danzando felices la mañana de Año Nuevo por las salas desiertas del Palacio de Schonbrunn o paseando cogidos de la mano por un Prater sembrado de coloridos globos aerostáticos dispuestos a elevarse. Nada tan fácil en Viena como descubrir el amor, nada más sencillo que una muchacha, todavía una niña con trenzas y en uniforme escolar, se enamore perdidamente de un apuesto pianista con el simple hecho de abrirle una puerta a su paso y dejar que sus miradas se crucen por un instante. Que suspire por él días enteros, que viva y sueñe para él. Que muera cada amanecer que lo ve salir de casa del brazo de una mujer, siempre una cara distinta, de la que se despide en la calle con un gesto amable y tierno y a la que jamás volverá a ver. Que ansíe crecer rápidamente, no para convertirse en mujer, en cualquier mujer, sino en esa mujer, en la amante fugaz del hombre al que amaba aun antes de materializarse aquella mañana en el portal de su casa. Nada más mágico que una joven francesa y un estudiante norteamericano, completos desconocidos hasta entonces, traben conversación en el tren de Budapest y se concedan veinticuatro horas para desvelar lo que creen sentir a primera vista el uno por el otro mientras recorren la ciudad en la que los sentimientos andan desbocados. Los días vieneses son ideales para soñar despiertos a la luz del sol de primavera, para dibujar deseos en las servilletas de los cafés o en las empañadas lunas de los tranvías, lavar manchas de un pasado desgraciado en una sobremesa de confesiones o trazar en las nubes ambiciosos planes de reencuentro, proyectos de fusión de dos vidas disparatadamente opuestas, remotas como galaxias separadas por millones de años-luz que han derivado juntas por un capricho astronómico que no volverá a darse en siglos.

Así como los días de Viena son valses salpicados de la risa cantarina y juguetona de las melodías de Mozart o de la sinuosa trompeta del célebre concierto de Haydn, los amaneceres y los atardeceres vienen teñidos de los efluvios pastorales y las melancólicas sonatas de Beethoven, mientras que su Quinta sinfonía o su Obertura Egmont desatan pasiones inmortales que evocan la fuerza de una tormentosa noche de recia lluvia y relámpagos fantasmales. La caída de la tarde es una invitación a recuperar un tiempo olvidado; las parejas llenan los jardines del Prater a los pies de la gran noria o llenan de vida los puentes a lo largo del curso del Danubio y Viena se deja invadir como a ninguna otra hora de los ecos de un imperio desvanecido, de su condición de frontera secular; se impregna de los antiguos aires eslavos y otomanos que un día acamparon a sus puertas, respira aromas bohemios, se enturbia de sabores balcánicos y es campo abonado para las zíngaras que acechan a los turistas incautos que se dejan sorprender por la llegada de la oscuridad para leer en la palma de sus manos las advertencias de un futuro que Viena no supo predecir para sí misma.

Las dulces promesas del día se disfrazan de inquietantes presagios cuando las luces se apagan y Viena se convierte en un escenario gótico donde reinan los espectros del amor y de la muerte Continuar leyendo «CineCuentos – Viena»

Mis escenas favoritas – Fantasía (1940)

Cautivadoras y emocionantes imágenes de animación puestas al servicio de la interpretación de la música (y no al revés, como es habitual hoy) hacen que esta peculiar película de dibujos animados de 1940, desarrollada en ocho capítulos diferentes cada uno al servicio de la música de un compositor distinto (Bach, Beethoven, Mussorgsky, Tchaikovsky, Schubert, Stravinsky, Stokowsky, Dukas…), siga siendo hoy una obra maestra dibujada a mano aún no superada en la era tecnológica y del dibujo por ordenador. Imaginación, virtuosismo técnico y nada del pasteleo habitual de Disney para esta maravilla de visionado imprescindible. Uno de sus momentos más memorables es El aprendiz de brujo, según la composición escrita por el maestro francés Paul Dukas (1865-1935) en 1897.

Música para una banda sonora vital – Celebrity

Esta película de 1998 del maestro Woody Allen comienza con una avioneta que surca el cielo de Nueva York maravillosamente fotografiado en blanco y negro mientras describe con sus piruetas y la estela de gas que va soltando una única palabra, «Help» (auxilio), que queda impresa entre las nubes de Manhattan, a la vez que suena el primer movimiento, archiconocido, de la 5ª Sinfonía de Ludwig van Beethoven.

Recuperamos así la música clásica, que hacía mucho que no sonaba aquí, en la interpretación que de esta pieza realiza la Filarmónica de Viena bajo la batuta de Herbert von Karajan.