Un milagro insólito: Luz silenciosa, de Carlos Reygadas

La noche estrellada va poco a poco rompiéndose con la irrupción, al principio como una tenue cuña en el horizonte, de un débil resplandor, de un cada vez más fuerte y poderoso haz de luz que termina por teñir la oscuridad de tonalidades violetas y carmesíes que permiten adivinar el contorno de las nubes, la silueta de las montañas y de los árboles, hasta que por fin estalla el sol en un cielo límpido de un azul casi hiriente y la tierra ofrece profusamente su puzzle de sonidos, colores y aromas. Así, con el lento y pausado retrato de un amanecer, comienza Luz silenciosa, la insólita película del mexicano Carlos Reygadas, para trasladarnos muchos minutos después al interior de una casa, adivinamos que situada en una comunidad agrícola, en la que una populosa familia de aspecto nórdico o germano se dispone a desayunar a una hora temprana para comenzar fuerte el día. Los muebles son austeros, la casa es espaciosa pero ausente de lujos, y el vestuario de padres e hijos muy sencillo y funcional. Sus modales parecen contagiarse de ese ambiente, y el silencio, sólo roto por la oración previa y el ruido de cubiertos y enseres, lo domina todo hasta que arranca una conversación banal, en una lengua parecida al alemán o al holandés, sobre los propósitos de la jornada. Todavía transcurrirán muchos más minutos hasta que la acción de la película se traslade al exterior, una geografía que, a priori, choca con los lugares que solemos identificar con el aspecto ario y la lengua del norte o centro de Europa de la familia.

El principio de la película deja ya claro el tono y la forma de la historia que nos ofrece Reygadas: sencillo, directo, bellísimo, pero también rítmicamente denso, pausado, con un tiempo narrativo tan estirado, tan cercano al tiempo real, que deja la acción sostenida en la voluntad del segundero, que se inclina al lento paso del tiempo hasta casi casi dejarlo detenido. Con todo, a lo largo de una larga introducción vamos deduciendo el carácter y las circunstancias del particular mundo al que asistimos, y logramos hacernos una composición de lugar que nos coloca ante un mundo muy particular, en un extraño ecosistema tan cotidiano como irreal, tan vulgar como mágico. Durante muchos minutos, con una información que se desgrana sobre todo visualmente, pero también a través de unos diálogos economizados al límite y concentrados, principalmente, en asuntos triviales que invitan más que a entender, a adivinar, nos llegan pequeñas píldoras que nos permiten situarnos en una comunidad menonita de una zona rural de México, probablemente en Chihuaha, en lugar donde se encuentra el principal asentamiento de esta minoría cristiana en el país. Anclados en sus tradiciones, los miembros de este grupo religioso surgido en la Europa del siglo XVI como reacción a la persecución de los anabaptistas (minoría religiosa partidaria del bautismo sólo a edad adulta) en los Estados Alemanes gracias al sacerdote neerlandés Menno Simmons (para situarnos, su credo es pariente directo de los Amish nacidos en Suiza algún tiempo después), viven en comunidad conservando sus señas de identidad y sus vínculos con la Europa que abandonaron siglos atrás. Así, a pesar de encontrarse establecidos en México, viven en su propio microcosmos, en el que la arquitectura de sus casas, la fe que profesan la vida en sociedad o las relaciones que establecen vienen marcados por su herencia religiosa y cultural, exactamente igual que el resto de comunidades que viven esparcidas por Rusia, Estados Unidos o Iberoamérica (sobre todo Paraguay, México, Brasil y Argentina, países que acrecentaron su población menonita tras 1945 y la llegada de muchos refugiados alemanes, entre los que, obviamente, cabe suponer que se escondían múltiples criminales de guerra nazis). Por tanto, viven separados de los mexicanos, y sólo interaccionan con ellos cuando han de realizar alguna gestión administrativa o comercial que la propia comunidad no puede solventar (poseen sus propios comercios, sus clínicas y sus gasolineras, en los que los letreros y etiquetas conservan el alemán u holandés de origen, así como sus locales de ocio o sus propios servicios y suministros). En este contexto, nos sumergimos en el dilema que vive Johan (Cornelius Wall), el dueño de una granja, casado con Esther, padre de un montón de hijos y que, contra todos los mandatos religiosos y sociales de su comunidad, vive un apasionado romance con Marianne, otra miembro del grupo. Obviamente, la situación le provoca desasosiego e intranquilidad, se siente devorado por la culpa pero también por el deseo, y no es capaz de tomar una decisión, ni la avalada por la tradición de su fe, el abandono de su amante y la búsqueda del perdón de su esposa, sus hijos y el resto de sus convecinos, ni la obvia para ese mundo externo al que rehúyen, el divorcio y la búsqueda de cierta idea de felicidad con la mujer que ama. Johan sólo habla del asunto con su padre, un viejo predicador menonita que ve en lo que le ocurre la influencia del demonio, y con Zacarías, un amigo de siempre, que le recrimina su actitud de manera algo más comprensiva. Ambos le compadecen en su sufrimiento y le ofrecen el hombro para llorar y retractarse de su comportamiento, pero en sus palabras y en sus actitudes puede adivinarse también la envidia, la codicia hacia una debilidad que a Johan le ha valido la valentía para saltarse unos preceptos asfixiantes y represores de cualquier cosa ligada a la emoción, a los sentimientos o a los deseos. Continuar leyendo “Un milagro insólito: Luz silenciosa, de Carlos Reygadas”

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Woody Allen sin Woody Allen: En lo más crudo del crudo invierno

invierno

No era de extrañar la gran solvencia con la que un fondón Kenneth Branagh hizo de trasunto de Woody Allen en su magnífica Celebrity (1998); ya tres años antes, el director británico se había imbuido del universo cómico woodyalleniano para abordar una pequeña producción situada finalmente entre la grandilocuente y fastuosa (y fallida) Frankenstein de Mary Shelley (1994) y la espectacular, majestuosa, monumental, Hamlet (1996), En lo más crudo del crudo invierno, una película que constituye probablemente la mejor imitación, al menos desde cierta perspectiva, del trabajo de Woody Allen dentro de la interminable legión de imitadores suyos que en el mundo han sido (empezando por Todd Solondz y terminando por Neil LaBute). La película, al mismo tiempo deudora de este tributo inconfeso hacia la obra del autor neoyorquino y de la obsesión casi laurenceoliveriana u orsonwellesiana (la cosa va de palabros raros) de Branagh por la obra de Willliam Shakespeare, posee a partes iguales elementos de uno y otro, algo a priori disparatado pero en ningún modo gratuito (sabido es el gusto de Allen por el cine de Welles y Bergman, ambos herederos en su forma de narrar de la manera shakespeariana – uno más – de montar sus trágicos dramas y de dotar de psicología a sus personajes, e incluso en el caso del director sueco, también a la hora de construir alguna de sus comedias, como por ejemplo, Sonrisas de una noche de verano, readaptada a su vez en 1982 por el propio Allen en la película de cuyo guión hemos extraído un diálogo de inminente publicación), como se va descubriendo con el avance de los minutos.

Tras unos créditos iniciales en blanco sobre fondo negro con un estilo y una música que podrían pertenecer a cualquier película de Woody Allen, nos encontramos en la Inglaterra de los 90: plena crisis económica (para variar) y un actor (Richard Briers), una antigua promesa convertida en celebridad y ahora venida a menos, que pretende sacarse la espinita de representar y dirigir por fin un montaje teatral de Hamlet. Desaconsejada por su agente (una Joan Collins plastificada, recauchutada y/o momificada que no se sabe qué pinta aquí, nuevo nexo con Woody Allen y sus trabajos con, por ejemplo, el plastificado, recauchutado y momificado George Hamilton), que le impulsa a buscar trabajos más comerciales, artísticamente irrelevantes pero muy rentables económicamente, acepta los planes de su hermana para representar la obra en la antigua iglesia de su pueblo, un edificio precisado de restauración sobre el que los buitres del mercado inmobiliario han puesto los ojos para cobrarse ciertas deudas. De este modo, en plena Navidad, se pretende apelar a la generosidad de los vecinos para recaudar fondos y salvar el edificio. Para ello, crea una compañía nueva formada por actores amateurs, para cuya elección realiza un casting que termina resultando delirante por una confusión idiomática en el anuncio publicado en el periódico (un tipo que se presenta para interpretar los personajes femeninos, una “vieja gloria” soberbia y altanera que se las da de importante mientras reza por lo bajini para que le den trabajo, una chica que pretende convencer al director de que es válida para Hamlet interpretando Heart of glass, de Blondie, un individuo que ve en la obra de shakespeare la clave para entender incluso la geología, un alcohólico que huye de su padre, una excéntrica diseñadora de escenografías y vestuarios que está como una chota…). Ése es sólo el primer capítulo de una serie de inconvenientes que continúa con el hecho de que la antigua iglesia a salvar no es la que él recordaba, una preciosa capilla de piedra rodeada de una hermosa pradera verde, sino una ruinosa iglesia de ladrillo que no le gusta a nadie. Y desde ahí, la catástrofe que constantemente amenaza con acabar con el proyecto, no sólo por el lento avance en la preparación de la obra, sino por el inevitable enfrentamiento o enamoramiento de algunos de los miembros de la compañía. Continuar leyendo “Woody Allen sin Woody Allen: En lo más crudo del crudo invierno”

El inconsciente de un genio: Giulietta de los espíritus

giulietta

Para su primera película en colores, Federico Fellini se reservó un capítulo personal, mucho más íntimo, inaccesible e inconfesable que las vivencias propias ligadas a su profesión y recogidas en la magistral Otto e mezzo, rodada dos años antes. A un tiempo experimento formal y excéntrica narración de un capítulo oscuro finalmente eliminado de la anterior película, esta obra de 1965 resulta tan cautivadora como inquietante, tan seductora como repelente, pero de un atractivo visual irresistible que no ha perdido ni un ápice de fuerza en más de cuarenta años y que para sí lo querría más de un director que pretende hacer de los colorines su particular seña de identidad. Y decimos bien, película en colores, porque en su primera experiencia fuera del blanco y negro, Fellini nos obsequia con una catarata tremebunda e incontenible de ellos, un frenesí casi orgiástico de juegos cromáticos que no ha tenido parangón posteriormente y que va mucho más allá de la simple metáfora de arquetipos morales o estados de ánimo expresados a través del color.

La película supone la introspección psicoanalítica en el interior de la mente de una mujer, Giulietta (Giulietta Massina, compañera y sempiterna musa del cineasta). Ésta es una mujer algo ingenua, en algunos aspectos incluso casi infantil, que a diario halla pequeñas cotidianidades con las que sorprenderse e ilusionarse como si en lugar de ser una mujer de su edad se tratara de una niña ávida de conocer mundo, curiosa, osada, pero también escéptica, vacilante, temerosa. Giulietta está casada, pero su marido la engaña: su matrimonio es ya un mero formalismo, y él, asumiéndolo como tal, no escatima ocasiones para estar con otras mujeres, para mantener aventuras o participar en juegos sexuales, bien en pareja, bien en grupo. Giulietta, en parte por su incapacidad para afrontar la situación de una manera madura como corresponde a su edad, y en parte por la constante necesidad de abrirse a nuevos caminos, penetra en un extraño ambiente de videntes excéntricas, prostitutas de lujo y hombres y mujeres de alta sociedad que deambulan junto a ellas que, al mismo tiempo, como al espectador, la escandaliza y la atrae. Su tradicional educación en valores religiosos conservadores choca de lleno con el panorama de alternativas que se le ofrecen en ese planeta de sensaciones y tentaciones, mientras que su curiosidad o la necesidad de liberarse de esa carga de moralidad inducida, de esas convenciones que la esclavizan, la hace sentirse cada vez más llamada a introducirse de lleno en esa promesa de liberación que los devaneos de su marido le ha abierto.
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Mis escenas favoritas – El séptimo sello

En un ranking de mis escenas emblemáticas ésta sería probablemente parte de lo que los trasnochados llamarían el top-ten. Encierra todo el misterio de la vida y de la muerte, como dice el replicante de Blade Runner, “de dónde vengo, adónde voy, cuánto tiempo me queda…”. Soberbia.

Para desdramatizar, sigue leyendo.
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